lunes, 17 de mayo de 2021

COVID-19, AÑO UNO: BALANCE DE UNA PESADILLA AUTORITARIA (Y DE UNA GESTIÓN FRACASADA)



Cualquier estudio comparativo con epidemias pasadas y/o con otros problemas sanitarios presentes deja al covid-19 en el lugar de un problema sanitario de rango considerable, aunque no dramático; pero lo cierto es que la percepción pública lo ha erigido en el problema sanitario, la amenaza más grande que la humanidad enfrentara en décadas. Y aunque esta representación carece de sustento -la polución ambiental, el tabaco, el cáncer y la desnutrición, por citar algunas, han causado muchas más muertes en 2020 que el Covid-19-, lo cierto es que basta encender el televisor para creerse que nada es más amenazador que el virus del espanto. El que los individuos y colectividades humanas evalúen de manera errada o equívoca la amenazas que enfrentan o la situación en que se encuentran es, por cierto, un fenómeno habitual: la especie de la razón suele tener comportamientos profundamente irracionales.


En ocasiones estos yerros son fruto de simple e incluso inevitable ignorancia. Pero hay casos en los que los yerros parecen estar sesgados por perspectivas ancladas en lo social y en lo político. Tal parece ser el caso de la presente pandemia. El sesgo, en este caso, tiene tres fundamentos. El primero es que las enfermedades infecciosas -aquellas transmitidas de un ser humano a otro- han sido la principal causa de mortalidad del neolítico en adelante; pero, en las últimas décadas, en los países opulentos del capitalismo desarrollado han retrocedido ostensiblemente. Y ha sido justamente en estos países donde el virus impactó con más fuerza. El segundo es que las enfermedades infecciosas amenazan a toda la población de una manera en que no lo hacen otras enfermedades. La desnutrición es sin duda el principal problema sanitario global, pero no es contagiosa y no es una amenaza para quienes no sean pobres.

El tercer y principal fundamento es que el virus impactó rápidamente en países y clases sociales con mucha capacidad para establecer agenda política. Si mundialmente percibimos al Covid-19 como el gran problema sanitario, ello no se debe a que sea un problema mayor que otros. Se debe a que es un problema para estados, clases y grupos sociales con capacidad para convertir sus problemas en LOS PROBLEMAS por antonomasia, sus demandas en las primeras en ser atendidas, sus miedos en los miedos generales. A esto podríamos añadir que los sectores más dinámicos y con vocación de hegemonía de los grandes poderes económicos han visto en la Pandemia una “oportunidad” para favorecer sus intereses. Las empresas tecnológicas y las corporaciones farmacéuticas en primer lugar.

Podemos traer a colación tres datos cruzados que prueban la absoluta desmesura de la obsesión planetaria con el Covid-19. Dos de ellos los desarrollaremos a continuación, el tercero, en relación con la letalidad del virus, en un epígrafe posterior.

El primero es que a nivel mundial no ha habido ningún aumento de la mortalidad claramente apreciable. Aunque no hay aún cifras consolidadas, todo indica que se ha mantenido en cifras parecidas de decesos por mil habitantes a las de años anteriores. En cualquier caso, el exceso de mortalidad global ha sido entre nulo y bajo: situaciones ambas que no justifican la sensación apocalíptica que imperó en 2020. España, uno de los países más afectados por la pandemia, registró un aumento de la tasa de mortalidad de 16 décimas: pasó de 8,83 decesos por mil habitantes en 2019 a 10,58 en 2020. La vilipendiada Suecia ha registrado sin medidas de confinamiento un exceso de mortalidad ajustada por edad de 1,5 %: ocho veces menos que España, que ostenta un exceso de 12,9 %. Es cierto que nos encontramos con un exceso de mortalidad significativo en muchos países, entre ellos algunos de Europa y los EE UU. Pero también lo es que la región más poblada -Asia del Sureste- no ha sufrido una tasa de mortalidad destacada en este periodo.

También África se ha librado (de momento) de consecuencias graves por la enfermedad. Han sido América y Europa donde se ha concentrado el mayor impacto mortal. El número de fallecimientos registrados con covid (no por covid) en las diferentes regiones del mundo a principios de abril del 2021 muestran lo que se está diciendo: América ha sufrido 1.398.392; Europa, 1.005.141; Asia del Sur y del Este, 227.371; Este del mediterráneo y Asia Occidental, 164.399; África, 79.423, y Pacífico Oeste, 33.205. Si estableciéramos un mapa del mundo el hemisferio occidental salvo África se situaría en torno a 1.000 muertos por millón mientras África, Asia del Este y Oceanía se situarían en 30 muertos por millón. El este del Mediterráneo y el llamado Próximo Oriente se colocaría en una posición intermedia.


Pero si el aumento de la mortalidad a nivel global no parece muy destacable, sí han crecido exponencialmente el desempleo, la pobreza y la pobreza extrema. Esta última ha aumentado luego de dos décadas de descenso sostenido. El impacto social y económicamente negativo de las medidas de confinamiento, además, ha afectado especialmente a los países pobres de Asia, África y América Latina. La ONU estima que al menos 130 millones de personas cayeron en la extrema pobreza durante 2020. Durante la pandemia los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. Las consecuencias sociales, culturales, económicas y educativas (con la expansión desenfrenada de la educación en entornos virtuales) son muchos más importantes (en términos cuantitativos y cualitativos) que las consecuencias sanitarias.

El segundo dato cruzado tiene que ver con la percepción y la realidad. Aunque el discurso imperante ha azuzado permanentemente el miedo, bajo la presunción de que el problema sanitario es uniformemente enorme, como si en todo momento y lugar estuviéramos siempre en la misma situación -en medio de una ola epidémica o a la espera de la siguiente-, lo cierto es que la cantidad de casos y de decesos a nivel mundial -que fue en franco crecimiento desde febrero de 2020 y continuó creciendo hasta setiembre de ese año- desde octubre de 2020 y en lo que va de 2021 se ha estabilizado. Hasta octubre, aunque las olas epidémicas pasaran en alguna región, a escala global eran compensadas sobradamente con el ascenso de los contagios en otras regiones. Pero de octubre de 2020 para esta parte la situación ha cambiado. Pero de ello no le informarán los medios: puede que saberlo le tranquilice y eso le haga bajar la guardia, dicen.

Más allá de la paranoia: ¿qué tan peligroso es el SARS-Cov-2?

El tercer dato relevante que ya hemos dejado antes apuntado, para fundamentar la desmesura con el abordaje del covid-19, lo constituye la tasa de letalidad del virus.

En junio de 2020, el boletín de la OMS publicó un artículo firmado por el profesor de la Universidad de Standford, John Ioannidis, en el que concluía tras el análisis de 61 estudios de seroprevalencia frente al SARS-Cov-2 que la letalidad entre los infectados iba desde el 0,01% a 1,63%, con una media de 0,27%. Para los menores de 70 años la tasa se situaba en el 0,05%. Posteriormente el profesor Ioannidis actualizó sus datos, al percatarse de que las estimaciones anteriores estaban basadas en países que habían sido especialmente golpeados por el covid-19 en los primeros meses, y calculó que el virus causa la muerte de entre el 0,15 y el 0,20% de los infectados y en los menores de 70 años de edad estimó una tasa de letalidad del 0,03-0,04%.

A principios de octubre la propia Organización Mundial de la Salud admitía involuntariamente en una sesión pública estas cifras de letalidad. Mike Ryan, director del Programa de Emergencias de la OMS, afirmaba que, según los cálculos de la organización, un 10% de la población mundial (esto es, setecientos cincuenta millones de personas) se había infectado. En esos momentos, los fallecidos a causa del covid-19 se contaban en algo más de un millón, lo que implicaba que solo fallecía 1 de cada 750 personas infectadas, esto es, el 0,14%. Pese a las importantes implicaciones de esta declaración, muy pocos medios se hicieron eco de ello (hasta donde sabemos, ninguno en castellano).


Las nuevas estimaciones de la letalidad siguen ofreciendo cifras aún más modestas que las previas y sobre todo pone de relieve los sesgos que sufrían algunas revisiones que habían calculado tasa más altas (0,6%). En estos momentos se podría estimar la letalidad global del virus en el ~0,15% y la población que habría sido infectada sería de ~1.5‐2.0 miles de millones de persona en febrero del 2021. Estamos, pues, a distancia sideral de la tasa de letalidad de 3,4 % que estimó la OMS en marzo de 2020 y que tanto ayudó a desatar el pánico e incentivó a tomar medidas desesperadas.

El mundo enloquecido: el pánico y la desmesura

Todas estas cifras, absolutamente indesmentibles y que muestran la real magnitud del problema pandémico, parecen ser sin embargo completamente insuficientes para traer tranquilidad social y adoptar medidas más eficientes y menos desastrosas en sus consecuencias. ¿Por qué sucede esto? Influyen, desde luego, los discursos interesados, tanto de quienes medran con el pánico colectivo -como la industria farmacológica y las empresas tecnológicas que han “virtualizado” la cotidianeidad de una manera increíble-, como de quienes se benefician políticamente: azuzar al miedo permanente facilita que no se medite sobre tres puntos claves: a) la relación estrecha entre nuestro sistema económico y los saltos zoonóticos; b) la tardía respuesta de muchos estados en términos de identificación y aislamiento de casos y de neutralización de focos de contagio como los propios servicios sanitarios; c) la incapacidad para proteger a la población anciana institucionalizada en asilos: este es el sitio donde los muertos se apilan; y es absurdo pensar que el encierro protegió a esa población vulnerable, que en conjunto todavía concentra casi el 50 % de los decesos, siendo menos del 1 % de la población total.

Lo que ha sucedido es que una porción si no mayoritaria al menos sumamente numerosa de la población -y social y políticamente influyente, de países que a su vez inciden en la agenda política mundial- entró en estado de pánico. Y cuando sentimos pánico la razón se paraliza y la propensión a emprender acciones desmesuradas e incluso contraproducentes crece de manera exponencial.

El autoritarismo con que se ha afrontado la epidemia actual no tiene justificación sanitaria alguna, y la historia nos muestra que en nombre del derecho de emergencia se han dado graves abusos de poder y de restricciones de derechos. Esta quizá sea una de las consecuencias más nefastas de haber afrontado la crisis sanitaria como una guerra: no sólo se clausuró el debate antes siquiera de comenzarlo (en la guerra se obedece, no se discute), no sólo se convirtió a quien tuviera dudas o expusiera críticas en un peligroso saboteador del “esfuerzo de guerra” (“negacionista” ha sido el insulto preferido). También se activó la dinámica propia de toda guerra: es fácil entrar en ellas, lo difícil es salir.

Extremismo médico como sustituto de una respuesta científicamente fundamentada

En realidad, todo el recurso a los confinamientos y las limitaciones indiscriminadas de la vida social se fundamenta en un extremismo sanitario que no tiene ninguna base científica y puede haber aumentado no solo de forma indirecta los daños a la salud -comenzando por la epidemia de salud mental que estamos empezando a vivir- sin que hayan disminuido de manera significativa los casos graves y mortales del covid-19. Más aún: pudo también aumentar directamente los contagios graves y mortales. Hipócrates afirmaba que “los remedios extremos se justifican ante enfermedades extremas”.


A día de hoy nadie puede defender que a nivel mundial -que es el ámbito en el que las medidas se han impuesto- estemos ante una enfermedad extrema: siendo muy generosos el aumento de mortalidad en el mundo habría sido del 2%. Sin embargo, las medidas adoptadas fueron -y en muchos lugares siguen siendo- extremas. Además, el recurso a medidas de semejante entidad debería estar ligado a la ausencia de conocimientos científicos que permitiera una actuación más dirigida y selectiva. En el covid-19 pronto la falta de conocimientos científicos dejó de ser una excusa creíble. El extremismo frente al covid-19 contrasta con el hecho de que no se adopten medidas suficientes frente a la muerte de miles de personas, sobre todo niños, por enfermedades tratables.

Comprender y explicar la reacción ante la pandemia debe necesariamente incluir ciertas condiciones de posibilidad que se fueron gestando a nivel social, económico, sanitario y cultural a lo largo de décadas: entre ellas la obsesión por la salud y la seguridad en la cultura capitalista actual, la abrumadora hegemonía ideológica de las clases altas y medias en el universo contemporáneo, la pérdida de sentido histórico propia del sentido común posmoderno, el reduccionismo biologicista de la medicina mainstream, la consolidación de lógicas profundamente patriarcales y punitivas en el abordaje de los problemas sociales, etc. Sin ellas la patológica obsesión con un único problema sanitario de rango medio difícilmente hubiera tenido lugar.

Una vez iniciado el proceso y desatada la locura social -sería ingenuo ignorarlo- ciertos sectores particularmente poderosos hallaron en la crisis una enorme ventana de oportunidades, y comenzaron a operar abierta o solapadamente para que el clima de temor no se desvaneciera. En primerísimo lugar, desde luego, el poderoso complejo farmacológico y las empresas tecnológicas, devenidas ya definitivamente el sector hegemónico de la acumulación de capitales. Habiéndose dado de bruces con la crisis, los grandes tiburones aprovecharon el estado de conmoción social para acelerar transformaciones políticas, económicas y culturales en su beneficio, y de carácter profundamente reaccionario. Todas las empresas de la economía virtual han visto en la pandemia una ocasión para inflar aún más sus beneficios.

Pensar al revés

¿Había alternativas a la gestión autoritaria de la pandemia? Desde luego. Hubo países que se concentraron en la detección de enfermos y el aislamiento selectivo de los mismos. Se trata de un virus de amplio espectro patológico. Si bien la gran mayoría de las personas infectadas no sufre síntomas o estos son leves, una minoría, entre los que predominan personas mayores y/o con enfermedades serias, padecen cuadros muy graves e incluso fatales -desencadenando el fallecimiento-, generalmente asociado a una insuficiencia respiratoria.


Sin embargo, se ha adoptado esta estrategia indiscriminada sin dar ni siquiera la posibilidad de plantear una discusión científica seria con quienes discrepan de la estrategia adoptada, una verdadera legión, que defendieron esas estrategias de protección selectiva comenzando por los prestigiosos firmantes de la declaración de Great Barrington. En prácticamente todo el mundo se optó por las medidas sobradamente conocidas: encierro masivo e indiferenciado de la población primero, seguido de fuertes restricciones y medidas dudosamente efectivas de todo tipo que continúan hasta hoy.

Paz Francés Lecumberri, José R. Loayssa y Ariel Petruccelli, autores del libro: ‘Covid 19. La respuesta autoritaria y la estrategia del miedo’, Ediciones El Salmón (2021)
(Artículo completo: https://www.elvorticeradio.com/)

5 comentarios:

  1. Ya que todos los días se debate sobre lo mismo, yo repito lo mismo de siempre, nunca ha sido una crisis sanitaria, ni pandémica ni apocalíptica, siempre ha sido un plan para cambiar paradigma y crisis financiera fiduciaria, vamos, que el globo reventó y en ello estamos, todo lo demás es relleno, para avanzar hay que parar muchas veces para coger aire, reposar... ¿alguien le ha dado por mirar los ahorros que ha generado el parón económico financiero? ¿y que nos pensamos que se está haciendo con ese dinero "estancado"? ¿Cuánto dinero se están llevando los grupos de poder y sus negocios farmacéuticos con toda esta gran estafa? Siempre hay que seguir las pistas del dinero, si hay dinero hay negocio y si hay negocio hay estafa y si hay estafa, estafadores y si hay estafadores hay primos... que cada uno coja su grupo. Cuando pase el tiempo y todo se vea con el prisma del momento, veremos que estamos ante la mayor mentira jamás contada incluso superando a un tal Jesús... gracias... de nada. Pero que nos mientan estamos acostumbrados, o deberíamos, por eso es tan fácil, joder.

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  2. "La seguridad, después de todo, se ha convertido en la primera prioridad de las masas, y esta noción absurda no ocurrió accidentalmente. Los amos del pueblo lo han incrustado en la psique de los estadounidenses desde su nacimiento, y debido a esto, la libertad individual ha pasado a un segundo plano frente a la protección del estado. Qué conveniente para quienes buscan controlar a toda la sociedad, ya que cuando la población basa todos los aspectos de su vida en la seguridad y la dependencia, el control sobre ellos no solo se desea, se exige. Ésta es la esencia de la esclavitud, y la razón por la que es fácilmente aceptada por la deplorable población de hoy."

    https://www.lewrockwell.com/2021/05/gary-d-barnett/the-intentionally-planned-coming-cyber-pandemic-will-devastate-this-country/

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  3. No creo que eso pase en su totalidad en una sociedad donde hay un promedio de cinco armas por habitante, todo eso si pasará, está pasando de hecho aquí, en la miserable Europa, vamos, ninguna duda de ello, queremos ser tan "modernos", tan tecnológicos que pedirán a gritos que les inyecten de todo, incluido el famoso chip para que como a su perro que el hijo no se pierda, luego ellos y al final todos, ¿disidentes? venga ya, ¿resistentes? Ni de coña y claro que nos espera tiempos peores, pero vamos a ver que parecen que algunos no se enteran, no hace falta artículos de americanos ni leches, muchos aquí, incluso en esta página, llevamos diciéndolo años, años... algunos ahora descubren la pólvora o lo que es peor, la rueda. Cambio de sociedad, de sistema, monetario, de fabricación, miedo y control, etc... lo llevamos diciendo años. Pero nos han tratado de "frikis" y "conspiranóicos", demasiado tarde.

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  4. Tiene muy buena pinta el libro. Gracias.

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    1. Si, solo falta ser leído y sobre todo entendido, que eso forma parte de otro debate :)

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