sábado, 18 de junio de 2011

HASTA LOS LEONES (Artículo de David TORRES en EL MUNDO, 17/6/2011)

A VER si nos entendemos. Se puede celebrar la Nochevieja en Sol con una escandalera acojonante pero no todo el mes de junio. Hay ciertos pretextos (por ejemplo, la victoria de un equipo de fútbol) con los que miles de jóvenes pueden tomar una ciudad, bloquear calles y carreteras, ciscarse en la vía pública y no dejar dormir ni a Cristo, y la autoridad no sólo no lo impedirá sino que animará el cotarro y protegerá a los vándalos en su sagrado derecho a la berrenda. Al día siguiente los periódicos te estamparán el entusiasmo nacional en la cara y los cronistas políticos cambiarán de tercio para glosar las hazañas de 11 tíos en calzoncillos como una nueva reedición de Lepanto. En cambio, si unos cuantos cientos de jóvenes deciden dar a la revuelta un sentido menos deportivo y menos circense, la algarabía de inmediato se viste de anarquismo y de peligro.

Quiero decir que no me parece bien que unos cuantos exaltados agredan a los diputados del Parlament que acudían a echarse su tradicional siesta en el escaño, pero tampoco me parece bien que cada tanto un destripaterrones millonario suba a follarse a la Cibeles entre los rugidos irracionales de la peña. A un núcleo de esa misma juventud lobotomizada con el fútbol, el Gran Hermano y otros estercoleros populistas, le sale un grano de acné social, le brota una pequeña inquietud política y como por ensalmo los mandarines sienten la inminencia de la revolución en la Plaza de la Bastilla, los trancazos a la puerta del Palacio de Invierno.


A falta de un Lenin o incluso de un Pancho Villa, el descontento invertebrado ha sacado a la calle los mismos argumentos que los tertulianos profesionales y analistas políticos llevan años repitiendo en televisión, en su estudiada pose de bustos parlantes. A saber: que ya está bien de tanta impunidad, de tanto chorizo trajeado, de tanto despilfarro, tanto coche oficial y tanto senador políglota. De tanta diputación provincial, tanto asesor de los cojones, tanto voto inútil y tanta monarquía menopáusica. De tanta podredumbre, tanta palabrería y tanta y tanta mierda. A los chavales les fallan las formas, es verdad (y en política, como en literatura, el fondo es la forma) pero el mensaje, por debajo del griterío, los perros y las flautas, es claro e inequívoco. Estamos empezando a hartarnos. Estamos hasta los leones del Congreso.


De toda esta ceremonia de la confusión no quedará nada, tal vez, salvo el picor del descontento, pero cuando ni los maderos saben qué hacer, no hay que olvidar nunca aquella frase inmortal de Kenneth Mars, el policía ortopédico de El jovencito Frankenstein: «Un motín es una cosa muy seria. Y en este pueblo ya va siendo hora de que tengamos uno».


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