viernes, 15 de febrero de 2013

EL GÉNERO "NOIR", ESPEJO DE NUESTRA ÉPOCA



Corren tiempos que invitan al cinismo, a la risa sarcástica y desengañada, a la decepción que produce ver que detrás de una fachada eficaz a la medida de la masa que acepta su mediocridad y paga sus impuestos -sólo porque no sabe cómo evadir- solo hay podredumbre y corrupción.

Hubo un tiempo en que la literatura y el cine supieron proponer modelos, y cuando la tesitura era la resistencia ética frente a la ciénaga moral y la inteligencia frente a las pasiones aceptadas como lubricante del sistema (si hace falta aclararlo, el Sistema es el capitalismo, puesto que los demás acaban por extinguirse) el lúcido testigo solía ser el detective privado que sobrevivía malamente a costa de hurgar en la basura como un mercenario displicente e inadaptado. Uno, que ha tenido al cine como uno de sus nutrientes básicos, piensa en el Philip Marlowe al que han puesto rostro sucesivamente Humphrey Bogart, un par de tipos duros llamados Robert (Robert Montgomery y Robert Mitchum), otra pareja de ases de similar pelaje (James Gardner y James Caan), y el eficaz y olvidado Elliot Gould, además del olvidable Dick Powell.

El antihéroe citado es la creación maestra del escritor Raymond Chandler, quien escribió con ironía respecto al paso de su obra al celuloide: "Si mis libros hubieran sido peores de lo que son, no me habrían invitado a Hollywood, y si hubieran sido mejores yo no habría ido". Afortunadamente, su pulso narrativo se sitúa en ese punto medio que ha permitido su conversión en imágenes secas, impactantes y perdurables debidas al talento de directores como Howard Hawks o Robert Altman.

Marlowe es el vehículo de la crítica de Chandler a una sociedad que no le gusta, el notario moral de una selva sofisticada y criminal: "El dinero en gran escala significa poder en gran escala, y el poder en gran escala es usado erróneamente. Eso es el sistema ...". Cuando pensamos en estar "despierto", anhelando compartir nuestra capacidad de ver el lado tramposo de la sociedad más allá de los simulacros que ésta crea para ocultarlos, estamos de un modo u otro compartiendo la mirada que el cine "noir" construyó admirablemente en la década de los cuarenta, fijando un género que al final resulta un testimonio histórico ("neorrealismo americano" lo ha llamado Javier Luengos) tan desasosegante hoy como lo fue en su momento y, a la vez, y paradójicamente, tan atractivo.

Solo que el detective está solo, y su escepticismo le impide plantearse siquiera la transformación de la sociedad. Bastante tiene con no dejarse atrapar por la turbiedad y la corrupción que le rodean de un modo claustrofóbico. Chandler defiende así a su criatura: "Si rebelarse contra una sociedad corrupta equivale a ser inmaduro, entonces Philip Marlowe es sumamente inmaduro. Si ver basura donde hay basura constituye un desajuste social, entonces sí, Philip Marlowe es un inadaptado social. Por supuesto, Marlowe es un fracasado y él lo sabe".  Y en mi cabeza le responde Krisnahmurti que "estar adaptado a una sociedad profundamente enferma no es un síntoma de salud mental". De hecho, el Sermón de la Montaña le debe una bienaventuranza a los inadaptados.

Antes de Chandler, el ex-detective Dashiel Hammet había creado a otro investigador privado, Sam Spade, a quien también Bogart encarnó de modo definitivo en "El halcón maltés", la cinta que fija el modelo canónico del género "noir". Hammet y Chandler se adelantaron a una larga pléyade de autores (Horace McCoy, James M. Cain, William Irish, Ross McDonald, James Ellroy) cuyas novelas han dado origen al mejor cine policiaco, crónicas de una sociedad en descomposición ante la cual su única posibilidad es señalar con el dedo a los poderosos y recriminarles en privado (como hace el Hammet de celuloide que interpreta Frederic Forrest en la crepuscular "El hombre de Chinatown") los crímenes e intrigas que nunca saldrán a la luz porque la sociedad prefiere la mentira consoladora a la dolorosa verdad.

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