domingo, 17 de junio de 2018

EL EXPERIMENTO ROSENHAN



Muchas de las patologías psiquiátricas son tan inexistentes como ineficaces los tratamientos que se dan a los desdichados a quienes se etiqueta con ellas. De hecho, esto es algo que saben tanto los psiquiatras como las autoridades sanitarias que aun así mantienen la farsa, al menos desde que hace 49 años un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford (EE.UU.) llamado David Rosenhan decidió demostrarlo acudiendo él mismo junto con otros siete colegas sanos a varias instituciones mentales diciendo que sufrían lo que los psiquiatras llaman "alucinaciones acústicas".

Pues bien, a siete se les diagnosticó esquizofrenia y a uno psicosis maniaco-depresiva, y cuando confesaron que todo era una simulación nadie les hizo caso. Se les retuvo una media de 19 días -a Rosenhan 52- y solo les dejaron salir tras admitir que entraron enfermos y la medicación -que no tomaron- les había mejorado. El caso se publicaría en "Science".


En 1963 se estrenó en Estados Unidos una película titulada Corredor sin retorno en la que un ambicioso periodista, Johnny Barrett, obsesionado por ganar el Premio Pulitzer, decide ingresar en un psiquiátrico haciéndose pasar por loco e investigar así un asesinato cometido en el centro, solo que una vez en su interior va poco a poco perdiendo el sentido de la realidad.



Influyera o no en él la película, un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford llamado David L. Rosenhan –fallecido en 2012 a los 82 años- decidió en 1969 probar que los diagnósticos psiquiátricos no tienen base, y que la diferencia entre gente normal y gente mentalmente enferma no es tan evidente como quieren hacernos creer los psiquiatras. Y para demostrarlo él mismo y siete colaboradores -dos psicólogos, un psiquiatra, un pediatra, un pintor, una ama de casa y un estudiante de Psicología de 20 años- acudieron a distintos psiquiátricos de Estados Unidos con nombres falsos –en el caso del propio Rosenhan solo el director del centro donde ingresó conocía su identidad- alegando simplemente que escuchaban voces extrañas en sus cabezas; es decir, que tenían “alucinaciones auditivas”.

Todos ellos fueron considerados personas mentalmente enfermas e internados.

Una vez dentro y tras un breve período de nerviosismo y ansiedad -comprensible dado el entorno- los falsos enfermos se comportaron ya con absoluta normalidad -sin volver a decir que oían voces- hablando e interaccionando con el personal sanitario y los demás pacientes y cumpliendo todas las instrucciones ... salvo la de tomarse los fármacos, que arrojaron al retrete. Hasta se permitieron tomar notas escritas a diario sobre sus experiencias.

Al cabo de un tiempo todos comunicaron a los responsables de sus establecimientos que se encontraban bien, no habían sufrido más alucinaciones y querían el alta pero no fueron creídos y tuvieron que permanecer recluidos una media de 19 días (Rosenhan 52). Y eso que Rosenhan les dejó claro que deberían salir del centro en el que se internaran convenciendo a sus médicos -y demás personal- de que estaban cuerdos.

¿Y qué pasó? Rosenhan lo cuenta así en el artículo On being sane in insane places (Estar sano en lugares insanos) que publicó en 1973 en Science sobre ello: “A pesar de nuestra pública muestra de cordura los falsos enfermos no fuimos detectados. Se nos admitió con diagnóstico de esquizofrenia -salvo a uno al que se diagnosticó psicosis maniaco-depresiva- y se nos dio el alta como pacientes de ‘esquizofrenia en remisión’.

Y la etiqueta ‘en remisión’ no debe considerarse una mera formalidad porque en ningún momento de la hospitalización se planteó una posible simulación. Tampoco hay indicación alguna en los registros de los hospitales de que se sospechara de falsos enfermos. Antes bien, hay claras evidencias de que una vez considerados esquizofrénicos todos los falsos enfermos quedamos con esa etiqueta. De ahí que a todos se nos diera de alta como esquizofrénicos ‘en remisión’; a juicio de esas instituciones habíamos estado pues realmente enfermos”.

Lo llamativo, según Rosenhan, es que mientras ningún miembro del personal se dio cuenta de la farsa hubo pacientes que sí se percataron preguntándoles si eran periodistas, profesores o investigadores. Algo que atribuye al hecho de que los médicos asumen mejor diagnosticar erróneamente como enfermo a alguien sano que diagnosticar como sano a alguien enfermo. Actitud que a su juicio no es aplicable al caso de los psiquiatras porque –explica- “las enfermedades médicas, aunque desafortunadas, no son normalmente peyorativas; en cambio los diagnósticos psiquiátricos conllevan estigmas personales, legales y sociales”.

Como era de esperar la publicación del trabajo suscitó una airada reacción de rechazo -incluso por colegas de Rosenhan- alegándose que el experimento adolecía de errores, actitud defensiva ante la que éste respondió anunciando que en los siguientes tres meses iba a efectuar un segundo experimento “colando” uno o más falsos enfermos ” en un hospital de investigación y enseñanza cuyo personal había puesto públicamente en duda que ellos hubieran cometido tal error si se les hubiera elegido. Advertencia ante la que el hospital se puso en guardia pidiendo a su personal que valorara en admisiones a cada enfermo de 1 a 10 dando su parecer sobre si se trataba o no de un caso real.

Transcurridos los tres meses se constató que de los 193 enfermos admitidos 41 fueron calificados de posibles falsos casos por al menos un miembro del personal, a 23 los consideró sospechosos al menos un psiquiatra y a 19 les parecieron sospechosos a un psiquiatra y a otro miembro del personal. ¿La verdad? Rosenhan no intentó colar a nadie como había dicho ... y demostró que la fiabilidad de los diagnósticos es más que discutible.

“Basándonos parcialmente no sólo en consideraciones teóricas y antropológicas sino también filosóficas, legales y terapéuticas -diría en uno de sus artículos- toma fuerza la postura de que la categorización psicológica de la enfermedad mental es en el mejor de los casos inútil y claramente perjudicial, engañosa y peyorativa en el peor. Los diagnósticos psiquiátricos están en la mente de los observadores; no son resúmenes válidos de las características que muestra el observado”.

Terminamos indicando que Rosenhan fue pionero en la aplicación de métodos psicológicos en los procesos judiciales siendo hoy sus trabajos fundamentales en los modernos procesos de selección de los jurados populares.

Rosenhan, al analizar luego lo acaecido, destacaría la fuerza que tiene el “etiquetado” de una evaluación psiquiátrica, hasta qué punto influye el hecho de que a alguien se le asigne una determinada “enfermedad” mental:

“Una vez se considera ‘anormal’ a una persona todos sus comportamientos y características quedan teñidos por esa etiqueta. Es tan poderosa que muchos de los comportamientos normales de los falsos enfermos fueron profundamente malinterpretados (…) Por lo que he podido determinar los diagnósticos no los modelaron las circunstancias vitales de los falsos enfermos; fue más bien a la inversa: sus circunstancias se valoraron en función del diagnóstico”.

Rosenhan aporta varios ejemplos de cómo hasta el historial de los pacientes anterior a su ingreso se contempló y redactó luego desde la perspectiva del nuevo diagnóstico considerando circunstancias normales y habituales de la vida -como discusiones o malas relaciones familiares- señales inequívocas del trastorno mental diagnosticado. Aunque éste fuera inexistente.

“Una etiqueta psiquiátrica -explica Rosenhan- tiene vida e influencia propias. Una vez se tiene la impresión de que un paciente es esquizofrénico la expectativa es que seguirá siendo esquizofrénico. Considerándose si éste no hace nada extraño durante suficiente tiempo que está en remisión y puede dársele el alta. Pero la etiqueta perdura más allá del alta y quedará siempre la expectativa no confirmada de que antes o después se comportará nuevamente como esquizofrénico. Y esas etiquetas puestas por los profesionales de la salud mental influyen tanto en el paciente como en sus parientes y amigos por lo que a nadie debería sorprender que el diagnóstico actúe sobre todos ellos como una profecía autocumplida. Hasta que finalmente el propio paciente acepta el diagnóstico, con todos sus significados y expectativas sobreañadidas, y se comporta en consecuencia”.


En pocas palabras, comportamientos habituales de los seres humanos pasan a considerarse patológicos si quien los tiene es alguien a quien un psiquiatra ha etiquetado -aunque su diagnóstico sea erróneo o falso- como afecto de una enfermedad mental psiquiátrica.

Rosenhan lo explica:

“Los cuerdos no estamos siempre ‘sanos’. Todos perdemos los estribos sin buenas razones. Todos sufrimos en ocasiones depresión o ansiedad sin causas justificadas. Y todos podemos tener dificultades para llevarnos bien con unas u otras personas sin razones concretas. Y tampoco los locos están siempre ‘locos’. Y del mismo modo que carece de sentido etiquetarnos de deprimidos porque lo estamos de vez en cuando se precisan más y mejores evidencias para etiquetar de esquizofrénico o loco a alguien solo porque sus comportamientos y pensamientos son extraños”.

Lo increíble es que medio siglo después de las lúcidas denuncias de Rosenhan la Psiquiatría sigue sin hacer autocrítica; y eso que sus advertencias estaban bien fundamentadas:

“Sabemos desde hace mucho que los diagnósticos no son útiles ni fiables pero continuamos usándolos. Hoy sabemos que no podemos distinguir la cordura de la locura. Y es deprimente tener en cuenta cómo se utilizará además esa información. No, no es solo deprimente: es aterrador. Me pregunto cuántas personas sanas habrá internadas en nuestras instituciones psiquiátricas y a cuántas se les habrá despojado injusta e innecesariamente de sus privilegios ciudadanos, desde el derecho al voto hasta el de manejar sus propias cuentas (…) Un error en el diagnóstico psiquiátrico no tiene las mismas consecuencias de un error de diagnóstico médico. Un diagnóstico equivocado de cáncer es motivo de celebración pero es muy raro que se acepten diagnósticos psiquiátricos equivocados. La etiqueta psiquiátrica de anormalidad es para siempre”.

Francisco Sanmartín
(Artículo completo en: https://www.dsalud.com/)

1 comentario:

  1. "no podemos distinguir la cordura de la locura"
    Si que podemos... los internos los diferenciaban.
    En el chiste cuando el loco dice "estamos aqui por locos, no por tontos" se refería a los locos.

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