lunes, 2 de marzo de 2020

“QUIEN TE DICE QUE PUEDES SER LIBRE SIN SER RESPONSABLE, ESE TE QUIERE ESCLAVO”



Recientemente tuvo lugar la presentación en el Conservatorio Superior de Música "Città di Roma" de Zaragoza del libro La Ideología invisible, de Javier Benegas, editor del diario Disidentia. Entrevistado por José Antonio Gabelas, el autor presentaba su ensayo como una excusa para abrir debates clave, para invitar al público, a las personas que miran al futuro con inquietud pero sin miedo, a pensar, a preguntar y, finalmente, arriesgarse a responder preguntas importantes, fundamentales, sobre los profundos cambios que nuestras sociedades y nosotros mismos estamos viviendo con una cierta turbación. El siguiente es un estracto de dicha conversación.

En tu libro “La ideología invisible” señalas que no es una aseada y conveniente teoría del todo, que es un libro crítico e inquietante que analiza el proceso de transformación que estamos viviendo. Los cambios se suceden con mucha rapidez y no es fácil ni cómodo pensar a contracorriente. ¿Qué luz arroja sobre la actualidad el libro “La ideología invisible”?, tanto en la identificación de esa transformación como en sus consecuencias.

J.B] La primera gran luz que intenta arrojar es, efectivamente, que no existe una teoría del todo. Somos muy propensos a simplificar. Nos tranquiliza más pensar que existe una gran conspiración, como en las películas de James Bond. Para aquellos que las conozcan, por ejemplo, la organización Spectre estaba dirigida por un personaje malvado que conspiraba el futuro del mundo. Este personaje conseguía aglutinar una serie de intereses y, gracias a ellos, a otros malvados menores, y juntos construían una gran conspiración. A las personas, en el fondo, nos tranquiliza pensar que el mundo es conspirado por unos focos. Pero nos resulta mucho más inquietante descubrir que esto no es así, que hay confluencias de intereses, sí, pero que desgraciadamente el mundo no lo conspiran unos pocos.

Si el mundo no está controlado por unos pocos malvados, entonces puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento, nada está escrito; como decía Sinué El Egipcio, del mañana nada se sabe y el oro no es más que polvo a mis pies. Y esa es la primera gran luz que arroja el libro. Después identifica y analiza una serie de procesos transformadores para que el público pueda reflexionar sobre ellos, y aporta numerosas referencias para que el lector pueda seguir leyendo a través de otras fuentes y llegar a sus propias conclusiones, repensar lo que sucede y por qué ocurre lo que ocurre, por qué estamos en esta guerra del feminismo de tercera ola, por qué se impone la cultura de las identidades mediante las que buscamos desesperadamente alistarnos en un colectivo concreto, prefabricado, para no sentirnos solos y vulnerables. ¿Por qué en la actualidad las personas tienen tanto miedo al futuro? ¿Por qué en un mundo que es el más seguro que haya conocido la humanidad, nuestras sociedades son las más asustadizas, las más quejicas, las que más patalean y las que más miedo tienen a todo? Esas cosas hay que preguntárselas, son cuestiones que debemos plantearnos porque no coinciden con la realidad. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué nos está pasando?

Estamos, no hay ninguna duda, en un ambiente de crispación, con un gobierno desarticulado, con la oposición paralizada e incluso dividida y enfrentada, azotados por dualismos como Estado y Mercado, Individuo y Estado, lo público y lo privado, y cuestionando leyes y principios fundamentales… ¿Cómo crees tú que se puede superar esta crispación? ¿Cómo se puede superar esta politización de la justicia, de la cultura?

[J.B] Pues mira, ya lo has apuntado tú. La respuesta está implícita en tu pregunta. Lo primero que hay que hacer es intentar sacar a la política de la cultura. Intentar sacar a la política del ámbito individual e íntimo de las personas. Una de las claves de nuestro tiempo es que la política ha desbordado el terreno de las viejas y clásicas ideologías y se ha metido en el terreno cultural. Los políticos se han metido a legislar, digamos, la cultura, lo que entendemos por cultura; es decir, las convicciones íntimas de las personas, las tradiciones, el devenir, las convenciones, el marco común de entendimiento, el ámbito familiar, la familia. La política ha entrado a ordenar todos esos aspectos de nuestra vida.

Cuando en política hablamos, por ejemplo, de más o menos Estado de bienestar, de más o menos impuestos, de este tipo de temas, podemos llegar a determinados acuerdos siempre y cuando, claro está, no nos vayamos a los extremos. Pero en los debates culturales los acuerdos son imposibles. El debate cultural funciona como un sistema de suma cero. A aquel que crea que el aborto es un crimen no le vas a convencer de que el aborto no es un crimen y, por el contrario, aquel que crea que el aborto debe ser libre no le vas a convencer de que abortar es un crimen. Estas cuestiones son muy delicadas porque corresponden a decisiones o valoraciones éticas que son distintas según la persona. Porque las personas somos esencialmente diferentes en todos los aspectos. Lo somos fisiológicamente, intelectualmente y también moralmente. Nuestra moral no es igual que la de la persona de al lado, no es exactamente igual. Por lo tanto, cuando la política se mete al legislar la moral es cuando se produce la crispación y la polarización de la sociedad. No va a haber acuerdo. Lo que hay que hacer es sacar a la política de ese terreno. Como decía en feliz expresión otro miembro significado de Disidentia, José Carlos Rodríguez, la política se nos ha desaforado, ha invadido un terreno que no le corresponde. Hay que sacar a la política de ahí y devolverla al terreno que le corresponde.

Sabemos que las facultades de comunicación en gran medida están enseñando el “periodismo de ayer”, no el que sería necesario enseñar hoy, incluso, en muchas facultades no se enseña, sino que se doctrina en aras de la llamada libertad de cátedra. ¿Qué tiene que cambiar en la educación superior, en las universidades, para facilitar el conocimiento, no el conocimiento inútil que decía Revel, sino el conocimiento y construir espacios de debate reales y abiertos?

[J.B] Has hecho una pregunta que tendrían que contestar personas con mucho más conocimiento sobre el tema que yo, pero desde el punto de vista de una persona que lo ve desde fuera de la Universidad y desde dentro del periodismo, lo que creo que hace falta es, primero, tener una sociedad abierta, y desgraciadamente tengo que decir que la sociedad española en la calle puede ser más o menos abierta, y también en nuestros entornos personales, pero en los “entornos oficiales” (para que nos entendamos y dicho entre comillas), no es una sociedad abierta. Es una sociedad endogámica y, en cierta forma, también estamental, discrecional, donde el poder lo es todo. En segundo lugar, para que nuestros nuevos periodistas se conviertan de verdad en periodistas hay que quitarles de la cabeza que un periodista es un activista. Si quieres ser activista, métete en una organización activista y dedícate a defender aquello que tú consideras que debes defender. Pero el periodismo no está para cambiar el mundo. Un periodista no hace periodismo para cambiar el mundo, y sin embargo eso lo dicen regularmente algunos periodistas de cierto nivel. ¡Fíjate tú hasta dónde hemos llegado! El periodista está para hacer periodismo, incluso, si quieres, periodismo lento, pero con una cierta honestidad y una preparación.

Yo lo que les pediría a los periodistas jóvenes es que estudien, que lean mucho, que atiendan al entorno, que pisen la calle, pero que se mantengan siempre en una posición, digamos, de neutralidad y un poco a la defensiva, para que los entornos no le capturen, para que no le conviertan en parte militante del entorno. Que no le suceda como al corresponsal de guerra que está en enfrente y, por lo que sea, coge un fusil y empieza a disparar. Si haces eso te conviertes en un combatiente, ya no eres un corresponsal. En el periodismo ocurre exactamente lo mismo.

El periodista tiene que esforzarse en comprender el mundo que le rodea, es un esfuerzo añadido, pero no creer que está para cambiar el mundo. Un periodista no cambia el mundo. Nadie cambia el mundo. Ni siquiera el político cambia el mundo. Eso es una ficción. El mundo es muy complejo, es realmente complicado. Lo mueven fuerzas complejas, y lo mueve el azar y la casualidad. Lo mueven sumas y sumas y sumas de decisiones aleatorias de millones de individuos y de situaciones no planificadas que a veces desencadenan cambios y descubrimientos sorprendentes. Entonces, el periodista necesita estar muy bien formado, no sólo estudiar lo que es el periodismo en sí. Tiene que saber de economía, entender la economía, por ejemplo. Desde luego, también debe aprender cosas que son elementales, como el lenguaje. Debe escribir bien, conocer bien la gramática, la sintaxis, la lengua, las palabras. Debe molestarse en leer y estudiar a los mejores. Y debe hacer caso de Stefan Zweig, cuando dice que el que mejor escribe es el que escribe aquello que es imprescindible quitando todo lo superfluo, todo lo que no aporta. En definitiva, el periodista debe esforzarse por ser una persona intelectualmente muy solvente.

¿No es suficiente con saber un poquito de cada cosa?

[J.B] No, no, no. Si quieres te puedes especializar porque te lo pone más fácil. No tienes que ser un intelectual público que trata de abordar muchos temas complicados. Eso está sólo al alcance de mentes muy brillantes, y nosotros no estamos buscando genios. Estamos buscando buenos periodistas que se tomen en serio su oficio, que se culturicen de verdad y busquen alcanzar una cierta erudición, y que el lector reconozca en ellos un cierto nivel y también honestidad intelectual, porque si hay algo que el lector le repatea es la deshonestidad intelectual. Y en el periodismo hay demasiado de eso.

Para terminar, podemos decir que, si hubiera que señalar una clave en tu libro, creo que estarás de acuerdo conmigo que esa clave es la libertad, porque late en todas y cada una de sus páginas. Sin embargo, parece que su lectura deja un cierto desasosiego y en sus tres, cuatro últimas páginas, aparece un rayo de esperanza en el que invitas a la libertad y a la responsabilidad, y recoges la cita de Milan Kundera, que dicen: “Toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anexo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad. Con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos hasta que las magnitudes se invierten. ¿Esto es una certeza?

Claudio Magris
[J.B] Es la realidad. La realidad es lo que explicaba muy bien Claudio Magris, que es un personaje que siempre me fascinó por la forma tan sencilla que tiene de explicar cosas muy complejas. Magris dice que la vida es utopía y desencanto, y que la madurez consiste en asumir ambos. La utopía sin el contrapeso del desencanto es muy peligrosa, es lo que apunta la cita de Milan Kundera: un mundo feliz que al final se convierte en un campo de concentración.

Pero tampoco es bueno vivir instalado en el desencanto, en el escepticismo absoluto, en este sentimiento milenarista de nuestro tiempo, que nos dice que nuestra era de felicidad va a terminar con un colosal terremoto, con un apocalipsis. Eso tampoco es bueno. La utopía y el desencanto se necesitan, como Don Quijote y Sancho Panza. El caballero andante todo lo idealiza, por ejemplo, ve en la señora aldeana una princesa. Todo para él es utopía, todo es un sueño. Necesita del pragmatismo de Sancho para no perderse. Ese es el mensaje. Vivimos en un mundo en el que uno de los principales problemas quizá está en que nos hemos infantilizado bastante. Tenemos muy poca resistencia a la contrariedad, al sufrimiento, al fracaso, incluso a la discrepancia, y eso nos lleva a convertir la utopía en un terreno peligroso, algo que es propio de niños tiranos que no aceptan que los Reyes Magos no existen. Niños que se hacen mayores y se resisten a aceptar la realidad. Creo que debemos conservar un poco de infantilismo, de esa ingenuidad y esa utopía, pero también que en la sociedad actual falta esa dosis de madurez, de desencanto, de aceptar también el desencanto. Por lo tanto, como bien dices, la clave del libro es combinar libertad y responsabilidad. Ser libre conlleva una pesada carga. No puedes ser libre si no asumes la carga que supone la libertad, porque aquel que te dice que puedes ser libre sin tener ninguna responsabilidad, ese te quiere esclavo.

(Entrevista completa en https://disidentia.com/)

3 comentarios:

  1. La responsabilidad implica voluntad y la voluntad no le inetresa also politicos que exista La han retirado del mercado Incluso ya ni siquiera es objeto de estudio filosofico
    Ante sse redimiena penas ( acto personal y vilitivo) Ahora "se" les reinserta asi en pasiva sinq ue llso tengan que hacer nada
    PAr aso politicos les vien bien que seamos seres amorfos trozos de carne con ojos
    Sialguende aqui paga impuestso nos e si se han fijado enla carta que envian no pone Vd aprece como responsable del pago...X"
    No la formula es mas cabrona la formulaes "Vd aparece como OBLIGADO al pago de...X"
    Asi nos tratan los politicos como si fueramso loq ue llos queiren queseamos "trozos de carne con ojos"

    Si pueden evitarlo evitenlo pero la verdad lo van atener dificil

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  2. Se dice que España es un país laico, pero el modo en el que la casta política se inmiscuye en la vida privada de los ciudadanos no difiere demasiado de lo que se ve en sociedades de ciertos países, en los que la ley religiosa regula la política y todos los aspectos de la vida de sus gentes.

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  3. El periodista como los demás quieren llegar a fin de més.

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