domingo, 5 de mayo de 2013

TERRORISMO MERCENARIO, UN FENÓMENO DE NUESTRO TIEMPO (2ª parte)



La amenaza terrorista es una excusa extraordinariamente útil para las potencias expansionistas y para los estados con vocación totalitaria, pero no funciona si se queda en un mero "telón de fondo" que nunca se materializa. Exige su materialización, su concreción en hechos dramáticos. Un zarpazo puntual hace real la amenaza, da razones al miedo, moviliza a los ciudadanos en apoyo de sus gobiernos. La repulsa hacia los atentados del 11-M, convenientemente canalizada, fue clave en el vuelco electoral de las elecciones españolas del 2004, ya fuera este resultado un efecto colateral de aquéllos o su intención primigenia.

Lo escandaloso, y aquí la ingenuidad de más de un lector planteará un límite infranqueable a su credulidad, es aceptar que los gobiernos han hecho y siguen haciendo uso del terrorismo al servicio de sus intereses. Muchos atentados terroristas son acciones encubiertas de sus servicios secretos, y cada vez que uno de ellos carece de una reivindicación clara, ésa es la línea de investigación que hay que seguir, la que llevó, por ejemplo, al descubrimiento de que los servicios secretos franceses hundieron el buque de Greenpeace "Rainbow Warrior" en Mururoa adosando una bomba a su casco, o la que se reveló como la estrategia maestra de Gladio en la Italia de los "años de plomo" para desacreditar a la izquierda y frustrar sus posibilidades electorales (¿No recuerda inequívocamente al modo en que E.T.A. ha sido usada para demonizar a todo el nacionalismo vasco?).


Y aquí llegamos a la inversión absoluta de la definición de la que partía la primera entrega de este artículo: el terrorismo ya no es la forma de guerra que ejecuta el bando débil, sino la estrategia que el poder gubernamental utiliza contra los ciudadanos. Una estrategia encubierta, secreta, y extraordinariamente eficaz. Tanto que, en la época de la profesionalización de la guerra, estamos asistiendo, paralelamente, a la profesionalización del terrorismo de estado, patente en la contratación de compañías privadas -tipo Blackwater o Craft International- que hacen el trabajo sucio que salpicaría a un gobierno si fuera encomendado a sus servicios secretos.

No hablamos de chapuzas tipo G.A.L. Estas compañías no reclutan pistoleros colombianos, marselleses o portugueses. Sus miembros han recibido formación militar de los marines o del Mossad israelí. Son discretos, caros y eficaces. No dejan cabos sueltos, no rinden cuentas ante órganos de control gubernamentales y son inmunes a las filtraciones. Repito, la palabra clave que los define es "profesionalidad". Su éxito en cada acción les garantiza recibir nuevos contratos.

El fascista lema de Craf Int.: "Pese a lo
que te dijo tu mamá, la violencia
soluciona problemas".
Hemos visto a integrantes de una de estas compañías en el escenario de la maratón de Boston, pertrechados con equipamiento militar, camuflados y portando antes del atentado mochilas idénticas a las que explotaron, mochilas que no aparecen a sus espaldas en las imágenes inmediatamente posteriores a las explosiones, ... Como diría mi abuela, "blanco y en botella".

Para todo el que ha tenido los ojos y el entendimiento abiertos, queda claro que hemos asistido al "modus operandi" de estos comandos. Sus miembros ejecutaron los atentados del 11-S, del 11-M, del 7-J, la matanza de Utoya, los ataques contra escuelas en E.E.U.U. al servicio de la estrategia de control de armas en manos de civiles, etc.

En las películas son duros, simpáticos y sirven a causas nobles. Pero esto es la vida real, donde facciones ocultas de los gobiernos subcontratan los atentados que sirven a sus fines políticos.

Y la estrategia seguirá operativa si no es denunciada fehacientemente.


Arriba, la "glamourosa" imagen que les otorga Hollywood. Abajo, el aspecto
real de estos carroñeros (mercenarios de Blackwater en suelo iraquí, de donde
fueron expulsados por el gobierno local debido a las matanzas perpetradas).

 

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