domingo, 7 de marzo de 2021

CUIDADO CON LAS VACUNAS "DE MODA"




La imagen que abre esta entrada es bastante representativa de una realidad de nuestra era tecno-sanitaria: las vacunas innecesarias matan. Y subrayo "innecesarias" en la medida en que ni discuto la eficacia de campañas de vacunación del pasado, que han erradicado enfermedades antes endémicas, ni pretendo fundamentar un discurso antivacunas sin más. A título personal, aclaro que antes de viajar a Etiopía fui vacunado contra el cólera, fiebre amarilla y fiebre tifoidea, además de seguir la profilaxis contra la malaria, y fui uno de los viajes más gozosos de los que he disfrutado, sin más sinsabor por tanta prevención que unos desagradables pinchazos en el Hospital Carlos III.

La clave de esta entrada es otra: las consecuencias negativas de la sobrevacunación a la que nos hemos habituado en Occidente, y que en modo alguno es inocua. Otro ejemplo que es todo un aviso para navegantes es lo sucedido con la vacuna contra la gripe porcina de 1976 en EE.UU., otra ocasión de oro para las compañías farmacéuticas y un auténtico delito contra la salud pública, cometido al amparo de una campaña de terror -¿les suena?- que anunciaba la inminencia de una epidemia que nunca se produjo. Peter H. Duesberg, miembro de la Academia de Ciencias USA y reputado virólogo, resume así lo sucedido en su "Inventing the AIDS virus" (prologado, por cierto, por nuestro viejo conocido Kary Mullis):

El programa de la gripe porcina, por otro lado, colapsó y no pudo salvarse.

Millones de personas recibieron la vacuna, empezando en octubre, aunque a muchos no se les advirtió de los posibles efectos secundarios.

Pronto, comenzaron a llegar informes sobre cientos de casos de parálisis, terminando en 600 casos y 74 muertes.

Al final, los efectos secundarios de la vacuna no pudieron esconderse más, costando al jefe del CDC -David Spencer- su puesto.

Irónicamente la epidemia de gripe porcina jamás se materializó. Sólo el programa de inmunización del CDC causó enfermedad y muerte.


El refranero castellano recoge el dicho "Peor el remedio que la enfermedad". Sería aplicable al caso si no fuera porque el veneno inyectado a la cuarta parte de la población estadounidense no remediaba otra cosa que el balance de cuentas deficitario por el que pudiera estar pasando los laboratorios Sharp & Dohme (Merck & Co.), Merrell, Wyeth y Parke-Davis, que no solo obtuvieron del gobierno del presidente Gerald Ford la garantía de obtener ganacias, sino también la inmunidad frente a posibles demandas por efectos adversos (¿les suena?).

El pasado enero la farmacéutica Merck se apeaba de la carrera por conseguir una vacuna contra el Covid, anunciando que la respuesta inmunitaria natural del organismo es preferible a la conseguida mediante fármacos. Sea este anuncio una muestra de honestidad o de cinismo, al haber constatado que otros laboratorios copaban ya la oferta, no está mal que sea una voz del Big Pharma la que proclame lo que la oposición a todo este circo-Covid (gracias, Victoria Abril) venimos repitiendo desde hace un año: la naturaleza es más sabia -y menos avara- que los mercaderes de la salud.


Imagen propagandística del presidente Ford inmunizándose (o eso debemos
pensar) contra una plaga inexistente

(posesodegerasa)

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