lunes, 16 de septiembre de 2019

"SUPERVIVIENTES", DOCUMENTAL DE RTVE


Diez personas se suicidan en España, cada día. El suicidio es ya la primera causa de muerte no natural en nuestro país con casi cuatro mil fallecimientos al año, según las últimas cifras oficiales. Los familiares de las personas que se quitan la vida arrastran el estigma, la culpa y la vergüenza por estas muertes, que continuan siendo tabú para una sociedad sin prejuicios.

domingo, 15 de septiembre de 2019

EL HOMBRE ALIENADO, SUBVENCIONADO, TRANSPARENTE Y CULPABLE



Corrían los años 1989-1990 y los marxistas de todo el mundo se hundían en su perplejidad. El socialismo real no sólo era derrotado por el odiado capitalismo, había implosionado en su propia incapacidad para generar incluso la menor de sus premisas: los pobres, los alienados, los obreros seguían siendo pobres, alienados y obreros. Eso que los “progresistas” llaman capitalismo no sólo era superior en todos los aspectos: no había alternativa.

Dondequiera que el capitalismo tendía sus redes, aumentaban el poder adquisitivo y el bienestar social de las personas, provocando la aparición de nuevos Estados de Derecho incluso allí dónde nadie osaba vaticinar, no hablo ya de promover, un movimiento de democratización (curiosamente exceptuando los países ricos en recursos naturales, en manos de las oligarquías locales). Ése y no otro es el verdadero efecto de la “globalización”. Allí donde no ha sido posible una integración en la globalización capitalista – como en buena parte de África – se mantienen la injusticia, el hambre y la pobreza como dolorosos denominadores comunes.

Del socialismo se dice que es el mejor sistema, aunque no haya logrado funcionar nunca en la vida real. Paradójicamente, en la misma medida que iba en aumento el bienestar social ha ido creciendo el cáncer del “Estado social”, que nos sugiere a todos la ilusión de que la socialdemocracia (la de “derechas” y la de “izquierdas”) nos libera y protege de todos los riesgos posibles en nuestras vidas. Ninguno de los teóricos y políticos del “bienestar social” ha sido capaz de despedirse de sus queridas estructuras mentales, apenas desenmohecidas con los elixires homeopáticos del 68. A la sombra de la rémora socialista, en la urgencia de encontrar nuevos campos en los que hacer efectivas las máximas marxistas de igualitarismo, control del individuo, colectivismo y justicia social, y ante la imposibilidad de volverse de nuevo contra los ricos – aquí casi todos los somos– surgen nuevas formas de vasallaje no menos liberticidas.

La redistribución de riquezas no se logra hoy mediante embargos y asesinatos de Estado, basta una política impositiva que permita controlar un número cada vez mayor de individuos y grupos subvencionados, atrapados en la trampa de una solidaridad fingida en tanto que obligatoria. El beneficiado cae ingenuo en el ardid, deja de ser dueño de su destino para convertirse en marioneta de las agencias de trabajo, cifra en las estadísticas de los centros de salud, número en los ministerios de interior y hacienda. Olvida el orgullo y el amor propio para alinearse en la cola de los que esperan, derrotados, la limosna mensual del Estado. Ya no son su trabajo, ni su talento, ni su mérito los que otorgan valor a su vida. El Estado es quien decide quién cobra más, quién menos, quién por trabajar y quién por no hacerlo. Y si tiene la osadía de ahorrar, tampoco podrá decidir quiénes son beneficiarios de su ahorro cuando fallezca: el Estado se encarga, vía impuesto de sucesiones, de designar a los agraciados, mayormente él mismo y su aparato.

Hoy no son necesarios “KGBES” ni “Stasis” para hacer de nosotros seres transparentes al arbitrario escrutinio del Estado. El miedo, bien utilizado como argumento, se ha encargado de ello. El chantaje surte su máximo efecto bajo la amenaza de violencia cuando estamos desarmados. La amenaza terrorista es usada por el Estado -monopolista de la violencia- para obligarnos a los ciudadanos -desarmados, maniatados por las leyes incluso en el ejercicio de la legítima defensa- a desnudarnos ante los voyeurs ministeriales: datos personales, videocámaras, control de lo publicado en Internet. La divisa es sencilla: renunciemos a nuestra intimidad a cambio de la protección del Estado.

Y el sentimiento de culpa. El buen socialista sabe que lo más importante para conseguir colectivizar al ser humano es la motivación. Es imprescindible disponer de una idea-motor, un lema, un objetivo común por el que “merezca la pena” luchar juntos. Hay cientos de ellas aplicables en lo local: nación, lengua, identidad. Pero en un mundo globalizado estos son conceptos demasiado limitados, por particulares. Por ello hemos retomado la vieja idea del hombre como ser malvado en sí mismo y necesitado de educación, de ilustración para liberarle de sus “culpas”. Aparecen nuevos delitos de odio, somos culpables del heteropatriarcado opresor, del neocolonialismo neoliberal, de toda el hambre y toda la pobreza en el planeta, del cambio climático … así, sin filtro.

El hombre que come carne, que ensucia el aire con su coche, que “impacta” el medio con sus fábricas es culpable. El hombre es una bestia para el hombre y es la bestia del planeta, y debemos ser conscientes de nuestra culpa, incluso si para ello tenemos que olvidar o ignorar que hemos de comer para vivir, que hemos de movernos para ganar dinero, que sin fábricas no hay ni hospitales ni comida. La solución de los problemas que genera nuestra maldad innata no puede ser abandonada en manos del individuo, ignorante y sedicioso. Ellos toman las riendas y nos muestran el camino de redención.

El hombre alienado, subvencionado, transparente y culpable. Bienvenidos a un mundo feliz. El futuro a la vuelta de la esquina. Un futuro que, de hecho, ya está aquí.

Luis I. Gómez Fernández
(Visto en https://disidentia.com/

LA LEYENDA DE GILGAMESH Y LA HISTORIA OCULTA DE LA HUMANIDAD



En 1847, bajo los escombros del palacio real de Nínive, fueron encontradas hasta 22.000 tablillas de arcilla, cubiertas de escritura por ambos lados, estas fueron trasladadas al Museo Británico.

Todas ellas, formaban parte de la biblioteca del rey Asurbanipal, que vivió desde el 668 hasta 627 a.C.

Entre las tablillas rescatadas hay 12 que narran la Epopeya, o Poema, de Gilgamesh una narración de origen sumerio, que, al parecer, fue escrita en el año 2.500 a.C.



(Visto en https://buscandolaverdad.es/)

sábado, 14 de septiembre de 2019

UNA "ESCALERA AL CIELO" CONSTRUÍDA CON PELDAÑOS ROBADOS




"Los buenos artistas copian, los grandes roban"
(Pablo Picasso)

El próximo 23 de septiembre volverá a los tribunales un litigio que ya se daba por resuelto, pero que aún colea, contra una de las bandas de rock´n´roll más icónicas de una década irrepetible (los 70) que, ciertamente, saqueó impúdicamente el legado de varias generaciones de creadores a las que rebasó a base de talento, descaro (algunos dirán que mera desvergüenza) y virtuosismo.



Hablamos de unos Led Zeppelin que a estas alturas nadie va a tener por originales, pero que llevaron a sus más altas cotas un modo de interpretar la música popular sencillamente incontestable. Nadie ha sido tan considerado con el producto de su robo como el cuarteto británico que se metamorfoseó a sí mismo en la quintaesencia del rythm´n´blues a base de insistir en la recreación constante de fórmulas que otros habían practicado antes, pero nunca con la frescura y arrogancia de estos cuatro talentosos intérpretes para los que el viaje musical hacia la excelsitud se había convertido tras solo cuatro albumes (1969-1971) en mera rutina. Cuatro albumes en los que no había otro título que el ordinal que les acompañaba, aunque en el que completaba la tetralogía inicial ni siquiera figuraba ya el nombre de la banda o el número en portada, sino tan solo una imagen ambigua y descontextualizada que lo mismo podía referirse a los espacios urbanos recuperados por la naturaleza como al ermitaño del Tarot, y en que los nombres de los músicos eran sustiuidos por símbolos rúnicos de mágicas resonancias.

Las "firmas" codificadas de -de izquierda a derecha- Jimmy Page (guitarra),
John Paul Jones (bajo), John Bonham (batería) y Robert Plant (cantante)

Como culmen de dicho cuarto album nadie discute la preeminencia del que resulta ser el tema más extenso del mismo, la mítica canción "Stairway to Heaven" (Escalera al cielo), una tonada que comienza bucólica y reposada para ir creciendo en intensidad hasta desembocar en el que muchos -incluyendo las revistas musicales "Guitar World" y "Rolling Stone"- consideramos el mejor solo de guitarra eléctrica de la historia, una épica tormenta en la menor que demuestra la imposibilidad de traducir al lenguaje ordinario la exhuberancia y profundidad de la (buena) música. La ambigua letra, inspirada en las lecturas sobre mitología pagana del cantante de la banda, Robert Plant, añade una nueva capa de significado al tema, quedando abierta a múltiples lecturas que van desde la celebración de la primavera hasta la codificación encubierta de una invocación ocultista, algo en absoluto extraño a los intereses de Jimmy Page, guitarrista y co-autor del tema -léase la amena biografía escrita por Chris Salewicz y recién publicada en castellano-, pero que Plant desmentiría en diversas ocasiones.

Carpeta abierta de un álbum sin título, firma ni logo de la casa discográfica,
pero absolutamente reconocible como la joya de la corona de la discografía
zeppeliniana (además de convertirse en el cuarto disco más vendido de la
historia en el momento de su edición)

El éxito de la canción fue desde su misma publicación absoluto, habiéndose convertido en el tema más reproducido en las emisoras de radio de EE.UU., dándose incluso el caso de que en 1991 una emisora de Alburquerque llegase a reproducirla en bucle durante 24 horas consecutivas (la extrañeza de los oyentes llevó a denunciar a la policía un posible secuestro terrorista de la emisora -habían pasado solo ocho días desde el comienzo de la Guerra del Golfo-, lo que acabó provocando su asalto por las fuerzas del orden para comprobar que se trataba solo de una forma de promocionar un cambio de formato radiofónico). Su partitura es la más vendida en la historia de la música rock.

Los reyes de la "apropiación cultural", décadas antes de que
se acuñase el concepto
Un hito tan deslumbrante no ha dejado de generar sombras a su alrededor. Siendo Led Zeppelin una de las bandas más dada al saqueo de temas del acervo tradicional del blues, "Stairway to Heaven" no iba a escapar de la acusación de plagio. Esta se produjo formalmente en 2016, cuando los miembros de la banda Spirit, una vez fallecido su líder Randy "California" Wolfe, llevaron a los Zeppelin ante la corte, aunque la demanda acabó siendo desestimada en primera instancia por el juez.

El argumento de la banda californiana fue la -discutible- similitud entre el comienzo del tema de los británicos y uno de los pasajes de su pieza instrumental "Taurus", publicada tres años antes de que Led Zeppelin IV viera la luz, similitud ya apuntada en el segundo video que ilustra esta entrada pero que podemos juzgar más adecuadamente escuchando la pieza en su totalidad.



La sentencia de 2016 ha sido apelada y este 23 de septiembre se reanuda la vista judicial en la que se pretende dirimir cuanto hay de copia y cuanto de original en el arpegio con que comienza "Stairway to Heaven", dado que el resto del desarrollo del tema hasta llegar a su mítico solo es mérito exclusivo de la dupla Page-Plant. ¿Es la coincidencia de tan solo tres compases una base suficiente para acreditar en lo sucesivo a Randy California como co-autor de la canción más emblemática de Zeppelin (amén de los royalties -nada despreciables- que cobrarían sus herederos)? Parece un poco traído por los pelos, aunque existen otros temas del cuarteto algo más que "inspirados" en canciones previas y que, sentencia judicial mediante, les han obligado a acreditar como autores a otros músicos como en el caso de Jack Holmes, a quien "robaron" íntegra "Dazed and confused", Ritchie Valens por los "préstamos" de "Boogie with Stu" o Willie Dixon por "Bring it on home".

"Pecadillos" aparte, existen sucesiones de acordes muy comunes en el blues y el rock y a las que se ha recurrido continuamente. Los arpegios que aparecen a partir del segundo 45 de "Taurus" pudieron haber inspirado la entrada de "Stairway to Heaven" tanto como inspirarse a su vez en la interpretación acústica que Davey Graham hizo diez años antes de “Cry Me a River”, ... ¿hasta donde podemos llevar la búsqueda del autor de unos acordes? Solo Dios crea de la nada, y los músicos de rock -pese a las pintadas fanáticas que Clapton inspirara en su tiempo- no son Dios.

La histórica pintada en una pared del metro de Islington que inauguró el cul-
to cuasi-religioso a un guitarrista proveniente, como el propio Jimmy Page,
de los reverenciados Yardbirds. Obsérvese el sacrílego proceder del perro,
que evidencia el palindrómico conflicto DOG/GOD.




Ya en su día los abogados de Page y Plant alegaron que el arpegio inicial de "Stairway to Heaven" puede rastrearse en composiciones anónimas de todo tipo desde el siglo XVI, por lo que pretender derechos de autor sobre él sería abusivo. Pero el beneficio económico que se seguiría para los demandantes resulta un bocado muy apetitoso, dado que, según cálculos dados a conocer por "Los Angeles Times" en 2008, la canción habría generado hasta entonces 562 millones de dólares en ventas y royalties.

Mister "toma la melodía y corre"
Tampoco es cuestión baladí señalar que el compositor de "Taurus" nunca quiso plantear una reclamación judicial contra Led Zeppelin, banda con la que Spirit compartió escenario en diversos festivales durante los últimos sesenta, y que si bien hubiera deseado alguna forma de reconocimiento por lo que consideraba su contribución personal a una canción inmortal, parecía buscar una mera retribución moral, no económica. La madre de Randy, Bernice Pearl, recuerda la decepción de su hijo al reconocer que “(Page y Plant) deberían haber tenido al menos el detalle de hacer una llamada telefónica, algo así como decir “Gracias”. Algo. Pero nunca llegó”.

17 años después de que Randy Wolfe falleciera sus herederos interpusieron la demanda por plagio contra Led Zeppelin a rebufo de la sentencia por la que un juez de Los Angeles condenó a Pharrell Williams y Robin Thicke por plagiar, en su éxito "Blurred lines", la canción de Marvin Gaye "Got to give it up", sentencia que amenazaba con abrir la caja de los truenos en una industria que recicla melodías al por mayor, convirtiéndolas en clichés recurrentes. Véase al respecto lo fecunda que resulta una melodía barroca tan básica como el "Canon" de Pachelbel:



La gran mayoria del blues y el rock esta construido sobre una secuencia estándar de doce compases de tónica, dominante y subdominante. Otra cosa son las melodías y letras coincidentes, que de todo hay en las muchas composiciones "recicladas" por Led Zeppelin.

Solo que pretender sacarles los colores por la palmaria demostración de hasta dónde pueden llevar unos compases básicos oscila entre el oportunismo y el fraude de ley. Que han robado lo que no está escrito es indiscutible. Que nadie ha pulido el fruto de su robo, devolviendo al oyente gemas en bruto talladas hasta el límite del perfeccionismo humanamente concebible -e incluso más allá- es también incuestionable. Sus versiones son tan apabullantes que nadie -NADIE- ha logrado versionarles a ellos de un modo mínimamente convincente. Los elegantes ladrones de los hallazgos de Willie Dixon, Bukka White, Sleepy John Estes, Howlin’ Wolf, Memphis Minnie o Muddy Waters trasmutaron todo ese material en oro de 24 kilates. Está en la lógica del sistema que se enriquecieran con ello. Pero también han enriquecido las vidas de los que amamos la música.

Robert Plant, un Adonis del rock cuya pose fue imitada hasta la saciedad por
los "frontmen" que seguirían su estela, desde Coverdale hasta Dave Lee Roth

Digamos que aquí no hay inocentes, aunque existen culpas matizables, y según este opinador, incluso justificables. Ética y arte no siempre van de la mano, y tal vez lo que no se perdona a la banda sea haber devuelto mejorado tanto material del que se adueñaron sin permiso. Es una vieja historia, muchas veces repetida. Como recuerda Arcadi Espada en su último artículo dominical en "El Mundo", es "el caso, por ejemplo de aquel Dylan de 19 años -escúchalo-, cuya niñez parecía mecida en una cabaña de Tennessee por Bessie Smith, y que en realidad era nieto de judíos del Este, comerciantes de bata gris. Y va y reinventa el folk, el country rock y el blues de un golpe". Y todavía omite el artículista su recuperación del gospel al hilo de aquella extraña conversión al cristianismo ocurrida en los últimos setenta.

El éxito y la fama han bendecido a estos forajidos, que renovaron la sonoridad del blues primitivo incorporándolo a su torrencial estilo. ¿Qué ha sido el rock, sino el fruto paradójico de un cruce de caminos en el que el diablo ha pagado generosamente la venta de tu alma -de tu inocencia- a las discográficas?

"La canción es simpre la misma", tanto el título de su película en concierto co-
mo la cínica confesión de lo poco que disimulaban sus usurpaciones musicales

Los historiadores del mañana llenarán páginas y páginas con el análisis de todo lo que no cabe en esta sucinta entrada, desde la asunción por parte de Plant de la tímbrica doliente e inspirada de Janis Joplin -Page declaró preferir en primera instancia la resultona voz de un Rod Stewart abocado a la independencia del solista para los "New Yardbirds" que acabaron por transmutarse en Led Zeppelin- hasta el paradójico y simétrico plagio perpetrado por Deep Purple en el tema que incluye el otro gran solo de guitarra de los primeros setenta, "Child in time", cuya entrada robaron a otra banda californiana, los "It´s a beautiful day", autores del "Bombay calling" saqueado sin pudor por el teclista Jon Lord a mayor gloria del naciente "heavy metal".

Indudablemente, unos impúdicos plagiarios. Pero como
plagiarios, sin duda los mejores.
Solo Dios crea "ex nihilo", y los demiurgos del "hard rock" setentero, puestos a buscar una materia prima adecuada, bebieron de las mejores fuentes disponibles.

El resto es magia y alquimia de la mejor calidad, tan disfrutable hoy como hace 48 años.

Y nadie que pulse sobre el vídeo que abre esta entrada encontrará el menor argumento con que negarlo.

... diga lo que diga el jurado convocado el próximo día 23.

(posesodegerasa)

CIENTÍFICO PROPONE EL CANIBALISMO PARA LUCHAR CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO


viernes, 13 de septiembre de 2019

'EL CLUB DE LA LUCHA' Y LA LOCURA DE SOSTENER UNA FORMA VIDA QUE NO SE DESEA


A 20 años de su estreno "El club de la lucha" es aún una película capaz de
suscitar preguntas pertinentes sobre el modo en que conducimos nuestra vida

En septiembre de 1999 se estrenó "Fight Club", traducida en España como "El club de la lucha". La cinta estuvo dirigida por David Fincher y sus protagonistas fueron Helena Bonham Carter, Edward Norton y Brad Pitt. Cabe mencionar asimismo que "El club de la lucha" fue la adaptación de la novela homónima del escritor estadounidense Chuck Palahniuk, publicada originalmente en 1996.

Grosso modo, "El club de la lucha" sigue la historia de un hombre de aproximadamente 30 años de edad que vive insatisfecho con su trabajo. El sujeto es empleado en una aseguradora y su tarea principal es valorar autos accidentados para determinar si la firma está obligada o no a pagar a los beneficiarios. Sobra decir que tácitamente el hombre debe privilegiar siempre los intereses de la empresa, por lo cual su trabajo no es ni noble ni generoso, en modo alguno.

Conforme avanza la película se descubre que el trabajo no es su único problema. Incluso podría decirse que a pesar de todo lo ruin que pueda considerarse un trabajo de esa naturaleza, no es ahí de donde mana la insatisfacción general que de hecho cubre toda su vida. El sujeto sufre insomnio crónico, no tiene pareja ni ninguna otra relación significativa y vaga de un grupo de ayuda a otro con la esperanza de recibir afecto. El trabajo, más que un problema, es un recipiente en donde el hombre vacía el malestar que siente con respecto a su existencia.

Un primer punto de inflexión en la historia se presenta cuando el protagonista se encuentra con Tyler Durden (Brad Pitt), un hombre de más o menos la misma edad, pero radicalmente opuesto en casi todos los aspectos de su persona. Ahí donde el protagonista es más bien apocado, silencioso y retraído, Durden se muestra excéntrico, ágil en sus movimientos y en sus palabras, arriesgado y hasta cínico e irreverente. El traje oscuro y la camisa deslavada del protagonista contrastan con el abrigo ostentoso y colorido que porta Durden. O qué decir del cuerpo, espejo fiel de nuestros hábitos y nuestro estado de ánimo: el cuerpo ejercitado y lustroso de Durden nada tiene que ver con la escasa masa muscular en el cuerpo sedentario del protagonista.

Con todo -o quizá precisamente debido a esas diferencias- ambos personajes simpatizan entre sí. Ya desde ese primer encuentro se adivina una conexión incipiente en la forma de ser y de pensar de cada uno.

Poco después en el filme, el protagonista pierde súbitamente su casa, luego de que una fuga de gas hace explotar su apartamento. Sin saber muy bien por qué, el personaje busca la tarjeta de presentación que le dio Durden durante su encuentro y lo llama, pensando que quizá este amigo recién conocido pueda brindarle alojamiento al menos por esa noche.

El resto es historia: la relación con Durden sume al protagonista en una espiral de autodestrucción que desciende cada vez un poco más en cada giro de la historia. “La superación personal es masturbación. Ahora … la autodestrucción es la respuesta”, dice en cierto momento Durden, lo cual de algún modo es el equivalente moderno de lo dicho hace un par de siglos por William Blake: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Y según se muestra en la cinta, Durden está empeñado en llevar a la práctica dicha consigna.

Al aceptar el hospedaje de Durden, el personaje de Edward Norton termina viviendo en una casa abandonada y en ruinas. También es en el marco de esa relación que ambos fundan el “club de la lucha”, un grupo clandestino de hombres que se reúnen cada tanto con el único propósito de pelear a mano limpia entre sí. Sin apuestas de por medio, sin una clasificación de los mejores o los peores peladores, sin nombres ni premios. Nada más que el solo hecho de pelear. A este respecto, cabe detenerse un momento en el “acto inaugural” del club de la lucha.

Después de beberse unas cervezas y hablar un poco en un bar de mala muerte (uno de los intercambios más memorables del filme, en donde el protagonista se queja de su forma de vida y Durden le hace ver con cinismo las falacias sobre las que se asienta la sociedad de consumo), ya para despedirse Durden le pide al protagonista que lo golpee “tan fuerte como pueda”. Éste escucha la petición con extrañeza, pues no hay razón alguna para agredir a alguien con quien acaba de pasar un momento amistoso. Durden insiste, sin embargo, y eventualmente el protagonista cede: lo golpea y como respuesta recibe a su vez un golpe de Durden; el intercambio se repite una, dos, tres veces más, hasta que la escena se convierte en una pelea un tanto anticlimática, violenta sin duda, con cierta dosis de agresividad, pero al mismo tiempo absurda, sin razón de ser evidente y por ello hasta un poco cómica o ridícula.

La voz en "off" que desde el inicio cuenta y comenta toda la película (que es la voz del protagonista, como si se tratase de un monólogo recapitulativo), dice después que peleando con Durden encontró aquello que vanamente había estado buscando en los grupos de ayuda por los que pasó, cuando fingía padecer una enfermedad terminal o ser alcohólico sólo para tener un círculo donde sentirse acompañado. La pelea fue para la vida gris e insatisfactoria del protagonista una liberación, un punto de contacto crudo con su energía más elemental, como si de pronto se hubiera embriagado con una sobredosis de vida en su estado más crudo o más puro.

Para quienes han visto en la dupla Protagonista/Durden una relación homosexual (una interpretación sugerida ya desde la publicación de la novela), esa primera pelea podría verse como un intercambio erótico perverso, esto es, como un intercambio sexual que en vez de ocurrir “directamente”, en el ámbito de lo estrictamente sexual, tiene que “andarse por las ramas” y encontrar otras formas de realizarse. En el marco de esa interpretación, frente a la imposibilidad del protagonista de aceptar y ejercer “libremente” el impulso sexual que le atrae a un hombre como Durden, su atracción se decanta no sólo hacia la pelea que le propone éste, sino en general hacia toda la forma autodestructiva de existencia instigada siempre por Durden, como si la sumisión a éste fuera para el protagonista la única forma de realizar su deseo.

Si existe o no esa atracción homosexual es en realidad un asunto de poca importancia, pues aun la homosexualidad podría considerarse (como antes el trabajo del protagonista) la expresión sintomática, simbólica, de una realidad mucho más profunda. Con todo, esa interpretación sí ofrece una pista interesante para entender una de las ideas centrales de la cinta.

Es posible pensar que sí existe una atracción del protagonista por Tyler Durden, sin embargo, no se trata de una atracción erótica o sentimental, sino de una en un sentido casi físico, como la de los imanes o la de la fuerza gravitacional. El protagonista se siente atraído por todo aquello que Durden es o representa y que él mismo, por distintas razones, no se siente capaz, apto o merecedor de tener en su propia vida. Por un lado la rutina, el trabajo odiado, el statu quo, la insatisfacción sexual; por otro, el riesgo, el arrojo, la vida como una sucesión continua de eventos improbables e inesperados, las decisiones tomadas de último minuto, la irreverencia, la entrega a la vida de forma irracional e irreflexiva (y por ello absoluta), el disfrute del sexo sin culpas. Incluso en términos cinematográficos la elección de los actores no pudo ser más afortunada para expresar este conflicto: un pálido y escuálido Edward Norton tiene a su opuesto perfecto en el Ares hollywoodense que Brad Pitt fue para la cinta.


Como se sabe, el gran giro de la trama, la famosa “vuelta de tuerca” que destaca a toda gran historia, es el hecho de que el protagonista y Durden son la misma persona. O, dicho con más precisión, que Durden es una creación psicótica del protagonista, un alter ego surgido de su delirio, precisamente con todas esas características que él desearía para sí mismo.

En la película comienza a sugerirse que existe un único Tyler Durden cuando el protagonista vaga por Estados Unidos en busca de su amigo, quien en cierto momento se ausenta sin que nadie pueda localizarlo, y algunas de las personas a quienes pregunta por él lo miran confundidas, pues a ellas les ha dicho que su nombre es Tyler Durden. Esto es notable porque parece ser que, en medio de su delirio, el protagonista se deshace de su nombre, como si él mismo se tuviera en tan poca estima que ni siquiera mereciera distinguirse con un apelativo único y propio, mientras que el otro, la creación de su delirio, tiene para sí todas las recompensas: el nombre, la reputación, el reconocimiento e incluso cierta admiración clandestina.


En este punto cabe hacer algunas preguntas con respecto a este conflicto presente en el protagonista, esa especie de impasse entre la forma de vida que tiene (insatisfactoria) y la forma de vida con aparentemente todo lo que desea. ¿Qué le impide moverse hacia esa otra manera de vivir? ¿Qué le impide tener lo que desea? ¿Por qué el personaje no puede simplemente renunciar al trabajo que aborrece, acostarse con Marla desde la primera noche que se encuentran o vivir su vida con tanto desenfreno como al parecer quiere? ¿Por qué la vía de la autodestrucción parece ser la única alternativa para transitar hacia ese deseo? ¿Por qué el protagonista encuentra únicamente en la locura una vía de escape para su malestar?

En este punto, las respuestas tocan las circunstancias más propias de la condición humana y específicamente la relación que el ser humano sostiene con su deseo. Como se explica sobre todo en el psicoanálisis, en el ser humano el deseo no puede realizarse “simplemente” o “llanamente”, sino que está obligado a sostenerse de toda esa amplia estructura intersubjetiva y simbólica (pero existente porque el género humano cree en ella), que puede denominarse la civilización, cultura o realidad humana. Ahí es donde nuestro deseo puede encontrar su lugar. Esa es la arena de sus posibilidades y sus limitaciones. El ser humano desea naturalmente, pero para poder realizar su deseo y que sea a su vez un hombre reconocido (y cabría decir, tolerado) por otros, la realización tiene que ocurrir dentro de esos límites de lo humano.

Sin embargo, el paso del deseo in abstracto, o como una representación subjetiva, a la realización, puede ser especialmente difícil para algunas personas, por razones comprensibles pero no del todo evidentes. En alguno de sus escritos, Sigmund Freud hace un comentario sobre el proceso que se opera sobre el niño en sus primeros años de vida para convertirlo de un “salvaje primitivo” a un sujeto capaz de formar parte de la humanidad, lo cual supone enseñarle conocimientos y habilidades que a nuestra especie le tomó siglos desarrollar. Como es de suponerse, ese proceso no se logra sin acotar aquí y allá los impulsos naturales del niño, a veces incluso a través de la violencia. En otros ámbitos, pensadores como Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau propusieron también la idea de que sólo a través de la contención de ciertas “pasiones” el ser humano puede convivir, cooperar y en suma hacer posible el mundo de lo humano. De algún modo, los mecanismos represivos han sido históricamente el precio que nuestra especie pagó por desarrollar la civilización.

En ese sentido, es propio de un estado infantil (de una subjetividad que carece de un sentido del yo fuerte, para retomar lo dicho por Freud) intentar ignorar el deseo propio, supeditarlo sistemáticamente a las exigencias o demandas de otros, relegarlo a una posición secundaria, subestimarlo o considerar que "no tiene derecho" a ser tomado en cuenta. Para el niño, por su condición, puede parecer que no hay otra alternativa más que someterse al mandato de los mayores, y en esa circunstancia puede ocurrir que la fantasía acuda en auxilio de la sensación de satisfacción de un deseo y mitigar así la posible frustración de sentirlo truncado. El adulto, sin embargo, está llamado a dejar ese mundo de la imaginación y actuar en la realidad para dar cauce a su deseo de una manera provechosa para sí.

La historia de El club de la lucha es un buen ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando el deseo existe predominantemente como fantasía psicológica en la vida adulta. En estos casos, la energía que supone desear algo se usa casi exclusivamente para alimentar el fantaseo y la imaginación, a tal grado que esas elucubraciones pueden llegar a suplantar la experiencia de la realidad. Por supuesto estamos hablando de una obra de ficción, pero la locura funciona en parte de esa manera. Un delirio es la experiencia psicológica extrema en la cual la capacidad de nuestro cerebro para codificar la realidad a partir de significantes específicos pierde del todo contacto con ésta y descansa casi exclusivamente en la “idea de realidad” que existe sólo en la mente del sujeto. Por eso se ha dicho que la locura es un encierro, pues el delirante no es capaz de salir de su idea de realidad ni tomar en cuenta la idea de realidad de otros.

En este sentido, es por lo menos peculiar que el personaje protagónico de El club de la lucha realice su deseo por la vía de un delirio en vez de por el camino de las decisiones y la acción. Cabe preguntarse cuántas personas lidian así con el malestar que les provoca sentir frustrado su deseo, inventándose una “realidad” paralela en donde sí tienen lo que al parecer tanto quieren, en vez de hacer lo necesario para intentar obtenerlo realmente.

Actuar, es cierto, no asegura la realización de un deseo, pero al menos nos acerca más a ésta que la sola elucubración estéril (“¡Oh inteligencia, soledad en llamas / que todo lo concibe sin crearlo!”, dice el poeta). Más aún, el acto nos hace gravitar en un sentido muy distinto con respecto a la fuerza de nuestro deseo: ya no hacia la autodestrucción martirizante de quien quiere algo pero no se atreve a obtenerlo, sino más bien hacia la construcción paulatina de realidad, ese hacer cotidiano, constante, por medio del cual el ser humano ha transformado históricamente sus condiciones de existencia.


Juan Pablo Carrillo
(Visto en https://www.pijamasurf.com/)

jueves, 12 de septiembre de 2019

COMO FUNCIONA REALMENTE EL CONTROL MENTAL



Cuando las personas se enfrentan a la idea del “control mental”, a menudo piensan en algo similar a lo que te presentan los medios de televisión o cine; un prisionero solitario torturado, químicamente aturdido y condicionado en un hueco, zombie, mientras sus captores le extraen información o la usan para completar una tarea que normalmente no haría o moralmente aceptaría. Y aunque en realidad hay algo de verdad en este tipo de representación de Hollywood, como se evidencia en la exposición de programas gubernamentales como MK Ultra, las formas más insidiosas de control mental son mucho más sutiles.

Los gobiernos y los elitistas detrás de ellos no necesariamente necesitan encerrar físicamente, drogar y brutalizar a las personas para influir en su comportamiento. Todo lo que necesitan hacer es administrar sus percepciones, expectativas y suposiciones. Esto se puede lograr con grandes porciones del público, en lugar de una persona a la vez.

Las élites siempre han estado fascinadas con la idea del hipnotismo en masa. En el siglo 18, Franz Mesmer era famoso por entretener a la realeza europea con exhibiciones de lo que llamó “magnetismo animal”, que incluía lo que ahora conocemos como hipnosis de individuos y grupos. Desde entonces, el mesmerismo se ha convertido en sinónimo del intento de confundir a las personas y dictar sus acciones en una especie de trance. El hipnotismo sigue siendo un tema muy activo en los círculos psiquiátricos y el gobierno de los EE. UU. mostró un gran interés en el hipnotismo como arma durante sus experimentos MK Ultra en la década de 1950.

Las personas involucradas en el campo del hipnotismo se apresuran a señalar que no se puede obligar a una persona hipnotizada a hacer algo que vaya en contra de su código de ética, pero esta no es exactamente la historia completa. Un hipnotizador hace sugerencias de que el sujeto elige seguir (o se niega a seguir) mientras está en estado de trance, sin embargo, ¿qué pasa si puede ser convencidos (o engañados) a través de la hipnosis para creer que una acción particular es lo mejor para él a pesar de su código moral o sentido de autoconservación?

Este tipo de control sobre un sujeto puede y se ha logrado en la terapia hipnótica, y también se registran ejemplos de hipnoterapia “encubierta”, incluido el ejemplo de un abogado de divorcio de Ohio que usó el hipnotismo encubierto contra múltiples clientas y se sospecha que lo usó contra algunos empleados de la corte para desarmar sus psiques y luego violarlos sin recordar el incidente.

Aproximadamente dos tercios de cualquier población dada pueden ser hipnotizados en diversos grados. La Universidad de Stanford ha estado buscando con avidez un patrón cerebral que actúa como una huella digital para aquellos que son más propensos a la influencia hipnótica, y creen que han encontrado ciertos factores que involucran áreas del cerebro que manejan un mayor enfoque y atención. La conciencia periférica reducida también ayuda a aumentar la vulnerabilidad del sujeto a la hipnosis y aumenta enormemente la sugestibilidad.

Estas condiciones de hecho pueden fomentarse en grandes multitudes de personas. Considera esto por un momento: ¿en qué actividad diaria está involucrada la persona promedio que hiperfoca su atención en un solo punto en el espacio durante largos períodos de tiempo y elimina casi toda su conciencia periférica? Si dijiste “uso del teléfono celular”, entonces ganas una cena de pollo. Más allá de crear una dosis baja artificial y constante de dopamina en el cerebro humano que conduce a la adicción, los teléfonos celulares y otros dispositivos electrónicos pequeños realmente crean las condiciones perfectas para que una persona sea hipnotizada, ya que los separa de toda conciencia periférica y los hace altamente sugestionables a aquellos que saben usar métodos encubiertos.

Para reiterar, se puede inducir un estado hipnótico en grandes grupos de personas durante períodos prolongados con el estímulo correcto a largo plazo. Mire aquí mientras el mentalista Darren Brown hipnotiza o “lava el cerebro” a todo un centro comercial de personas para que levanten la mano exactamente cuando él quiere sin que sepan por qué lo están haciendo. Tenga en cuenta que alrededor de dos tercios de la multitud obedece.



Las sugerencias hipnóticas duran mientras los sujetos continúen creyendo que las sugerencias son correctas. El hipnotismo es esencialmente un acuerdo entre el hipnotizador y las personas que están siendo hipnotizadas de que una creencia particular es verdadera (incluso si no lo es). En el caso de una víctima de un ataque, la persona puede querer creer que el evento traumático no sucedió y, por lo tanto, puede convencerse a través de la hipnosis para que lo olvide. En el caso de un grupo de personas, el hipnotizador tendría que identificar una idea o temor que todos comparten y QUIEREN creer que es real, y luego explotarla.

Creo que algunas de las aplicaciones políticas de esto son obvias.

El falso paradigma político de izquierda/derecha es una placa de Petri perfecta para obtener o fabricar el consentimiento de las masas para ser hipnotizadas. QUIEREN creer que su equipo, al que se han unido voluntariamente, es el equipo correcto y que el liderazgo de ese equipo tiene sus mejores intereses en el corazón. Quieren creer que las acciones de su partido, a través de la legislación o por medios directos, son siempre racionales y moralmente sólidas. E, incluso cuando los líderes de su partido hacen cosas que son completamente contrarias a las creencias y la moral de las personas que componen el partido, esas personas todavía quieren creer que debe haber alguna razón lógica detrás de estas decisiones que todavía no captan.

Más allá de esto, la amenaza del “otro partido” o equipo es un estímulo constante en forma de miedo. Vemos las batallas con guiones de estos dos equipos fabricados que se desarrollan en formas elaboradas de teatro Kabuki, sin embargo, nada cambia realmente excepto que las élites globales se vuelven más poderosas. Aún así, muchas personas realmente creen que estas batallas son reales, e invierten enormes cantidades de energía y se centran en ellas como si el destino del mundo se decidiera dentro de las payasadas de una telenovela política.

Cuando las personas tienen miedo o se concentran en una amenaza externa, una vez más se vuelven más sugestionables. Esta es la razón por la cual las discusiones políticas convencionales se centran menos en la comprensión de la amenaza (el “Cómo” y el “Por qué”) y más en perpetuar la amenaza. Con la comprensión del enemigo (o falso enemigo), se puede evaluar la amenaza y reducir el miedo, incluso si la amenaza es real. Sin entenderlo, el miedo solo aumenta. Los poderes políticos buscan recordarnos constantemente que existen amenazas sin permitirnos el beneficio del contexto. No quieren que tengamos un conocimiento profundo de la mecánica detrás de las amenazas.

Se nos dice que nuestro sistema funciona de una manera particular que parece lógica, pero solo tiene sentido para nosotros siempre que queramos creer que el sistema funciona como nos enseñaron. Tenemos que tener fe ciega en que lo que nos dijeron inicialmente era absolutamente cierto. La pregunta es, ¿por qué deberíamos? ¿No es mejor permanecer escéptico ante la mayoría de las cosas y estudiar lo que se nos entrega? Si un extraño nos da un elixir extraño y se nos dice que “bebamos”, ¿no cuestionaríamos qué hay en la bebida espumosa y qué hace? ¿No investigaríamos?

En el caso de la información y las proclamas, algunas personas no investigarían, porque es más cómodo creer las mentiras, o tal vez porque serán recompensados ​​por seguir el status quo. Solo cuando estamos dispuestos a sacrificar la comodidad, cuando dejamos de querer aceptar todo lo que se nos dice al pie de la letra y comenzamos a cuestionar la realidad que se nos entrega, solo entonces la hipnosis masiva en la que una vez fuimos influenciados perderá su poder.

La hipnosis de las élites requiere formas cada vez mayores de distracción y estimulación para mantener al público fascinado. La creación de miedo y confusión es vital para la ejecución del control mental masivo, y este es un factor que muchas personas se niegan absolutamente a reconocer o tener en cuenta. La idea de que las élites construirían un sistema solo para luego destruirlo deliberadamente es demasiado para que muchos lo entiendan. Pero, de nuevo, ¿qué mejor manera de hiperenfocar a toda una población y hacerlos maleables a sugerencias que normalmente no considerarían de otra manera?

En artículos anteriores, describí la increíble variedad de similitudes entre los grupos elitistas globales y los comportamientos y rasgos de carácter de los sociópatas narcisistas (también conocidos como narcópatas o psicópatas). Incluso he teorizado que los globalistas son en realidad un grupo altamente organizado de narcópatas que reclutan a otros narcópatas en el redil. Muchos narcópatas de alto nivel son intuitivamente conocedores de la dinámica de la sugestionabilidad y la psique humana. Yo llamaría a esto su principal rasgo de supervivencia.


Los narcópatas son bien conocidos por crear confusión a su alrededor para obtener el control de las personas en sus vidas o las personas en una habitación. También son conocidos por estar dispuestos a desarrollar ciertas rutinas y aclimatar a las personas que los rodean a un entorno particular, solo para interrumpirlo repentinamente como un medio para aturdir a sus víctimas y crear subordinación. Es importante darse cuenta de que estas personas NO necesariamente se preocupan por la estabilidad. De hecho, a menudo sabotearán activamente la estabilidad para obtener algo que les importa más – control.

Las estrategias que exhiben los narcópatas individuales a pequeña escala simplemente se magnifican miles de veces cuando hablamos de los comportamientos de los elitistas globales. Las personas que se consideran racionales tienen dificultades para comprender este tipo de comportamiento, pero hay una lógica táctica tortuosa. El control mental de los demás se puede lograr manteniendo a esas personas infinitamente desequilibradas. Conjurando momentos de tenue paz, y luego golpeando con ciclos de crisis impredecibles. Antes de darnos cuenta, han pasado muchos años de inestabilidad y los narcópatas organizados en el poder han ganado aún más control. Nos preguntamos a dónde fue todo ese tiempo y por qué no pudimos cambiar las cosas. Es porque hemos sido hipnotizados en la inacción, o las acciones incorrectas en nombre de un escenario político sin sentido.


El auténtico control mental y la hipnosis masiva requieren, como ya se mencionó, nuestro consentimiento, pero es un consentimiento que nos estafa. Somos estafados por líderes falsos con intenciones y acciones que no coinciden con sus promesas. Es sacado de nosotros por un sistema que genera conformidad de pensamiento y nos dice que aquellos que piensan fuera de la norma ampliamente aceptada son aberrantes y “locos”. Nos estafa por nuestras propias debilidades: nuestro deseo de seguir adelante para llevarnos bien, nuestro miedo a enfrentar a la multitud y decirles que están equivocados, nuestro miedo a perder lo que creemos que es estabilidad, o nuestro miedo a encontrar nuestro propio camino.

El auténtico control mental no se trata de tortura y fuerza, se trata de una aceptación inducida silenciosamente. Podemos eliminar nuestro consentimiento de los hipnotizadores en cualquier momento que lo deseemos, pero tenemos que estar dispuestos a dejar de ignorar ciertas realidades. Tenemos que estar dispuestos a sentir el dolor que viene cuando reconocemos que hemos sido engañados y controlados en el pasado, y tenemos que deleitarnos con nuestra capacidad de negarnos a conformarnos. Debe convertirse en parte de lo que somos: las personas que no toman lo que se nos dice al pie de la letra. La gente que cuestiona casi todo. Las personas que no pueden ser hipnotizadas.

Brandon Smith, Activist Post
(Visto en https://historiaignoradadelahumanidad.wordpress.com/)