lunes, 19 de agosto de 2019

EL CAPITALISMO MORALISTA



Desde hace ya unos cuantos siglos vivimos, nos movemos y existimos en el capitalismo. Resulta razonable, pues, que este haya experimentado cambios notables a lo largo de tanto tiempo. Y que siga en ello. Al fin y al cabo, ya Marx o Schumpeter destacaron que esta era quizá la virtud principal del sistema capitalista: su infinita capacidad de reinventarse.

Veinte años atrás, un libro de Luc Boltanski y Ève Chiapello nos llamó la atención sobre una de esas transformaciones. Ya no vivíamos en sociedades fordistas, donde el trabajo era monótono (todos los días a la fábrica, la oficina, la tienda de electrodomésticos), pero seguro (¿se acuerdan de cuando nuestros padres o abuelos se jubilaron en la misma empresa donde los habían contratado de jóvenes?). Aprovechando el Mayo del 68, aducían estos dos investigadores franceses, se había sometido a crítica acerba aquel modo de vida: ¿acaso no creaba trabajadores aburguesados, poco imaginativos, incapaces de adaptarse a las transformaciones constantes de la economía? El nuevo asalariado debía ser flexible, y su puesto de trabajo también.

Y así, desde mediados de los 70, nos rodearía un nuevo tipo de capitalismo. Uno que incita al trabajador para que no dependa de nada ni de nadie; para que innove; para que busque continuamente nuevas oportunidades que lo “realicen” como persona. La precariedad laboral, la incertidumbre sobre el futuro, la fragilidad de las relaciones personales no serían sino la otra cara, la más sombría, de ese capitalismo post-Mayo del 68.

Pero la historia se acelera y ese nuevo espíritu capitalista que Boltanski y Chiapello diagnosticaban hace dos décadas quizá esté quedando obsoleto también. Da la impresión de que hoy nos adentramos en un nuevo estilo de capitalismo, que me gustaría llamar “capitalismo moralista”. En él, las empresas ya no solo promueven la agilidad y el cambio, sino también toda una agenda ideológica, toda una moral (quizá una moralina) muy concreta. Y me temo que eso es algo que ni Marx, ni Schumpeter, ni Boltanski con Chiapello habían previsto. Pero que resulta cada día más evidente.

Fijémonos en tres sucesos recientes para constatarlo. El primero acaeció hace apenas unos días. La empresa Gillette, famosa en todo el mundo por sus maquinillas de afeitar, presentó sus cuentas cuatrimestrales, y no eran buenas. Había perdido 8.000 millones de dólares, lo que arrastra a su matriz, Procter & Gamble, a un desequilibrio de 5.000 millones. Pero lo que nos interesa ahora son ciertas declaraciones que hizo entonces su director ejecutivo, Gary Coombe.

Escuchen mi idea genial: insultemos a nuestros clientes llamándoles "abusa-
dores y potenciales violadores". Será un éxito de campaña (para la compe-
tencia, claro).

Muchos se preguntan si la bajada de ingresos de Gillette podría estar relacionada con el anuncio publicitario que en enero pasado difundió esta empresa, inspirado en el movimiento #MeToo: un spot que predicaba contra la presunta “masculinidad tóxica” que caracterizaría a los hombres, y les reconvenía para que se portaran como un buen hombre feminista se supone que se debe comportar. Fue un anuncio que causó cierta polémica: ¿debe una empresa de afeitado aleccionarnos sobre qué tipo de personas quiere que seamos, o habrá de limitarse a mostrarnos por qué es bueno su producto? ¿Es sensato que, si tu público objetivo son los hombres y sus barbas, les transmitas el mensaje de que lo masculino está repleto de recovecos oscuros, necesitado como cualquier pecado de sermones, penitencias y confesión?

La revista Marketing Week preguntó explícitamente al citado director de Gillette si creía que tal anuncio había influido en las pérdidas milmillonarias de su empresa. Al fin y al cabo, muchos llamaron a boicotearla por transmitir una imagen tan lóbrega de lo masculino. La respuesta de Gary Coombe resultó sorprendente desde la lógica del viejo capitalismo: no le importaba, si así había sido, perder ese dinero. Le parecía un “precio que merecía la pena pagar”. Creo que con esto vislumbramos una primera cara del capitalismo moralista: sus altos directivos ya no solo se ocupan de hacer ganar dinero a su firma. Ahora tienen además un mensaje moral que transmitirnos a todos. Y no les importa si hay que gastar mucho, muchísimo dinero (y tal vez provocar unos cuantos cientos de despidos) para alcanzar tal fin.

Contemplemos ahora una segunda estampa que corroboraría lo que estamos señalando. Seguimos en la superpotencia capitalista, los Estados Unidos, pero en este caso dirijamos la mirada hacia Silicon Valley. Pasemos de las hojillas de afeitado a Google. Hace dos años, esta megacorporación despidió a uno de sus empleados, James Damore, por algo que no tenía nada que ver con su incompetencia o por sus escasos resultados. Tampoco por faltar el respeto a sus jefes o sus compañeros.

En realidad, el problema de Google con Damore era ideológico. O moralista. Tras uno de los “cursos sobre diversidad” que esta empresa imparte a sus empleados, en que les instruye sobre cuán importante es respetar a las minorías, Google pidió a los asistentes la típica retroalimentación: que expresaran por escrito sus opiniones. Damore aceptó el reto y redactó, confiado, lo que él sabía que era una postura minoritaria, pues se oponía a todo cuanto en aquellas lecciones les habían insistido. Su idea era que no todas las diferencias entre hombres y mujeres se deben a que los primeros estén oprimiendo a las segundas: puede haber también diferencias que respondan a lo biológico.

Damore creía caminar sobre terreno seguro: al fin y al cabo, tiene un máster en Biología por Harvard. O quizá esperaba que esa minoría en que él se colocaba (una minoría de forma de pensar) también fuera respetada, como les habían dicho en el curso que el resto de minorías (de género, raciales, sexuales) se debían apreciar.


Pero se equivocaba. Google le despidió fulminante “por perpetuar los estereotipos de género”. La peripecia está a día de hoy en los tribunales, pero aquí no nos interesa su significado jurídico, sino el cultural: una empresa despide a un magnífico empleado (había ascendido dos veces seguidas en sus dos primeros años de contrato) solo porque no coincide con la moral que defienden sus dueños. El viejo capitalismo en el que bastaba ser rentable a tu empresa ha dejado paso a otro: un capitalismo en el que además debes coincidir con tus jefes en lo que ellos piensen acerca del bien y del mal. No parece desatinado, entonces, calificarlo como moralista.

Un tercer suceso, también reciente, puede corroborar esta impresión. En marzo de 2016 el estado de Carolina del Norte aprobó una ley que obligaba a sus habitantes a usar los servicios higiénicos correspondientes al sexo que figurara en su certificado de nacimiento. (Como liberal, voy a resistir la tentación de decir lo que siento hacia un poder estatal que se inmiscuye incluso en nuestros urinarios: haría este artículo demasiado largo). Era una ley dirigida contra transexuales y transgénero, lógicamente, que ya no podrían utilizar los baños correspondientes al sexo con el que se identifican.

Pero, independientemente de si uno está a favor o en contra de tal legislación (y ya he aclarado que yo ando más bien en contra), resulta estruendosa la tempestad empresarial que se desató tras su promulgación. Más de ochenta altos ejecutivos de compañías como Apple, United Airlines, Bank of America o Goldman Sachs firmaron inmediatamente una carta que instaba al gobernador de Carolina del Norte a derogar tal ley. PayPal y CoStar Group anularon sus planes de abrir nuevos centros de operaciones en tal estado; la NBA y el baloncesto universitario, los de jugar allí varios partidos; el cine y la televisión, los de rodar allí. En total, la revista Forbes calculó que la ley de marras costó, en solo siete meses, 600 millones de dólares a los norcarolinos.

Así se explica que se tratara de una normativa de vida breve: al marzo siguiente fue abrogada por las mismas cámaras y el mismo partido, el republicano, que la había aprobado tan solo doce meses antes. La estrategia que el empresario Tim Gill denominó “castigar a los malvados” había funcionado. (Gill es uno de los 400 hombres más ricos de su país, según Forbes).

Estas vicisitudes nos colocan frente a una tercera faceta del capitalismo moralista que empieza a circundarnos. Sus ejecutivos no solo aceptan, como Gillette, perder dinero por predicar su moral; no solo deciden, como Google, despedir a gente cuya visión ética no coincida con la de ellos. Se trata también de un capitalismo en que si la democracia aprueba una ley que disguste a la sensibilidad moral de las grandes empresas, estas poseen el poder de revertir semejantes decisiones del pueblo. Y es un poder que están dispuestas a ejercer.

¿Es este el mundo en que queremos vivir? ¿Un sistema en que los altos ejecutivos empresariales supervisen qué clase de moralidad se nos predique? ¿En el que puedan despedirnos o cambiar nuestras leyes si nos desviamos de su camino recto? No debemos dejar que las palabras nos desorienten: estamos ante un capitalismo moralista, sí; pero eso no significa que nos encontremos ante un capitalismo moral.

Miguel Ángel Quintana Paz
(Visto en https://theobjective.com/)

SIN EUFEMISMOS


domingo, 18 de agosto de 2019

ALAN DERSHOVITZ, DEFENSOR DE VIOLADORES, PEDÓFILOS Y ASESINOS



Para un productor de televisión que está preparando un segmento sobre un célebre caso criminal, Dershowitz es una cita ideal. Intelectualmente ágil y sumamente seguro de sí mismo, es profesor emérito en la Facultad de Derecho de Harvard, pero también lector ocasional (y tema) de los tabloides. A lo largo de los años, ha escrito miles de artículos en periódicos, columnas de revistas y publicaciones en la Web. Con la ayuda de asistentes de investigación, ha publicado tres docenas de libros, incluyendo "La Mejor Defensa", "Chutzpah" y "El McCartismo Sexual", que relatan sus casos y presentan sus opiniones.

Varios clientes controvertidos de Dershowitz han sido Claus von Bülow, O. J. Simpson, Mike Tyson, además de Jeffrey Epstein, el acaudalado administrador acusado de abusar sexualmente de niñas menores de edad.


Durante décadas, mientras Dershowitz enseñaba en la Facultad de Derecho de Harvard y ejercía como abogado de defensa criminal, coleccionó notas de sus críticos y colocó las más vitriólicas en la puerta de su oficina: "Eres un demonio del mal"; "Eres el mejor argumento para el aborto que se puede presentar." Las notas señalaban a los estudiantes que la ley era un campo de combate de principios, aunque uno alegre, un mensaje reforzado por la manera habitual de Dershowitz de una beligerancia genial. Cuando fue atacado, no sólo por escritores de notas, sino también por colegas del colegio de abogados y por un juez ocasional, sólo confirmó la eficacia de lo que Dershowitz ha llamado su "estilo legal de confrontación". Se especializa en derecho de apelación, trabajando para anular condenas en apelación, una rama del derecho que a menudo requiere desmantelar la estrategia y los argumentos de otros abogados.

Apasionado defensor de la Primera Enmienda, ha defendido tanto el discurso neonazi como la pornografía. Nancy Gertner, una ex jueza federal que trabajó con Dershowitz a finales de los setenta y ahora enseña en la Facultad de Derecho de Harvard dijo de él: "tenía la imaginación para ver estrategias y argumentos que otras personas no ven". También comprendió, antes que la mayoría de sus pares, el valor de desplegar los medios de comunicación. Como escribió en sus memorias de 2013, "Taking the Stand", "Si no tienes la ley o los hechos legales de tu lado, argumenta tu caso en el tribunal de la opinión pública".

Su primer cliente famoso en la prensa sensacionalista fue Claus von Bülow, un aristócrata danés-británico que había sido condenado por intentar matar a su esposa, la heredera Martha (Sunny) von Bülow, inyectándole insulina, tras lo que la mujer cayó en un coma de décadas, de la que nunca salió. Dershowitz, al frente de un equipo de estudiantes de derecho y jóvenes asociados, ideó un argumento de apelación basado en la idea de que Sunny podría haber causado su propio coma, a través de una prolongada adicción a las píldoras y el alcohol. En 1984 consiguió la anulación de la condena y, en un nuevo juicio, von Bülow fue absuelto.



Dershowitz ha escrito con frecuencia que la defensa de los derechos de los acusados en casos de violación es una aplicación crucial de la presunción de inocencia. En "Contrario a la Opinión Popular", publicado en 1992, incluyó una lista de casos en los que las mujeres reconocieron haber hecho falsas acusaciones de violación. "Precisamente porque la violación es un delito tan grave que acusar falsamente a alguien de violación también debería considerarse un delito extremadamente grave. ¡Imagínese a usted mismo o a un 'ser querido' siendo falsamente acusado de violar a una mujer!"

William Kennedy Smith, sobrino de John F. Kennedy, había sido acusado recientemente de violar a una mujer en una propiedad de la familia Kennedy, y Dershowitz hablaba frecuentemente con los medios de comunicación sobre el caso. (Smith argumentaba que el sexo fue consentido y resultó finalmente absuelto.)


En "Taking the Stand", citó un pasaje favorito de H. L. Mencken: "El problema de luchar por la libertad humana es que tienes que pasar gran parte de tu vida defendiendo a los hijos de puta: porque las leyes opresivas siempre están dirigidas a ellos originalmente." A principios de los noventa, Dershowitz representó al reverendo Jim Bakker después de haber sido condenado por defraudar a los feligreses, y a la baronesa de hoteles Leona Helmsley después de haber sido condenada por defraudar a las autoridades fiscales; representó a Michael Milken después de haber sido condenado por fraude financiero. En varios casos, representaba a hombres prominentes que habían sido acusados de cometer actos de violencia contra la mujer. Ayudó a que O. J. Simpson fuera absuelto por el asesinato de su esposa; representó a Jeffrey MacDonald, un ex boina verde y médico condenado por matar a su esposa y a sus dos hijas, y a Mike Tyson, que había sido condenado por violar a una concursante de dieciocho años en el concurso Miss Black America.



De alguna manera, Dershowitz viene a representar el prototipo de abogado retorcido, chanchullero y sin ningún respeto por la verdad, capaz de forzar la ley hasta extremos delirantes para librar a sus defendidos de acusaciones sobradamente fundamentadas. Nos recuerda poderosamente a Jacques Vergès, defensor de criminales como Carlos el Chacal o el teniente nazi Klaus Barbie, y a quien Barbet Schroeder -autor también de un film sobre el caso von Bülow- retrató magistralmente en "El abogado del terror" (2007).



(Fuente: https://www.newyorker.com/; traducción y artículo completo: https://es.sott.net/)

LA CONDENA DE LA FILOSOFÍA



A principios del siglo XIII tuvo lugar el crucial hecho de la recuperación de importantes partes del legado filosófico aristotélico que habían sido desconocidos durante muchos siglos en la tradición filosófica occidental. Durante aquellos años tuvo lugar una ingente labor de traducción de obras del filósofo estagirita al latín, de comentarios filosóficos sobre aspectos de la metafísica, la filosofía natural y la política de Aristóteles que ya habían sido convenientemente glosados por filósofos árabes y judíos como Avicena, Maimónides y sobre todo el gran filósofo cordobés Averroes.


El pensamiento cristiano se reencontró con el legado del pensamiento griego lo que planteó innumerables retos para conciliar el dogma cristiano con algunas de las tesis filósoficas griegas como eran la eternidad del mundo, el problema de la libertad y la unidad del entendimiento. El genio intelectual de Santo Tomás de Aquino logró una casi perfecta simbiosis entre el pensamiento aristotélico y la tradición cristiana. No obstante, numerosos teólogos de la baja edad media, especialmente de la universidad parisina de la Sorbona, encontraban muchas de las sutiles elaboraciones intelectuales de la llamada filosofía escolástica incompatibles con muchas de las verdades reveladas por el dogma. De ahí que el Papa Juan XXI instase en 1277 al arzobispo de París, Étienne Tempier, a que elaborase un listado de doctrinas prohibidas que defendían un grupo de filósofos cristianos conocidos como los averroístas latinos que habían intentado, como el filósofo árabe Averroes, defender una vía de pensamiento especulativo independiente de la teología, conocida como el principio de la doble verdad.

Como consecuencia de la prohibición eclesiástica de 1277, 219 de las llamadas proposiciones defendidas por el averroísmo latino, incluídas algunas defendidas por el propio Santo Tomás de Aquino, fueron declaradas heréticas y su enseñanza en la universidad fue proscrita. Cualquiera que enseñara o escuchara alguna de estas doctrinas era reo de excomunión. Aunque la damnatio parisiensis no contenía ningún nombre en particular parece que se dirigía expresamente contra la obra de importantes filósofos y profesores de la facultad de artes de París entre los que se encontraban Sigerio de Brabante y Boecio de Dacia entre otros. Para muchos esta condena de la filosofía supuso un retraso en el progreso del pensamiento especulativo y científico que hizo retroceder el avance de las ciencias en al menos un par de siglos. Sólo gracias a la influencia del escotismo, el nominalismo bajo medieval y sobre todo el renacer de las humanidades en la filosofía renacentista esta volvería a alcanzar el esplendor que tuvo a principios del siglo XIII y que se manifestó con toda su plenitud en la síntesis del pensamiento tomista.

Hace unos días varios medios de comunicación se hacían eco de la publicación de un manifiesto firmado por un nutrido grupo de profesores de filosofía, entre los que se encuentra el famoso defensor de la causa animalista Peter Singer. En este manifiesto se alertaba a la comunidad filosófica y al mundo de la cultura en general de los intentos cada vez más frecuentes que el movimiento feminista y la llamada ideología de género están intentado llevar a cabo para lograr una nueva damnatio filosofiae al estilo de la acontecida en 1277.


La excusa para promover la censura en los departamentos de filosofía parece ser la de que promover estudios críticos sobre la visión culturalista, convencional y emotivista de la sexualidad y el género, supone una forma de transfobia y discriminación intolerable. Los firmantes del manifiesto de denuncia de una nueva inquisición de género se hacen eco de inquietantes hechos como el despido de docentes en universidades de los Estados Unidos que mantienen posiciones abiertamente críticas con visiones puramente culturales sobre la llamada intersexualidad o la difusión de un panfleto anónimo en una revista académica internacional de filosofía donde se aboga por la censura de artículos críticos con la ideología de género. Este panfleto, firmado por un supuesto doctorando de filosofía que se identifica a sí misma como una mujer trans, denuncia el discurso del odio y la transfobia que supuestamente destilan multitud de trabajos académicos sobre cuestiones relativas al sexo y al género en varios departamentos de filosofía anglosajones.

Muy al contrario, el grupo de filósofos lo único que persiguen es fomentar el pensamiento libre y la crítica rigurosa de muchos de los planteamietos de la llamada ideología de género. La crítica intelectual no puede suponer forma alguna de homofobia o de transfobia, pues no se dirige a promover ninguna forma de discriminación hacia personas con identidades sexuales u orientaciones sexuales específicas sino que se dirige a combatir concepciones neo-nietzscheanas puramente voluntaristas según las cuales el sexo o el género no tienen más sustrato que la propia volición del individuo, dejando de lado cualquier contribución al debate académico que la genética, la endocrinología o la filosofía puedan aportar.

Se da la extraña circunstancia de que en estos tiempos de exaltación acrítica de la diferencia y de hipersentimentalismo, donde se ha producido una transmutación del principio cartesiano del pienso luego existo en favor del existo porque siento, la filosofía, como ya ocurriera durante buena parte del medievo en la que ésta se subordinó a la teología, se está conviertiendo de nuevo en una sierva (ancilla en latín) de la ideología de género. De hecho, buena parte de la literatura del llamado feminismo y la teoría queer hace un uso abundante y poco riguroso de categorías filosóficas para defender sus tesis. Hasta el punto de que hoy se podría hablar de una auténtica escolástica de género, donde la filosofía sólo tiene sentido si se subordina a las exigencias del dogma de género.

Una buena parte del estamento universitario está aceptando esta lamentable situación y transigiendo con la merma de la independencia de la que filosofía siempre ha hecho gala. Las razones son múltiples. La fundamental reside en la tendencia a seguir la moda, pues el feminismo y la llamada ideología de género están invirtiendo ingentes cantidades de dinero en copar el mayor número de publicaciones especializadas donde poner de manifiesto su hermenéutica de la sospecha, creyendo descubrir sesgos de género en toda clase de manifestaciones culturales y filosóficas. Una docente británica, Kathleen Stock, experta en la obra de Aristóteles, denunciaba con gran indignación cómo había recibido importante presiones para que incluyera en una ponencia sobre estudios de filosofía antigua, celebrado en la Universidad de Sussex, una recesión crítica sobre el carácter misógino del pensamiento aristotélico. La docente también habría sido objeto de varios episodios de acoso estudiantil por defender visiones críticas con la ideología de género.


Por otro lado, se ha hecho también público que la Universidad de Oxford, una de las instituciones capitales en el renacimiento del pensamiento platónico en los siglos XV y XVI, habría impuesto que no menos del 40% del currículo académico en filosofía tuviera como protagonistas a mujeres filósofas, aunque fueran de segundo orden, en detrimento de figuras capitales como Rousseau, Wittgenstein, Tomás de Aquino o Kant. También algunos clásicos, como Platón o Aristóteles deberían ser explicados críticamente a fin de dejar constancia de lo erróneo de sus planteamientos en relación a las cuestiones de género, sin valorar el anacronismo en que se incurre y el desconocimiento grosero de las circunstancias históricas de dichos pensadores.

En pleno siglo VI a. C. tuvo lugar lo que el filólogo alemán Wilhelm Nestle caracterizó como el milagro griego: el paso del pensamiento mítico al filosófico caracterizado por el rigor y el espíritu crítico. Desde entonces la filosofía se ha constituido en un saber de segundo grado especializado en valorar críticamente los hallazgos de otros saberes categoriales. Ahora en pleno siglo XXI se está procediendo a la inversión de lo acontecido en la antigua Grecia: el paso de la filosofía al mito de género.

Carlos Barrio
(Visto en https://disidentia.com/)

sábado, 17 de agosto de 2019

"ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD", LA NOSTALGIA DE LO QUE NUNCA FUE




Hay dos maneras de pensar en qué mundo le gustaría a uno vivir. Una es volver la mirada atrás y anclarse en un momento del pasado en que las cosas fueron como (creemos que) tenían que ser. La otra consiste en proyectarse a un mundo de fantasía, valores y belleza que trasciende la fealdad, lo ramplón y lo limitado del mundo que conocemos.

Nostalgia o evasión, en definitiva.

Solo que ciertos creadores son capaces de sintetizar lo mejor de ambas posibilidades y transfigurar el pasado, ofreciendonos una versión del mismo asumidamente irreal, pero más acorde con nuestros deseos de plenitud, salvación y sentido.

Hoy, crítica de cine (casi) sin spoilers. Versión bre-
ve de la crítica: "A mí me ha gustado.Fin".
Como decía el editor del "Shimbone Star" en el "western" crepuscular por antonomasia -"El hombre que mató a Liberty Valance", de (como no podía ser de otra manera) John Ford-, “Esto es el Oeste, Señor. Cuando la leyenda contradice los hechos, se imprime la leyenda”.

Afirmar "Esto es el Oeste" pasados los tiempos heroicos y rudos de la colonización solo puede significar situarnos en el Hollywood que durante más de un siglo ha perpetuado la memoria de aquellos tiempos, generando en el proceso la más poderosa maquinaria de crear mitos que haya conocido la humanidad desde los tiempos de los antiguos griegos.

A ese espacio más icónico que real, donde el bien y el mal parecían estar perfectamente definidos, el héroe triunfaba y el amor, la verdad y la justicia no eran objeto de discusión nos lleva el último film de Quentin Tarantino, el "enfant terrible" de un cine post-moderno -si es que no "post-contemporáneo"- al que se le pueden poner muchos "peros", aunque nunca el de ser aburrido. Tal acusación dirigida contra este nuevo divertimento del de Knoxville demuestra una ligereza lamentable. Las dos horas y cuarenta y cinco minutos de su nueva entrega se pasan en un suspiro, y una vez más el cinéfago irredento juega con nuestras expectativas de un modo que solo los maestros como Buster Keaton o Alfred Hitchcock sabían hacer.

Explicar cómo procede Tarantino a redimir la prosaica realidad mediante la más gozosa fabulación es algo que no puede concretarse sin incurrir en el más abyecto "spoiler". Por ello, me limito a alinear "Érase una vez en Hollywood" con obras como "Madregilda", de Francisco Regueiro (1993), que se permitía matar a Franco en la postguerra civil inmediata abriendo una ucronía sin duda más deseable que los grises tiempos que tocó vivir a España (por no hablar del final anticipado de Adolf Hitler que el propio Tarantino nos regala en "Malditos bastardos", puesto a corregir el lamentablemente prosaico rumbo de la historia oficial).

Decida el espectador si la Sharon Tate de Tarantino
es autocomplaciente, adorable, tonta, infantil, su-
blime ... o todo ello a la vez.
El gozoso juguete del creador de "Pulp fiction" nos lleva a ese terreno del "y si ...", poniendo en el sangriento camino de la familia Manson a una pareja de dignos perdedores -y un pit bull al que echar de comer aparte, literalmente- que sobreviven merced a su voluntad de no abandonarse a lo fácil: asumir la decadencia, en el caso del actor venido a menos Rick Dalton (Leonardo di Caprio) y mantener la fidelidad a su amigo y socio en el caso del especialista Cliff Booth (Brad Pitt en el que tal vez sea su mejor papel en la pantalla, pese a su narcisista manía de exhibir abdominales).

A ambos les otorga el guión del propio director dos secuencias antológicas: el empeño -exitoso- de Rick en dar la talla en un papel antagonista para no decepcionar a una niña pedante y entrañable (Julia Butters) y el encontronazo de Cliff con la comuna de Charles Manson ejerciendo de "okupas" en el rancho de un viejo amigo (Bruce Dern), del que decide no apartarse hasta saber que se encuentra -más o menos- bien, pese a que los siniestros "hippies" parecen ir cerrando una siniestra trampa en torno a él, en una escena que es toda una lección de cómo graduar el suspense.

En el ampuloso fresco del Hollywood de 1969 que dibuja el director no faltan comparsas como Steve McQueen, Roman Polanski, Charles Manson, Sam Wanamaker, Michelle Phillips, (Mama) Cash Elliot, etc., encarnados por actores cuya similitud con los interpretados llega a ser sorprendente (¡bien por el departamento de casting!). Mención aparte merece la Sharon Tate que encarna la siempre fascinante Margot Robbie, y a la que se retrata como una niña grande, feliz e ingenua -y un tanto ensimismada- que, desde luego, merecía mejor suerte que el horrendo final que tuvo aquel 8 de agosto de 1969 en el mundo que hemos consensuado en llamar real, y que, desde luego, no es por el que nos lleva a transitar un Tarantino que nunca había sido tan comedido como en este filme lleno de momentos amables, luminosos y vitales.

"Glamour" y superficialidad con fundamento ... que no esta-
mos en el culpabilizado universo de Ingmar Bergman
Desde luego, no faltan ni las referencias al universo "pop", que llegan a abrumar por pura acumulación, ni alguno de los momentos de desmadre marca de la casa que resultan tan sutiles como encender un cigarrillo con un lanzallamas, pero si no estuvieran ahí sin duda los echaríamos en falta.

Podemos ofendernos por ver a Bruce Lee (Mike Moh) rebajado a arrogante macarra-que, además, recibe su merecido-, rechazar que el segundo mejor director de "spaghetti westerns" (ni se nombra al primero, ni falta que hace, habida cuenta del título del film) sea Sergio Corbucchi, olvidándonios de su tocayo Sollima, o abominar de la inclusión en la banda sonora de la versión que hizo José Feliciano de un "California Dreamin" cuyo original es sencillamente insuperable, pero una vez más el gran prestidigitador que ha crecido devorando cine sabe cómo no dejarnos indiferentes.

En resumidas cuentas, el hábil "quentista" del que nos sentimos cómplices desde hace ya un buen puñado de años nos ofrece un entretenimiento soberbio en el que nos invita, además, a reflexionar sobre la dignidad, la decadencia y la profesionalidad, y lo hace con un oficio, ligereza y ausencia de solemnidad absolutamente agradecibles.

Sería una lástima que cumpliera su palabra -rodar solo diez largometrajes, cuenta en la que éste ocupa la novena posición- y asumiera voluntariamente el convertirse en una vieja gloria, justo lo que el sensible e inseguro Rick Dalton -un protagonista de lágrima fácil- rechaza visceralmente.

Presentación en Cannes con la paradójica ausencia del can que resuelve la se-
cuencia final, y que merecería un premio a su interpretación.

Nos ha mentido ya, y casi siempre a lo grande, en nueve ocasiones previas, así que este bloguero prefiere confiar en que lo vuelva a hacer muchas más.

Lo prodigioso sería hacerlo mejor aún que en esta ocasión.

(posesodegerasa)

El héroe fuera de época y su fiel escudero, un arquetipo decididamente cervantino

PD.: Preguntas capciosas:

- ¿Qué pinta en el trailer de Columbia un plano de Charles Manson sonriendo que luego no aparece en la película?
- ¿Es Samuel L. Jackson el tipo mal encarado que aparece como figurante en la escena del "saloon"?
- ¿Qué ha sido del personaje interpretado por Tim Roth, que aparece en los créditos finales pero no en el montaje estrenado en cines?
- ¿Por qué Carlos Boyero es el único crítico que puso a parir esta película en Cannes?
- Se habla de que Cliff mató a su mujer de un modo que adivinamos truculento, pero que un inesperadamente comedido Tarantino renuncia a mostrar visualmente, aunque sí aparece lo que podría ser el preludio de dicha muerte, ¿hemos de suponer que la señora Booth sufre lo que podríamos llamar un "Marvin", al estilo de la absurda muerte accidental que le ocurre a dicho personaje en "Pulp Fiction"?

ALAN WATTS: "EL SUEÑO DE LA VIDA"


viernes, 16 de agosto de 2019

CAPITÁN DE "OPEN ARMS" PILLADO “IN FRAGANTI” EN PLENA NEGOCIACIÓN CON LA MAFIA DE LA INMIGRACIÓN ILEGAL



El secreto a voces que venimos denunciando desde diversos blogs alternativos tiene en las imágenes que váis a ver una confirmación irrefutable: el traficante Ramzi Alí dando instrucciones al capitán del Open Arms acerca de dónde ha salido la última remesa de "náufragos" a los que recoger.

Aquí no se trata de rescatar vidas (esa es la excusa aducida, y que funciona realmente bien dada la proclividad de los europeos a la mala conciencia). Se trata del lucro que permite el tráfico regular de personas de una costa a otra del Mediterráneo.

El "humanitario" Ramza Ali con sus compinches
El video demuestra que "Open Arms" opera en connivencia con el grupo criminal Al-Bija Boys, que extorsiona a emigrantes desesperados por llegar a las costas de Europa imponiendoles un precio abusivo ante la garantía de que las ONGs completarán el trayecto, en vez de aplicar la legislación internacional por la cual habrían de llevarles al puerto seguro más cercano (Túnez, Egipto, Argelia, ...)

Al-Bija Boys es un grupo perseguido en varios países por tráfico ilegal de petróleo, drogas ... y seres humanos. Son los nuevos negreros del siglo XXI, pero su negocio funciona gracias a la colaboración de ONG´s que reciben generosas subvenciones de nuestros impuestos a cambio de crear desarraigo para los inmigrantes e inseguridad para los europeos.

Por supuesto que los seres humanos merecen solidaridad, apoyo y asistencia. Pero someterles a la extorsión de bandas de traficantes de personas que operan con la necesaria colaboración de auténticos "cínicos sin fronteras" no parece la forma más ética de hacerlo.

La parte del problema en la que los críticos evitan
pensar.

(posesodegerasa)

PD.: Adelantandome a posibles críticas, quiero aclarar que, pese a lo que se dice en el texto del "tweet", el vídeo SÍ fue emitido en su día por televisión. Pertenece al documental ‘Astral’ que el equipo del programa ‘Salvados’ grabó y emitió en LaSexta en 2016. Lo significativo, pese a la (relativamente) escasa novedad de la grabación, es el hecho de que "Open Arms" se informa por traficantes que tienen calculado en qué punto se quedarán sin combustible las lanchas cargadas de fugitivos, exponiéndose a la muerte en alta mar. Y si dos y dos son cuatro es fácil deducir por qué lo saben. En cuanto a "Open Arms", ¿qué podemos pensar de quien colabora con criminales?