martes, 19 de junio de 2018

ESTADÍSTICAS DE "VIOLENCIA DE GÉNERO" 2017: EL 80% DE LAS DENUNCIAS RESULTARON SER FALSAS


Estas son las estadísticas que demuestran que estamos viviendo la mayor paranoia colectiva de la historia. De 166.000 denuncias, tan sólo 12.000 fueron condenados tras juicio, y 20.000 más que lo fueron porque se les convenció para aceptar su culpabilidad (y así conseguir más culpables) rebajándoseles la pena. El 80% de esas denuncias resultaron ser directamente falsas, pero se elevarían al 90% si añadimos todas esas que se consiguieron mediante coacción.



(Fuente: http://rafapal.com/)

LO QUE NO TE ENSEÑARÁN EN LA ESCUELA


lunes, 18 de junio de 2018

1933: EL ACUERDO DE HAAVARA CONVIRTIÓ A ADOLF HITLER EN EL PRINCIPAL COLABORADOR DEL SIONISMO



Dada la simplista linealidad con que se nos ha contado la historia reciente de Europa, la siguiente información resultará sorprendente para quienes se han creído que los acontecimientos que precedieron a la última conflagración mundial son básicamente una historia de buenos y malos, de víctimas y verdugos, ... Sin embargo, los oficialmente "malos malísimos" (los nazis) colaboraron bajo cuerda con sus aparentes víctimas, supremacistas judíos que no dudaron en poner a sus correligionarios entre la espada (la persecución en sus países de establecimiento) y la pared (la emigración a un territorio donde eran intrusos), algo que obligaría a reescribir el discurso oficial sobre el Holocausto ... si éste no hubiese quedado blindado con leyes que castigan la investigación histórica al respecto.


La estrecha colaboración de Adolf Hitler con el sionismo en la década de los años 30 del pasado siglo queda probada con el llamado acuerdo de Haavara (“transferencia”), firmado en agosto de 1933 entre funcionarios nazis y Chaim Arlosoroff, secretario político de la Agencia Judía, el centro de la organización sionista mundial Rothschild.

El acuerdo consistía en transferir decenas de miles de judíos alemanes a Palestina para ubicarlos en asentamientos agrícolas, y fue apoyado por amplia mayoría en el 33 Congreso Sionista celebrado en 1935 en Suiza.

Mediante el trueque, la Alemania nazi recibía productos agrícolas de los asentamientos sionistas en Palestina, y a cambio entregaba automóviles, madera, maquinaria agrícola y otros bienes manufacturados procedentes de la industria alemana.


El acuerdo resultó plenamente satisfactorio para el movimiento sionista en los años 30: recibía decenas de miles de colonos judíos alemanes para Palestina y además bienes manufacturados para el desarrollo del tejido agrícola e industrial de la incipiente comunidad judía palestina.

El ministerio de economía del Reich fundó la Agencia de Comercio e Inversión Internacional, a través de la cual el capital económico de los judíos extranjeros era canalizado desde Alemania para ayudar económicamente al establecimiento de los judíos alemanes en Palestina.

60.000 judíos alemanes emigraron a Palestina en los años 30, producto de la colaboración del aparato comercial nazi con la organización sionista mundial, y 13,8 millones de dólares de la época fueron aportados por el Reichsbank de Hitler entre 1933 y 1939 para la implantación del sionismo en Palestina.

Louis N. de Rothschild
El montante total entre la aportación directa del régimen nazi, las aportaciones particulares y los organismos financieros sionistas internacionales controlados por los Rothschild, alcanzó los 70 millones de dólares. 

Edwin Black, periodista e investigador judío estadounidense sentencia lo siguiente:

“El tratado de Haavara produjo una explosión económica en la Palestina judía de los años 30, y fue una contribución decisiva a la futura creación del estado de Israel”.

“Fue el inicio del tejido industrial de Israel, numerosas empresas que se crearon durante aquel acuerdo con la Alemania nazi son enormemente importantes incluso hoy en día”.

No solo Wall Street financió la creación del Estado hebreo, sino que el propio Hitler ayudó a la creación de la industria agrícola e industrial de Israel.

La historia una vez más confirma la interconexión entre todos los peones del poder en la sombra.

(Fuente: https://dondelaverdadnoslleva.blogspot.com/)

MOTOR DE AGUA: EL INVENTO PROHIBIDO



Las grandes multinacionales y gobiernos mundiales han impedido por todos los medios que el motor de energía libre y gratuita salga a la luz. Entre muchos inventos el motor de agua siempre ha sido silenciado y sus creadores han aparecido muertos en extrañas circunstancias.

En 1972 dos ingenieros brasileños dieron a conocer el motor de agua que habían inventado. A la semana de publicar su descubrimiento desaparecieron.


Daniel Dingel, filipino, hizo funcionar sus coches con agua. En 2008, con 82 años de edad, fue sentenciado a 20 años de cárcel.

Stanley Meyer, norteamericano, hizo funcionar su coche con agua. Murió envenenado, y su vehículo desapareció.

Arturo Estévez Varela, español, hizo funcionar su motocicleta con agua ante notario en Sevilla. Donó sus patentes al estado español . Hoy están desaparecidas de la oficina de patentes, nunca se supo más de Arturo.

Paul Pantone, norteamericano, inventor del motor Pantone funcionando con un 80% de agua acabó condenado judicialmente y encerrado en un psiquiátrico.

John Kanzius, norteamericano, descubrió como convertir el agua salada del mar en combustible. Murió 6 meses después.

Nikola Tesla, croata, probablemente el mayor inventor de sistemas de energía libre y gratuita de la historia murió en el olvido y la miseria. La gran mayoría de sus patentes ha desaparecido.



(Visto en https://despertares.org/)

domingo, 17 de junio de 2018

EL EXPERIMENTO ROSENHAN



Muchas de las patologías psiquiátricas son tan inexistentes como ineficaces los tratamientos que se dan a los desdichados a quienes se etiqueta con ellas. De hecho, esto es algo que saben tanto los psiquiatras como las autoridades sanitarias que aun así mantienen la farsa, al menos desde que hace 49 años un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford (EE.UU.) llamado David Rosenhan decidió demostrarlo acudiendo él mismo junto con otros siete colegas sanos a varias instituciones mentales diciendo que sufrían lo que los psiquiatras llaman "alucinaciones acústicas".

Pues bien, a siete se les diagnosticó esquizofrenia y a uno psicosis maniaco-depresiva, y cuando confesaron que todo era una simulación nadie les hizo caso. Se les retuvo una media de 19 días -a Rosenhan 52- y solo les dejaron salir tras admitir que entraron enfermos y la medicación -que no tomaron- les había mejorado. El caso se publicaría en "Science".


En 1963 se estrenó en Estados Unidos una película titulada Corredor sin retorno en la que un ambicioso periodista, Johnny Barrett, obsesionado por ganar el Premio Pulitzer, decide ingresar en un psiquiátrico haciéndose pasar por loco e investigar así un asesinato cometido en el centro, solo que una vez en su interior va poco a poco perdiendo el sentido de la realidad.



Influyera o no en él la película, un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford llamado David L. Rosenhan –fallecido en 2012 a los 82 años- decidió en 1969 probar que los diagnósticos psiquiátricos no tienen base, y que la diferencia entre gente normal y gente mentalmente enferma no es tan evidente como quieren hacernos creer los psiquiatras. Y para demostrarlo él mismo y siete colaboradores -dos psicólogos, un psiquiatra, un pediatra, un pintor, una ama de casa y un estudiante de Psicología de 20 años- acudieron a distintos psiquiátricos de Estados Unidos con nombres falsos –en el caso del propio Rosenhan solo el director del centro donde ingresó conocía su identidad- alegando simplemente que escuchaban voces extrañas en sus cabezas; es decir, que tenían “alucinaciones auditivas”.

Todos ellos fueron considerados personas mentalmente enfermas e internados.

Una vez dentro y tras un breve período de nerviosismo y ansiedad -comprensible dado el entorno- los falsos enfermos se comportaron ya con absoluta normalidad -sin volver a decir que oían voces- hablando e interaccionando con el personal sanitario y los demás pacientes y cumpliendo todas las instrucciones ... salvo la de tomarse los fármacos, que arrojaron al retrete. Hasta se permitieron tomar notas escritas a diario sobre sus experiencias.

Al cabo de un tiempo todos comunicaron a los responsables de sus establecimientos que se encontraban bien, no habían sufrido más alucinaciones y querían el alta pero no fueron creídos y tuvieron que permanecer recluidos una media de 19 días (Rosenhan 52). Y eso que Rosenhan les dejó claro que deberían salir del centro en el que se internaran convenciendo a sus médicos -y demás personal- de que estaban cuerdos.

¿Y qué pasó? Rosenhan lo cuenta así en el artículo On being sane in insane places (Estar sano en lugares insanos) que publicó en 1973 en Science sobre ello: “A pesar de nuestra pública muestra de cordura los falsos enfermos no fuimos detectados. Se nos admitió con diagnóstico de esquizofrenia -salvo a uno al que se diagnosticó psicosis maniaco-depresiva- y se nos dio el alta como pacientes de ‘esquizofrenia en remisión’.

Y la etiqueta ‘en remisión’ no debe considerarse una mera formalidad porque en ningún momento de la hospitalización se planteó una posible simulación. Tampoco hay indicación alguna en los registros de los hospitales de que se sospechara de falsos enfermos. Antes bien, hay claras evidencias de que una vez considerados esquizofrénicos todos los falsos enfermos quedamos con esa etiqueta. De ahí que a todos se nos diera de alta como esquizofrénicos ‘en remisión’; a juicio de esas instituciones habíamos estado pues realmente enfermos”.

Lo llamativo, según Rosenhan, es que mientras ningún miembro del personal se dio cuenta de la farsa hubo pacientes que sí se percataron preguntándoles si eran periodistas, profesores o investigadores. Algo que atribuye al hecho de que los médicos asumen mejor diagnosticar erróneamente como enfermo a alguien sano que diagnosticar como sano a alguien enfermo. Actitud que a su juicio no es aplicable al caso de los psiquiatras porque –explica- “las enfermedades médicas, aunque desafortunadas, no son normalmente peyorativas; en cambio los diagnósticos psiquiátricos conllevan estigmas personales, legales y sociales”.

Como era de esperar la publicación del trabajo suscitó una airada reacción de rechazo -incluso por colegas de Rosenhan- alegándose que el experimento adolecía de errores, actitud defensiva ante la que éste respondió anunciando que en los siguientes tres meses iba a efectuar un segundo experimento “colando” uno o más falsos enfermos ” en un hospital de investigación y enseñanza cuyo personal había puesto públicamente en duda que ellos hubieran cometido tal error si se les hubiera elegido. Advertencia ante la que el hospital se puso en guardia pidiendo a su personal que valorara en admisiones a cada enfermo de 1 a 10 dando su parecer sobre si se trataba o no de un caso real.

Transcurridos los tres meses se constató que de los 193 enfermos admitidos 41 fueron calificados de posibles falsos casos por al menos un miembro del personal, a 23 los consideró sospechosos al menos un psiquiatra y a 19 les parecieron sospechosos a un psiquiatra y a otro miembro del personal. ¿La verdad? Rosenhan no intentó colar a nadie como había dicho ... y demostró que la fiabilidad de los diagnósticos es más que discutible.

“Basándonos parcialmente no sólo en consideraciones teóricas y antropológicas sino también filosóficas, legales y terapéuticas -diría en uno de sus artículos- toma fuerza la postura de que la categorización psicológica de la enfermedad mental es en el mejor de los casos inútil y claramente perjudicial, engañosa y peyorativa en el peor. Los diagnósticos psiquiátricos están en la mente de los observadores; no son resúmenes válidos de las características que muestra el observado”.

Terminamos indicando que Rosenhan fue pionero en la aplicación de métodos psicológicos en los procesos judiciales siendo hoy sus trabajos fundamentales en los modernos procesos de selección de los jurados populares.

Rosenhan, al analizar luego lo acaecido, destacaría la fuerza que tiene el “etiquetado” de una evaluación psiquiátrica, hasta qué punto influye el hecho de que a alguien se le asigne una determinada “enfermedad” mental:

“Una vez se considera ‘anormal’ a una persona todos sus comportamientos y características quedan teñidos por esa etiqueta. Es tan poderosa que muchos de los comportamientos normales de los falsos enfermos fueron profundamente malinterpretados (…) Por lo que he podido determinar los diagnósticos no los modelaron las circunstancias vitales de los falsos enfermos; fue más bien a la inversa: sus circunstancias se valoraron en función del diagnóstico”.

Rosenhan aporta varios ejemplos de cómo hasta el historial de los pacientes anterior a su ingreso se contempló y redactó luego desde la perspectiva del nuevo diagnóstico considerando circunstancias normales y habituales de la vida -como discusiones o malas relaciones familiares- señales inequívocas del trastorno mental diagnosticado. Aunque éste fuera inexistente.

“Una etiqueta psiquiátrica -explica Rosenhan- tiene vida e influencia propias. Una vez se tiene la impresión de que un paciente es esquizofrénico la expectativa es que seguirá siendo esquizofrénico. Considerándose si éste no hace nada extraño durante suficiente tiempo que está en remisión y puede dársele el alta. Pero la etiqueta perdura más allá del alta y quedará siempre la expectativa no confirmada de que antes o después se comportará nuevamente como esquizofrénico. Y esas etiquetas puestas por los profesionales de la salud mental influyen tanto en el paciente como en sus parientes y amigos por lo que a nadie debería sorprender que el diagnóstico actúe sobre todos ellos como una profecía autocumplida. Hasta que finalmente el propio paciente acepta el diagnóstico, con todos sus significados y expectativas sobreañadidas, y se comporta en consecuencia”.


En pocas palabras, comportamientos habituales de los seres humanos pasan a considerarse patológicos si quien los tiene es alguien a quien un psiquiatra ha etiquetado -aunque su diagnóstico sea erróneo o falso- como afecto de una enfermedad mental psiquiátrica.

Rosenhan lo explica:

“Los cuerdos no estamos siempre ‘sanos’. Todos perdemos los estribos sin buenas razones. Todos sufrimos en ocasiones depresión o ansiedad sin causas justificadas. Y todos podemos tener dificultades para llevarnos bien con unas u otras personas sin razones concretas. Y tampoco los locos están siempre ‘locos’. Y del mismo modo que carece de sentido etiquetarnos de deprimidos porque lo estamos de vez en cuando se precisan más y mejores evidencias para etiquetar de esquizofrénico o loco a alguien solo porque sus comportamientos y pensamientos son extraños”.

Lo increíble es que medio siglo después de las lúcidas denuncias de Rosenhan la Psiquiatría sigue sin hacer autocrítica; y eso que sus advertencias estaban bien fundamentadas:

“Sabemos desde hace mucho que los diagnósticos no son útiles ni fiables pero continuamos usándolos. Hoy sabemos que no podemos distinguir la cordura de la locura. Y es deprimente tener en cuenta cómo se utilizará además esa información. No, no es solo deprimente: es aterrador. Me pregunto cuántas personas sanas habrá internadas en nuestras instituciones psiquiátricas y a cuántas se les habrá despojado injusta e innecesariamente de sus privilegios ciudadanos, desde el derecho al voto hasta el de manejar sus propias cuentas (…) Un error en el diagnóstico psiquiátrico no tiene las mismas consecuencias de un error de diagnóstico médico. Un diagnóstico equivocado de cáncer es motivo de celebración pero es muy raro que se acepten diagnósticos psiquiátricos equivocados. La etiqueta psiquiátrica de anormalidad es para siempre”.

Francisco Sanmartín
(Artículo completo en: https://www.dsalud.com/)

ROSALÍA, "MALAMENTE" Y LA APROPIACIÓN CULTURAL


Un Tío Blanco Hetero aborda el concepto de apropiación cultural a raíz de la oleada de críticas levantada por el videoclip de Rosalia “Malamente” a la que se le acusa de apropiación cultural por introducir elementos de la iconografía gitana en sus canciones y por utilizar jerga andaluza que según los indignados profesionales, no le pertenece.

sábado, 16 de junio de 2018

LA ENFERMEDAD DE LA IGNORANCIA, UNA EPIDEMIA DE NUESTROS DÍAS



La ignorancia es una enfermedad que en nuestra época se ha convertido en una epidemia ayudada por la tecnología digital, que tiene la característica de ser viral (y virulenta).

Un ejemplo que me parece ilustrativo de lo que en inglés se conoce como dumbing-down, como promediar a la baja de la cultura que predomina en la era de la información y la corrección política -donde todas las opiniones, se cree, tienen el mismo valor-, es lo que ha ocurrido con el concepto de los memes. Los memes son un interesante concepto biológico, desarrollado por Richard Dawkins en su libro El gen egoísta. Básicamente son "genes culturales", o unidades portadoras de cultura (ideas, símbolos, conductas, etc.), que pueden considerarse vivientes y se esparcen infectando a sus huéspedes. A grandes rasgos, los memes son organismos de una evolución cultural que se desarrolla en paralelo y se interpenetra con la evolución biológica. Ahora bien, la mayoría de las personas, cuando piensa en un meme solamente piensa en los memes de Internet, y particularmente en un tipo de meme, las recreaciones humorísticas de eventos, algunas muy ocurrentes -hasta el punto de llegar a ser "lo mejor de una campaña política"- pero mayormente banales y limitadas a entretener. Estos memes son una caricaturización de los memes y, ya que la cultura es esencialmente memética, la cultura se vuelve caricatura.

Los memes abarcan mucho más que esto. Algunos biólogos materialistas creen que las religiones son memes particularmente insidiosos; pero, por otro lado, el concepto del meme fue claramente prefigurado por el concepto de arquetipos de Carl Jung y tiene su paralelo biológico no-materialista en el concepto de campos mórficos de Rupert Sheldrake. El caso me parece emblemático por dos razones. La primera, por cómo un concepto científico e intelectual se vulgariza y es adoptado por la conciencia popular sin tener conciencia de su verdadero significado (o de su significado más amplio, ya que, ciertamente, los memes que se publican en Twitter son memes). La segunda, como reflejo emblemático de nuestra actividad memética fundamental, es decir, nuestra actividad cultural esencial es postear fotos divertidas, chistes, curiosidades y demás memes de Internet. A esto se reduce la cultura: a entretenimiento. Lo cual es preocupante, pues lo memético es uno de los ejes principales de nuestra evolución, la calidad de nuestros memes es la cualidad que toma nuestra conciencia.


El término que predomina en nuestra cultura es "viral", pues está orientada a la viralidad: el éxito e incluso el valor de un meme, de un contenido y hasta de una persona se mide en si logra tener una distribución masiva o no. Esto es altamente significativo, pues nos habla en términos de una enfermedad infecciosa. Se trata de una infección cultural en la que lo que predomina son las opiniones y la falta de pensamiento crítico-histórico no utilitario, es decir, pensamiento que conversa con una tradición filosófica y artística y es capaz de absorber valores espirituales que no están supeditados a la inmediatez comercial. De la misma manera que la "comida chatarra" (junk food) predomina en buena parte del mundo debido a la expansión de las grandes trasnacionales, predomina en buena parte del mundo la cultura chatarra, con sus efectos igualmente nocivos para la psique.

Ya Aristóteles había identificado que la ignorancia era una enfermedad. "Porque el que sólo tiene opiniones, si se compara con el que sabe, está en estado de enfermedad en relación con la verdad", dice el filósofo en su Metafísica, y agrega que aquellas personas que sólo tienen opiniones deberían dedicarse de lleno al estudio, de la misma manera que el enfermo se ocupa más de la salud que el hombre sano. El budismo, por su parte, considera su dharma, la doctrina del Buda, como una medicina para curar la enfermedad de la existencia cíclica o samsara -¡la causa de sus innumerables y miserables vueltas no es más que la ignorancia!-. El Buda es el doctor que da la receta para curarse, pero el paciente debe aplicarla y tomarse la medicina por su propia cuenta.

Algunos seguramente argumentarán que esto suena bien pero es un discurso sin sustancia, en tanto que es necesario que digamos cuáles son las cosas verdaderas o qué es la sabiduría, algo que es relativo y, por lo tanto, hablar de "ignorantes" es sólo darse un aire de superioridad e, incluso, una forma de control y manipulación en una perpetua búsqueda de poder. Ante lo cual, diré que más allá del discurso relativista posmoderno existen verdades científicas y verdades éticas (las cuales nos vienen de la filosofía y la religión). Todos nadamos, como si fuere, en el agua de estas verdades, las cuales integramos a nuestras vidas muchas veces de manera inconsciente.

Por ejemplo, asumimos que las personas tienen agencia, son individuos que tienen un valor intrínseco. Esto es algo que nos viene en gran medida del pensamiento judeocristiano y su noción de que las personas tienen un alma. Si no pensamos que los otros tienen conciencia y son seres con libre albedrío se desmoronaría el sistema jurídico y, en general, la sociedad dejaría de tener sentido. Aunque la ciencia materialista maneje hipótesis que mantienen que la conciencia no existe realmente y que los individuos son "robots programados" (en palabras de Richard Dawkins), es una verdad moral valorar la vida individual y asumir que las personas tienen libre albedrío. Asimismo, las normas básicas de la convivencia están basadas en la llamada regla de oro, la cual puede tener ciertas similitudes con la noción hindú del karma (que es una causalidad que no se limita a lo meramente material, sino que incluye lo mental y reconoce una moralidad embebida en el cosmos).

El universo está formado por leyes naturales y leyes morales, y aunque algunas personas han teorizado que estas leyes se pueden trascender, para hacerlo -si acaso es posible llegar al estado "más allá del bien y el mal"- deben ser conocidas cabalmente. Dije antes que todos nadamos en esa agua, en una especie de sopa cultural, pero los que saben son los que son capaces de rastrear la fuente: el agua del río es más pura cerca de la fuente. Y más aún, aquellos que saben vivir en armonía con las leyes y los ritmos que rigen los procesos de la vida para, de esta forma, permitir que ésta siga fluyendo limpia y cristalina y llegue hasta el océano.

Aristóteles observó que la ignorancia era una enfermedad y el dharma indio, desde un principio, entendió que la cura al problema de la existencia -fundamentalmente, el sufrimiento- era la sabiduría. El lema de la bandera de la India aún refleja esta noción: Satyameva jayat ("Sólo la verdad triunfa"), lo cual es parte de un verso de las Upanishad que sugiere que no sólo triunfa sino que alcanza la liberación de todo sufrimiento. Lo mismo dice un conocido verso del Evangelio de Juan. El problema es que se suele caer en la literalidad, la cual es la marca del fundamentalismo. Sólo mi Dios libera. Y el nuevo fundamentalismo: Sólo lo que podemos ver y medir es real, lo demás (todo lo subjetivo) es una ilusión.

Decir que la verdad no es literal no significa que la verdad sea meramente relativa. Significa que no puede reducirse a una definición única y que la sabiduría tiene que ver con la capacidad de percibir la unidad en la diferencia, los puntos de conexión, las analogías que nos permiten compartir sentimientos. Esto fue entendido por los autores de los himnos del Rig Veda, quienes fueron conscientes de que el Uno tiene muchos nombres, todos son aspectos de una misma esencia y sin embargo, ninguno alcanza a comunicarla y a conocerla nominalmente. Es decir, la verdad ética-religiosa no puede ser dicha, pero sí experimentada. Lo cual es algo que nosotros experimentamos en la vida cotidiana: una persona no es buena o ama a otra persona porque dice que es buena o que ama, es buena y ama cuando actúa y experimenta un cierto estado de conciencia. Como notó Raimon Pannikar, la filosofía tiene dos aspectos: es el amor a la sabiduría pero también, la sabiduría del amor. Logos y Eros, Prajna y Upaya unidos en un matrimonio sagrado.


¿Cómo, entonces, liberarse de lo que Aristóteles llama meras "opiniones", la marca de la ignorancia? Platón, el maestro de Aristóteles, distingue opinión (doxa) de conocimiento (episteme). Opiniones son lo que tienen los sofistas, aquellos que sólo aparentan saber. En nuestra época es muy fácil ser un sofista, pues existe fácil acceso a todo tipo de información, especialmente superficial o predigerida.

Lo que diferencia a quien está informado de quien sabe realmente es que el que sabe entiende, no depende de los datos. Es decir, ha sido capaz de hacer suyos los pensamientos que ha escuchado o leído. Los ha transformado en experiencia. El conocimiento se hace, así, una fuerza vital.

Tanto Platón como Aristóteles admiten que el conocimiento se puede alcanzar a través del cultivo de lo que hoy llamamos la razón, como también por medio de la intuición. No obstante, estas funciones cognitivas no se desarrollan mágicamente; son el resultado del estudio de la ciencia y la filosofía y -particularmente en el caso de la intuición, la noesis platónica- de una vida contemplativa. Es decir, de una vida que no se dedica vulgarmente al entretenimiento sino a la interrogación de la realidad, la indagación de los principios y la observación de la propia conciencia o alma. En otras palabras, para ir más allá de la opinión es necesario conversar con y hacerse adepto de una tradición de conocimiento; por regresar al principio de este artículo, de empaparse de buenos memes -memes que han probado su aptitud desde los albores de la historia-, de contagiarse de las grandes mentes de la humanidad, de honrar la tradición. Con lo cual no hay riesgo verdadero -siempre y cuando uno entienda y no sólo repita lo que dicen- de volverse un fanático o perder la propia autenticidad: como mencionamos, la sabiduría tiende naturalmente a la libertad, y no a la utilidad.


El conocimiento no es un fenómeno moderno constreñido a la ciencia. Es una tradición viva y el sabio será siempre quien comprende la tradición y la actualiza en sí mismo, de esta manera haciendo que evolucione y brindándole el necesario vigor para adaptarse al cambio sin perder su esencia. Esta es una "era de la ignorancia", creo, sobre todo porque no valora y no es consciente de su tradición. Asumimos que lo mejor es lo último y que todo lo viejo es primitivo y ha sido superado por la ciencia y la tecnología moderna. Esto, en realidad, no un pensamiento científico; es cientificismo. En un comentario a McLuhan, el escritor William Irwin Thompson escribió:

Lo que McLuhan reconoció, pero no afirmó explícitamente, es que nuestros nuevos medios electrónicos altamente avanzados, al ser usados por individuos mortales evolutivamente poco avanzados, nos llevarían a la aniquilación cultural. Estos nuevos medios que operan a la velocidad de la luz requieren una nueva conciencia espiritual de la luz. Son tan fantásticamente eficientes que no pueden funcionar para el bien si nosotros no somos buenos; solamente pueden ser usados sin riesgo si decimos la verdad y vivimos en la verdad.

(Coming Into Being: Artifacts and Texts in the Evolution of Consciousness)

Esa nueva conciencia espiritual de la luz sólo puede encontrarse en la vieja tradición espiritual de la luz. Ese hábito de decir la verdad y habitar en lo verdadero sólo puede sostenerse sirviéndose de la estructura del pensamiento religioso y filosófico de Occidente y Oriente. Aunque un estudio muestra que los fundamentalistas religiosos consumen más fake news, paradójicamente, la religiosidad -es decir, el sentido de conexión con algo sagrado- es el antídoto de las fake news (de la misma manera que un sentido de lo sagrado es la mejor solución al problema ecológico). No se trata de regresar al pasado o de retomar las viejas religiones, sino de continuar su evolución y actualizarlas, de reimaginarlas -la ciencia, en realidad, es consecuencia y resultado de la tradición filosófica griega y de las religiones abrahámicas, y no su antítesis-. A fin de cuentas el transhumanismo, la ideología dominante entre las élites tecnócratas actualmente, es solamente una versión de las ideas religiosas de deificación (theosis), inmortalidad y dicha eterna. Sin embargo, creo que es una forma pobre de concebir estas ideas, pues transfiere su fe del ser humano -y su semejanza con la divinidad- hacia la máquina. Deifica la materia, pero olvida la posible divinidad trascendente de la propia conciencia humana, la cual, a diferencia de la inmortalidad tecnológica, tiene como base y garante un principio moral.

Alejandro Martínez Gallardo
(Visto en Pijamasurf)