martes, 12 de febrero de 2013

SWIFT Y SU "MODESTA PROPOSICIÓN" (2ª parte)


Una persona muy ilustre, que realmente ama a su país y cuyas virtudes estimo altamente, se complacía hace poco, al discurrir sobre este asunto, en proponerme una mejora para mi plan. Dijo que, puesto que muchos caballeros de este reino han destruído sus ciervos últimamente, a él se le ocurría que la falta de carne de venado podía suplirse muy bien con los cuerpos de mozos y doncellas jóvenes, que no pasen de los catorce años de edad ni tengan menos de doce, siendo que un número tan grande de ambos sexos, en todos los condados, se está casi muriendo de hambre por falta de trabajo y de asistencia; y que de ellos dispusieran sus padres si están vivos, o de lo contrario sus parientes más cercanos. Pero, con el respeto debido a tan excelente amigo, a un patriota tan meritorio, no puedo ser enteramente de su misma opinión. Porque en cuanto a los machos, mi amigo americano me aseguró saber por experiencia frecuente que su carne es generalmente dura y magra, como la de nuestros escolares, por el ejercicio continuo, y su sabor desagradable, y que engordarlos no daría resultado. Luego en cuanto a las hembras, sería, pienso con humilde sumisión, una pérdida para la sociedad porque pronto ellas mismas serán fértiles. Y, además, no es improbable que algunas personas escrupulosas tiendan a censurar dicha práctica (aunque muy injustamente en verdad) diciendo que raya en la crueldad, lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más poderosa a cualquier proyecto, sin importar lo bien intencionado.

Pero, para hacerle justicia a mi amigo, él mismo confesó que este propósito se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que vino de allí a Londres hace más de veinte años y, en una conversación, le contó a mi amigo que en su país, cuando ocurría que alguna persona joven era ejecutada, el verdugo les vendía el cadáver a personas distinguidas, como un manjar selecto y que, en su tiempo, el cuerpo de una niña regordeta de quince años, crucificada por intentar envenenar al emperador, fue vendido al primer ministro de estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, en presas, apenas bajado de la horca, por cuatrocientas coronas. Ni tampoco puedo negar que, si el mismo destino se les diera a varias jóvenes regordetas de esta ciudad quienes, sin una moneda en qué morir, son incapaces de salir de su casa si no es en coche y aparecen en el teatro y en reuniones vestidas con atuendos extranjeros que nunca pagarán, el reino no perdería nada.

Algunas personas de espíritu melancólico se preocupan muchísimo por el gran número de personas pobres, ancianas, enfermas, o lisiadas y se me ha pedido que encamine mis pensamientos a encontrar las conductas que deben seguirse para aliviar a la nación de una carga tan gravosa. Pero no me inquieta en lo más mínimo ese asunto, pues es muy bien sabido que todos los días mueren y se pudren por el frío y el hambre, la mugre y los gusanos, con tanta rapidez como cabe esperarse. Y en cuanto a los jornaleros más jóvenes, ellos se encuentran ahora en una situación casi tan esperanzadora. No pueden conseguir trabajo y, en consecuencia, languidecen por falta de alimento a tal punto que, si en cualquier momento los contratan accidentalmente para trabajos comunes, no tienen la fuerza necesaria para realizarlos. Y así, el país y ellos mismos están en buen camino de liberarse pronto de los infortunios por venir.

He divagado demasiado y, por lo tanto, regresaré a mi tema. Creo que las ventajas de mi proposición son muchas y obvias, así como de la mayor importancia.

Primero, como ya he expresado, se disminuiría enormemente el número de Papistas, los cuales anualmente nos rebasan porque son los principales reproductores de la nación, así como nuestros enemigos más peligrosos, y se quedan en el país adrede con el designio de entregarle el reino al Pretendiente, esperando sacar partido de la ausencia de tantos protestantes buenos, que han escogido irse de su país más bien que quedarse en casa y pagarle diezmos contra su conciencia a una curia episcopal idólatra.


En segundo lugar, los colonos más pobres poseerán algo valioso, que por ley puede hacerse susceptible de embargo, y ayudar a pagar el arriendo a su terrateniente, puesto que su maíz y su ganado ya han sido pignorados y no tienen idea de qué es el dinero.

En tercer lugar, puesto que el mantenimiento de cien mil niños, desde los dos años y en adelante, no puede calcularse en menos de diez chelines cada uno per annum, el capital de la nación se incrementará así en cincuenta mil libras per annum, además del provecho de un nuevo plato, introducido a las mesas de todos los caballeros acaudalados del reino, que tengan algo de buen gusto y refinamiento, y el dinero circulará entre nosotros, siendo la mercancía de nuestra propia crianza y fabricación.

En cuarto lugar, las reproductoras asiduas, además de la ganancia de ocho chelines per annum por la venta de sus hijos, se liberarán de la carga de mantenerlos después del primer año.

En quinto lugar, esta comida le traería igualmente una gran clientela a las tabernas, donde los taberneros tendrán seguramente la prudencia de procurarse las mejores recetas para prepararla a la perfección, y en consecuencia sus establecimientos serán frecuentados por todos los caballeros distinguidos, que se precian justamente de sus conocimientos del buen comer; y un cocinero hábil, que sepa complacer a sus huéspedes, se dará maña para venderla tan cara como le plazca.

En sexto lugar, éste sería un gran aliciente para el matrimonio, cosa que todas las naciones sabias han alentado por medio de recompensas o bien impuesto mediante leyes y sanciones. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres para con sus niños al saberlos seguros de por vida, en cierto modo sostenidos por la sociedad, y contando ellas con una renta anual en vez de un gasto. Pronto veríamos una sana competencia entre las mujeres casadas para sacar al mercado el niño más cebado. Los hombres se volverían tan querendones de sus mujeres durante su preñez como lo son ahora de sus yeguas con potro, de sus vacas con ternero o de sus marranas a punto de parir lechones, y tampoco intentarían pegarles o engañarlas (como lo acostumbran demasiado a menudo), por miedo a un parto prematuro.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de unas mil piezas a nuestra exportación de carne de res en toneles; la propagación de la carne de cerdo y el mejoramiento en el arte de hacer buen tocino, tan escasa entre nosotros por la gran destrucción del cerdo, demasiado frecuente en nuestras mesas, y que no puede compararse de ninguna manera en sabor o exquisitez con un niño de un año, grande y gordo, el cual, si es asado entero, hará muy buen papel en el banquete del Alcalde o en cualquier otra fiesta pública. Pero omito ésta y muchas otras, dada mi afición a la brevedad.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad fueran consumidoras habituales de la carne de infantes, además de otros que pudiesen tenerla en reuniones festivas, especialmente matrimonios y bautizos, calculo que Dublín consumiría anualmente unas veinte mil piezas sacrificadas y el resto del reino (donde probablemente se venderán un poco más baratos) los ochenta mil restantes.

No puedo pensar en ninguna objeción que pueda hacerse a esta proposición, a menos de argumentarse que, por ello, el número de personas se disminuiría muchísimo en el reino. Esto lo reconozco ampliamente y, de hecho, fue uno de los principales designios al ofrecérsela al mundo. Pido al lector tener en cuenta que propongo mi remedio para este solo y único Reino de Irlanda y para ningún otro que haya existido, exista, o, creo, pueda existir alguna vez en el mundo. Así, pues, que ningún hombre me hable de otros medios: de imponer a nuestros ausentistas un tributo de cinco chelines por libra; de no usar vestidos ni enseres domésticos que nosotros mismos no cultivemos ni manufacturemos; de rechazar totalmente los materiales e instrumentos que promueven lujos extranjeros; de curar a nuestras mujeres de su prodigalidad en el orgullo, la vanidad, el ocio y los juegos de azar; de introducir una disposición al ahorro, la prudencia y la templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos aún de los Lapones y de los habitantes de Topinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, ni actuar ya más como los Judíos, que se asesinaban entre sí en el mismo momento en que su ciudad era tomada; de ser un poco cautelosos en no vender nuestro país y nuestras conciencias por nada; de enseñar a nuestros terratenientes a tener por lo menos una pizca de misericordia con sus colonos. Por último, de imbuir de un espíritu de honestidad, diligencia y destreza a nuestros tenderos, los cuales, si pudiese dictarse ahora una resolución tendiente a que no se comprasen sino los bienes del país, se unirían inmediatamente para estafarnos y extorsionarnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes nunca se ha logrado obligar a hacer una propuesta sincera en un negocio justo, aunque se les ha instado a ello encarecidamente y muy a menudo.

Así pues, repito que ningún hombre me hable de estos y otros medios hasta no tener por lo menos un asomo de esperanza de que alguna vez haya un intento sentido y honesto de ponerlos en práctica.

Pero en lo que a mí se refiere, habiéndome cansado de proponer durante muchos años pensamientos vanos, visionarios, infructuosos y, al final, habiendo perdido totalmente la esperanza de tener éxito, afortunadamente dí con esta proposición la cual, siendo enteramente nueva, tiene también algo sólido y real, es de poco esfuerzo y ningún costo, está dentro de nuestras capacidades, y por ella no podríamos incurrir en el peligro de ofender a Inglaterra. Pues esta clase de mercancía no puede exportarse, siendo la carne de una consistencia demasiado tierna para resistir una permanencia larga en sal, aun cuando tal vez pueda nombrar un país que se alegraría de comerse nuestra nación entera sin sal.

Después de todo, no estoy tan violentamente empeñado en mi propia opinión como para rechazar cualquier ofrecimiento propuesto por hombres sabios y que resultara ser igualmente inocente, barato, fácil y eficaz. Pero, mientras no se proponga algo de esa clase, contradiciendo mi plan y proponiendo otro mejor, le pido al autor o a los autores, que tengan a bien considerar detenidamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas ahora, ¿cómo van a hacer para encontrarles comida y vestido a cien mil bocas y espaldas inútiles? En segundo lugar, habiendo cerca de un millón de criaturas con figura humana por todo el reino, cuyos haberes totales, puestos en un fondo común, los dejarían endeudados en dos millones de libras esterlinas; añadiendo aquellos que son mendigos de profesión, al grueso de granjeros, colonos y jornaleros con sus mujeres y sus niños, que son mendigos de hecho; les pido a aquellos políticos a quienes les disguste mi propuesta, y quizá sean tan osados que intenten contestarme, que primero les pregunten a los padres de estos mortales si no les parecería hoy en día una gran felicidad que los hubiesen vendido como alimento a la edad de un año, en la forma que yo prescribo, y así haberse evitado tan perpetuo espectáculo de infortunios como el que han sufrido desde entonces, por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar arriendo sin dinero ni oficio, la falta de un sustento mínimo, sin casa ni abrigo para cubrirlos de las inclemencias del tiempo, y la casi inevitable perspectiva de transmitir por siempre las mismas, o mayores miserias a su progenie.

Declaro, de todo corazón, que no me asiste ningún interés personal al tratar de impulsar esta obra necesaria, no teniendo ningún otro motivo fuera de obtener el bien público de mi país mediante la promoción de nuestro comercio, el cuidado de los niños, el alivio de los pobres y el procurar algún placer a los ricos. No tengo niños por los cuales me proponga obtener un solo penique; el menor tiene nueve años y mi mujer ya no está en edad de procrear.

(Fuente: http://tribudepluton.blogspot.com.es/)

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