miércoles, 6 de marzo de 2013

LA INFANTA FLORERO


La estrategia que está siguiendo Iñaki Udangarín para pretender presentar a su esposa, la Infanta Cristina (sin pecado concebida) como alguien ajeno al ramillete de delitos cometidos al amparo de las sociedades sinónimo (perdón, "sin ánimo") de lucro parece ser la sugerida por Lucía Etxebarría en un jocundo artículo que puede leerse aquí: la nena, al parecer, no era corrupta, era lela. "Mi esposa no hacía absolutamente nada", ha llegado a declarar el ex-balonmanista, a quien solo le ha faltado presentar un test de inteligencia del vegetal que dice tener por cónyuge y un certificado médico que acredite que la que se nos decía que era "la infanta lista" es, en realidad, oligofrénica. Lo próximo será decir que quien asistía a las juntas de Noós era la reproducción del Museo de Cera mientras Cristinita se quedaba en el palacete de Pedralbes intentando no babear. Esto es un auténtico sainete, aunque al menos sirve para revelar lo que tiene la Familia Real de carísimo, innecesario y prescindible Jardín Botánico.

Según Urdangarín, la infanta Cristina estaba en la Junta Directiva del Instituto Nóos sólo para cubrir asientos, lo cual suena bastante feo. Poco más o menos el duque vino a decirle al juez que su esposa en Nóos no hacía nada ni servía para otra cosa que no fuese calentar una silla. Era como si jugaran al póker y necesitaran dos pardillos más. El juez replicó que bastaba con tres, como suele ser habitual en estos casos: la Santísima Trinidad, los tres Reyes Magos, las tres Gracias, los tres Sudamericanos. Sigan ustedes que a mí me da la risa.

Tres únicas virtudes enumeró Urdangarín para la presencia de la infanta en una Junta Directiva. Transparencia, comodidad y formalismo. No sé para la realeza, pero para el feminismo no suena muy halagador. Querida, te voy a nombrar vocal porque eres cómoda, formal y transparente, pero ni se te ocurra abrir la boca. Tú a lo tuyo. Esto, que parece una afrenta a la dignidad de la mujer, en efecto lo es. A menos que Urdangarín (a quienes siempre hemos menospreciado como aristócrata advenedizo y así nos fue, que un poco más y le donamos la camisa) esté elaborando una compleja maniobra psicológica al estilo del doctor House.

En el primer capítulo de House, la doctora Cameron, enterada de que a Chase lo han contratado por enchufe y a Foreman por su habilidad para entrar en casas ajenas, le pregunta al puñetero de su jefe por qué diablos la ha fichado a ella para la unidad de diagnóstico. “Porque estás muy buena” replica House. “Verte es como mirar un cuadro hermoso”. Cameron se indigna, recita su currículum y le dice que quedó segunda de su promoción. “Segunda” dice mordaz House. “Iba a contratar a la primera, pero no era tan guapa como tú. Entonces fue cuando me pregunté por qué una auténtica preciosidad, que podía haberse ganado muy bien la vida como modelo, había dedicado ocho años a estudiar medicina”.

Ahí tenemos a la infanta Cristina, una mujer que toda su vida se ha sentado en segunda fila, detrás de su padre, detrás de su hermano, detrás de su marido, detrás de su título, y nunca, nunca, nunca va a salir a la palestra, ni siquiera en un vulgar caso de corrupción, aparte del día de la boda. Es muy triste encontrarse siempre a la sombra del varón, relegada al decorativo rol de florero, así sea una fregona, ama de casa, médico, ejecutiva, ministra portavoz, princesa alemana o princesa española.

Últimamente la corona es un microcosmos del país, como no podía ser menos. El rey en paro y la infanta de bulto, para cumplir la cuota.

David Torres

(Fuente: http://blogs.publico.es/davidtorres/2013/03/05/la-infanta-florero/)

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