martes, 27 de octubre de 2015

HIROSHIMA: LA VERDAD MALDITA (1ª parte)



El tránsito a la nueva era de la Historia Contemporánea -llámese siglo, época, milenio o lo que se quiera- comenzó con un vuelo americano. Este año se han cumplido siete décadas de aquello. Fue el 6 de agosto de 1945 cuando el bombardero "Enola Gay" mostró a los escépticos, bajo la forma de una seta atómica sobre el suelo de Hiroshima, los terribles poderes ocultos en la materia. Por mucho que tendamos al olvido, todo ha comenzado cuando algo terrible, sea lo que sea -nosotros incluidos- aparece en escena y entra a formar parte del juego de la vida y de la muerte. “Muchas cosas hay terribles hay, pero ninguna como el hombre”, escribe Sófocles para el coro de Antígona. Porque su quehacer es el único entre los seres vivientes que todo lo construye y, al mismo tiempo, todo lo desbarata.

La leyenda oficial, divulgada incesantemente por la todopoderosa propaganda americana, que encontró gracias a la industria cinematográfica de Hollywood una difusión universal a través del cine bélico de exaltación patriótica, ha establecido con indecente unanimidad que el uso de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki tuvo como finalidad acabar con la guerra de la forma más rápida y relativamente menos dolorosa, ya que con su utilización se evitaron cientos de miles de muertes en las tropas norteamericanas combatientes y hasta pudieron salvarse millones de vidas japonesas, que habrían sido sacrificadas en caso de que hubiera sido precisa la invasión del Japón para ganar la guerra, dado la feroz resistencia ofrecida para aceptar la rendición. Solamente falta decir que la bomba atómica fue utilizada “por razones humanitarias”, esa expresión tan mendaz como políticamente correcta que se usa para justificar las agresiones militares cuando conviene a los siniestros poderes que nos gobiernan y de los que son apéndices las agencias internacionales de comunicación o intoxicación, según se mire.

El presidente Harry Truman vestido de ya sabes ...
A estas alturas, cabe afirmar con absoluta certeza la falacia de tales argumentos, que, de paso, han servido para que el presidente Truman no haya sido puesto a la cabeza de la lista de los criminales más grandes de la Historia Universal de la Infamia. Porque la decisión de usar el arma nuclear contra Japón no se debió a la voluntad norteamericana de terminar con la guerra, sino que, muy por el contrario, la guerra contra Japón fue deliberadamente prolongada para dar tiempo a que las bombas atómicas estuviesen en condiciones de ser empleadas. Está más que probado que los servicios de inteligencia norteamericanos, con pleno conocimiento del inquilino de la Casa Blanca, estaban perfectamente informados de los esfuerzos desesperados que desde abril de 1945 venía haciendo el gobierno japonés para conseguir una rendición formalmente honorable, es decir, que respetara la figura del Emperador. Tokio venía realizando contactos con Moscú meses antes de la celebración de la Conferencia de Postdam (celebrada entre el 17 de julio y el 2 de agosto) con miras a firmar la capitulación y conseguir la paz.

Muchos de los asesores de Truman aconsejaron modificar la rendición incondicional con el fin de permitir que Japón conservase a su Emperador y acelerar así el final de la guerra. Para el pueblo japonés el Emperador era una figura venerada y el centro de la religión sintoísta. Verlo colgado, como Mussolini en Italia, o humillado en un juicio de guerra era más de lo que podrían soportar. El Alto Mando de McArthur informó a la Casa Blanca que la ejecución del Emperador sería para los japoneses algo comparable a la crucifixión de Jesucristo para los cristianos. Pero James F. "Jimmy" Byrnes, juez de la Corte Suprema, consejero principal de Truman y verdadero rector de la política americana en ese histórico momento, dijo al Presidente que el crucificado sería él si permitía que se mantuviese el sistema imperial. Una vez más prevalecería su consejo: Truman y Byrnes esperaban acelerar la rendición japonesa en los términos fijados por ellos sin la ayuda soviética, negando a los rusos las concesiones territoriales y económicas prometidas por Roosevelt en la Conferencia de Yalta. Y para esto necesitaban el sobrecogedor golpe de efecto que con el uso de la bomba atómica esperaban conseguir.

Por otra parte, es sabido que los códigos japoneses habían sido descifrados por la Inteligencia estadounidense antes incluso del ataque a Pearl Harbor y la no utilización de esa información fue el principal componente de los éxitos japoneses en la primera etapa de la guerra del Pacífico. Ese fallo había sido deliberado, para no disuadir a los japoneses de emprender las hostilidades contra Estados Unidos, empezando por el ataque a Pearl Habor, con una alerta temprana que habría dificultado o impedido sus planes de ataque. Más tarde, al final de la campaña del Pacífico, el mismo tipo de trampa sirvió para un idéntico fin: mantener encendida la llama de la guerra con el fin de ganar el tiempo que necesitaban para emplear las bombas atómicas contra Japón y, gracias a la supremacía armamentística conseguida, imponer su voluntad hegemónica a la Unión Soviética, la verdadera bestia negra de Truman ya por aquellas fechas. Para ello, el conflicto con el Japón no debía de resolverse demasiado pronto. En este sentido, William_D._Leahy, primer Almirante de la Flota de la Marina de los Estados Unidos, nombrado Jefe de Estado Mayor en 1942 por el presidente Franklin D. Roosevelt, dejó escrito un texto que no deja lugar a dudas: “Mi opinión es que el uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no proporcionó ninguna ayuda material en nuestra guerra contra el Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y dispuestos a rendirse a causa de que el bloqueo fue eficaz y del éxito de los bombardeos con armas convencionales. Mi sensación es que, al ser los primeros en utilizarla, hemos adoptado un modelo ético similar al de los bárbaros de la Edad de las Tinieblas”.

James F. Byrnes, el cerebro de la Casa Blanca
Es preciso dejar bien claro que la decisión de utilizar el arma nuclear no fue tomada por los mandos militares, sino que vino impuesta a estos por por Truman y sus asesores más próximos, a la cabeza de los cuales estaba Byrnes. Seis de los siete altos jefes militares con cinco estrellas, que habían recibido la última de ellas durante la Segunda Guerra Mundial, opinaban que la bomba atómica era moralmente inaceptable, militarmente innecesaria o ambas cosas la vez. Me estoy refiriendo, ¡nada más y nada menos!, de los generales Douglas McArthur, Dwight D. Eisenhower, Henry Arnold, George Marshall y los almirantes William Lehay y Chester Nimitz. A este respecto, Eisenhower escribió: “Entonces Stimson me dijo que iban a lanzar la bomba sobre los japoneses. Yo le escuché sin opinar nada, porque, después de todo, mi guerra había terminado en Europa y aquello no dependía de mi, aunque estaba en contra por dos razones: primera, porque los japoneses estaban dispuestos a rendirse y no era necesario atacarles con aquella cosa monstruosa y, en segundo lugar, porque aborrecía la idea de que nuestro país fuera el primero en utilizar un arma así”.

Las propias fuentes japoneses ofrecen múltiples testimonios de la tenebrosa verdad. A finales de 1944, la Marina japonesa estaba diezmada, su Fuerza Aérea gravemente debilitada, su sistema de comunicaciones ferroviarias hecho trizas, sus reservas de alimentos agotadas, y la moral nacional cayendo en picado. Tras la derrota de Alemania, el ejército ruso empezó a concentrar en Siberia una enorme fuerza que se preparaba para invadir Manchuria, ocupada por los japoneses a comienzos de agosto de 1945. En febrero de ese mismo año, el príncipe Fumiaro Konoe, ex-primer ministro de Japón, había escrito al Emperador: “Lamento decir que la derrota de Japón es inevitable”. En mayo, el Consejo Supremo de Guerra japonés decidió tantear a los soviéticos acerca de los términos de la paz. No solo quería mantener a la Unión Soviética fuera de la guerra, sino conocer también si los rusos podían ayudarles a obtener de los norteamericanos unas condiciones favorables para la rendición. La Inteligencia estadounidense, que había estado interceptando los cables japoneses desde el principio de la guerra, conoció el mensaje que fue dirigido el 18 de julio desde Tokio al embajador japonés en Moscú acerca de los términos de la capitulación, en el que constaba inequívocamente que “la rendición incondicional es el único obstáculo para la paz”.

Basta cotejar los hechos para ver que Tokio no avanzó un solo paso hacia la rendición incondicional después del ataque nuclear a Hirohima. Al fin y al cabo, las ciudades japonesas venían siendo arrasadas desde principios de 1945 y no parecía haber muchas diferencias entre que doscientos aviones arrojasen miles de bombas sobre la población civil o que la devastación fuese producida por un solo avión con una única bomba.

Para los líderes japoneses, la noticia verdaderamente devastadora del día 9 de agosto de 1945, fecha de la segunda explosión atómica sobre la ciudad de Nagasaki, fue conocer el desplome de Manchuria. La explicación es bastante simple: al fin y al cabo, Nagasaki solamente era una ciudad destruida más, pero que el ejército soviético hubiera barrido tan fácilmente a las tropas japonesas en su colonia más rica, el Estado títere de Manchuria, era causa de espanto. El general Masakazu Kawabe, jefe adjunto del Estado Mayor del Ejército japonés explicaba: “La forma en que se supo la terrible destrucción de Hiroshima fue gradual. En comparación, la entrada soviética en la guerra fue una gran conmoción, porque veníamos temiendo e imaginando vívidamente que las fuerzas del enorme ejército rojo de Europa pudieran volverse contra nosotros”. El primer ministro, Kantaro Suzuki , confirma este temor cuando dijo: “Japón debe rendirse inmediatamente o la Unión Soviética tomará no solo Manchuria, Corea y Karafuto, sino también Hokkaido. Esto destruiría los cimientos de Japón. Debemos poner fin a la guerra mientras todavía podamos tratar con Estados Unidos”.

El emperador Hirohito, dios viviente y sím-
bolo del fascismo feudal imperante en Japón
Un estudio secreto realizado en junio de 1946 por la Inteligencia de la División de Operaciones de la Secretaría de Guerra concluía que apenas si fue mencionado en el Gabinete japonés el uso de la bomba atómica por parte de Estados Unidos. El lanzamiento de la bomba fue el pretexto utilizado por los americanos para acabar la guerra, pero reconocían que los japoneses habrían capitulado de inmediato si Rusia entraba en la guerra. Estaban convencidos de que los soviéticos no solo destruirían su Imperio, sino que no vacilarían en condenar al Emperador. Después de todo, ¿acaso no habían asesinado a su propio zar en 1918?

Otro importante detalle a tener en cuenta es que Truman retrasó dos semanas el comienzo de la Conferencia de Postdam con el fin de dar tiempo a los científicos para que llevaran a cabo la prueba de la bomba. Fue el secreatrio de Guerra, Harry Stimson, quien le dio la noticia de que el experimento había resultado exitoso: del informe se deducía que los resultados eran tan aterradores que casi desafiaban la razón. Las sesiones de la Conferencia empezaron al día siguiente con un Truman tan exaltado, que Churchill confesó estar desconcertado por la transformación experimentada por el comportamiento del Presidente: “No podía entenderlo. Ante mi surgió un hombre diferente. Les dijo a los rusos lo que tenía y no tenían que hacer y que, en general, se convirtió en el dueño de la reunión”.

Fue el 24 de julio cuando Truman informó a Stalin de que su Gobierno poseía una nueva arma con un poder de destrucción extraordinario y que pensaba utilizarla contra Japón. Stalin se limitó a sonreír y lo felicitó. El Presidente creyó que Stalin no había comprendido el alcance de lo que le acababa de decir, pero estaba muy equivocado: Klaus Fuchs, un hombre de fuertes convicciones ideológicas que formaba parte de la delegación británica en Álamo Gordo, había hecho llegar información técnica sobre la bomba a sus contactos soviéticos. Así pues, Stalin ya sabía para cuándo estaba programada la prueba de la que acababa de enterarse que había resultado exitosa. Sir Anthony Eden, Secretario de Asuntos Exteriores británico, señaló que Stalin asintió con la cabeza se limitó a decir "gracias". Para colmo, tanto Truman como Byrnes estaban convencidos de que el gobierno japonés rechazaría la declaración de Postdam por no contener garantía alguna acerca del Emperador. Para ello, Truman llegó a vetar el deseo de Stalin de firmar la declaración, ya que la firma del líder soviético en el documento habría indicado a los japoneses que la Unión Soviética iba a incorporar sus tropas al frente asiático. Fue una maniobra increíblemente turbia de Estados Unidos, tanto hacia los japoneses como hacia la Unión Soviética, preludio de la inmediata Guerra Fría entre las dos grandes potencias que duró cincuenta años.

Churchill, Roosvelt y Stalin. Conferencia de Postdam
En cuanto salió de la Conferencia, Stalin llamó a Beria, jefe de la Policía Secreta, para reprenderle por no haberle informado del éxito de la prueba antes de que lo hiciera Truman. El ministro de Asuntos Exteriores soviético, Andrei Gromyko, contó que al regresar a su residencia, Stalin avisó que los americanos utilizarían su monopolio atómico para dictar los términos de la paz en Europa, pero que de ninguna forma pensaba ceder al chantaje. De inmediato ordenó poner en marcha la entrada soviética en la guerra de Asia, así como presionar a sus científicos para que acelerasen las investigaciones atómicas. El poco diplomático comportamiento de Truman reafirmó a Stalin la idea de que Estados Unidos pretendía acabar la guerra rápidamente sin contar con su ayuda, prevista para el 5 de agosto, y hacer caso omiso de las concesiones en el Pacífico que habían sido pactadas en Postdam.

Mientras pasaban las horas que faltaban para que la bomba atómica estuviese lista para su lanzamiento, la ausencia de la firma soviética animaba a los japoneses a insistir en los inútiles esfuerzos diplomáticos con los que, desde mayo de ese mismo año, intentaban mantener a los soviéticos fuera de la guerra, pues sabían que la entrada del gigantesco ejército soviético acabaría con el Imperio Japonés. El Secretario de Guerra Henry Stimson, que tenía serios recelos contra el uso de la bomba, a la que se refería como “la espantosa, la terrible, la diabólica”, intentó repetidas veces convencer a Truman y Byrnes de que dieran garantías a los japoneses acerca de la figura del Emperador, pero su esfuerzo fue inútil. Cuando Stimson protestó ante el Presidente por ser ignorado, Truman le respondió airado que “si no le gustaba, podía coger las maletas e irse a casa”.

Considerando lo hasta aquí expuesto, los factores que de veras contaron para precipitar la terrible decisión de arrojar las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki son reveladores de la brutal catadura de los responsables de semejante acto, de la ferocidad racista que anidaba en el corazón de la sociedad norteamericana y del frío cálculo de naturaleza geopolítica, que anticipa, diseña y simultáneamente hace inevitables, los escenarios que se convertirían en puntos de fricción a lo largo del inmediato futuro. Un proceso de escenificación conflictiva muy similar a la invención de la Guerra de Irak, el primer eslabón de la nueva política de tensión elaborada por los halcones de Washington (Paul Nitze, Eugene Rostow, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y Zbigniew Brzezinski entre otros) desde el Committee on the Present Danger (CPD), que George W. Bush colocó a la cabeza de la Administración estadounidense al comienzo de su primer mandato. Tras el primer asalto a Afganistan, Bush pudo concentrarse en su objetivo preferido, que era la guerra de Irak, algo que estaba planeado con anterioridad a los atentados del 11 de septiembre al World Trade Center, lo que significa que no tenían nada que ver con la “guerra contra el terror” con que se quiso justificar. Como reveló más tarde el que fue secretario del Tesoro de su gobierno, Paul O´Neill, la decisión de atacar Irak comenzó a discutirse en la Casa Blanca en enero de 2001, el día siguiente a la toma de posesión de Bush, con anterioridad, pues, al ataque terrorista de septiembre, aunque el plan general para intervenir en el Oriente Medio estaba planeado desde hacía cuatro años.

José Baena
(Fuente: http://elsacodelogro.blogspot.com.es/)

2 comentarios:

  1. La guinda del pastel seria tener la certeza,no la sospecha,de que ambas bombas fueron robadas a los alemanes.Eso ya sería el colofón,saludos

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  2. Muy interesante e informativo amigo es verdad que en el mundo hay gente que no tienen corazón por eso después se les pasa la factura!

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