domingo, 20 de marzo de 2016

ASESINOS DE PRESIDENTES (8ª PARTE)


Imagen del film de Oliver Stone "JFK" (1991): Kevin Costner encarna al fiscal
de Nueva Orleans Jim Garrison, durante la reconstrucción del atentado sobre
la base del consabido "loco solitario", Lee Harvey Oswald

Los generales más recalcitrantes del Pentágono y las principales empresas bélicas eran los primeros damnificados por la actitud pacifista del presidente Kennedy, pero no eran de manera alguna los únicos. La industria petrolera era la otra gran perdedora, dado que una de sus intenciones era explorar la costa vietnamita, que en aquellas épocas se consideraba, erróneamente, como una zona con muy vastas posibilidades petroleras a medio plazo.

Kennedy habría advertido rápidamente que debía enfrentar la oposición de esos sectores a sus planes, pero no se quedó atrás ni se amedrentó. A fin de dificultar la oposición a sus medidas pacifistas, emitió un decreto por el cual los Estados Unidos se reservaban la posibilidad de incautar recursos naturales propiedad de empresas norteamericanas en el exterior, en caso de guerra. La advertencia a las petroleras era clara, si había guerra podían perder, y mucho.

Quizá creyó que así podía fracturar el inmenso bloque empresarial que se le oponía, y a la vez impedir la guerra.

Aunque fuertes, aquéllos estaban lejos de ser los únicos gestos hostiles hacia la élite que Kennedy tomaría en su corto mandato de poco menos de tres años. Emprendió una suerte de cruzada contra el monopolio interno que ejercía la United Steel, principal fabricante estadounidense de acero, cuyos constantes aumentos de precios eran interpretados por Kennedy como operaciones monopólicas que afectaban la salud de la economía y el bolsillo de los norteamericanos. Los empresarios vieron con temor esa medida del presidente, quien mediante claras amenazas públicas logró hacer retrotraer los precios del acero.

Sin embargo, la principal medida que tomó Kennedy y que habría sellado la suerte tanto de su gobierno como la de él mismo, habrían sido dos disposiciones contra los intereses del sector petrolero oligopólico. Concretamente, al momento de su muerte Kennedy proyectaba una rebaja del “oil deployment allowance“, que más tarde le daría fuertes dolores de cabeza a Richard Nixon.

Pero principalmente fue autor de una ley, la “Kennedy Act“, aprobada finalmente el 17 de octubre de 1963, apenas un mes antes de su muerte, por medio de la cual a las corporaciones norteamericanas se les igualaba la tasa de impuestos de las utilidades distribuidas con la de las ganancias reinvertidas en el exterior. Si bien la medida era para todos los sectores económicos, afectaba especialmente los resultados de las petroleras, y sobre todo en lo que competía a sus vastos yacimientos en el exterior, cuyos beneficios estaban exentos del impuesto a las ganancias porque no estaban gravados. Como las petroleras norteamericanas se estaban expandiendo rápidamente en todo el mundo, esto afectaba de manera muy determinante sus intereses.


Después de la aprobación de la “Kennedy Act“, el sector petrolero debía pagar el 35% de impuesto a las ganancias por todos sus importantes beneficios en el exterior. Kennedy había considerado, muy correctamente, que las petroleras gozaban de una muy injusta ventaja sobre otros sectores, al no pagar impuestos por sus cuantiosas actividades en el exterior. Con esta ley habría sellado su suerte.

La élite, según Farewell America, habría formado un comité con la función de planear la muerte del presidente. Éste habría estado formado, entre otros, por el petrolero texano H. Lafayette Hunt y el general halcón del Pentágono Edwin Walker, degradado poco tiempo atrás por Kennedy debido a sus expresiones públicas acerca de la necesidad de un enfrentamiento bélico con la Unión Soviética. Sin embargo, según se desprende de la investigación francesa, éstos no habrían sido los autores intelectuales del crimen, sino los encargados de planearlo para que no hubiera fisuras. Había que planificarlo detenidamente, dado que Kennedy se movía por todos lados con su custodia del Servicio Secreto. Era necesario comprar complicidades, contratar tiradores infalibles, encontrar un candidato para que fuera culpado del hecho, desviar cualquier intrusión molesta de la policía texana y del FBI, manipular la actividad de la prensa, etc.

J. Edgar Hoover, todopoderoso director del FBI
El comité habría hecho todo eso y habría contado con el apoyo y la complicidad del FBI y su poderoso jefe J. Edgar Hoover, la policía texana, según Farewell America muy corrupta y complaciente con los grandes empresarios de la zona, altos cuadros de la CIA, muy enojada con Kennedy desde la expulsión de su jefe, Allen Dulles, y con un auténtico escuadrón de personas relacionadas con la Mafia y los cubanos anticastristas, quienes iban a llevar a cabo el crimen a nivel operativo.

O sea, se trató de un crimen diseñado en 3 niveles: operativo, táctico y estratégico. Farewell America detalla cómo hasta el itinerario seleccionado para el automóvil presidencial de aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 estaba diseñado para que la velocidad del vehículo que conducía a Kennedy no pudiera sobrepasar en algunos sectores los 30 kilómetros por hora y se facilitara el crimen, de cuya complicidad no habría escapado ni siquiera el propio chofer, quien conducía a una velocidad extremadamente baja en algunos sectores del trayecto y no habría acelerado lo suficiente después del primer impacto de bala, lo que facilitó el segundo, que fue mortal.

La Mafia se habría prestado muy gustosa a ceder parte de sus cuadros para realizar el asesinato, dado que tanto John como Robert Kennedy habían demostrado ser, desde un primer momento, enemigos encarnizados de la Cosa Nostra, al intentar luchar mucho más que sus antecesores contra el crimen organizado. Todo habría sido preparado hasta en sus mínimos detalles. Incluso el automóvil en el que era conducido el presidente, una limusina descubierta, el vehículo ideal para facilitar un atentado, fue proporcionado por el propio FBI.


La conclusión a la que arribó el servicio secreto francés en Farewell America es básicamente la misma a la que luego llegaría Oliver Stone en su film JFK. Hubo tres tiradores como mínimo, y probablemente cuatro. Ninguno de ellos habría sido Lee Harvey Oswald, quien engañado, habría sido seleccionado desde meses atrás para representar el papel de asesino. Ése era el aporte de la CIA, enfrentada a Kennedy por el freno que éste ponía a la invasión de Cuba y por la expulsión de su jefe más querido, Allen Dulles.

Datos posteriores al libro, que apareció en 1968 y que pudo leerse marginalmente en los Estados Unidos a partir de 1984, revelan que la versión contenida en el mismo es sumamente ajustada a la realidad. Por ejemplo, un testimonio de 1992, casi veinticinco años después de la publicación, de la amante del ex presidente Lyndon Baines Johnson, Madeleine Brown, quien además fue madre de Steven, un hijo suyo, señaló que la noche anterior al crimen de Kennedy presenció que se habían reunido, a puertas cerradas, en la casa del petrolero Clint Murchison, en Dallas, el también petrolero Haroldson Lafayette Hunt, J. Edgar Hoover, máximo jefe del FBI, Richard Nixon, Clyde Toison (FBI), John McCloy, ex presidente del Chase Manhattan Bank y hombre de confianza de la ex Standard Oil, y Harvey Bright, empresario petrolero.

Lyndon Johnson contesta airado a un periodis-
ta mientras Kennedy trata de calmarle
El vicepresidente Lyndon Johnson llegó tarde a la reunión. Al cabo de la misma, Johnson se despidió de Madeleine Brown diciéndole al oído: “Desde pasado mañana esos malditos Kennedy no me van a volver a avergonzar. No es una amenaza, es una promesa“.

Lo cierto es que con el texano Lyndon Johnson en el poder, los militares y las empresas de armas lograron que la guerra de Vietnam, lejos de acabar en corto tiempo, se profundizara a límites impensados. Asimismo, las empresas petroleras vieron cómo caía en el archivo la posible reducción de la “oil deployment allowance” planeada por Kennedy. El asesinato habría sido recibido con beneplácito, además, en algunos de los más poderosos despachos de Wall Street, dado que John Kennedy había comenzado a emitir dólares desde el Departamento del Tesoro, rompiendo con la costumbre de que sólo el Banco de la Reserva Federal (FED) emitiera moneda.

El FED es, y siempre fue, un banco privado propiedad de los más poderosos financieros de Wall Street. Tal actitud podía sentar un peligroso precedente para la élite financiera, dado que era un paso para quitarle a los banqueros privados la potestad de la emisión de moneda en los Estados Unidos. Por otra parte, también había despertado alegrías en la NASA, agencia a la cual el presidente había intentado bloquearle en un principio buena parte del presupuesto, dado que prefería distribuir el presupuesto de otra forma.

El ya presidente Johnson en compañía de Robert Kennedy
Los principales proveedores de la NASA son las propias empresas de armas que firman multimillonarios contratos con el Pentágono y Kennedy no deseaba llevar adelante costosos proyectos espaciales, sino distribuir esos fondos equitativamente. Habría sido el propio Lyndon Johnson, muy relacionado con la NASA, quien habría mediado ante Kennedy para lograr que no se bloquearan partidas presupuestarias de la agencia espacial, frente a lo cual Kennedy habría transigido a regañadientes, fomentando la carrera espacial con el fin de que las empresas armamentistas estuvieran atareadas proveyendo a la NASA y ganaran dinero de esa forma, en vez de presionarle para generar más guerras.

La prensa oficial norteamericana no sólo hizo oídos sordos ante las evidentes señales de que había habido una muy poderosa conspiración detrás del crimen de Kennedy, sino que incluso miró para otro lado cuando surgían las pruebas. Por ejemplo, cuando la propia Madeleine Brown apareció en 1992 en un show televisivo llamado A current affair, en el que hizo por primera vez sus explosivas declaraciones luego volcadas en su libro Texas in the morning, silenciado también por la prensa al servicio de la élite.

El fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison
Asimismo, el fiscal del reabierto caso Kennedy en los años sesenta, Jim Garrison, quien fue designado como fiscal del caso precisamente porque no se trataba de un investigador demasiado sagaz, escribió un libro con las memorias de sus investigaciones sobre el juicio. Dicho libro se tituló On the Trial of the Assassins (En la búsqueda de los asesinos). En él cuenta algunos entretelones de la investigación que sólo pudo llegar hasta escalones bajos, los niveles operativos del asesinato, que funcionaban específicamente en Nueva Orleans, de la complicada maraña que condujo hasta el crimen. En las páginas 30 y 31 de dicho libro dice que algunas de las reuniones secretas del equipo operativo se desarrollaban en un lugar que funcionaba a metros de la Oficina de Inteligencia Naval, del Servicio Secreto, dependiente del Departamento del Tesoro, y del cuartel general de la CIA en la ciudad de Nueva Orleans.

Pero el dato no termina allí, pues los cuarteles generales de la CIA y el FBI en Nueva Orleans funcionaban dentro del Templo Masónico de la ciudad en los años sesenta. Es algo que no debe extrañarnos. Debemos recordar las palabras que expresó el propio John F. Kennedy en su discurso público sobre sociedades secretas y medios de prensa el 27 de abril de 1961, en el Waldorf Astoria, en el que embistió frontalmente contra las sociedades secretas y contra todo el sistema de prensa norteamericano.



Ese discurso fue redactado tras el fallido intento de la CIA de invadir Cuba. Dicha agencia le había solicitado a Kennedy por teléfono, infructuosa y sospechosamente, una autorización de último momento a través de su jefe Allen Dulles, luego expulsado, nada menos que en la madrugada del propio día del desembarco en Bahía Cochinos.

En un fragmento de su más importante discurso, Kennedy dijo: “La propia palabra “secreto” es repugnante en una sociedad libre y abierta, y nosotros, como pueblo, estamos inherente e históricamente opuestos a las sociedades secretas, los juramentos secretos y los procedimientos secretos“.

Kennedy declaraba eso en el mismo discurso en el que criticaba durísimamente al sistema de prensa norteamericano. En el mismo discurso dijo: “Se nos opone alrededor de todo el mundo una monolítica y despiadada conspiración que se apoya, primariamente, en medios encubiertos para aumentar su esfera de influencia (…) Es un sistema que ha reclutado vastos recursos humanos y materiales para construir una muy bien atada y altamente eficiente maquinaria que combina operaciones militares, diplomáticas, de inteligencia, económicas, científicas y políticas. Sus preparativos son secretos, no se publican. Sus errores se entierran, no se señalan. Quienes disienten son silenciados, y no reconocidos. Para ello no se repara en gastos. Los rumores no se publican. Ningún secreto se revela. Es la máquina que conduce la Guerra Fría, en resumen, con una disciplina rigurosa que ninguna democracia puede esperar o desear alcanzar“.

Pero Kennedy no se refería al comunismo, sino a la estructura de la cual la CIA era sólo la punta del iceberg. Respecto de la prensa, se despachó en idéntico sentido, criticándola por desinformar sobre las cuestiones importantes y revelar secretos de Estado cuya difusión iba contra los intereses de los Estados Unidos. Asimismo, por mostrarse a favor de la carrera armamentista, y por lo tanto de la élite.

Decía Kennedy, ante la atónita mirada de los dueños de medios, editores y periodistas: “Sin debate, sin crítica, ninguna administración y ningún país puede sobrevivir. Es por eso que el legislador ateniense Solón decretó que un ciudadano que escapaba de las controversias cometía un crimen. Y es por eso que la prensa fue protegida aquí por la Primera Enmienda a la Constitución. Es el único negocio protegido constitucionalmente. Y no lo está principalmente para divertir y entretener. No lo está para enfatizar lo trivial y lo sentimental. No está protegida para “dar al público simplemente lo que éste quiere”, sino para informar, para enardecer, para hacer reflejar, para mostrar nuestros peligros y nuestras oportunidades, para indicar nuestras crisis y nuestras opciones, para liderar, moldear, educar e incluso a veces, para hacer enojar a la opinión pública“.

El propio presidente de los Estados Unidos embestía contra nada menos que las sociedades secretas y la prensa, reprochándole a las primeras su operar secreto, antinacional y sectario, y a la segunda el uso de los medios para desinformar. Ello podría explicar que la prensa norteamericana aceptase sin críticas el dictamen de la Comisión Warren acerca del asesinato de Kennedy a manos de “un loco suelto” y por medio de una bala que efectuó alrededor de 10 perforaciones y rebotes en su limusina descubierta.

¿Qué mundo tendríamos hoy si Kennedy no hubiera muerto? Es difícil saberlo. Tanto John como Robert Kennedy actuaban con autonomía con respecto de la aristocracia norteamericana. Aunque habían sido educados en el seno de una rica familia de la élite, estaban encarando medidas realmente revolucionarias. Se estaban enfrentando muy abiertamente con el corazón de la élite. John atacaba los privilegios de la industria petrolera donde más le dolía, atacaba la carrera armamentista y la posible guerra con la Unión Soviética que algunos de sus propios cuadros estimulaban. Además, deseaba retirar a los Estados Unidos de Vietnam. Ya comenzaba a atacar los privilegios de los principales y más conspicuos bancos norteamericanos con la emisión de dólares por medio del Departamento del Tesoro, y no mediante el FED, y atacó en su último y monumental discurso a la flor y nata de la prensa norteamericana, cómplice de la élite.

John Fitzgerald Kennedy lo hizo todo sin dudarlo y por eso lo mataron. Por eso su asesinato se ejecutó de esa manera, quizás advirtiendo a cualquier sucesor lo que le podía esperar si no seguía ciegamente la agenda de la élite.

(Fuente: http://despiertaalfuturo.blogspot.com.es/)

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