viernes, 5 de febrero de 2021

EL NIÑO BURLADO



Es frecuente que los niños tontos (yo fui uno de ellos) experimenten el sufrimiento de ser humillados por sus compañeros de escuela. Por ciertos compañeros de escuela: los burlones.

Lo curioso es que también es muy frecuente que hacia la adolescencia, éstos que supieron ser los niños tontos, quieran sin embargo estrechar amistad con esos mismos que abusaron de ellos.

El síndrome de Estocolmo es la identificación del agredido con el agresor. La víctima encubre al victimario e incluso puede llegar a defenderle (mintiendo) ante la justicia. En los casos más severos se ha dado que muchos secuestrados llegaron a ayudar a sus captores a escapar de la policía.


Pero el ejemplo del niño tonto nos será suficiente.

¿Podría ser que como sociedad nos está pasando precisamente eso?

Veamos.

Hay un par de quejas clásicas que el hombre común, el de todo tiempo y lugar, siempre ha hecho a viva voz y sin el menor pudor, sin el menor complejo de persecución.

El hombre siempre se quejó de dos cosas: la fortuna de los ricos y la corrupción de los políticos. Éstas eran verdades absolutas y perennes y parecía existir un consenso mundial a este respecto.

Los ricos, había dicho siempre el hombre común, son unos desalmados ambiciosos que no piensan jamás en el resto y que, siguiendo aquello de "detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen", han amasado sus enormes montañas de oro mediante latrocinio, estafando, robando y, si las circunstancias lo ameritaban, asesinando gente. Si de pronto surgía una fortuna honesta como la de un Henry Ford, pues no era más que la excepción que venía a confirmar la regla.

Los políticos, por su parte, habían sido siempre para el hombre común un repugnante conglomerado de ratas mentirosas y ladronas.

Y el hombre común siempre supo, o intuyó al menos, que estas dos faunas, los ricos y los políticos, solían entablar excelentes relaciones asociándose en muy buenos (buenos para ellos) negociados, mientras se burlaban de la miseria del pueblo. Una burla que incluso llegaba a ser morbosa. Y es que el hombre común también se quejó siempre del poco valor que la vida humana tiene para ricos y políticos.

En efecto, el hombre común siempre vio salir el humo de las fábricas y vio como los ríos se iban contaminando con los residuos de esas fábricas. Vio cómo se fumigaban los campos y cómo los alimentos que compraba contenían demasiados químicos. Vio cómo su ciudad se iba llenando de sospechosas antenas. Vio cómo los gobiernos permitían la minería a cielo abierto, el desmonte, las aguas termales y todo tipo de prácticas siniestras.

Al ver cómo cada vez más gente se moría, de cáncer o de lo que fuere, el hombre común siempre sospechó que todo aquello estaba relacionado. Que el ambiente era en realidad hostil para la salud, pero que una inescrupulosa búsqueda de dinero permitía que todo eso tuviera lugar.

Y así como el niño tonto llega a su casa a llorarle a su madre sus sufrimientos de escuela, así también el hombre común acusaba en voz bien alta hacia todas partes a los responsables de su situación.

El hombre común hablaba de "esa gente" ...

En su casa, en su trabajo, en el almacén, en el bar, en cada instancia de su vida cotidiana, el hombre común sabía perfectamente que "esa gente" jugaba con la vida de los pueblos mereciendo la cárcel, cuando no la muerte.

Antes del coronavirus "esa gente" eran los ricos y los políticos.

De pronto irrumpe el coronavirus y este mismo hombre común cambia de parecer. Y los ricos y los políticos se vuelven gente decente. De pronto el hombre de todo tiempo y lugar se olvida de sus quejas históricas y, en una pérdida repentina del sentido común, cree todo lo que los ricos y los políticos le dicen desde los televisores. Cree que los ricos y los políticos son sus nuevos amigos ...

Y es así que vemos al hombre común creer que en verdad hay un virus y hay una pandemia. Creer que hay unos muertos y unas proyecciones. Creer que hay unos protocolos para poder salvar a los pueblos de una enfermedad que, según creyó cuando se lo dijeron, es mortal.

Vemos al hombre común creer que los ricos y los políticos están muy preocupados por la vida humana. Tan preocupados que obligan a todos los hombres comunes a encerrarse. Tan preocupados que las fronteras se cierran. Tan preocupados que la misma economía se detiene. Tan preocupados que se planean campañas de vacunación mundial y obligatoria.

Y el hombre común acepta todo esto sin cuestionar nada. La misma gente que siempre odió y de la que siempre desconfió a viva voz es la misma gente en la que ahora cree y a la que obedece ciegamente.

Las preguntas que siguen son inevitables:

¿Dónde fueron a parar aquellas eternas acusaciones de mentiras, robos y asesinatos que siempre habían recaído sobre ricos y políticos?

¿Es que ya no estafan los ricos?

¿Es que ya no mienten los políticos?

¿Es que ya dejaron ricos y políticos de ser socios?

La plandemia trajo consigo esta extraña y patológica revindicación histórica de la clase dirigente.

Porque hoy, después del coronavirus, vemos que la población se ampara felíz bajo las decisiones que "esa gente" toma respecto a lo que es mejor para salud y la vida de los pueblos.

Increíblemente hoy ya no mienten los presidentes, ya no son corruptos los diputados ni son injustos los jueces. De pronto hoy ya no hay conspiración y la masonería se reúne como siempre a puertas cerradas y en secreto. Sí, pero no ya para planear un gobierno mundial y esclavizarnos como hormigas, sino para regalarnos la libertad, la felicidad y ahora la salud.

Hacia la adolescencia, suele suceder que el niño tonto, ése que fue humillado por sus compañeros de escuela, luche por ganarse la amistad de éstos y hasta puede que llegue a convertirse en mejor amigo. Pero he aquí que esto sólo sucede si se cumple una condición: que el niño tonto tenga dinero.

Nuestro niño tonto se ha hecho adolescente. Un adolescente que aún no ha dejado de ser del todo tonto. Y lo que ese adolescente aún tonto no considera jamás es que esos nuevos "amigos" de los que ahora presume, esos "amigos" que con palmadas en la espalda le hacen creer que ha dejado de ser tonto, esos "amigos" cobran un precio muy caro por brindar su "amistad". Esos nuevos "amigos" sólo estarán junto a él para sacarle provecho.


Esos "amigos" no se ganan, se compran.

Esos "amigos" jamás dejaron de burlarse.

Los burlones nunca se juntan con los tontos.

Nereo Raul Ortiz Roston

2 comentarios:

  1. Todos hemos conocido y hemos hecho padecer el quitar el bocadillo al "bueno" de Pablito, había rima por aquel entonces, tienen siempre solo dos opciones, creces y te "espabilas" o creces y eres masa borrega, me cuesta reconocer a muchos que ahora tragan con sapos con las mismas ganas que se hubieran comido el bocadillo si no se lo hubieran quitado de niño, será el hambre, será la ignorancia, el miedo a perder lo que le han dado y él o ellos se creen que se lo han "ganado", si no saben que las cosas les poseen y que no son dueño de nada, pues normal que estamos como estamos, el día que se den cuenta que las cosas no son suyas, ese día dejarán de ser victimas y podrán ser sus propios dueños, pero esos días viendo como va todo es muy lejano, un sueño, dicen que nunca hay que dejar de soñar, eso es lo malo, que solo sueñan mientras el poder sigue a sus anchas y avanzando, sabes o algunos sabemos que solo ha hecho que empezar, lo que viene no es nada bueno, para los tontos, "esa gente" tiene las ideas y los propósitos muy claros, siempre lo han tenido, ¿Por qué iba a ser diferente ahora? O ¿Este siglo?, pero lo vamos a sufrir todos, incluso lo que llevamos años detrás del velo de Isis.

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  2. Para idiotas e ignorantes que se creen que lo males de todo es el sueldo de Messi...
    https://www.youtube.com/watch?v=QKtHEcuUH9M
    Que nos distraen como a tontos, ya no somos borregos, sois tontos... y no hay más, al final van a poner muros en nuestras fronteras pero no para que no entren, sino para que no salgamos... españistan, y los contagiados a votar y yo sin poder ver a mi familias... esto no va a acabar bien.

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