sábado, 17 de agosto de 2019

"ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD", LA NOSTALGIA DE LO QUE NUNCA FUE




Hay dos maneras de pensar en qué mundo le gustaría a uno vivir. Una es volver la mirada atrás y anclarse en un momento del pasado en que las cosas fueron como (creemos que) tenían que ser. La otra consiste en proyectarse a un mundo de fantasía, valores y belleza que trasciende la fealdad, lo ramplón y lo limitado del mundo que conocemos.

Nostalgia o evasión, en definitiva.

Solo que ciertos creadores son capaces de sintetizar lo mejor de ambas posibilidades y transfigurar el pasado, ofreciendonos una versión del mismo asumidamente irreal, pero más acorde con nuestros deseos de plenitud, salvación y sentido.

Hoy, crítica de cine (casi) sin spoilers. 
Como decía el editor del "Shimbone Star" en el "western" crepuscular por antonomasia -"El hombre que mató a Liberty Valance", de (como no podía ser de otra manera) John Ford-, “Esto es el Oeste, Señor. Cuando la leyenda contradice los hechos, se imprime la leyenda”.

Afirmar "Esto es el Oeste" pasados los tiempos heroicos y rudos de la colonización solo puede significar situarnos en el Hollywood que durante más de un siglo ha perpetuado la memoria de aquellos tiempos, generando en el proceso la más poderosa maquinaria de crear mitos que haya conocido la humanidad desde los tiempos de los antiguos griegos.

A ese espacio más icónico que real, donde el bien y el mal parecían estar perfectamente definidos, el héroe triunfaba y el amor, la verdad y la justicia no eran objeto de discusión nos lleva el último film de Quentin Tarantino, el "enfant terrible" de un cine post-moderno -si es que no "post-contemporáneo"- al que se le pueden poner muchos "peros", aunque nunca el de ser aburrido. Tal acusación dirigida contra este nuevo divertimento del de Knoxville demuestra una ligereza lamentable. Las dos horas y cuarenta y cinco minutos de su nueva entrega se pasan en un suspiro, y una vez más el cinéfago irredento juega con nuestras expectativas de un modo que solo los maestros como Buster Keaton o Alfred Hitchcock sabían hacer.

Explicar cómo procede Tarantino a redimir la prosaica realidad mediante la más gozosa fabulación es algo que no puede concretarse sin incurrir en el más abyecto "spoiler". Por ello, me limito a alinear "Érase una vez en Hollywood" con obras como "Madregilda", de Francisco Regueiro (1993), que se permitía matar a Franco en la postguerra civil inmediata abriendo una ucronía sin duda más deseable que los grises tiempos que tocó vivir a España (por no hablar del final anticipado de Adolf Hitler que el propio Tarantino nos regala en "Malditos bastardos", puesto a corregir el lamentablemente prosaico rumbo de la historia oficial).

Decida el espectador si la Sharon Tate de Tarantino
es autocomplaciente, adorable, tonta, infantil, su-
blime ... o todo ello a la vez.
El gozoso juguete del creador de "Pulp fiction" nos lleva a ese terreno del "y si ...", poniendo en el sangriento camino de la familia Manson a una pareja de dignos perdedores -y un pit bull al que echar de comer aparte, literalmente- que sobreviven merced a su voluntad de no abandonarse a lo fácil: asumir la decadencia, en el caso del actor venido a menos Rick Dalton (Leonardo di Caprio) o desistir en la fidelidad a su amigo y socio en el caso del especialista Cliff Booth (Brad Pitt en el que tal vez sea su mejor papel en la pantalla, pese a su narcisista propensión a exhibir abdominales).

A ambos les otorga el guión del propio director dos secuencias antológicas: el empeño -exitoso- de Rick en dar la talla en un papel antagonista para no decepcionar a una niña pedante y entrañable (Julia Butters) y el encontronazo de Cliff con la comuna de Charles Manson ejerciendo de "okupas" en el rancho de un viejo amigo (Bruce Dern), del que decide no apartarse hasta saber que se encuentra -más o menos- bien, pese a que los siniestros "hippies" parecen ir cerrando una siniestra trampa en torno a él, en una escena que es toda una lección de cómo graduar el suspense.

En el ampuloso fresco del Hollywood de 1969 que dibuja el director no faltan comparsas como Steve McQueen, Roman Polanski, Charles Manson, Sam Wanamaker, Michelle Phillips, (Mama) Cash Elliot, etc., encarnados por actores cuya similitud con los interpretados llega a ser sorprendente (¡bien por el departamento de casting!). Mención aparte merece la Sharon Tate que encarna la siempre fascinante Margot Robbie, y a la que se retrata como una niña grande, feliz e ingenua -y un tanto ensimismada- que, desde luego, merecía mejor suerte que el trágico final que tuvo aquel 8 de agosto de 1969 en el mundo que hemos consensuado en llamar real, y que, desde luego, no es por el que nos lleva a transitar un Tarantino que nunca había sido tan comedido como en este filme lleno de momentos amables, luminosos y vitales.

"Glamour" y superficialidad con fundamento ... que no esta-
mos en el culpabilizado universo de Ingmar Bergman
Desde luego, no faltan ni las referencias al universo "pop", que llegan a abrumar por pura acumulación, ni alguno de los momentos de desmadre marca de la casa que resultan tan sutiles como encender un cigarrillo con un lanzallamas, pero que si no estuvieran ahí sin duda echaríamos en falta.

Podemos ofendernos por ver a Bruce Lee (Mike Moh) rebajado a arrogante macarra-que, además, recibe su merecido-, rechazar que el segundo mejor director de "spaghetti westerns" (ni se nombra al primero, ni falta que hace, habida cuenta del título del film) sea Sergio Corbucchi, olvidándonos de su tocayo Sollima, o abominar de la inclusión en la banda sonora de la versión que hizo José Feliciano de un "California Dreamin" cuyo original es manifiestamente insuperable, pero una vez más el gran prestidigitador que ha crecido devorando cine sabe como no dejarnos indiferentes.

En resumidas cuentas, el hábil "quentista" del que nos sentimos cómplices desde hace ya un buen puñado de años nos ofrece un entretenimiento soberbio en el que nos invita, además, a reflexionar sobre la dignidad, la decadencia y la profesionalidad, y lo hace con un oficio, ligereza y ausencia de solemnidad absolutamente agradecibles.

Sería una lástima que cumpliera su palabra -rodar solo diez largometrajes, cuenta en la que éste ocupa la novena posición- y asumiera voluntariamente el convertirse en una vieja gloria, justo lo que el sensible e inseguro Rick Dalton -un protagonista de lágrima fácil- rechaza visceralmente.

Presentación en Cannes con la paradójica ausencia del can que resuelve la se-
cuencia final, y que merecería un premio a su interpretación.

Nos ha mentido ya, y casi siempre a lo grande, en nueve ocasiones previas, así que este bloguero prefiere confiar en que lo vuelva a hacer muchas más.

Y lo prodigioso sería hacerlo mejor aún que en esta ocasión.

(posesodegerasa)

El héroe fuera de época y su fiel escudero, un arquetipo decididamente cervantino

PD.: Preguntas capciosas:

- ¿Qué pinta en el trailer de Columbia un plano de Charles Manson sonriendo que luego no aparece en la película?
- ¿Es Samuel L. Jackson el tipo mal encarado que aparece como figurante en la escena del "saloon"?
- ¿Qué ha sido del personaje interpretado por Tim Roth, que aparece en los créditos finales pero no en el montaje estrenado en cines?
- ¿Por qué Carlos Boyero es el único crítico que puso a parir esta película en Cannes?
- Se habla de que Cliff mató a su mujer de un modo que adivinamos truculento, pero que un inesperadamente comedido Tarantino renuncia a mostrar visualmente, aunque sí aparece lo que podría ser el preludio de dicha muerte, ¿hemos de suponer que la señora Booth sufre lo que podríamos llamar un "Marvin", al estilo de la absurda muerte accidental que le ocurre a dicho personaje en "Pulp Fiction"?

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