martes, 14 de mayo de 2013

BAJO EL SIGNO DE LA MELANCOLÍA


"La política ha caducado -twittea Alejandro Jodorowsky-. Los países no deben ser dirigidos por egos ávidos de poder sino por grupos de sabios". Y uno no puede estar más de acuerdo. Pero el problema es, lo primero, reconocer a los sabios, y lo segundo, auparlos.

Se nos dice que los antiguos romanos, capaces de identificar la rectitud, la honradez, y la integridad, confiaron la defensa de su república a Lucio Quincio Cincinato, patricio retirado a las labores agrícolas, cuando sufrieron el ataque de ecuos y volscos, y en la vejez del cónsul y general, lo llamaron de nuevo para afrontar las maquinaciones del ambicioso y rico Espurio Melio, un oligarca que creyó, como la Élite que padecemos, que su riqueza le daba derecho a pisotear las leyes y la moral.

Irónicamente, el más imperecedero legado del dictador a la fuerza fue el dar nombre a la ciudad de Cincinatti, en Ohio.

Hoy vivimos el aparente triunfo de indecentes oligarcas, mientras los verdaderos sabios -pienso en José Luis Sampedro- mueren, al igual -justicia poética- que los falsos sabios (y aquí pienso en el ruidoso propagandista Stephane Hassel). Y los nuevos falsos patricios, horteras hasta el ridículo, medran al amparo del "poderoso caballero" don Dinero. Y "pan y juegos" siguen siendo la cortina de humo que sostiene el tinglado de la antigua farsa, que se quiere democrática pero es meramente plebiscitaria: refrendo a un botarate de Rey que Shakespeare hubiera despreciado (1978), culto a los "nuevos ricos" y a la casta que solo cuida de sus privilegios, los espúreos "Melios" de nuestro tiempo, triunfos deportivos y fracasos educativos, carga de la factura del despilfarro a los más débiles, el gobierno de embusteros, corruptos y asesinos aceptado como un mal necesario o una penitencia colectiva teñida de fatalidad, ... ¿para qué seguir?

Oigo, patria, tu aflicción, pero nunca tu propósito de la enmienda, ni tu análisis, ni tu coherencia.

La estupidez, como la jodienda, parece no admitir enmienda. Y (no seré elegante en mi conclusión), o nos enmendamos o nos enmierdamos ... más aún.

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