lunes, 10 de diciembre de 2012

"MENS SANA ... ¿IN CORPORE SANO?"

EL 70 % DE LOS ESCOLARES SUFRE DOLORES DE ESPALDA ANTES DE LOS 16 AÑOS

Guardé el recorte de prensa, de hace ya tiempo, como un recordatorio de que educar no es convertir al alumno en una bestia de carga en ninguno de los sentidos, ni literal ni metafórico, que la expresión admite. Su lectura es, en estos tiempos de falta de empatía, un acta de acusación: “Un estudio de la Fundación Kovacs ha detectado que entre los 13 y los 15 años han tenido dolor de espalda el 50,9% de los varones y el 69,3% de las chicas; mientras que para antes de los 16 años, el 70% de los niños de ambos sexos ya los ha sufrido. Uno de los motivos que está haciendo aumentar la prevalencia de estas patologías es el excesivo peso que los niños trasladan en sus mochilas. El estudio ha detectado que más de un tercio de los niños llevan al colegio mochilas que pesan más del 30% de su peso corporal, cuando está demostrado que no es conveniente que sobrepase el 10%”.

Demasiado peso muerto en la memoria no destroza un cuerpo en formación, demasiado peso en la mochila sí. Ninguna instancia educativa, ni estatal, ni autonómica -ni de ningún tipo-, ha velado jamás por proteger a los estudiantes de verse deslomados. Son menores. No votan. No parece haber aliciente alguno -además de la decencia- en atender sus intereses. Lo sorprendente es que las asociaciones de padres (no hablo de “A.M.P.A.s” porque fonéticamente remite a “asociaciones de malhechores”) hayan dimitido tácitamente de la que debería ser una de sus primeras preocupaciones: el cuidado de la salud y de la integridad física de los escolares.

Personalmente, ya que nadie toma cartas en el asunto, siempre he aconsejado a mis alumnos que desencuadernen sus libros de texto y los reduzcan primero a los fascículos cosidos entre sí que la encuadernación reúne pegados a las pastas, y si es necesario que separen cada hoja de sus libros, las perforen y las guarden en ficheros baratos en casa, para cargar hasta la escuela sólo con las pocas hojas que cada día van a utilizar, evitando el sobrepeso en sus mochilas. Quienes arguyen -con solemne bobería- que es “una pena” “estropear” un libro parece que sobrevaloran tanto estos textos escolares, casi siempre abandonados luego (es lógico, son medios, no fines), que entienden razonable ofrendarles el sacrificio de unos dolores de espalda crónicos, e irremediables ya, en la edad adulta de aquellos a quienes se suponen quieren y por cuyos intereses velan … teóricamente, puesto que si lo hicieran ("querer es cuidar") en la práctica tendrían que pensar en si vale más un objeto de uso o un hijo, sobrino o tutorando. No decidiendo -es decir, decidiendo no decidir- se lavan las manos, permitiendo que una situación que constituye un auténtico abuso moral se perpetúe. Tal vez crean que el sufrimiento es positivo. Tal vez deberían repasar su escala de valores. El filósofo Jonathan Moldú explicó con absoluta claridad el principio que ha de ser aplicado a este caso: “Las personas fueron creadas para ser amadas, y las cosas fueron creadas para ser usadas”. Cuando las cosas son sacralizadas las personas son, aún peor que usadas, abusadas.

La fundación Kovacs, realizadora del estudio al que me he referido antes, proponía, como parte del mismo, la división en varios volúmenes de los libros de texto. Y claro que publicar los libros de texto como fichas redundaría en una menor carga sobre la espalda de los alumnos, pero nadie habla en nombre de ellos, así que también las editoriales pasan olímpicamente del problema, sin sentirse concernidas por él.

El día en que en una clase de 1º de Bachillerato desencuaderné un libro de filosofía (peso en canal: más de un kg.) los atónitos estudiantes que presenciaron mi gesto, entre sorprendidos y estupefactos, dejaron sobrada constancia del abismo que existe entre lo que desean y lo que necesitan: hubo desde quien protestó por la rotura de la encuadernación hasta quien pontificó sobre la aludida conveniencia de que las editoriales sacasen los libros en formatos más cómodos. Respondí a todos estos evasivos argumentos con una triste evidencia: si esperamos que los problemas los solucione otro, nunca se solucionarán.

Se debería legislar el peso máximo que un adolescente carga sobre sus espaldas, pero los políticos tienen otros intereses. Se deberían editar los libros como fichas, pero las editoriales son conservadoras y tienden a la inercia de seguir haciendo las cosas al viejo estilo. Yo dí un paso al frente. Con estas líneas continúo en esta batalla.

Amo los libros, y siempre me he resistido a separarme de ellos, a anotarlos, a deteriorarlos en cualquier forma, pero tengo claro que el ser humano es un valor superior, y que sostener una jerarquía de valores que no se traduce en actos es una forma de hipocresía inaceptable. Cuido los libros, pero mi empeño es cuidar más aún de las personas.

En la clase en la que monté mi “numerito” reivindicativo me miraba con asombro una chica que de tan contracturado como tenía su hombro derecho no podía ni doblar el brazo. Su mochila pesaba como una lápida sepulcral. Uno de los libros con el que cargaba era el de mi materia. Por eso rompí el mío. Al hacerlo recordé la hermosísima cita de Modigliani: “Si viera que el Louvre está ardiendo, y mientras considero cuál de sus cuadros podría salvar me diese cuenta de que hay un gato amenazado por las llamas, no salvaría la “Gioconda”, el “Angelus” de Millet ni un Watteau o un Rafael, … salvaría al gato”.

El artista italiano, un hombre resolutivo, terminaba su reflexión añadiendo: "... y luego no le impediría marcharse".

No anteponer la estética a la ética: eso es venerar la vida ... Y también otra revolución pendiente en nuestra cultura. Tenemos que decidir si hacemos algo con lo que sabemos que es dañino, o si, una vez más, preferimos mirar hacia otra parte.

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