domingo, 25 de diciembre de 2011

UN REAL EJERCICIO DE CINISMO

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Familias sin imaginación que optan por el nihilista ejercicio de mirar la TV, porque si se miraran unos a otros tal vez podrían encontrarse desde su ser, y eso les resultaría intolerable: Nochebuena tópica un año más, en la que no falta la previsible alocución del gran chamán que hace las delicias de arrobados súbditos, y de hermeneutas y exegetas varios que se devanan en interpretar el vacío comunicativo de un mensaje en el que cada uno acaba por descubrir lo que previamente llevaba en su (sumisa) mente. Repetición de clichés manidos sobre la superación del paro, vaguedades sin sustancia repetidas con una dicción más que deplorable -que ya hubiera podido corregir su alteza, la verdad-, y una frase que a cualquiera con un mínimo de sentido crítico no puede sino dejarle perplejo: "La justicia es igual para todos", enunciada por un sujeto hierático que se sabe exento de cualquier rendición de cuentas a los tribunales.

Hágase rápida consulta al 2º Título de la Constitución: "La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad" (artículo 56, 2). ¿La justicia es igual para todos? No, puesto que al Jefe del Estado se le reconoce por ley la más absoluta irresponsabilidad, algo que de sobra sabe y de lo que se ha beneficiado astutamente. El rey es irresponsable, como un menor o un demente, no ha de justificar sus actos, otros han de cargar con ellos: "De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden" (artículo 64.2). Como un menor nuevamente, inimputable pero del cual han de responder quienes están a su cargo. ¿Qué adulto puede gozar sin sonrojo de una condición así? Lo hace nuestro Rey, que entregó -tras prometer defenderlo- el territorio del Sáhara Occidental a la voracidad de Marruecos (que no ha cesado en masacrar a su población en un genocidio incesante), pero que no asume responsabilidad alguna, porque ésta recae sobre una población mártir condenada a los campos de refugiados en tierra ajena, o sobre la flota pesquera española que ha de mendigar a una bárbara teocracia su exigua cuota de pesca en unas aguas que fueron las de una provincia española. El mismo Rey que no rinde cuentas de sus ingresos, prácticamente inexistentes al subir al trono, pero que hoy goza de la 134ª fortuna del mundo (fuente: la revista Forbes), pedigüeño por persona interpuesta y comisionista infatigable, privilegiado receptor de regalos que, lógicamente, exigen contraprestaciones. El Rey que pagó con fondos reservados de Presidencia del Gobierno el chantaje de una conocida vedette, objeto antes de su voracidad sexual. Ése es el Rey que pretende dar lecciones de moral, ¿a quién?. Sabe que las normas son para los demás, y para él los privilegios. Sabe que si de verdad todos los españoles fueran iguales ante la ley -como afirma el artículo 14 de la pisoteada Constitución de 1978- su figura quedaría no sólo en entredicho, como es obvio que lo está en estos momentos (menos de la mitad de los españoles confía ya en la institución monárquica), sino emplazada a responder de estafas, abusos y traiciones al verdadero soberano, que es el pueblo español. Este país está despertando, y ya no es el que recibió a su nefasto antepasado Fernando VII con la ridícula e inculta aclamación "¡Viva nuestro amo, vivan las "caenas"!".

Me quedo solo con una frase del patético e insustancial discurso del Rey: "Toda actuación censurable debe ser sancionada". Ahora, Majestad, nada de "haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga", y dé ejemplo. Quizá la Justicia acabe por hacerle cumplir su bonita declaración.
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