martes, 17 de abril de 2012

NO BASTA CON LA ABDICACIÓN: NO ES JUAN CARLOS I QUIEN SOBRA, SINO LA MONARQUÍA

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Usando una expresión que a algunos nos hace bastante gracia -"annus horribilis", que suena a "esfínter anal espantoso"- los cortesanos y pelotas, que son legión en el reino, se refieren a la mala temporada por la que pasa la monarquía como si esto fuera algo cíclico pendiente de remitir. Lo cierto es que el mantenimiento de una institución tan anacrónica y fuera de lugar, encabezada por una tropa que ni la familia Monster ahíta de LSD podría igualar, es algo a lo que la inteligencia no puede sino objetar en bloque.

La última "pillada" a que se ha visto sometido el rey (presidente honorífico de WWF-Adena, no lo olvidemos), cazando una especie en peligro de extinción es solo otra nota de incoherencia en un sujeto con vocación de "killer" de gatillo fácil, que ya en fecha tan temprana como 1956 descerrajó un tiro mortal en la cabeza a su hermano Alfonso, un suceso sobre el que se echó tierra a toda prisa sin la pertinente investigación policial (archivado como accidente, fue denunciado años después por su tío Jaime de Borbón, arrepentido de haberse retractado de sus derechos a la corona). Un suceso así hubiera apartado de las armas de fuego a cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad, pero don Juan Carlos no pareció jamás traumatizado por el suceso.

Acosado por la sarta de escándalos que se le acumulan, y puesto en evidencia por su propia vocación de moralista inconsecuente, capaz de reclamar "rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos" en su discurso de Nochebuena e irse a una cacería de nuevo rico cuatro meses después, de repetir el cliché de que "todos son iguales ante la ley" cuando consta su encubrimiento de los presuntos delitos de su yerno y el que su hija no haya sido ni siquiera llamada a declarar por privilegio de sangre, el rey fratricida ha demostrado sobradamente ser indigno de la jefatura del estado que aún ostenta. Es evidente que la única maniobra que cabe hacer ante su irresponsabilidad -y alguien en su entorno estará sin duda aconsejándole en tal sentido- es abdicar en su hijo, quien aparecerá ante la opinión pública como inocente de sus barrabasadas y como alguien a quien se le puede poner el contador a cero.

Eso sí, para cualquiera mínimamente informado tal ilusión sería otro engaño a la opinión pública, puesto que Felipe de Borbón ya ha demostrado su doblez en ocasiones tan clamorosas como cuando nos dijo, mintiendo, que suspendía su viaje de luna de miel en honor a las víctimas de Atocha y luego nos enteramos -gracias a un agente de aduanas- de que había fletado un avión para festejarlo por todo lo alto en el Caribe. Todo un gesto de honor al apellido paterno. También sabemos que empresas vinculadas a la Fundació Príncipe de Girona (gestionada por los Príncipes de Asturias) hicieron en el pasado grandes donaciones a las sociedades "sin ánimo de lucro" de su hermana Cristina y su cuñado Urdangarín: Telefónica aportó € 703.852, Abertis € 116.000, Repsol € 237.800, Gas Natural € 41.760, el BBVA € 502.021, y las bodegas Miguel Torres € 41.760, entre otros. Ahora que se ha destapado la conducta del ex-deportista, investigado por la Fiscalía Anticorrupción por presunta apropiación indebida de dinero público y otros presuntos delitos, ¿Puede considerarse a Felipe de Borbón ajeno al lucro de esta rama de la familia?

Con la previsible abdicación el heredero se beneficiaría de la prevista exclusión de la Casa del Rey de la Ley de Transparencia, de la irresponsabilidad penal que le concede la Constitución, de la generosísima asignación a cargo de nuestros impuestos (reducida, plena crisis, en solo un 2 %) y, "last but not least", de la vocación de siervos de tantos españoles faltos tanto de dignidad como de imaginación y de sentido crítico, herederos morales de quienes recibieron al felón Fernando VII -el rey más gillotinable de nuestra historia- al grito "¡Viva nuestro amo!, ¡Vivan las "caenas"!".

Este país necesita replantearse de arriba a abajo toda su forma de gobierno, puesto que autonomías, monarquía y partitocracia son tres lastres de los que, por puro sentido de la supervivencia, hemos de liberarnos. Mantenerlos supondría un suicidio material y moral. O ellos o nosotros, no hay alternativa.
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