miércoles, 20 de junio de 2018

PARANTROPOLOGÍA: RELATOS QUE DESAFÍAN LA LÓGICA (1)



Precognición, telepatía, la acción de la mente sobre la materia, apariciones extraordinarias … ocurren en pueblos preindustriales y culturas exóticas ante los ojos de antropólogos que fueron hasta allí interesados por otras cuestiones. Desconcertados por los sucesos anómalos que vivieron, estos investigadores de la condición humana decidieron anotarlos en sus cuadernos de campo. Un puñado de historias insólitas que surgen justo allí donde menos se las espera.

La antropología aspira a desentrañar las claves de la condición humana. Para ello, sus investigadores se miran en el espejo de otras culturas, en ocasiones, muy exóticas. Recopilan datos preguntando a informantes acerca de sus usos, costumbres y creencias, o bien, directamente efectuando la denominada “observación participante”. Es decir, introducirse y convivir durante un largo período de tiempo dentro de una comunidad con el propósito de recabar, de primera mano, todos los datos necesarios. Durante esa inmersión en la vida cotidiana de otras gentes, el antropólogo suele suspender el juicio de aquello que observa. Actúa como una suerte de frío y distante notario de la realidad que pasa ante sus ojos. También, parece inevitable caer en una cierta superioridad intelectual. Al fin y al cabo, aspira a explicar aspectos y comportamientos de la comunidad, cuyo sentido, los propios miembros que la componen ignoran por qué los hacen o los creen.

Sin embargo, el antropólogo también es humano y su aplomo científico, en ocasiones, se ve sacudido por sucesos que desafían su intelecto. En muchos cuadernos de campo y publicaciones etnográficas asoman un puñado de experiencias extraordinarias donde los testigos de anomalías son, precisamente, aquellos que estaban llamados a explicarlas. Un conjunto de sucesos raros que descolocó la mente de los más ilustres y afamados investigadores de los pueblos y etnias preindustriales.

Telepatía amazónica

En 2003 murió uno de los mejores reporteros de la revista National Geographic. Se llamaba Loren McIntyre, un fotógrafo y ex oficial de la marina que gustaba calificarse a sí mismo como un “yonkie de la exploración”. Entre sus principales gestas periodísticas destacó el haber accedido a las fuentes más recónditas del Amazonas el año 1971. Pero, antes de rubricar tan espectacular reportaje, vivió una extrañísima aventura que durante mucho tiempo apenas confió a sus más íntimos amigos. Una peripecia de la que rara vez solía hablar.

A finales de los años sesenta, McIntyre marchó a Brasil en busca de una comunidad indígena no contactada perteneciente a la etnia de los mayoruna. Los indicios acerca de su ubicación le habían sido facilitados por un piloto de avioneta que divisó un posible enclave de la tribu en un claro de la selva. El reportero acudió a las proximidades de ese lugar en un hidroavión que le dejó a un guía indio y a él junto al río Javari sobre la frontera entre Perú y Brasil.

Pero desde el primer momento, las cosas comenzaron a torcerse. Su guía nativo contrajo la malaria y el piloto accedió a trasladarlo en el hidroavión al hospital más cercano bajo la promesa de regresar a por McIntyre al cabo de dos días. Este aprovecharía tan escaso lapso tiempo para intentar trabar contacto con los mayoruna. Sin embargo, también este plan se vino abajo. A la mañana siguiente, el reportero fue abordado por cuatro cazadores de monos que vestían la indumentaria tradicional mayoruna. Para ganarse su confianza, McIntyre les obsequió con telas y espejos y aprovechó el encuentro para ir tras ellos por mitad de la selva. No tardó mucho tiempo en advertir que, conforme se alejaba del río, estaba perdiendo su camino de vuelta, así que nunca más volvió a tomar el hidroavión y pasó a convivir con esa desconocida tribu durante dos meses.

Los mayoruma, apodados “gentes del gato”, se creían descendientes de los jaguares y perforaban sus labios y mejillas con finas púas a imitación de los bigotes de tales felinos. Eran expertos cazadores de monos, no practicaban la agricultura pero sí la guerra. De hecho, confeccionaban collares con huesos humanos y empleaban los cráneos de los vencidos a modo de copas para beber. El panorama para el periodista estaba muy lejos de ser halagüeño porque, en ausencia de su guía indio, no tenía manera de entenderse con ellos. Además, extravió todas sus posesiones occidentales. Los indios quemaron sus zapatillas deportivas y su reloj. Un mono destruyó su cámara y los rollos de película. Y, al llegar a un claro de la jungla, McIntyre se dio de bruces con un macabro hallazgo: varios cuerpos humanos devorados por hormigas y alguno todavía con una flecha clavada en el pecho.

A pesar de tanta contrariedad, el desubicado periodista logró ser aceptado por la comunidad indígena aunque no por todos sus miembros. Un guerrero, al que el reportero denominó “Mejillas Rojas” por la pintura con la que maquillaba su cara, se mostró especialmente hostil. De hecho, una noche, Mejillas Rojas llevó al forastero a un punto apartado del poblado para hacerle partícipe de una simulación de caza con antorchas. Cuando ambos alcanzaron un rincón solitario, el guerrero mayoruna empujó a McIntyre contra unos espinos, abandonándolo a su suerte para dejarlo morir.

Sin embargo, dos días después, mientras su cuerpo empezaba a ser devorado por infinidad de insectos, el reportero consiguió ser rescatado por la facción más hospitalaria de la comunidad. Al regresar a la aldea, topó con el cadáver de Mejillas Rojas, que había sido ejecutado por la tribu y colocado en un sitio prominente, a la vista de todo el mundo, para escarmiento y ejemplo general.

Desde ese momento, la vida fue más fácil para McIntyre, pero también mucho más extraña. El líder del grupo era un venerable anciano al que el periodista apodó “Lapa” por su piel arrugada. Y, aunque el forastero no compartía ningún lenguaje común con él, consiguió comunicarse por un procedimiento absolutamente insólito: sin palabras, a través del pensamiento; mediante un fenómeno que McIntyre bautizó como “radiación”. Gracias a esta telepatía con el jefe, el reportero logró hacerse entender y, también, a “escuchar” al jefe mayoruna. Fue así como averiguó por qué se desplazaban por la selva de un extremo a otro, levantando frecuentemente el campamento sin razón aparente. La tribu estaba realizando un viaje espiritual, guiado por Lapa, quien deseaba reconectar con el “principio de los tiempos”. Una época dorada y mítica fuera del alcance de cualquier civilización invasora donde la vida trascurría de manera más sencilla y había menos miedo en el mundo.

McIntyre también aprendió que esa habilidad para comunicarse sin abrir la boca era el “otro idioma” que manejaban únicamente los más ancianos. Bastaba con que se sentara al lado de uno de ellos para “oír” sus pensamientos. A veces, los mensajes le llegaban bajo la confusa sensación de acceder al fondo de un indescifrable “zumbido” en el cual se manifestaba toda la actividad mental de la tribu.

Pero la aventura con los mayoruna tuvo un punto y final. Llegada la temporada de lluvias, McIntyre aprovechó para hacer una dramática huida río abajo a bordo de una rudimentaria balsa. Una vez en el mundo moderno prefirió no contar nada de sus experiencias telepáticas. “Yo mismo no estaba seguro si realmente había sucedido o no”, dijo al diario Seattle Times en los años 90. “Las alucinaciones son algo que les pasa a muchos exploradores y a todos los escaladores de montaña”.

Pero la duda siempre quedó flotando sobre su mente. Posteriormente tuvo encuentros con más de 30 tribus en el ejercicio de su labor profesional y jamás vivió un fenómeno de “radiación” siquiera parecido. Dudando de sus propios recuerdos, rastreó en 1977 lo que quedaba de la tribu mayoruna. Una parte de la comunidad se había movido más al interior de la selva, mientras que otra facción se había trasladado fuera de ella en Brasil. Fue así como el reportero coincidió y reconoció a uno de los hombres de la comunidad con la que convivió durante dos meses. Le abordó y preguntó directamente si el “viejo lenguaje”, la radiación, se seguía utilizando. “Sí, se fala” [“Sí, se habla”], respondió el indígena en portugués.


La historia de Loren McIntyre fue recopilada y dada a conocer por Petru Popescu en el libro Amazon Beaming del año 1991 y también ha inspirado una obra de teatro titulada “The Encounter”, adaptada por Simon McBurney.

Juan José Sánchez Oro
(Visto en https://libertaliadehatali.wordpress.com/)

MICROMACHISMOS (Y MACROGILIPOLLECES)


Las nuevas normas de comportamiento en los rodajes de Netflix prohíben mirar a una persona durante más de 5 segundos seguidos. Es una muestra más del desquiciamiento al que la teledirigida "guerra de sexos" nos ha llevado. Todo es agresión, todo es acoso y todo debe ser interpretado del modo más desfavorable posible, al margen de la intención de las personas. Un Tío Blanco Hetero aborda esta paranoia prefabricada por l@s ofendid@s profesionales en busca de carnaza.

martes, 19 de junio de 2018

ESTADÍSTICAS DE "VIOLENCIA DE GÉNERO" 2017: EL 80% DE LAS DENUNCIAS RESULTARON SER FALSAS


Estas son las estadísticas que demuestran que estamos viviendo la mayor paranoia colectiva de la historia. De 166.000 denuncias, tan sólo 12.000 fueron condenados tras juicio, y 20.000 más que lo fueron porque se les convenció para aceptar su culpabilidad (y así conseguir más culpables) rebajándoseles la pena. El 80% de esas denuncias resultaron ser directamente falsas, pero se elevarían al 90% si añadimos todas esas que se consiguieron mediante coacción.



(Fuente: http://rafapal.com/)

LO QUE NO TE ENSEÑARÁN EN LA ESCUELA


lunes, 18 de junio de 2018

1933: EL ACUERDO DE HAAVARA CONVIRTIÓ A ADOLF HITLER EN EL PRINCIPAL COLABORADOR DEL SIONISMO



Dada la simplista linealidad con que se nos ha contado la historia reciente de Europa, la siguiente información resultará sorprendente para quienes se han creído que los acontecimientos que precedieron a la última conflagración mundial son básicamente una historia de buenos y malos, de víctimas y verdugos, ... Sin embargo, los oficialmente "malos malísimos" (los nazis) colaboraron bajo cuerda con sus aparentes víctimas, supremacistas judíos que no dudaron en poner a sus correligionarios entre la espada (la persecución en sus países de establecimiento) y la pared (la emigración a un territorio donde eran intrusos), algo que obligaría a reescribir el discurso oficial sobre el Holocausto ... si éste no hubiese quedado blindado con leyes que castigan la investigación histórica al respecto.


La estrecha colaboración de Adolf Hitler con el sionismo en la década de los años 30 del pasado siglo queda probada con el llamado acuerdo de Haavara (“transferencia”), firmado en agosto de 1933 entre funcionarios nazis y Chaim Arlosoroff, secretario político de la Agencia Judía, el centro de la organización sionista mundial Rothschild.

El acuerdo consistía en transferir decenas de miles de judíos alemanes a Palestina para ubicarlos en asentamientos agrícolas, y fue apoyado por amplia mayoría en el 33 Congreso Sionista celebrado en 1935 en Suiza.

Mediante el trueque, la Alemania nazi recibía productos agrícolas de los asentamientos sionistas en Palestina, y a cambio entregaba automóviles, madera, maquinaria agrícola y otros bienes manufacturados procedentes de la industria alemana.


El acuerdo resultó plenamente satisfactorio para el movimiento sionista en los años 30: recibía decenas de miles de colonos judíos alemanes para Palestina y además bienes manufacturados para el desarrollo del tejido agrícola e industrial de la incipiente comunidad judía palestina.

El ministerio de economía del Reich fundó la Agencia de Comercio e Inversión Internacional, a través de la cual el capital económico de los judíos extranjeros era canalizado desde Alemania para ayudar económicamente al establecimiento de los judíos alemanes en Palestina.

60.000 judíos alemanes emigraron a Palestina en los años 30, producto de la colaboración del aparato comercial nazi con la organización sionista mundial, y 13,8 millones de dólares de la época fueron aportados por el Reichsbank de Hitler entre 1933 y 1939 para la implantación del sionismo en Palestina.

Louis N. de Rothschild
El montante total entre la aportación directa del régimen nazi, las aportaciones particulares y los organismos financieros sionistas internacionales controlados por los Rothschild, alcanzó los 70 millones de dólares. 

Edwin Black, periodista e investigador judío estadounidense sentencia lo siguiente:

“El tratado de Haavara produjo una explosión económica en la Palestina judía de los años 30, y fue una contribución decisiva a la futura creación del estado de Israel”.

“Fue el inicio del tejido industrial de Israel, numerosas empresas que se crearon durante aquel acuerdo con la Alemania nazi son enormemente importantes incluso hoy en día”.

No solo Wall Street financió la creación del Estado hebreo, sino que el propio Hitler ayudó a la creación de la industria agrícola e industrial de Israel.

La historia una vez más confirma la interconexión entre todos los peones del poder en la sombra.

(Fuente: https://dondelaverdadnoslleva.blogspot.com/)

MOTOR DE AGUA: EL INVENTO PROHIBIDO



Las grandes multinacionales y gobiernos mundiales han impedido por todos los medios que el motor de energía libre y gratuita salga a la luz. Entre muchos inventos el motor de agua siempre ha sido silenciado y sus creadores han aparecido muertos en extrañas circunstancias.

En 1972 dos ingenieros brasileños dieron a conocer el motor de agua que habían inventado. A la semana de publicar su descubrimiento desaparecieron.


Daniel Dingel, filipino, hizo funcionar sus coches con agua. En 2008, con 82 años de edad, fue sentenciado a 20 años de cárcel.

Stanley Meyer, norteamericano, hizo funcionar su coche con agua. Murió envenenado, y su vehículo desapareció.

Arturo Estévez Varela, español, hizo funcionar su motocicleta con agua ante notario en Sevilla. Donó sus patentes al estado español . Hoy están desaparecidas de la oficina de patentes, nunca se supo más de Arturo.

Paul Pantone, norteamericano, inventor del motor Pantone funcionando con un 80% de agua acabó condenado judicialmente y encerrado en un psiquiátrico.

John Kanzius, norteamericano, descubrió como convertir el agua salada del mar en combustible. Murió 6 meses después.

Nikola Tesla, croata, probablemente el mayor inventor de sistemas de energía libre y gratuita de la historia murió en el olvido y la miseria. La gran mayoría de sus patentes ha desaparecido.



(Visto en https://despertares.org/)

domingo, 17 de junio de 2018

EL EXPERIMENTO ROSENHAN



Muchas de las patologías psiquiátricas son tan inexistentes como ineficaces los tratamientos que se dan a los desdichados a quienes se etiqueta con ellas. De hecho, esto es algo que saben tanto los psiquiatras como las autoridades sanitarias que aun así mantienen la farsa, al menos desde que hace 49 años un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford (EE.UU.) llamado David Rosenhan decidió demostrarlo acudiendo él mismo junto con otros siete colegas sanos a varias instituciones mentales diciendo que sufrían lo que los psiquiatras llaman "alucinaciones acústicas".

Pues bien, a siete se les diagnosticó esquizofrenia y a uno psicosis maniaco-depresiva, y cuando confesaron que todo era una simulación nadie les hizo caso. Se les retuvo una media de 19 días -a Rosenhan 52- y solo les dejaron salir tras admitir que entraron enfermos y la medicación -que no tomaron- les había mejorado. El caso se publicaría en "Science".


En 1963 se estrenó en Estados Unidos una película titulada Corredor sin retorno en la que un ambicioso periodista, Johnny Barrett, obsesionado por ganar el Premio Pulitzer, decide ingresar en un psiquiátrico haciéndose pasar por loco e investigar así un asesinato cometido en el centro, solo que una vez en su interior va poco a poco perdiendo el sentido de la realidad.



Influyera o no en él la película, un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford llamado David L. Rosenhan –fallecido en 2012 a los 82 años- decidió en 1969 probar que los diagnósticos psiquiátricos no tienen base, y que la diferencia entre gente normal y gente mentalmente enferma no es tan evidente como quieren hacernos creer los psiquiatras. Y para demostrarlo él mismo y siete colaboradores -dos psicólogos, un psiquiatra, un pediatra, un pintor, una ama de casa y un estudiante de Psicología de 20 años- acudieron a distintos psiquiátricos de Estados Unidos con nombres falsos –en el caso del propio Rosenhan solo el director del centro donde ingresó conocía su identidad- alegando simplemente que escuchaban voces extrañas en sus cabezas; es decir, que tenían “alucinaciones auditivas”.

Todos ellos fueron considerados personas mentalmente enfermas e internados.

Una vez dentro y tras un breve período de nerviosismo y ansiedad -comprensible dado el entorno- los falsos enfermos se comportaron ya con absoluta normalidad -sin volver a decir que oían voces- hablando e interaccionando con el personal sanitario y los demás pacientes y cumpliendo todas las instrucciones ... salvo la de tomarse los fármacos, que arrojaron al retrete. Hasta se permitieron tomar notas escritas a diario sobre sus experiencias.

Al cabo de un tiempo todos comunicaron a los responsables de sus establecimientos que se encontraban bien, no habían sufrido más alucinaciones y querían el alta pero no fueron creídos y tuvieron que permanecer recluidos una media de 19 días (Rosenhan 52). Y eso que Rosenhan les dejó claro que deberían salir del centro en el que se internaran convenciendo a sus médicos -y demás personal- de que estaban cuerdos.

¿Y qué pasó? Rosenhan lo cuenta así en el artículo On being sane in insane places (Estar sano en lugares insanos) que publicó en 1973 en Science sobre ello: “A pesar de nuestra pública muestra de cordura los falsos enfermos no fuimos detectados. Se nos admitió con diagnóstico de esquizofrenia -salvo a uno al que se diagnosticó psicosis maniaco-depresiva- y se nos dio el alta como pacientes de ‘esquizofrenia en remisión’.

Y la etiqueta ‘en remisión’ no debe considerarse una mera formalidad porque en ningún momento de la hospitalización se planteó una posible simulación. Tampoco hay indicación alguna en los registros de los hospitales de que se sospechara de falsos enfermos. Antes bien, hay claras evidencias de que una vez considerados esquizofrénicos todos los falsos enfermos quedamos con esa etiqueta. De ahí que a todos se nos diera de alta como esquizofrénicos ‘en remisión’; a juicio de esas instituciones habíamos estado pues realmente enfermos”.

Lo llamativo, según Rosenhan, es que mientras ningún miembro del personal se dio cuenta de la farsa hubo pacientes que sí se percataron preguntándoles si eran periodistas, profesores o investigadores. Algo que atribuye al hecho de que los médicos asumen mejor diagnosticar erróneamente como enfermo a alguien sano que diagnosticar como sano a alguien enfermo. Actitud que a su juicio no es aplicable al caso de los psiquiatras porque –explica- “las enfermedades médicas, aunque desafortunadas, no son normalmente peyorativas; en cambio los diagnósticos psiquiátricos conllevan estigmas personales, legales y sociales”.

Como era de esperar la publicación del trabajo suscitó una airada reacción de rechazo -incluso por colegas de Rosenhan- alegándose que el experimento adolecía de errores, actitud defensiva ante la que éste respondió anunciando que en los siguientes tres meses iba a efectuar un segundo experimento “colando” uno o más falsos enfermos ” en un hospital de investigación y enseñanza cuyo personal había puesto públicamente en duda que ellos hubieran cometido tal error si se les hubiera elegido. Advertencia ante la que el hospital se puso en guardia pidiendo a su personal que valorara en admisiones a cada enfermo de 1 a 10 dando su parecer sobre si se trataba o no de un caso real.

Transcurridos los tres meses se constató que de los 193 enfermos admitidos 41 fueron calificados de posibles falsos casos por al menos un miembro del personal, a 23 los consideró sospechosos al menos un psiquiatra y a 19 les parecieron sospechosos a un psiquiatra y a otro miembro del personal. ¿La verdad? Rosenhan no intentó colar a nadie como había dicho ... y demostró que la fiabilidad de los diagnósticos es más que discutible.

“Basándonos parcialmente no sólo en consideraciones teóricas y antropológicas sino también filosóficas, legales y terapéuticas -diría en uno de sus artículos- toma fuerza la postura de que la categorización psicológica de la enfermedad mental es en el mejor de los casos inútil y claramente perjudicial, engañosa y peyorativa en el peor. Los diagnósticos psiquiátricos están en la mente de los observadores; no son resúmenes válidos de las características que muestra el observado”.

Terminamos indicando que Rosenhan fue pionero en la aplicación de métodos psicológicos en los procesos judiciales siendo hoy sus trabajos fundamentales en los modernos procesos de selección de los jurados populares.

Rosenhan, al analizar luego lo acaecido, destacaría la fuerza que tiene el “etiquetado” de una evaluación psiquiátrica, hasta qué punto influye el hecho de que a alguien se le asigne una determinada “enfermedad” mental:

“Una vez se considera ‘anormal’ a una persona todos sus comportamientos y características quedan teñidos por esa etiqueta. Es tan poderosa que muchos de los comportamientos normales de los falsos enfermos fueron profundamente malinterpretados (…) Por lo que he podido determinar los diagnósticos no los modelaron las circunstancias vitales de los falsos enfermos; fue más bien a la inversa: sus circunstancias se valoraron en función del diagnóstico”.

Rosenhan aporta varios ejemplos de cómo hasta el historial de los pacientes anterior a su ingreso se contempló y redactó luego desde la perspectiva del nuevo diagnóstico considerando circunstancias normales y habituales de la vida -como discusiones o malas relaciones familiares- señales inequívocas del trastorno mental diagnosticado. Aunque éste fuera inexistente.

“Una etiqueta psiquiátrica -explica Rosenhan- tiene vida e influencia propias. Una vez se tiene la impresión de que un paciente es esquizofrénico la expectativa es que seguirá siendo esquizofrénico. Considerándose si éste no hace nada extraño durante suficiente tiempo que está en remisión y puede dársele el alta. Pero la etiqueta perdura más allá del alta y quedará siempre la expectativa no confirmada de que antes o después se comportará nuevamente como esquizofrénico. Y esas etiquetas puestas por los profesionales de la salud mental influyen tanto en el paciente como en sus parientes y amigos por lo que a nadie debería sorprender que el diagnóstico actúe sobre todos ellos como una profecía autocumplida. Hasta que finalmente el propio paciente acepta el diagnóstico, con todos sus significados y expectativas sobreañadidas, y se comporta en consecuencia”.


En pocas palabras, comportamientos habituales de los seres humanos pasan a considerarse patológicos si quien los tiene es alguien a quien un psiquiatra ha etiquetado -aunque su diagnóstico sea erróneo o falso- como afecto de una enfermedad mental psiquiátrica.

Rosenhan lo explica:

“Los cuerdos no estamos siempre ‘sanos’. Todos perdemos los estribos sin buenas razones. Todos sufrimos en ocasiones depresión o ansiedad sin causas justificadas. Y todos podemos tener dificultades para llevarnos bien con unas u otras personas sin razones concretas. Y tampoco los locos están siempre ‘locos’. Y del mismo modo que carece de sentido etiquetarnos de deprimidos porque lo estamos de vez en cuando se precisan más y mejores evidencias para etiquetar de esquizofrénico o loco a alguien solo porque sus comportamientos y pensamientos son extraños”.

Lo increíble es que medio siglo después de las lúcidas denuncias de Rosenhan la Psiquiatría sigue sin hacer autocrítica; y eso que sus advertencias estaban bien fundamentadas:

“Sabemos desde hace mucho que los diagnósticos no son útiles ni fiables pero continuamos usándolos. Hoy sabemos que no podemos distinguir la cordura de la locura. Y es deprimente tener en cuenta cómo se utilizará además esa información. No, no es solo deprimente: es aterrador. Me pregunto cuántas personas sanas habrá internadas en nuestras instituciones psiquiátricas y a cuántas se les habrá despojado injusta e innecesariamente de sus privilegios ciudadanos, desde el derecho al voto hasta el de manejar sus propias cuentas (…) Un error en el diagnóstico psiquiátrico no tiene las mismas consecuencias de un error de diagnóstico médico. Un diagnóstico equivocado de cáncer es motivo de celebración pero es muy raro que se acepten diagnósticos psiquiátricos equivocados. La etiqueta psiquiátrica de anormalidad es para siempre”.

Francisco Sanmartín
(Artículo completo en: https://www.dsalud.com/)