miércoles, 22 de enero de 2020

LA SUTIL (PERO IMPLACABLE) DICTADURA HACIA LA QUE VAMOS



Pablito es un niño completamente normal, prefiere jugar a hacer los deberes, suele indisciplinarse de cuando en cuando y, con demasiada frecuencia, intenta negociar la hora de acostarse, el aseo o los menús de las comidas. Como a la mayoría de los niños criados en el seno de familias con estabilidad económica, está sobreprotegido. Aun así, cuando abusa del cariño y condescendencia de sus padres, estos le recuerdan su posición: “Tú eres el niño y nosotros los progenitores”. Ni que decir tiene que imponer cierta disciplina a Pablito no es tarea fácil, pero a base de amenazarle con pequeños castigos (¡te vas a quedar sin la consola una semana!) y mucha paciencia, Pablito siempre vuelve al redil.

Pero un día Pablito se mostró inusualmente cabezota. Se negó en redondo a comer lo que tenía en el plato. Tras muchos minutos de intentar convencerle y otros tantos de negociación, los padres empezaron a perder la paciencia. Entonces, Pablito los miró desafiante y dijo: “¿Qué vais a hacer para que me coma las espinacas, pegarme? No podéis. Si lo hacéis os denunciaré e iréis a la cárcel.”

Los padres se quedaron sin habla. El niño no bromeaba. Había descubierto por casualidad, viendo un telediario, que sus padres en realidad no tenían autoridad, ésta pertenecía a un ente que estaba por encima de ellos. No podían tocarle, ni siquiera propinarle un leve cachete. El Congreso había aprobado prohibir por ley cualquier castigo corporal; incluso agarrar por la fuerza a un niño podía acarrear una condena si el menor sufría un leve rasguño. Ahora Pablito podía desafiar a sus padres con todas las de la ley, y nunca mejor dicho.

Sanciones culturales 

Para los ideólogos de esa ley, el objetivo era promover un cambio de mentalidad. Su pretensión no era imponer una sanción legal sino cultural. Sucede que, una vez que las ideologías han perdido vigencia, los políticos del mundo desarrollado han ido trasladando las viejas luchas ideológicas al terreno cultural, un terreno que pertenece al ámbito privado de las personas y resulta bastante resbaladizo. 

Como explicaba el sociólogo Donald Black,”la cultura es un juego de suma cero”, y rara vez sus conflictos pueden resolverse mediante el compromiso entre las partes porque las discrepancias culturales generan reacciones aún más viscerales que las disputas ideológicas. La politización de la cultura tiende a plantear problemas que es imposible resolver mediante el acuerdo. En consecuencia, una vez las disputas ideológicas se han ido trasladando al terreno cultural, los acuerdos se han ido volviendo imposibles.

Los conflictos sobre los límites del Estado de bienestar o la regulación del mercado, por ejemplo, suelen solventarse, para bien o para mal, mediante un cierto pragmatismo. Sin embargo, los conflictos sobre la soberanía nacional, la promoción de nuevos modelos de familia, el matrimonio homosexual, el aborto libre o la “libertad” de elección de género, por poner sólo algunos ejemplos, generan en la sociedad tensiones y desacuerdos insuperables. La razón es que estos cambios impositivos mediante legislación afectan a valores y cuestiones morales que trascienden el orden meramente administrativo. Las personas, aun a disgusto, pueden, adaptarse a una subida de impuestos, pero difícilmente aceptarán ver violentadas por ley sus convicciones íntimas de un día para otro.

La dictadura y la evolución social por presión 

Esto no quiere decir que los valores de una sociedad sean o deban ser inmutables. Todo, absolutamente todo, es susceptible de evolucionar, incluso las convicciones o tradiciones más arraigadas. Pero pensar que el orden social es una construcción artificial y que, por tanto, su transformación puede ser dirigida desde arriba, es un error. Las instituciones eficaces se distinguen de las ineficaces, más que por un acertado diseño, porque son coherentes con la sociedad; es decir, no son fruto de las ocurrencias de un puñado de expertos, sino de una laboriosa y compleja interacción a lo largo del tiempo.

Esto no quita que hasta la reforma más prudente genere tensión. La relación entre tradición y nuevos conocimientos siempre ha sido una relación complicada. Ya en la antigua Atenas, el choque entre la doxa (creencia u opinión) y la episteme (nuevo conocimiento) dio lugar a encendidos debates. Y aunque, después, en la Roma imperial o, más tarde, en la Europa medieval primó la tradición, esta tensión nunca desapareció.

Con la llegada de la modernidad, y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, la tensión entre la autoridad de la tradición y nuevas maneras de legitimación alcanzó un punto álgido. Las viejas convenciones que proporcionaban un marco común de entendimiento perdieron su vigencia. Pero, lamentablemente, la vieja autoridad y su red de significado común no fueron reemplazados por un sistema equivalente. La contracultura que emergió en los 60 resultó ser mucho más eficaz socavando las viejas instituciones que construyendo otras nuevas.

El fin del viejo orden… sin sustituto a la vista

Durante la década de 1960, a pesar de la prosperidad económica y del progreso tecnológico, las sociedades occidentales parecieron haber perdido los recursos morales con los que legitimarse. La expresión de la autoridad en todas sus formas quedó expuesta a una abrumadora contestación. El problema no consistía en que una forma determinada de autoridad estuviera siendo cuestionada, era mucho más grave: la autoridad, como concepto, había entrado en crisis.

Ya, en los 50, Hannah Arendt advertió que la autoridad se había convertido en “casi una causa perdida”. Y señaló que esta trasformación se estaba traduciendo en una pérdida de “autoridad de los padres sobre los niños, de los maestros sobre los alumnos y, en general, de los mayores sobre los jóvenes”. El marco común de autoridad, que no autoritarismo, donde el padre y la madre eran el pilar familiar; los abuelos, por su experiencia, los consejeros; el maestro, por sus conocimientos, el guía; el médico, por su ciencia y humanidad, un referente, todo ese marco empezó a desaparecer y a ser suplantado por las ocurrencias de los expertos.


En efecto, a mediados del siglo XX el equilibrio entre tradición y nuevo conocimiento quebró. Y sucedió lo impensable: las sociedades occidentales rompieron por completo con su tradición, con su pasado. Como Robert Nisbet señaló, la revuelta contra la autoridad había sobrepasado el punto de no retorno.

Sin embargo, las élites dirigentes, lejos de afrontar la gravedad de la crisis, trasladaron la responsabilidad del conflicto a aquellas personas que insistían en conservar sus valores y se negaban a someterse a los dictados de los expertos. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, y gracias a la amarga experiencia del nazismo, esta desconfianza hacia el pueblo se vio reforzada. Las élites asociaron el apego a las tradiciones con un comportamiento patológico. La imagen de un pueblo irracional, subyugado por un Führer, les obsesionaba. 

Hubo que esperar a la década de 1990 para que Christopher Lasch llamara la atención sobre la creciente aversión de la clase dirigente hacia cualquier expresión que considerara populista. Lasch observó que, mientras antiguamente los liberales progresistas se habían preocupado por el declive de la participación popular en la política, ahora parecían considerar esta apatía como una buena noticia. Y se dedicaron a imponer una rígida ideología cultural orientada a deslegitimar las costumbres y preferencias del ciudadano común. Así, el desdén de Platón por el demos y su defensa de la autoridad del sabio-gobernante ha terminado por reaparecer con inusitada fuerza en unas élites que están convencidas de que el ciudadano común rara vez sabe lo que le conviene.

El ascenso irresistible del Poder 

La ruptura con el pasado, la dislocación entre nacionalidad y Estado, la segregación entre comunidad y Administración y la guerra cultural contra la tradición parecen ser parte de un proyecto integral de reeducación y nueva dictadura que, como era de prever, ha degenerado en un conflicto generalizado. Algo que ya anticipó Daniel Patrick Moynihan, quien había servido a tres presidentes norteamericanos, cuando se aventuró en los 70 a hacer la arriesgada predicción de que las locas ambiciones de los 60 traerían consigo arrepentimiento y amargura.

En este afán de promover una nueva visión del mundo, políticos, expertos e intelectuales han terminado imponiendo un esquema amigo-enemigo que ha polarizado a la opinión pública: el disidente ya no es considerado un simple adversario, sino el enemigo. Una actitud intransigente frente a lo que a su vez reaccionan con vehemencia los menos moderados del lado contrario. De esta forma, la polarización se retroalimenta y el estallido del conflicto se convierte en una profecía autocumplida.

Sea como fuere, lo que parece evidente es que el ámbito privado de las personas cada vez está más constreñido por la acción legislativa de políticos y expertos. Un horizonte de peligrosa pérdida de libertad que ya vaticinó Nisbet cuando dijo: “Algunos piensan que el deterioro de la autoridad abrirá una nueva era de mayor libertad individual. Otros creen, por el contrario, que conducirá a la anarquía social. Yo diría más bien que el vació dejado por la autoridad será llenado por un ascenso irresistible del Poder.”

Javier Benegas
(Visto en https://disidentia.com/)

UN ADOLESCENTE "CANTA" LAS VERDADES DEL BARQUERO AL FEMINISMO SUPREMACISTA



... feminismo del que todos sabemos que no se puede disentir, porque si no te pliegas a las exigencias de las histéricas adoctrinadas por el pensamiento único eres un machista, si reivindicas tu dignidad o tus derechos más básicos eres un fascista y te mosquea que tras la cantinela de la igualdad* parezca que hay algun@s más iguales que otr@s eres un infiltrado del heteropatriarcado falocéntrico cisgénero opresor (algo me falta, algo me falta ... ¡Ah, sí! ... y un violador).

Frente a tanta desorbitada memez hay quien está abriendo los ojos y preguntando en voz alta cómo hemos llegado hasta esto. Y, frente a la bovina resignación de los acomodados, son jóvenes como el que reflexiona en voz alta en estos dos vídeos los que se atreven a disentir del tramposo discurso alentado por el poder político, y recordarnos que la verdadera igualdad no consiste en el sometimiento de un sexo frente al otro, sino en la superación de estereotipos, resentimientos y dogmatismos ciegos. La inteligencia sigue siendo el arte de saber cuestionar la propaganda, los tópicos y la manipulación. Conforta comprobar que aún hay quien, con el sencillo lenguaje de la calle, hace un recto uso de ella.



ERUPCIONES VOLCÁNICAS Y TERREMOTOS, ¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN EL MUNDO?


Desde el comienzo del año 2020 no ha habido ni un solo momento de respiro en cuanto a actividad sísmica y volcánica se refiere. De hecho recientemente Puerto Rico experimentó un enjambre de terremotos jamas registrado en la zona y de repente los volcanes de todo el mundo están disparando nubes gigantescas de cenizas a kilómetros en la atmósfera, algo que está desconcertando a los científicos. ¿Qué está pasando en el mundo?

martes, 21 de enero de 2020

EL GRAN NEGOCIO DEL CAMBIO CLIMÁTICO




La campaña de culpabilización colectiva a cuenta de la supuesta responsabilidad humana en lo que se ha catalogado analfabetamente como "cambio climático" (¿acaso es deseable una imposible "inmutabilidad climática"?) juega, a falta de argumentos científicos -ya saben, el planeta necesita ignorancia y hay que empezar por faltar a clase-, con todos los resortes emocionales que la publicidad de alto nivel sabe movilizar.

Solo que al final muchos acaban siendo revelados como lo que son: trucos baratos de prestidigitador tramposo. Así, por ejemplo (y no voy a hablar todavía de Greta Thurnberg) Magonia reveló lo que había detrás de la imagen viral de un oso agonizante y famélico: “Es imposible decir por qué estaba en ese estado. Podría ser por una herida o enfermedad” se admitió en la radio pública canadiense, para a continuación arrimar el ascua a la sardina de Al Gore -no a la del oso- profetizando que “lo importante es que estaba muriéndose de hambre y, según vayamos perdiendo hielo en el Ártico, los osos polares morirán de hambre”. Sin embargo tal predicción no tiene sentido por ahora, puesto que se calcula que hoy en día viven unos 28.500 osos polares, frente a los 22.500 de 2005”. El retratado representaba una excepción, no la norma.


Si los datos oficiales –rechazados por sujetos como Donald Trump, quien niega la existencia del cambio climático y su influencia en la economía tumbando de esta forma el informe de la Casa Blanca- ya guardan contradicciones incómodas, como que los alimentos ‘ecologistas’ dañan la sostenibilidad ambiental -pues según datos la agricultura orgánica necesita un 70% más de tierra en promedio para producir la misma cantidad de productos que los métodos convencionales-, o que la UE emite un 30% menos de CO2 que hace medio siglo, no resulta muy positivo que iconos como la joven sueca de dieciséis años culpe a los políticos de atentar contra el medioambiente debido a sus desintereses, pero predique la creciente necesidad de salvar a los bancos como solución para salvar a la humanidad y fomentar una desorbitante subida de impuestos, más aún considerándose una chica anticapitalista y antifascista.


La geoingeniería: esa gran olvidada en el ‘cambio climático’

A principios de noviembre de 2019, se publicó en It-Magazine un reportaje estrella en el que Patricio Carrasco no sólo desmontaba los planes gubernamentales sino que explicaba cómo la geoingeniería es una práctica datada desde hace años, siempre al servicio de las grandes corporaciones y políticos de peso. También vaticinaba que el CO2 dejará de ser el enemigo principal, para sustituirse por la luz solar.

“Es un negocio creado por la ONU, no sólo para la obtención de grandes cantidades económicas, sino para evitar la evolución de los países en vías de desarrollo. Y no sólo eso: también por la creación de protocolos, los cuales no todos se cumplen a rajatabla, como el Protocolo de Kyoto, que casualmente no está firmado por los países más contaminantes. A esto hay que sumarle que de pronto empiezan a vendernos las cuotas de emisiones de CO2. Esto lo que hace al final es que las grandes empresas se coman a las pequeñas, evitando así que avancen, minando la economía de los países y no pudiendo éstos llegar nunca a ser autosuficientes ni a prescindir de créditos de grandes corporaciones como el FMI o el BCE” sentenció el señor Carrasco en esa publicación.

Los políticos internacionales promueven la geoingeniería como la mejor solución para combatir el conocido cambio climático.

La manipulación climática sí que genera factores contaminantes y es altamente dañina, ya no para el medio ambiente, sino para nuestra salud. Sin embargo, esta ciencia en pro de una cuestionable moral se negaría a medias públicamente. Así, mientras los chemtrails son considerados una conspiración imposible –aunque hay documentos que demuestran su existencia, e incluso lugares como Uña de Quintana que consiguió proclamarse libre de chemtrails-, la manipulación climática es brindada como la solución para el planeta. Resulta llamativo que Donald Trump, catalogado de “negacionista”, apueste por ella, participando incluso en la exposición de tres experimentos realizados en 2018.



“A España se le ha estado atacando con técnicas de disipación de lluvia desde que se demostró que funcionaba al realizar los primeros experimentos” informó Patricio Carrasco. “Allá por 1940 se expuso que podía manipularse la precipitación por medio de la sobresiembra u ‘overseeding’. Eso aumentó muchísimo los núcleos de condensación, por lo cual esas gotitas de agua se adhieren en dichos núcleos pero, son tan diminutos que las gotas no pesan lo suficiente para que lleguen a precipitar. O incluso frentes nubosos que llegaran para estos sitios: antiguamente se hacía una siembra, es decir, crear núcleos de condensación espaciado para que varias gotitas de agua se juntaran con esos núcleos de condensación y pesaran lo suficiente para precipitar. Ahí sí llovía, pero dejaban que lloviera en el mar, y mientras tanto aquí en la Península no caía ni una gota. Lógicamente ahora las técnicas han evolucionado: ionización y técnica de aviones, que no avionetas …”


Son muchos los argumentos que no sólo ponen en entredicho el cambio climático, sino que esclarecen las hipócritas intenciones de nuestros máximos representantes. Sin ir más lejos, recientemente una red global de 500 científicos y profesionales pertenecientes a más de 20 países de todo el mundo, ha hecho llegar un manifiesto urgente al secretario general de la ONU, Antonio Gutierres, con un único mensaje: “No hay ninguna emergencia climática”.

¿Y si el manido "cambio climático" fuese solo un lucrativo fraude?

(Visto en https://tuespacioyelmio.wordpress.com/)

SEÑORA MINISTRA, PÁRESE A REFLEXIONAR




EXPEDIENTE ROYUELA: ELIMINACIÓN DEL PERIODISTA ANTONIO HERRERO


lunes, 20 de enero de 2020

SEÑORA MINISTRA, ¿SON ENTONCES LOS NIÑOS UNA PROPIEDAD DEL ESTADO?



“No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”, ha afirmado con sospechosa vehemencia la ministra de Educación Isabel Celaá. Su premisa de que seres en proceso de constitución son "cosas" sobre cuya titularidad cabe discutir no puede por menos que escandalizar a cualquier intelecto no anulado por los grilletes de la ideología.

Los hijos son un bien sobre el cual no cabe plantearse el privilegio de la propiedad, sino el desafío de la responsabilidad, respecto al cual siempre será más sospechoso el Estado, que promueve súbditos dóciles y acríticos, formando consumidores/votantes, que las familias, cuya motivación, en principio, es de orden amoroso, pese a lo cual es difícil no encontrar múltiples ejemplos de familias desestructuradas, tóxicas o directamente inexistentes, situaciones que abocan a los menores a intolerables infiernos que les acompañarán toda su vida. Corresponde al Estado la tarea de velar porque esos infiernos no se materialicen, pero los clamorosos fallos en el cumplimiento de esta obligación llevan al aparato administrativo a ser objeto de una desconfianza mayor que la manifestada genéricamente hacia las familias.

¡Qué curioso que este adoctrinamiento no le parezca mal al
nuevo gobierno!
Por otra parte, la maleabilidad de mentes tan influenciables como las de los niños los hace el objeto ideal de todo sistema de adoctrinamiento, sea éste religioso, político, ideológico, etc. Y, puesto que toda educación es una conformación de la psique, solo cabe garantizar las mejores intenciones de quienes asumen esa tarea, propósito que preside precauciones como la recientemente implementada de exigir a los docentes que certifiquen la ausencia de delitos contra la integridad sexual.

El ordenamiento jurídico vigente, con un talante, cuanto menos, salomónico, reconoce el derecho de los padres a transmitir a sus hijos sus propias convicciones y su visión de la realidad en el Artículo 27 de la Constitución, cuyo apartado 3 establece que "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones", pero establece unos límites a esa transmisión al señalar previamente que "La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales".

Parece claro que la formación en valores es parte consustancial de la función educativa, siempre desde una "ética de mínimos", de acuerdo con la formulación de Adela Cortina, y no de unos máximos que nos abocarían a la parcialidad. Por acudir a un ejemplo: debemos enseñar a los niños -a todos los niños- a no tratar con violencia a sus semejantes como regla de convivencia fundamental, evitando la agresión física o verbal. Si hemos de fundamentar esa actitud pacífica en principios de orden superior, como un ideal de fraternidad, el respeto a la condición de seres sintientes o un mandato de naturaleza religiosa, eso ya dependerá de las convicciones que cada familia comparta, siendo fácil la coincidencia de masones, animalistas o cristianos en la conducta a fomentar y harto difícil el acuerdo en su justificación ética. Pero dado que la educación común debe formar las conductas, no las conciencias, puede establecerse una sintonía de base que es la que da contenido a los citados principios democráticos de convivencia.

En cambio, derechos y libertades de los educandos nos plantean no pocos problemas. En primer lugar porque la delicada balanza entre derechos y obligaciones de los menores está inevitablemente desequilibrada, puesto que su responsabilidad legal es inexistente y deben asumirla otros por ellos. Y cuando, a rebufo de intereses inconfesables, vienen los ideólogos de nuevo cuño a añadir supuestos neo-derechos y neo-libertades a los formalmente consensuados el desequilibrio hace insostenible el edificio. Así, remataba la Ministra de Igualdad, Irene Montero, que es prerrogativa del gobierno "liberar a los hijos de padres homófobos". Y ahí la torpeza de Celaá es sobrepasada por una idea que es el equivalente del clásico "matar moscas a cañonazos". Porque unos padres pueden ser homófobos, etiqueta simplista que oculta las muchas posiciones, a veces antagónicas, que pueden esconderse bajo ella (¿odian esos padres a los homosexuales u odian la homosexualidad? ¿miran al excluído desde la fobia rampante o desde la caridad (por impostada que sea)? ¿proponen la hostilidad física, el apartamiento, la resignación cansina, ... hacia el diferente?), pero no dañar la convivencia básica porque la proyección de sus ideas sobre sus vástagos sea ineficaz, o respetuosa, o inexistente. Y porque son las acciones lo sancionable legalmente, no las ideas ... a no ser, insisto, que concedamos al gobierno la desorbitada atribución de dirigir los pensamientos de los ciudadanos. Y, ya puestos, que seamos unos totalitarios de cuño estalinista.

Esto funciona con borregos, no con personas.
La convivencia social no es tan frágil que no pueda soportar algunos desajustes tan insignificantes que, sometidos a corrección, acabarían por causar un problema mayor que el que se pretende solucionar.

El hecho es que esperar que el poder político nos conduzca a todos a un mundo utópico, perfecto y feliz no es en modo alguno razonable. Es más, una sana desconfianza frente al Sistema es la actitud más deseable. Nadie está obligado a confiar en quien puede causarle un grave quebranto con su traición. Es justamente la desconfianza la que ha llevado a establecer principios normativos que pretenden bloquear los resquicios por los que los abusos puedan colarse.

Dejo para el final de esta reflexión el detonante que ha llevado a la ministra a su poco reflexivo pronunciamiento: el controvertido "pin parental" con el que se ha dotado a los padres de alumnos de la Comunidad de Murcia de un mecanismo para eximir a sus hijos de verse expuestos a doctrinas de las que abominan. Y es que la clave del problema está en cómo les son suministradas esas doctrinas. Existen unos contenidos académicos públicos, consensuados, explicitados en una programación y aprobados por el Ministerio de Educación que pueden -y deben- ser objeto de escrutinio por parte de los padres, y que son impartidos por profesionales formados y con garantías. Pero también existen charlas "sobrevenidas" por parte de oportunistas eximidos de ese escrutinio y que están ejerciendo una infiltración ajena a las garantías que el pacto educativo establece. Las materias evaluables pueden ser examinadas, y los padres disponen de cauces democráticos para hacer constar sus objeciones, como, por ejemplo, las ampas o el Consejo Escolar del Estado. Pero esos contenidos añadidos "de rondón", impartidos por supuestos "expertos" (expertos en ejercer el clientelismo partidista) y situados fuera de la normalidad académica suponen, lisa y llanamente, un abuso del pacto educativo, y, por extensión, del pacto social.

¿De verdad crees que gente así puede apoyar el desarrollo
moral de tus hijos?
Y frente al abuso de una parte -la fuerte- el "pin parental" es la reacción lógica del otro. Si no existieran trampas del poderoso no habría necesidad de arbitrar medidas como ésta. Pero, como señaló Foucault "donde hay poder despótico hay resistencia".

Por último, sería también de agradecer una cierta coherencia en el discurso gubernamental: los mismos que santificaban el derecho a adoptar de las parejas del mismo sexo, excluyendo del debate los derechos prioritarios de los niños, son los que ahora minimizan los derechos parentales frente a unos menores a los que súbitamente se protege de ser "sujetos pasivos sin voz ni derechos, a los que se ha usurpado la titularidad de su vida tratándoles como objetos".

O sea, lo hace la que plantea quién es su propietario.

(posesodegerasa)