miércoles, 4 de mayo de 2016

CELEBRITIES



«Celebrities». Así es como se llamaba una sección del programa de humor Muchachada Nui, que se emitía en la 2 de Televisión Española, en la cual el actor Joaquín Reyes parodiaba a un personaje famoso. Y he elegido este título porque el mundo hacia el que nos encaminamos es, precisamente, una especie de tabloide masivo en el que, al igual que en los sketch de Celebrities, cada cual de nosotros será tan sólo una caricatura, un esperpento, un ridículo vestigio de lo que algún día llegamos a ser.

Es indudable que siempre ha habido gente presuntuosa y con afán de aparentar, pero en los últimos años estamos llegando a un nivel nunca conocido anteriormente. Y esto es debido al uso que damos a las redes sociales, que, más que para conectar con amigos y familiares, estamos utilizando a modo de escaparate personal: quién tiene mejor cara, quién se divierte más, quien viaja a los sitios más lejanos o exóticos e incluso se desatan competiciones por ver quién sube la foto más graciosa de su bebé de unos pocos meses de edad.

Esta brutal exposición de la vida privada no sólo es estúpida sino que puede llegar a ser incluso peligrosa: a un delicuente con los conocimientos adecuados no le costará mucho saber cuándo te irás de vacacaciones dejando tu casa vacía, o a qué hora debería esperarte con malas intenciones a la salida del lugar donde trabajas, donde estudias o donde vas a bailar zumba los martes por la tarde.

Pero en vez de alertarnos de esto, el Sistema nos invita a ir aún más allá y construir una identidad digital.

En otras palabras, nos invita a convertirnos en celebrities a pequeña escala con nuestra página web personal, nuestra galería de fotos tontas en todas las redes sociales y nuestro pequeño ejército de seguidores-espectadores que no se pierden ni una sola de nuestras novedades vitales.

Insisten en la importancia de que, al teclear nuestro nombre, miles de desconocidos puedan encontrarnos en la primera página de resultados de Google, llamándonos «fracasados» si no conseguimos tener el número suficiente de fans o seguidores. Y si te niegas a entrar en ese juego, el Sistema te espetará aquello de que «si no apareces en Internet, no existes» y te colocará la etiqueta de «fracasado» o «antisocial», descargando toda la culpa sobre ti en el caso de que estés en el paro, no encuentres pareja o no recibas el reconocimiento que mereces por tu trabajo.

Nos dice que, al igual que tenemos una identidad en el mundo real, tenemos otra identidad en el mundo digital y ambas tienen el mismo carácter y son igual de importantes.

Pero, al mismo tiempo, se omite sistemáticamente la diferencia fundamental entre ambas.

La identidad real se compone de la imagen que proyectamos al exterior, sí, pero también de un rico y complejo mundo interior que no compartimos con nadie, o que compartimos con muy pocas personas. Nuestra identidad real alberga un dominio íntimo, secreto, formado por los pensamientos, ideas y recuerdos que habitan en los reductos más lejanos de nuestra mente. Se trata de algo muy valioso y que sólo nos pertenece a nosotros mismos.

La identidad digital, en cambio, se compone únicamente de la imagen que proyectamos hacia el exterior, de aquello que los demás queremos que sepan de nosotros. La identidad digital es un simple decorado, una mera fachada, un personaje que representa aquel papel que su público espera de él.

Construir una identidad digital no es algo malo por sí mismo: está muy bien tener tu rincón en Internet si te gusta escribir tus pensamientos y compartirlos con los demás, o si vendes algo y quieres que tus potenciales clientes te encuentren.

Lo preocupante es el proceso por el cual el Sistema nos conduce a abrazar únicamente la identidad digital de las personas como si fuera la auténtica, la verdadera, despreciando e invisibilizando aquella identidad real que tenemos en el mundo off-line.

Lo preocupante es, en otras palabras, que pasamos más tiempo haciendo fotos para enseñar nuestra vida en Facebook que viviendo esa misma vida, percibiendo el mundo con nuestros sentidos, sumergiéndonos en la soledad de nuestra propia conciencia, o estableciendo verdaderos vínculos con otras almas más alla del botón «me gusta».

Y, en consecuencia, se está rompiendo esa barrera en nuestra mente que separa los conceptos de «ser» y «parecer», para que identifiquemos ambos con la misma cosa, para que abandonemos ese oscuro mundo privado que los demás no pueden ver y nos convirtamos en aclamadas y conocidas celebridades, en una suerte de voyeurismo proyectado hacia nosotros mismos.

Se trata de un proceso gradual y que estamos asimilando de manera inconsciente, sin darle la suficiente importancia, a pesar de que esté atacando algo tan vital como nuestra verdadera identidad. Pero existe una buena razón para ello: nuestro mundo interior, nuestros pensamientos, como se ha dicho varias veces en este blog, es nuestro último bastión de libertad, donde el poder aún no puede penetrar y espiarnos. Y lo que se intenta a través de este proceso es minimizar y simplificar al máximo ese mundo interior, para poder tomar el control definitivamente sobre él a través de las tecnologías cerebrales.

Alguien puede decirme que exagero, que en el mundo de hoy es muy importante tener tu propia «marca personal», o aquello de «a mí tampoco me gusta esto de las redes sociales, pero hay que venderse».

Pero, ¿nadie se da cuenta de lo que verdaderamente estamos aceptando al hacer tales afirmaciones? «Marca», «vender», son conceptos propios del ámbito mercantil, y lo que hacemos es, ni más ni menos, decir en voz alta y clara que somos productos, o meros medios de producción, objetos sin un valor trascendente, sin una vida, sin una historia, en definitiva, sin una identidad (real).

Y, precisamente, si queremos hacer algo por cambiar el mundo, por transformar la realidad a menudo injusta y horrible que nos rodea, resulta urgente eliminar esa concepción de que somos objetos y recuperar el papel de sujetos activos con un nivel de conciencia mas allá de su imagen exterior. Sólo dejando de ser personajes para volver a ser personas, y aunando nuestras diversas, únicas y propias identidades es posible defender lo más preciado que nos quieren arrebatar.

LIBRE PENSADORA
(Visto en https://gazzettadelapocalipsis.com/)

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