domingo, 26 de agosto de 2012

LA CONSPIRACIÓN JESUÍTA (1ª parte)


1) La Compañía de Jesús se forma como un verdadero ejército cuyo principal propósito es la defensa a ultranza y por cualquier medio del catolicismo.

2) Entre sus generales destaca Lorenzo Ricci, a quien se atribuye la jugada más brillante y audaz de la historia de la Compañía: su aparente disolución por orden del Papa para así, lejos de cualquier indagación, poder actuar con mayor comodidad.

3) Existen indicios que apuntan hacia la posibilidad de que la guerra de la independencia norteamericana hubiera respondido a un plan cuidadosamente trazado al unísono por masones y jesuitas, supervisado personalmente por Ricci.

4) Abraham Lincoln denunció a los jesuitas como instigadores de la guerra civil de su país antes de ser asesinado por un grupo de conspiradores, casualmente católicos.

La Compañía de Jesús fue fundada para auxiliar a la Iglesia en la tremenda crisis que supuso para el cristianismo la reforma protestante. Desde entonces, estos “soldados de Cristo” se han valido de todos los medios imaginables para cumplir sus fines, urdiendo algunas de las intrigas más maquiavélicas y rebuscadas de la Historia. Cuando en el año 1992 la prestigiosa revista Time anunciaba en su portada la existencia de un complot entre el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II para acabar con el régimen comunista que imperaba en Polonia, fueron muchos los norteamericanos que se sintieron sorprendidos al comprobar la influencia que la Santa Sede ejerce sobre la política exterior de su país. Tal vez esa sorpresa habría sido algo menor de saber que, desde su fundación, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense es un feudo gobernado por católicos, al igual que lo son otros importantes órganos gubernamentales, como los subcomités de Asuntos Europeos, Terrorismo, Narcóticos y Comunicaciones Internacionales.

El poder del lobby católico dentro de la política estadounidense es equiparable al de la comunidad judía, e incluye a figuras de la talla del ex director de la CIA William Casey, el diplomático Vernon Walters o el antiguo secretario de Estado Alexander Haig. Los estadounidenses ignoran hasta qué punto están sujetos a Roma por las raíces de la Historia. Sin ir más lejos, el territorio conocido actualmente como Washington DC está inscrito con el nombre de “Roma” en los registros de propiedad de 1663, y la franja del río Potomac que bañaba las tierras de aquella nueva Roma recibía el nombre de “Tiber”.

Todas estas circunstancias bien pudieran ser debidas a la simple casualidad. Sin embargo, parece ser que no es así, sino que se trata de los indicios visibles de una historia que ha permanecido oculta durante mucho tiempo y que, de comprobarse su veracidad, sería de un valor incalculable a la hora de aportar un novedoso punto de vista para comprender la historia desde el siglo XVIII a nuestros días. Nos estamos refiriendo al papel decisivo que pudo desempeñar la Compañía de Jesús en la revolución norteamericana y el nacimiento de Estados Unidos.

Según el 106º Congreso de Colegios y Universidades Jesuitas existían no menos de 40 personajes públicos importantes en la Administración norteamericana que eran antiguos alumnos de 17 instituciones de la Compañía de Jesús. La Universidad de Georgetown estaba a la cabeza de esa lista, pues contaba con 15 antiguos alumnos en el Congreso de Estados Unidos y uno, Bill Clinton, por entonces en la presidencia.



Cada sociedad posee sus textos sagrados. Todos los pueblos alfabetizados han sentido la necesidad de poseer un corpus escrito que compendiase su mitología, sus creencias trascendentes y su moral. Eran escritos de una importancia tal que se consideraban secretos y sólo podían ser leídos por un reducido número de elegidos. Curiosamente, durante más de mil años la Biblia tuvo ese mismo carácter restringido dentro del catolicismo romano. La Inquisición perseguía implacablemente a quienes osaran leer el libro sagrado sin estar autorizados. La doctrina consideraba herético acceder directamente al conocimiento bíblico sin la guía e interpretación de un sacerdote. No fueron pocos los temerarios lectores que sucumbieron en el cadalso por esta causa, pasando sus propiedades a formar parte del patrimonio de la Iglesia, tras servir de salario para confidentes, verdugos e inquisidores.

La invención de la imprenta cambió radicalmente este panorama. A partir de ese momento la Biblia estuvo al alcance de miles de personas que ya no tenían que depender de las interpretaciones oficiales. Como consecuencia de ello, las disonancias entre la letra del libro sagrado y las más que liberales interpretaciones que daban los teólogos oficiales se fueron haciendo cada vez más escandalosas, hasta que Martín Lutero inició su cruzada para la reforma del cristianismo. La Reforma protestante puso en peligro la supervivencia misma de la Iglesia católica, pero la aparición en escena de un hombre providencial sirvió para invertir el curso de los acontecimientos…

El hombre del destino Ignacio de Oñaz y Loyola nació en 1491 en el seno de una antigua familia cristiana, noble y bien relacionada. Tras una carrera militar truncada por una grave herida y un repentino e intenso interés por la mística durante su convalecencia, comenzó un peregrinaje que lo llevaría hasta Jerusalén, donde trabó amistad con Diego Manes, comandante de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Finalizada su aventura en Tierra Santa, Ignacio regresó a España en la primavera de 1524 decidido firmemente a abrazar la carrera religiosa. Más tarde, el 2 de Febrero de 1528, con treinta y siete años de edad, viajó a la Universidad de París para completar su formación. Comenzando con sus dos compañeros de habitación en la universidad, Ignacio se hizo pronto con un reducido y fiel círculo de jóvenes amigos cautivados por su carisma. Se trataba de jóvenes entusiastas e inteligentes, católicos, que, como el propio Ignacio, veían con inquietud los acontecimientos que amenazaban la unidad de la Iglesia. Años después, Loyola y sus acólitos tomaron el nombre de la Compañía de Jesús.

El 15 de Agosto de 1534, festividad de la Asunción de la Virgen, los miembros de la Compañía hicieron voto solemne de servicio a Nuestra Señora en la iglesia de Santa María, en Montmartre, añadiendo el voto de llevar a cabo sin preguntas ni reparos cualquier tarea encomendada por el Papa. La ceremonia de ordenación de los nuevos mandos de la orden daba fe del fanático antiprotestantismo de aquellos primeros tiempos: “Además, prometo y declaro que, cuando se presente la oportunidad, haré la guerra sin descanso ni cuartel, secreta o abiertamente, contra todos los herejes, protestantes y liberales, tal y como me ha sido ordenado hacer, hasta exterminarlos y extirparlos de la faz de la Tierra; y que no los respetaré por su edad, sexo o condición: y que ahorcaré, abrasaré, mataré, herviré, desollaré o enterraré vivos a todos los infames herejes cortando los estómagos y vientres de sus mujeres y estrellando las cabezas de sus infantes contra los muros, a fin de aniquilar para siempre su execrable raza. Cuando esto no pueda ser hecho abiertamente, emplearé secretamente la copa envenenada, la cuerda que estrangula, el acero del puñal o el plomo de la bala sin mirar el honor, rango, dignidad o autoridad de la persona o personas, cualquiera que sea su condición en la vida pública o privada (…)

Gracias al eficaz trabajo de los jesuitas, cuando el Concilio de Trento fue disuelto el 4 de Diciembre de 1563 sus decretos y cánones no otorgaban ni una sola concesión a los reformadores protestantes. La doctrina reformista fue anatematizada sin piedad y a los inquisidores les dieron instrucciones muy precisas respecto al modo de tratar a los protestantes: “El hereje merece las penas del fuego. (…) A cualquiera le es permitido matar a un hereje y todo aquel que denuncie a uno de ellos será recompensado. (…) Los inquisidores permitirán a los herejes declarar contra otros herejes, pero no a su favor”. Pronto, los jesuitas se convertirían en los confesores y directores espirituales más prestigiosos de la cristiandad, ganándose el favor y la confianza de reyes y primeros ministros, que dejaban trascendentales decisiones de Estado en sus manos. La educación de las masas en los cánones de la Iglesia de Roma tampoco fue olvidada, y para ello se recurrió a un método novedoso en aquella época: el teatro, convirtiéndose la Compañía en pionera en el empleo de los medios de comunicación con fines propagandísticos, al tiempo que los colegios regentados por ellos se multiplicaban por Europa. El artificio y la astucia estratégica fueron desde el principio parte esencial del recetario de la orden. No es casualidad que “El arte de la guerra”, obra reconocida como el más prestigioso tratado de estrategia de todos los tiempos y atribuida a Sun Tzu, un general chino del siglo VI aC, fuera un libro desconocido en Occidente hasta que el jesuita Joseph Marie Amiot, astrónomo del emperador de China, realizara la primera traducción al francés en 1772. Junto con “El príncipe”, de Nicolás Maquiavelo, la obra de Sun Tzu es una verdadera enciclopedia sobre el arte del artificio, el engaño y la actuación indirecta.

Curiosamente, la traducción de esta obra coincide con el período en que estuvo al frente de la orden Lorenzo Ricci, uno de los mejores generales y más lúcidos estrategas con los que haya contado la Compañía de Jesús. Inspirado por Sun Tzu, Ricci, aristócrata de nacimiento, con reputación de imperturbable y jesuita de corazón, se embarcó en una compleja trama de operaciones encubiertas, virtualmente imposibles de documentar en la actualidad, que tenían como propósito llevar a los jesuitas a controlar territorios donde nunca antes habían osado pisar. A él se atribuye la jugada de ajedrez más brillante y audaz de la historia de la Compañía: su aparente disolución por orden del Papa para así, lejos de cualquier investigación, poder actuar con mayor comodidad. En primer lugar, llama la atención que los jesuitas fueran expulsados, primero de Portugal (1759) y más tarde de Francia (1762), sin que el brillante y combativo Ricci moviera un dedo para evitarlo. En España, Carlos III no dudó un instante en tomar la misma determinación en 1767: “Todos los miembros de la Compañía de Jesús deberán abandonar mis reinos, y sus bienes son declarados confiscados”.

Parecía que los monarcas europeos se habían confabulado para dictar el final de la Compañía. El golpe definitivo lo daría Clemente XIII, que antaño alardeara de su amistad con Ricci y de ser el principal patrocinador de la orden, decretando su disolución en 1773. El aparente declive jesuítico coincidió con la expansión de la masonería, cuya ideología religiosa, el deísmo, no se alejaba mucho de los ideales gnósticos de la Compañía. Como escribiera el masón Albert Pike en su obra “Moralidad y dogma” (1871): “El cristiano, el hebreo, el musulmán, el brahmán, los seguidores de Confucio y Zoroastro, podrían unirse y dirigir sus plegarias hacia el Dios que está por encima de todos los dioses… (El masón) estudia las maravillas de los cielos, los ritmos y revoluciones de la Tierra, las misteriosas bellezas y adaptaciones de la existencia animal, todo ello tan maravillosamente ejecutado que no tiene más remedio que quedar satisfecho ante lo que Dios es”.

Se podría definir el deísmo como la creencia en un Dios racional, sin dogmas ni obligaciones para quienes la practiquen, al contrario de lo que sucede en los credos tradicionales. Enraizado en el Renacimiento, su primer y principal centro de formulación está en Inglaterra, si bien Francia reelaboró su núcleo doctrinal aportando una influencia masónica de la que carecía en las islas británicas.

El ensayista norteamericano F. Tupper Saussy está firmemente convencido de que este punto de encuentro a través de la filosofía deísta supuso la implantación de fuertes vínculos de unión entre la masonería y la Compañía de Jesús. Para Saussy, el momento culminante de esta colaboración lo habría marcado precisamente el generalato de Lorenzo Ricci, que coincidió con la guerra de la independencia norteamericana, la cual habría respondido a un plan cuidadosamente trazado al unísono por masones y jesuitas.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)

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