miércoles, 30 de marzo de 2016

ASESINOS DE PRESIDENTES (9ª PARTE)


Warren Harding
Tras la segunda presidencia de Woodrow Wilson era obvio que la población no iba a votar a un candidato demócrata, pues los estadounidenses se sentían traicionados por Wilson. No les gustaba su proyecto de una Liga de las Naciones para instaurar un gobierno mundial y, de hecho, los Estados Unidos no ingresaron a la misma durante su gobierno porque el Senado bloqueó tal posibilidad. Era necesario, entonces, encontrar un candidato republicano que fuera lo suficientemente manipulable por el mundo de las finanzas y el petróleo. Y Warren Harding parecía un candidato idóneo para la élite. Antiguo ex periodista y editor del estado de Ohio, ocupaba un escaño en el Senado desde hacía muchos años, y era conocido por su buen humor, su tranquilidad y el exagerado grado de confianza que prestaba a sus amistades, de modo que con frecuencia delegaba tareas y no revisaba a fondo lo que sus colaboradores hacían.

Harding ganó la presidencia en 1920 y se rodeó de varios de los más prominentes miembros de la élite, como Andrew Mellon, importante petrolero y banquero de la época. Pocos años más tarde, cuando buscaba la reelección, en 1923, murió en oscuras circunstancias durante un largo viaje a Alaska. Su médico personal en un primer momento anunció a la prensa que Harding presentaba señales de envenenamiento, mientras que más tarde rectificó ese diagnóstico por el de muerte natural debida a supuestas fallas cardíacas que habría padecido desde hacía años.

No es frecuente que un diagnóstico de envenenamiento sea cambiado luego por el de muerte natural. ¿Qué es lo que realmente había ocurrido? A los pocos meses se destapó un gran caso de corrupción ocurrido bajo su administración. Su secretario del Interior, Albert Fall, fue acusado de entregar secretamente, bajo soborno, las reservas estatales de petróleo de Teapot Dome y Elk Hills a empresas privadas. Las compañías favorecidas no eran propiedad de miembros prominentes de la élite, y de hecho el rival más importante que jamás tuvo la Standard Oil dentro de los Estados Unidos había obtenido todas las reservas de Elk Hills. Se trataba de Harry Sinclair, dueño de Sinclair Oil. Éste era un petrolero incontrolable para la Standard Oil, un nuevo rico que había comenzado a hacer fortuna unos pocos años antes, en 1916, merced a un golpe de suerte. Era demasiado ambicioso, al punto que también deseaba desplazar a la Standard Oil en la recién fundada Unión Soviética, precisamente el objetivo que había motivado toda la costosa campaña contra el zar Nicolás II. Por esta razón la campaña había sido financiada por Sinclair Oil, entre otras empresas anglo-norteamericanas, desde inicios del siglo XX. Sinclair había cometido la intrepidez de viajar a Moscú y entrevistarse con Lenin para que su empresa obtuviera concesiones petroleras a cambio de un posible apoyo financiero que decía poder conseguir por medio de sus influencias en Wall Street.

Harry Sinclair
Si bien se trataba de un advenedizo, la figura de Harry Sinclair empezaba a ser muy peligrosa para la Standard Oil, precisamente porque Harding y Albert Fall le facilitaban las cosas otorgándole yacimientos oficiales, a cambio de petróleo para las tropas y dinero para ellos. La operación rusa nunca se concretó, ya que los banqueros de Wall Street no iban a traicionar su larga sociedad con el clan Rockefeller para ayudar a un competidor, el único real en muchísimos años. Los yacimientos de Teapot Dome y Elk Hills fueron estatalizados y Sinclair y Albert Fall fueron a la cárcel. Harding, que venía defendiendo a Fall ante los ataques que la élite le lanzaba a través del Wall Street Journal, ya estaba misteriosamente muerto.

Sinclair nunca recuperó el prestigio perdido y, tras varios años, su empresa fue comprada por el clan Rockefeller, su gran rival de otros tiempos. Sin embargo, el asunto no terminó con la muerte de Harding y el declive de Sinclair. Los rumores acerca de la posibilidad del asesinato de Harding eran generalizados y podían servir de peligroso precedente. En este contexto, la propia élite armó una teoría conspirativa al respecto. Se contrató a un ex presidiario, y luego agente de la predecesora del FBI, para que escribiera un libro que fue profusamente divulgado en la prensa. Quien quería leer acerca de Harding y su asesinato podía hacerlo en una obra llamada The Strange Death of President Harding (La extraña muerte del presidente Harding) escrita por ese oscuro personaje, llamado Gaston Means.

Apoyado por la élite, el libro fue un auténtico best-seller entre fines de los años veinte y comienzos de los treinta del siglo XX. En el libro Means inventaba una historia, un verdadero novelón de adulterio y celos desenfrenados de la mujer de Harding, en el que ella terminaba envenenando a su marido. El conocimiento personal que tenía el autor respecto de la mujer facilitaba su credibilidad, y ni ella ni su marido estaban vivos para enjuiciarlo. Hoy día es una historia imposible de creer, pero en aquella época ese tipo de historias se creían. Obviamente, de petróleo no se decía una sola palabra en el libro.

Podemos ver entonces una de las clásicas tácticas de la élite para distraer la atención de la gente. Primero se trata de evitar que alguien pueda creer en conspiraciones. Si ello no da resultados, se trata de inventar una historia que desvíe la atención de la cuestión de fondo y financiarla profusamente a través de la prensa amiga. Para ello, ya en los años 20, se usaban los agentes de la agencia que más tarde sería el FBI: el Bureau of Investigations.

Para entender por qué el Partido Demócrata norteamericano hoy es simplemente una parodia de oposición a las políticas de hegemonía global que desarrolla el Partido Republicano es necesario conocer su más remota historia. Cuando el Partido Antimasón Norteamericano se fusionó con el Partido Nacional Republicano, hacia mediados de la década de 1830, se conformó el llamado Partido Whig, cuyo líder natural fue Henry Clay hasta 1850.

Henry Clay
Clay era un ferviente antibritánico y un verdadero nacionalista. Él y su desaparecido Partido Whig propugnaban tres medidas programáticas básicas, que fueron denominadas en aquella época “Sistema Americano”. Una de las medidas era establecer un alto arancel aduanero a fin de proteger a los Estados Unidos de las importaciones baratas de Inglaterra, que impedían el desarrollo industrial norteamericano. Otra medida era crear un banco central nacional emisor de moneda que hiciera a los Estados Unidos independientes financieramente de los bancos de la City londinense. Una tercera medida consistía en una mejora de la infraestructura norteamericana para mejorar el comercio interno y unificar a los Estados Unidos como nación.

El partido rival al Whig era nada menos que el Demócrata, que luchaba denodadamente contra esa agenda nacionalista y pretendía acentuar la dependencia de los Estados Unidos con respecto a Gran Bretaña. Clay nunca llegó a ser presidente, a pesar de ser candidato cinco veces, pero varios de sus correligionarios sí lo fueron. Uno de ellos, Zachary Taylor, ganó las elecciones de 1848.

Aunque Taylor nunca propugnó verdaderamente el programa nacionalista whig, se mantuvo muy firme en un principio básico, ya que era, al menos en forma relativa, antiesclavista. Fomentó activamente la fundación de los actuales estados de California y Nuevo México a partir de su antiguo estatus de territorios, e impulsó que ambos prohibieran la esclavitud, cosa que fue decretada en California antes de finalizar el mandato. Los grandes latifundistas sureños, basamento del Partido Demócrata, se oponían fuertemente a la agenda abolicionista de Taylor, quien de no haber muerto en misteriosas circunstancias durante su presidencia podría haber ido aun mucho más allá contra los intereses probritánicos del Sur esclavista.

El presidente Zachary Taylor
El estado de tensión entre Taylor y el Sur era enorme, dado que ya en aquel entonces el Sur amenazó con la secesión, y Taylor a su vez respondió con una clara advertencia de que estaba dispuesto a comandar al ejército contra cualquier estado sureño que se sublevara. Con la muerte de Taylor, que durante muchos años se especuló como debida a una gastroenteritis, al cólera o a la fiebre tifoidea, accedió al poder su vicepresidente, un whig democrático, llamado Millard Fillmore, quien firmó el denominado “Compromiso de 1850″, al que se oponía Taylor, según el cual se respetaban las garantías esclavistas de todos los estados sureños y hasta se ponían a disposición de los terratenientes las tropas federales para que persiguieran a los esclavos fugados hacia el Norte.

Se trataba de la Fugitive Slave Act. Millard Fillmore, sin embargo, debió tolerar el hecho de que la esclavitud no existiera en California. Su frase más famosa es: “Dios sabe que detesto la esclavitud, pero es un mal existente. Debemos hacerla perdurar y protegerla como si estuviera garantizada por la Constitución”. El enigma de la causa de la muerte de Zachary Taylor se resolvió más de un siglo después, cuando en 1991 su cuerpo fue exhumado para realizarle una autopsia debido al punto al que habían llegado las sospechas sobre su muerte. Los médicos encontraron arsénico.

(Fuente: http://despiertaalfuturo.blogspot.com.es/)

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