sábado, 7 de octubre de 2017

LOS NACIONALISMOS PERIFÉRICOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA (6): EL EFECTO DOMINÓ



Las reivindicaciones de las «nacionalidades históricas» pronto generaron un efecto dominó. Así, ya sea por pura imitación o por agravio comparativo surgen nacionalismos que son una triste y tardía copia de los nacionalismos del Norte aunque sin llegar a tener tanta fuerza como los nacionalismos gallego, vasco y catalán.

En efecto, ya bien entrado el siglo XX, Blas Infante creó prácticamente de la nada el nacionalismo andaluz, un nacionalismo que apenas tuvo calado popular por la sencilla razón que la proletarizada Andalucía era uno de los bastiones históricos del anarquismo en la península. Para ello contó con la inestimable ayuda de los nacionalistas gallegos que le contaron cómo habían explotado el mito céltico.

De manera análoga, el «Padre de la Patria Andaluza» buscó en la historia andaluza un mito nacional y se encontró con el pasado musulmán, que le llegó a obsesionar hasta el punto de viajar a Marruecos, donde, según dicen, se convirtió al Islam. El nacionalismo de Infante tiene ese punto de fantasía y falseamiento de la realidad que caracteriza a todos los nacionalismos pues, por mucho que se considerase descendiente de pobladores de Al-Ándalus, él y la práctica totalidad de los andaluces descienden de gentes venidas del norte de la península (gallegos, leoneses, castellanos, aragoneses, etc.) con la Reconquista. De hecho, casi toda la población morisca fue deportada al norte de África en el siglo XVI y la poca que quedó fue trasladada desde Andalucía y Levante (donde había más población morisca descendiente de los mudéjares o musulmanes de los reinos cristianos, que en Andalucía, por cierto) hasta zonas del interior (Castilla y León, principalmente) donde perdieron sus costumbres y se fundieron con la población local (como han demostrado estudios genéticos recientes).

En lo que sí tenía razón el «Padre de la Patria Andaluza» era en la denuncia de la miseria y el caciquismo existente en el campo andaluz, pero su denuncia, aunque bien intencionada, era la de un individuo de clase acomodada (notario de profesión) que conocía las cuitas de los jornaleros desde fuera. Éstos sabían bien que su problema no derivaba del «centralismo de Madrid» sino de la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos, cosa que no sólo ocurría en Andalucía, y se habían inclinado por la lucha global contra el capitalismo que preconizaba la CNT. Por otra parte, Infante y sus correligionarios cayeron en el error que comenten todos los nacionalismos, a saber, reducir la historia de Andalucía al elemento árabe (¿acaso no habitaron también los tartesios, los fenicios, los romanos, etc. en aquellas tierras?), es más, monopolizaron el término Al-Ándalus, cuando Al-Ándalus llegó a comprender la mayor parte de península, no sólo la actual Andalucía.

Sea como fuere, ni siquiera hoy día, los andaluces tienen especial espíritu patriótico y ello a pesar del esfuerzo y los recursos gastados por el gobierno autonómico y de que en 2007 el parlamento andaluz declarara a Andalucía «realidad nacional» dentro de España. Prueba de que dicha reivindicación nacionalista no tenía base social ninguna es que sólo tras una campaña institucional para fomentar el patriotismo el número de encuestados que consideraba a Andalucía una «nación» pasó del 4% al 18%. Aún así al 82% de los andaluces les seguía importando bien poco la identidad nacional.

Pero, si hay un caso de separatismo verdaderamente absurdo en la España de las autonomías, ése es el castellano. Castilla, que acabaría siendo el reino hegemónico tras la Reconquista, cuna de la actual lengua española, quintaesencia de España, elemento unificador de gentes y territorios patrios, no tenía al acabar la dictadura franquista ni lengua particular ni hecho diferencial sobre el que basar su derecho a la autodeterminación pues, si acaso, es la periferia la que busca autodeterminarse con respecto al centro, de tal manera que si los territorios periféricos se separan, una Castilla «secesionista» sólo podría separarse de sí misma. El asunto roza el esperpento.

Aún así los poderes y buena parte de la izquierda se han dedicado en el caso de Castilla a hacer también patria. Y a falta de otro hecho diferencial más convincente se han dedicado a promover una imagen mitificada y anacrónica de los Comuneros que se alzaron contra el emperador Carlos en el siglo XVI. Aquí habría que recordar que la manipulación de los hechos históricos en torno a la revuelta comunera no era nueva. Así, en el siglo XIX los liberales, tras la Guerra de la Independencia, quisieron ver en los comuneros, una afirmación de lo español (que no de lo castellano) frente a las injerencias externas, así como una de las primeras luchas contra el absolutismo monárquico. Más tarde, durante la II República los comuneros fueron vistos como una suerte de precursores del republicanismo. Lo cierto es que la revuelta iba dirigida contra un rey en concreto, no contra la institución monárquica, y en ella tomaron parte segundones de la nobleza e incluso un obispo, por lo que ver en ella una temprana revolución burguesa y republicana es como poco algo forzado.

Pero la mitificación no se paró ahí: durante la Transición se volvió a dar unos retoques al mito comunero para convertirlo en un movimiento nacionalista, afirmador de la «castellanidad». Castilla no iba a ser menos que el país Vasco, Galicia o Cataluña. Y así, el 23 de abril (fecha de la derrota comunera) se establece como día de la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Nuevamente se hace una lectura forzada de los hechos históricos para que encajen en una teoría prefabricada: los comuneros aparte de alzarse en la actual Castilla y León lo hicieron en La Mancha (donde el 23 de abril no es festivo a pesar de ser también Castilla), en Jaén, en Murcia ... Finalmente, en el colmo del anacronismo y la manipulación, buena parte de la izquierda que acude a Villalar a celebrar la «fiesta nacional» castellana ha fomentado la creencia de que los comuneros lucharon por el pueblo, o sea, por el Tercer Estado, con lo que su gesta sería similar a la de las luchas obreras de los siglos XIX y XX.

Y mientras los nacionalistas castellanos celebran su jornada patriótica en Villalar el 23 de abril, los leonesistas queman pendones de Castilla (a pesar de que uno de los jefes comuneros, Maldonado, era salmantino). En efecto, el leonesismo pretende la separación del País Leonés (León, Salamanca y Zamora) de Castilla para constituir su propia comunidad autónoma y tiene como todos los movimientos identitarios patrios raíces conservadoras: uno de sus principales impulsores, José Eguigaray, fue un militar franquista. De hecho, Franco mantuvo a las citadas tres provincias en una región separada de Castilla la Vieja, como piden hoy los leonesistas. Curiosamente, este último argumento es usado contra ellos por la tribu rival, la «izquierda» castellanista, cuando ellos se dedican a rendir homenaje a figuras tan «progresistas» como el conde de la Reconquista Fernán González, el señor feudal que «independizó» Castilla del reino de León.

(Fuente: http://revistaamoryrabia.blogspot.com.es/)

2 comentarios:

  1. a ver cuando cuelgas un trabajito historico para las mentes galacticas , donde se hable de la historia de anexion por castilla de los demas reinos.... seria cojonudo.

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    1. ¡Que respetuosa es Castilla, que en vez de fagocitar los símbolos de los reinos anexionados los incorpora al escudo de una nación para la que recupera el nombre del antiguo reino visigodo!

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