viernes, 6 de diciembre de 2019

EL VIRUS DEL FEMINISMO ENGENDRA MONSTRUOS



En un mundo imaginario, una epidemia que convierte a los hombres en bestias ha aniquilado a la humanidad. Sólo queda un ser humano sin infectar: Robert Neville, que aprovecha el día para aprovisionarse (el sol resulta letal para las bestias), mientras que por las noches permanece oculto. 

Este es el argumento de la novela Soy leyenda (I Am Legend), de Richard Matheson (Nueva Jersey, 1926 - California, 2013), publicada por primera vez en 1954. Y que es en realidad una puesta al día del mito vampírico, añadiendo una interesante simbología: la desesperada lucha del individuo contra la masa.


Matheson enfrenta la racionalidad, encarnada en el personaje del solitario Neville, al gregarismo de la masa. Y plantea una cuestión inquietante: ¿qué es lo “normal” y qué lo “anormal” en una sociedad que se ha vuelto del revés? Porque, en el mundo que emerge después de la pandemia, Neville se ha vuelto la excepción, “lo anormal”, mientras que los seres a los que la enfermedad ha infectado se han constituido en la nueva mayoría, es decir, representan “lo normal”.

Sirva la simbología de esta novela (en realidad, cuento largo) para denunciar las enormes dificultades que la persona ha de enfrentar para no sucumbir ante la masa. Buen ejemplo de este problema es la celebración del Día internacional de la mujer, que tiene lugar el 8 de marzo de cada año. Un acontecimiento que comenzó el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Suiza, Austria y Dinamarca. Y que más tarde, en 1977, la Asamblea General de las Naciones Unidas, ese paraíso burocrático donde participan los regímenes totalitarios en igualdad con los democráticos, extendió a numerosos países. 


Desde luego, no hay nada que objetar a la celebración del Día internacional de la mujer. Concienciar sobre lo injusta que es la discriminación es un propósito loable. Aunque también debería serlo poner de relieve los grandes avances que las sociedades desarrolladas han logrado en esta materia.

Sin embargo, cuando la prevista celebración se convierte en una admonición denigrante que deforma la realidad y exige dosis letales de discriminación positiva, ya no debería parecernos tan loable … salvo que estemos infectados por el extraño virus del cuento de Matheson.


Construyendo una ficción

En realidad, la huelga feminista del 8M fue en gran medida un artefacto mediático, un grotesco agitprop destinado a proyectar una imagen de la sociedad tan terrible como falsa.

No fue un suceso espontáneo. Hubo grupos de presión, un guion, unas consignas y unos tiempos pautados. Días antes desde los medios de información se realizó un bombardeo preventivo (lo que en argot militar se llama “ablandar al enemigo”). Políticos, periodistas y otros personajes recitaron consignas, datos y presuntas evidencias del grave problema que nos asuela.

Después, se añadieron a la agitación unas redes sociales tomadas por grupos organizados e “influencers” que generaron una tormenta de agravios y reproches de la que solo era posible escapar desconectándose de Internet.

Finalmente, se movilizó en la calle unas decenas de miles de personas para componer encuadres e imágenes efectistas que, difundidas sin descanso, generaron la ilusión de que el consenso era total: nuestra sociedad estaba enferma de machismo.

De pronto, hombres y mujeres eran adversarios que debían mirarse con recelo, ya fuera en la cama, en la calle o en el trabajo. Los hombres ya no actuaban de una manera u otra según el carácter de cada sujeto, sino porque eran hombres. Y las mujeres debían espabilar y actuar como una sola, porque eran mujeres.

Ningún defecto o virtud, éxito o fracaso, afinidad o desavenencia, conciliación o conflicto era achacable a las particularidades de las personas y a la complejidad de sus relaciones. Amor, sexo, trabajo, dinero, reconocimiento … todo estaba sujeto a imposiciones y abusos donde ser hombre o mujer era la clave.

Empujados por la fuerza irresistible de los grupos de presión y de la corrección política, las televisiones, los diarios y las redes sociales clamaron como una sola voz, exigiendo darle la vuelta a una sistema “estructuralmente opresivo”. Y los ideólogos propusieron la cura: tomar al salto todos los espacios, públicos y privados, para imponer la paridad.

La composición de los consejos de las empresas debían repartirse de forma equitativa entre hombres y mujeres; los partidos políticos que no tenían suficientes féminas en sus ejecutivas, debían emprender acciones urgentes para subsanar la “anomalía”; los gobiernos, lo mismo; la brecha salarial –¡ay, ese ser mitológico que pese a décadas de planificación es más difícil de matar que a un vampiro!– exigía una solución radical y todo lo expeditiva que fuera preciso; la violencia de género debía combatirse con más leyes, con más medidas y, sobre todo, con más dinero público: para abrir boca, 1.000 millones de euros adicionales procedentes del pacto de Estado contra la violencia de género.


Todas estas demandas se integraron en una corriente de opinión que, según decían, era abrumadoramente mayoritaria y no dejaba resquicio para la reflexión; si acaso para algún gesto de perplejidad por encima del que el rebaño, azuzado por los pastores, pasaba indiferente, balando sus consignas.

La imposición de la “proporcionalidad de grupo”

La división de la sociedad en grupos predefinidos hunde sus raíces en el pensamiento hegeliano, y se ha asociado indirectamente a Antonio Gramsci (1891-1937) y también a la Escuela de Frankfurt. La idea es proyectar la imagen de una sociedad dividida entre “grupos opresores” y “grupos víctimas” o “grupos fuertes” y “grupos débiles”.

Una vez se instaura la creencia de que, en efecto, existen “grupos opresores” cuyo poder se sustenta en una discriminación estructural, lo siguiente es imponer la equidad o justicia social; esto es, adjudicar a la Administración la legitimidad moral para combatir con todos los medios la subrepresentación de los grupos débiles.

Así, si las mujeres suponen el 52% del censo, los miembros de los consejos de las empresas, de los partidos políticos, de las instituciones o de cualquier gremio han de ser mujeres en un 52%.

Este principio de equidad se sustancia en la “proporcionalidad de grupo”, que lleva tiempo ganando terreno y va camino de generalizarse en las sociedades occidentales.

Como ejemplo de esta larga deriva, ya en 1998, en el US Park Service de los Estados Unidos se alarmaron porque el 85% de los visitantes a los parques nacionales eran de raza blanca, aunque los blancos constituían solo el 74% de la población total. El Servicio de Parques anunció que trabajaría para resolver el “problema”.

Lamentablemente, igual que sucede con la escurridiza brecha salarial, a fecha de hoy el US Park Service no ha logrado la paridad; sigue habiendo proporcionalmente bastantes más visitantes blancos que negros.

Pero que se consiga o no la paridad es lo de menos. En realidad, es un pretexto para ampliar la jurisdicción de la Administración, su capacidad de drenar recursos y repartirlos discrecionalmente.

La quiebra de la democracia liberal

Antes, en las democracias liberales, el ciudadano entendido como individuo debía ser la unidad de medida fundamental. Éste, de forma voluntaria, se constituiría en grupos, conformaría las mayorías y dotaría a la sociedad de un marco constitucional compartido.

Sin embargo, aunque todavía sigamos ejerciendo nuestro derecho al voto, ya no sucede así. No formamos grupos de forma voluntaria, sino que estamos siendo adscritos forzosamente a colectivos según características propias que no podemos elegir, como el sexo, la raza, el origen.

Las leyes ya no salvaguardan al individuo sino a los grupos predeterminados. Pero no a todos los grupos sino solo a los grupos supuestamente débiles. Esto implica la quiebra de la igualdad ante la ley, uno de los principios nucleares de la democracia liberal.

Con todo, lo más grave de artificios como el 8M, cuyos fines no son tanto abogar por la no discriminación como imponer determinadas políticas que benefician a unos pocos, es que no liberan a las personas de supuestas opresiones, muy al contrario, las condenan a la opresión de por vida al enclavarlas en grupos predeterminados.

La discriminación es algo indeseable, pero combatirla con iniciativas que nos atan a características que no podemos elegir, como el sexo, no nos hará más libres, mucho menos más felices, sino más dependientes de una Administración dominada por ciertos grupos de interés.

Quizá, de seguir así, algún siglo venidero tengamos todos los mismos ingresos (si acaso, bastante miserables) y tal vez estemos representados de forma escrupulosamente proporcional, pero es de temer que, como suele suceder, al final serán solo unos pocos los que mejoren sus expectativas.

De lo que no hay duda es que ni hombres ni mujeres seremos más libres, sino más bien al revés. Un día, igual que Robert Neville, amaneceremos en una sociedad que se ha dado la vuelta por completo. Y descubriremos que una persona, por sí misma, sea hombre o mujer, ya no vale nada. La libertad será leyenda.

Javier Benegas
(Visto en https://disidentia.com/)

2 comentarios:

  1. Pero si las feministas influyentes son hombres trans, yo me estoy volviendo loca en esta pesadilla de mundo, está todo al revés. Y qué pocos lo ven

    ResponderEliminar
  2. Si pocos lo ven es que somos así. Antes suponia que eran performances con actores de cuarta fila "verificados" por los medios de propaganda... pero ya la religión nos explicó lo de la torre de Babel.

    ResponderEliminar