domingo, 10 de febrero de 2013

SWIFT Y SU "MODESTA PROPOSICIÓN" (1ª parte)

Si no lo conocen y no han oído de él, puedo decir que "Una modesta proposición" es uno de los textos más bestias escritos jamás. La famosa modesta proposición es de una crueldad sin precedentes, y pocos textos después lo han igualado, por no decir superado. Por desgracia, aunque el texto data del siglo XVIII (fue publicado en 1729), las durísimas críticas que hace contra los economistas y su depravada frialdad matemática para tratar los problemas sociales sigue plenamente vigente, en particular debido a la justificación que muchos de ellos hacen para el vampirismo macabro de los poderosos sobre todo el inmenso resto de la sociedad. No puedo evitar el recordar este texto, cada vez que alguien habla de planes de empleo, de suprimir el salario mínimo para evitar el dispararse de la inflación, y mi favorito, el "no protejamos a los desposeídos porque eso significará aumentar los gastos de la sociedad como un todo"... (¿para qué existe la sociedad, si no?). A continuación la primera parte del texto en cuestión, que en breve completaré. Disfruten (si es que pueden).


UNA MODESTA PROPOSICIÓN PARA IMPEDIR QUE LOS NIÑOS POBRES DE IRLANDA SEAN UNA CARGA PARA SUS PADRES O SU PAÍS, Y HACERLOS PROVECHOSOS PARA LA SOCIEDAD

Es un triste espectáculo para quienes caminan por esta gran ciudad, o viajan por este país, ver las calles, los caminos y las puertas de las chozas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidas de tres, cuatro y hasta seis niños, todos en harapos e importunando a los transeúntes por una limosna. Estas madres, en lugar de poder trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven forzadas a emplear todo su tiempo vagando, a implorar el sustento para sus indefensos pequeñuelos, los cuales, al crecer, o bien se convierten en ladrones por falta de trabajo, o abandonan su patria querida para luchar al servicio del Pretendiente en España, o para venderse en las islas Barbados.

Yo creo que todo el mundo está de acuerdo en que este prodigioso número de niños, en los brazos o a la espalda o a los pies de sus madres, y con frecuencia de sus padres, es, en el deplorable estado actual del reino, una grandísima aflicción adicional; y, por consiguiente, quinquiera que pudiese encontrar un método justo, barato y fácil para hacer que estos niños fueran miembros sanos y útiles de la mancomunidad le prestaría un servicio tan grande a la sociedad que se le erigiría una estatua por ser un protector de la nación.

Pero mi intención no se limita ni mucho menos a ocuparse de los niños de los mendigos de oficio; es de mucho mayor alcance, y abarcará la totalidad de los infantes de cierta edad que nacen de padres tan poco aptos para mantenerlos como aquéllos que imploran nuesta caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo encauzado mis pensamientos por muchos años hacia este importante tema, y examinado seriamente los diversos planes de otros planificadores, he encontrado siempre que cometen errores crasos en sus cálculos. Es cierto que un recién nacido puede nutrirse de la leche de su madre por espacio de un año solar casi sin ningún otro alimento, el cual no alcanza el valor de dos chelines a lo más, cantidad que la madre siempre puede obtener, o su equivalente en migajas, mediante su ocupación legal de mendigar; y es exactamente al cumplir un año cuando me propongo ocuparme de ellos, de tal modo que, en vez de ser una carga para sus padres o la parroquia, o carecer de comida y vestido durante toda su vida, puedan, por el contrario, contribuir a alimentar y en parte a vestir a muchos miles.

Mi plan tiene además otra gran ventaja: prevendrá los abortos voluntarios, y la práctica horrenda de las mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, ay, demasiado frecuente entre nosotros, sacrificando los pobres, inocentes infantes, creo que más por evitar el gasto que la vergüenza, práctica que movería a las lágrimas y a la piedad al corazón más salvaje e inhumano.

El número de almas en Irlanda se estima usualmente en un millón y medio, de las cuales calculo puede haber unas doscientas mil parejas cuas esposas son fecundas, número al cual resto treinta mil parejas que están en capacidad de mantener a sus propios hijos, aunque me temo no puedan ser tantas en las tristes condiciones actuales del reino pero, admitiéndolo, quedarán ciento setenta mil procreadoras. De nuevo resto cincuenta mil por aquellas mujeres que tienen partos prematuros, o cuyos niños mueren por accidente o enfermedad antes del año. Sólo quedan ciento veinte mil niños de padres pobres que nacen anualmente: la cuestión es, pues, ¿cómo criar y proveer a este número? Lo cual, como ya he dicho, es absolutamente imposible en las condiciones actuales por ninguno de los métodos propuestos hasta ahora, porque no podemos emplearlos en artesanías o en agricultura: ni construimos casas (quiero decir en el campo), ni cultivamos la tierra. Rara vez pueden ganarse la vida robando antes de los seis años, excepto cuando son especialmente dotados. Aunque confieso, aprenden los rudimentos mucho antes, tiempo durante el cual únicamente puede considerárseles, en justicia, aprendices. Así me lo ha informado un caballero prominente del Condado de Caven, quien me declaró que no había conocido nunca más de uno o dos casos por debajo de los seis años, incluso en una parte del reino de tanto renombre por la rapidez con que aprenden tal arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un niño o niña menores de doce años no son mercancía vendible, e inclusive cuando llegan a esta edad, no valen más de tres libras, o, máximo, tres libras y media corona en el mercado, lo cual no puede ser rentable ni para los padres ni para el reino, habiendo sido el costo del alimento y los harapos por lo menos cuatro veces mayor.

Propondré ahora pues, humildemente, mis propios pensamientos, los cuales espero no se verán expuestos a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido, conocido mío en Londres, que un niño saludable y bien alimentado constituye, a la edad de un año, una comida deliciosa, nutritiva y sana, ya sea cocido, dorado, asado o hervido, y no dudo de que servirá igualmente en un fricasé o un guisado.

Por consiguiente, humildemente someto a consideración del público que, de los ciento veinte mil niños ya calculados, se reserven veinte mil para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte deben ser machos, lo cual es más de lo que conservamos en las ovejas, el ganado vacuno, o los cerdos; y mi razón es la de que estos niños son pocas veces fruto del matrimonio, circunstancia no muy tenida en cuenta por nuestros salvajes. Por lo tanto, un macho bastará para servir cuatro hembras. Que los cien mil restantes, cuando cumplan el año, sean puestos en venta a las personas de categoría y fortuna por todo el reino, sin dejar de aconsejar a la madre que los deje mamar abundantemente en el último mes, con el fin de suministrarlos rollizos y cebados para una buena mesa. Un niño alcanza para dos platos cuando se reciben amigos y, cuando la familia come sola, el cuarto anterior o el posterior constituyen un plato razonable, y, sazonado con un poco de pimienta o sal, quedará muy bien, hervido, a los cuatro días, especialmente en invierno.


He calculado que en promedio los recién nacidos pesan doce libras y, en un año solar, si están aceptablemente bien alimentados, aumentarán a veintiocho libras.

Concedo que esta comida será algo cara, y por ello muy apropiada para los terratenientes, quienes, como ya se han devorado a la mayoría de los padres, parecen tener derecho a los niños antes que otros.

La carne de los infantes será de estación durante todo el año, pero más abundante en marzo, y un poco antes y después porque, según nos lo dice un serio autor, un eminente médico francés, siendo el pescado un alimento prolífico, en los países Católicos Romanos nacen más niños unos nueve meses después de la Cuaresma que en ninguna otra época. Así, calculando un año después de la Cuaresma, los mercados estarán más colmados que de costumbre porque la proporción de infantes Papistas en este país es por lo menos de tres a uno y, por consiguiente, tendrá otra ventaja colateral al rebajar entre nosotros el número de Papistas.

He estimado ya que el costo de alimentar el niño de un mendigo (entre los cuales incluyo a todos los aldeanos, jornaleros, y cuatro quintas partes de los granjeros) es de unos dos chelines per annum, incluyendo los harapos, y creo que ningún caballero escatimaría diez chelines por el cadáver de un buen niño gordito, el cual, como ya lo he dicho, alcanza para cuatro platos de excelente y nutritiva carne cuando cene solo o en compañía de un amigo íntimo de la familia. De este modo, un propietario aprenderá a ser un buen terrateniente y se volverá popular entre sus colonos, la madre tendrá una ganancia neta de ocho chelines y estará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Aquellos más dados a economizar (y debo confesar que los tiempos así lo requieren), pueden despellejar el cadáver cuya piel, curtida artificialmente, servirá para hacerles a las damas guantes dignos de admiración, y botas de verano a los caballeros distinguidos.

En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, se pueden asignar mataderos para este propósito en los sitios más convenientes y podemos estar tranquilos de que no faltarán carniceros, aunque yo más bien recomiendo comprar los niños vivos, y aderezarlos recién degollados, tal como hacemos con los lechones asados.


(Fuente: http://tribudepluton.blogspot.com.es/)

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