domingo, 29 de mayo de 2016

LA ENORME PATRAÑA DEL 11-M (2ª PARTE)



LA MANIPULACIÓN DE LAS TARJETAS

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante. Pero necesitaban pruebas que les encaminaran rápidamente a ellos. Decidieron que lo más práctico era una tarjeta de teléfono con un móvil como iniciador de las bombas (los locutorios de los musulmanes de Lavapiés las vendían). El policía municipal Jacobo Barredo había declarado a la prensa que una de las bombas que los Tedax neutralizaron tenía una especie de gran teléfono con unos cables.

Tuvieron horas para preparar uno y para enterarse de los lotes de tarjetas que llevarían más tarde a Lavapiés. El aparato telefónico lo apañarían de la misma manera, con cualquier bazar de indios que los vendiera. No llevaban control alguno de las numeraciones. Sería sencillo presionarles para que reinventaran los libros contables. ¿Se acuerdan del juez Bermúdez y aquella teatralización pública durante el juicio en la que él mismo puso en evidencia que aquellas numeraciones de Imeis estaban fabricadas mucho después de la venta de los terminales?

No hay nada más manipulable que las tarjetas telefónicas. Con el material y los conocimientos adecuados se pueden clonar, cambiar, falsificar, redirigir y suprimir llamadas o reconvertir unas en otras. En ningún país serio se considera como prueba, más allá de puros indicios, nada de lo relacionado con las llamadas telefónicas. La posible manipulación invalida cualquier conclusión.

Por eso la subinspectora de la UCII, la unidad anti ETA, que llamó a la puerta del piso de Leganés y que desencadenó los acontecimientos de aquella tarde infernal del 3 de abril de 2004 -la misma a la que luego hicieron pasar a segunda actividad- le confesó a un colega: "No tenemos nada contra ellos. Solo cruces de llamadas y eso sabes que es como no tener nada".

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro para poder colocarla, marcada, en los depósitos de los terroristas.

Antonio Toro
Esa pantalla había funcionado por la simplicidad del ex minero Trashorras, manejado por el inspector de policía de Avilés Manuel García Rodríguez Manolón. Un veterano de Información de Madrid menos fuerte de lo que él mismo creía y al que han tenido que sostener para que no terminara contando todo lo que sabe. La llegada del nuevo Jefe Superior de Policía a Asturias, Arujo, ex cuñado de Manolón y antiguo responsable de la comisaría de Gijón, consolidó ese flanco.

A Trashorras siempre lo utilizaron como a un tonto útil. Nunca supo que lo usaban desde mucho antes del 11-M.

La dinamita que vendía Toro, según testigos que detallaremos, venía directamente de fábrica. Toro utilizaba a su cuñado y a esa mina como señuelo para que los compradores no sospecharan su verdadera procedencia. Por eso podía ofrecer centenares de kilos a la semana, una cantidad que nunca hubiera podido sustraerse ni siquiera de la mina peor vigilada.

LA CÉLEBRE KANGOO

La furgoneta Kangoo fue otro recipiente de pruebas improvisado. No tenía huellas de los presuntos culpables de Lavapiés, porque cuando decidieron utilizarla, a primera hora de la tarde del 11-M aún no habían decidido quienes serían esos culpables.

Los primeros que inspeccionaron la furgoneta, todavía en el aparcamiento de la estación de Alcalá de Henares, no pudieron ver ni la cinta coránica, ni los detonadores, ni la mayor parte de las prendas de ropa porque no estaban. Fue luego, en Canillas, -cuando decidieron que utilizarían la furgoneta para terminar de encaminar a los investigadores hacia la pista islámica cuando introdujeron los objetos que necesitaban para sus fines. Antes de la inspección técnico-policial -eufemismo para referirse a una simple lista de los objetos- se guardaron algunas prendas del dueño de la Kangoo, los que luego aparecerían en el Megane del primo de Jamal Ahmidán, junto a más prendas de los presuntos terroristas que servirían para encontrar nuevos ADN inculpatorios.

¿La tarjeta del Grupo Mondragón? Los primeros policías que llegaron hasta ella la vieron. Probablemente era un detalle sin la menor importancia. Ellos creyeron que sería importante y por eso lo resaltaron porque les parecía que encaminarían la investigación hacia ETA y que fue ocultada deliberadamente.

La caza de brujas de este episodio fue brutal. Se organizó una investigación interna. Se me hizo llegar una información según la cual si llegaba a revelar el nombre de mi fuente la competencia sacaría una foto de ese individuo con el brazo en alto en una manifestación. Era una presión inútil porque jamás desvelaré una fuente aunque eso me acarree un aparente descrédito.

Es realmente irritante e infantil que en la sentencia se destaque por su nombre solo una de las cintas encontradas en la Kangoo -la de la Orquesta Mondragón- con la clara intencionalidad de tratar de dejar en evidencia la posible confusión de esa casete con la tarjeta de visita mencionada. Patético en un juez que podría haber solventado el caso llamando a declarar a los primeros policías de Alcalá para salir de dudas.

¿Y el portero Garrudo y los tres encapuchados? Una simple coincidencia. Nunca tuvieron nada que ver con el caso. La sentencia dice que salieron de la furgoneta pero, como se puede comprobar por todos los testimonios, el portero solo dijo en su día que los vio al lado de la misma, y no dentro como el mismo se encargó de rectificar.

Los fabricantes del encubrimiento utilizaron la Kangoo sobre la marcha como podían haber utilizado cualquier otro vehículo si ese no hubiera salido a la luz. Los policías que la vieron vacía matizaron en el juicio que podía haber algunas cositas. Aceptamos que había las que se consignaron en la lista menos la cinta coránica, los detonadores y restos de explosivos y, por supuesto, todas las prendas de los terroristas en las que luego se encontrarían los restos de ADN comprometedores. Y que eso podía conformar una furgoneta con algunas cositas que no fueron suficientes para llamar la atención a los policías, ni de los perros.

Jamal Zougam durante el juicio de los atentados
ZOUGAM Y EL LOCUTORIO

¿Zougam y Bakkali? Pero ¿quiénes creen que les indujeron a montar el locutorio? Bakkali -al que las autoridades marroquíes se empeñaron en calificar de mecánico en todas las informaciones- dejó colgada una sustanciosa beca en una universidad madrileña en la que se doctoraba en ciencias físicas para meterse en un negocio bastante cutre en un barrio de inmigrantes marroquíes. Precisamente todo aquello de lo que él siempre -por su formación y clase social- quiso huir.

Los abogados que gestionaron el papeleo le aconsejaron que no renunciara a su tarjeta de residente como estudiante ya que era casi imposible que le dieran, como él pretendía, la de autónomo. No se la daban a nadie. Los mismos abogados se quedaron con los ojos a cuadros cuando poco después la policía se la había concedido. Si repasan sus declaraciones judiciales observarán como fue él quien apuntaló la culpabilidad de Zougam, su socio, cuando admitió que era un radical y que utilizaban la peluquería para reuniones islamistas.

Por cierto, al revés que Zougam, declaró que la policía no le había tocado durante los interrogatorios. Por supuesto, al final, el hombre que, según la versión oficial, guardaba en su piso las tarjetas telefónicas implicadas en los atentados, uno de los socios del locutorio que teóricamente las compró, quedó libre de toda culpa.

¿El locutorio de la calle Tribulete? Pero, por qué creen que lo asaltaron en plena noche, tres días antes de la explosión del piso de Leganés. Los desconocidos -"muy profesionales y con el material adecuado"- que rompieron los precintos policiales, en una de las calles más vigiladas de Madrid en aquella época, no querían llevarse nada. La policía ya se había incautado de todo lo de interés en los dos registros oficiales.

Solo quedaba limpiar el local. Quitar todas las cámaras y micrófonos que ellos mismos habían puesto mucho antes.

¿La peluquería de la calle Tribulete y sus reuniones clandestinas? Como la otra peluquería, Paparazzi, la del agua bendita, no podía tener más cámaras y micrófonos por metro cuadrado. Fue Zougam quien puso los 6.000 euros que le faltaban a un amigo para montar el negocio. Según declaró éste al juez, sacaban unos 300 euros al mes. Zougam tenía derecho a una tercera parte de las ganancias. Así que hubiera tenido que esperar al sexto año para ganar el primer euro. Un negocio redondo.

Javier Gómez Bermúdez, presidente del tribunal del 11-M
42.000 AÑOS DE CÁRCEL

Al CNI le pilló de sorpresa la detención de Zougam y sus socios. Pero lo que consideraron que sobrepasaba cualquier límite es la filtración a la prensa de que en ese locutorio se había encontrado el trocito de baquelita que faltaba precisamente en el teléfono de la mochila con explosivos encontrada en la comisaría de Puente de Vallecas.

También contó la policía, al principio, que fue en ese locutorio donde se prepararon las bombas. Era mentira pero los medios lo airearon en grandes titulares y mantuvieron durante meses el hallazgo de un trozo de baquelita. Eso contribuyó a que el gran público considerara a Zougam culpable indiscutible.

Comenzaron a salir en televisiones y periódicos espontáneos que certificaban la radicalidad de Zougam y por supuesto aparecieron testigos que lo habían visto en distintos trenes en la mañana del 11-M. Era también el culpable favorito de los americanos. A éstos les venía de perlas la versión primera sobre la culpabilidad de Al Qaeda.

Por eso, periodistas afines airearon en Europa que Zougam tenía incluso relación con los culpables de la célula alemana del 11-S. Hubo quien lo vinculó con el viaje de Atta -uno de los aviadores suicidas del 11-S- y con su viaje a Tarragona antes de los atentados de Nueva York.

Se difundió que Zougam había llamado seis días antes de los atentados del 11-S a Abu Dahdah, el islamista residente en España implicado por la justicia española en los atentados de Nueva York. Hubo quien detalló que Zougam había recibido entrenamiento militar y adoctrinamiento en los campos de Afganistán.

La intoxicación provino en parte de personal cercano a la embajada estadounidense. Los mismos que habían servido como tercera fuente a la cadena SER en la noticia sobre la aparición de terroristas suicidas en los trenes.

Todo aquello se fue cayendo como un castillo de naipes, pero el golpe de efecto ya no tendría marcha atrás. La realidad es que nunca han tenido nada sólido contra Zougam a pesar de que fuera condenado a 42.922 años de cárcel.

Los que señalaron a Zougam desde el principio -"Ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mi vida", dijo De la Morena en el juicio- le tenían preparado un protagonismo aún mayor.

Jamal Ahmidan, alias "el chino", y Serhane Ben  Abdel-
majid, "el tunecino"
EL CHINO SURGE DE LA NADA

El guion del primer encubrimiento contaba con su culpabilidad no solo como autor material sino como conseguidor de los explosivos. El lector recordará la insistencia de Emilio Suárez Trashorras, -el ex minero asturiano condenado por proporcionar la dinamita-, en sus declaraciones a El Mundo cuando denunciaba que la policía quería desde el primer momento que acusara a Zougam y a El Tunecino de recibir los explosivos. Fue mucho más tarde, según Trashorras, cuando se atribuyó la operación a El Chino.

De hecho, la policía aireó dos tarjetas de teléfono que habían viajado a Asturias los días 28 y 29 de febrero -los días en que teóricamente los terroristas se agenciaron los explosivos- atribuyéndoselas a Zougam.

Cuando se difundieron las tarjetas que supuestamente había usado El Chino en el viaje a Asturias de esos mismos días, las que relacionaban esas fechas con Zougam desaparecieron de la circulación.

El Chino fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam. Si hacía falta unos culpables creíbles tenía que armarse mejor el argumento, la recepción de los explosivos, los contactos con la llamada trama asturiana. El Chino surgió de la nada y rompió los esquemas de muchos policías en el primer momento. No se obtendrían sus huellas hasta que Marruecos quiso entregarlas. Su perfil era misterioso y difuso. Estaba en todas partes pero nadie parecía poder aportar nada concreto, al margen de las declaraciones de Trashorras y Zouhier.

Por eso todos los responsables policiales se esforzaron en repetir ante el juez Bermúdez que sus grupos operativos desconocían la existencia de El Chino y que nunca lo habían tenido como un objetivo. El jefe de la UDYCO, el que tenía controlados los teléfonos de ese grupo de traficantes, desde muchos meses antes del 11-M, se atrevió a asegurar en la Comisión de Investigación del Congreso que para ellos El Chino no era Jamal Ahmidán sino su primo. Otro afirmó que no supo de su existencia hasta después de la explosión de Leganés.

Fue el CNI quien proporcionó los listados de llamadas de El Chino, en el viaje a Avilés en esos días clave de febrero de 2004, a los miembros de la Guardia Civil encargados de la investigación de los explosivos asturianos. La trama asturiana estaba servida.

(Fuente: http://www.elespanol.com/)

2 comentarios:

  1. y el tal "Juez Bermúdez" Menudo pájaro y menudas declaraciones de corrupto que hace y ahora anda por ahi lloriqueando ...

    Pues ya no me merece ninguna consideracion

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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