jueves, 10 de marzo de 2016

ASESINOS DE PRESIDENTES (6ª PARTE)



En 1881 encontraremos otra extraña muerte de un presidente norteamericano, según la historia oficial, a manos de un “loco suelto con un arma“. Esta vez se trata de uno de los más de 20 presidentes norteamericanos miembros de una sociedad secreta, uno de los más poderosos masones de la época y de los más importantes generales de la Guerra Civil.

Probablemente creyó que podía manejar el país de la misma manera en que los ejércitos y las sociedades secretas son manejadas, pero se equivocó.

James Garfield había ganado las elecciones de 1880 y llevaba sólo tres meses en el poder cuando, en la estación de tren de Washington DC, uno de sus ex partidarios, Charles Guiteau, desequilibrado mental del cual la élite aparentemente supo aprovecharse, le disparó dos tiros. La razón oficial es que estaba enojado porque Garfield no deseaba nombrarlo como embajador en Francia. Lo cierto es que Guiteau, presuntamente loco, venía amenazando al presidente Garfield mediante anónimos firmados con iniciales, de modo que dejaba en claro que el anónimo era de alguien que todo el mundo podía saber quién era, y no menos de cuatro veces estuvo armado a muy pocos metros de Garfield con la intención de matarlo.

En sólo tres meses de gobierno, Garfield era un blanco fácil. Pero la pregunta es ¿lo mató o no Guiteau? Si fue él quien disparó, ¿tuvo ayuda? Las crónicas oficiales señalan que el arma elegida por Guiteau era un revólver especialmente lujoso, y que a la salida de la estación ferroviaria en la que disparó lo esperaba un carruaje-taxi que pretendía usar para poder entregarse personalmente a la policía. Como se ve, la historia oficial es en este punto tan ridícula que explica por qué generalmente los historiadores poco y nada hablan del corto período de Garfield en la Casa Blanca.

Durante los 90 días que duró la presidencia de Garfield, todo se dio con una excepcional rapidez, salvo su muerte. Lo cierto es que durante la primera semana de gobierno saltó un escándalo que asombró a la nación. Miembros de la anterior administración habrían estado cobrando comisiones de una empresa de correos, la Star Mail, para sobrevaluar el costo de envío de toda la correspondencia oficial durante años. El escándalo envolvía a miembros del círculo del anterior presidente Rutherford Hayes, republicano como Garfield, y dañaba seriamente los intereses de las compañías ferroviarias, que también eran dueñas del correo privado. Pero con los ferrocarriles no se podía jugar sin pagar altos costos personales. A Garfield le dispararon nada menos que en la estación ferroviaria de Washington DC, tal vez como un mensaje a su sucesor.

El arma con que fue abatido el presidente Garfield
Garfield no tapó el escándalo de su predecesor y ordenó investigarlo con rapidez. A las pocas semanas recibió información de que aclarar definitivamente el tema suponía enlodar a su partido. Pero Garfield no se amilanó y decidió ir a fondo con el asunto, al tiempo que se enfrentó abiertamente con el poderoso senador de Nueva York Roscoe Conkling, también republicano, que deseaba nombrar en la jefatura de la aduana neoyorkina a un personaje proclive a dejar pasar mercaderías importadas de Londres sin cobrar los aranceles. Garfield bloqueó esa decisión, nombró a otra persona y provocó la caída de Conkling, que era un poderosísimo personaje en el Partido Republicano.

La otra medida importante que pudo tomar en su escaso tiempo de mandato fue rescatar una costosa emisión de deuda del Tesoro norteamericano, que había sido hecha al 6% anual, y canjearla por bonos que pagaban solamente el 3%, factor que dañaba los intereses de la élite de Wall Street, relacionada con la de los ferrocarriles. Evidentemente, en muy pocas semanas James Garfield se había enemistado con todo su partido, con la gente del anterior presidente Hayes, con el senador más poderoso de los Estados Unidos, Conkling, con la élite de negocios de Wall Street, y con la élite de Londres que veía cómo ahora sus mercancías debían pagar aranceles en el puerto de Nueva York. No debe extrañar entonces su rapidísima ejecución.

Con su sucesor, el vicepresidente Chester Arthur, los escándalos que Garfield destapaba iban a volver a taparse para siempre. Las investigaciones no llegaron al fondo y nunca hubo siquiera procesados por el escándalo de las comisiones. Pero hay un dato más que sirve para saber cuán deseada era su muerte por algunos de los miembros más poderosos de la élite. Ocurre que los dos disparos de Guiteau no mataron a Garfield ni lo hirieron en ningún órgano vital, y a pesar de ello una de las balas no pudo ser extraída por los médicos en nada menos que setenta días de lentísima agonía. El argumento para no extraer la bala era que no podía ser encontrada. Y con el pretexto de encontrar la bala los médicos fueron transformando una herida de solo dos pulgadas. Y ésta es la historia oficial.

Finalmente Garfield murió a raíz de la infección provocada por los médicos en su herida. Ni la prensa oficial ni la inmensa mayoría de los historiadores financiados por las elitistas universidades norteamericanas abrieron la boca para reclamar una versión oficial más creíble. Quizá sea por eso que la era de Garfield es uno de los períodos de la historia norteamericana de los que menos se habla y se estudia.

Más adelante la élite efectuó otra complicada jugada política que incluyó el asesinato de otro jefe de Estado norteamericano, William McKinley, haciendo aparecer el magnicidio como obra de otro “loco suelto“, un anarquista llamado Leo Colgosz.

El asesinato ofrecía a la élite un triple beneficio. Eliminaba a un personaje que nunca fue del todo fiel a los planes elitistas y daba acceso inmediato al poder a Theodore Roosevelt, entonces vicepresidente, que sí que era un servidor incondicional de la élite. Además servía de propaganda contra los movimientos sociales como el anarquismo, que a comienzos del siglo XX amenazaban con tomar el control de los medios de producción.

McKinley, republicano, fue elegido presidente dos veces. La primera en 1896 y la segunda en 1900. La causa por la cual su campaña obtuvo una financiación muy abundante, en ambas ocasiones por parte de la élite, fue principalmente el hecho de que se lo consideraba un mal menor frente a quien representaba un verdadero dolor de cabeza para los grandes empresarios, William Jennings Bryan, candidato demócrata en ambas elecciones. Era un demócrata fuera de serie, quizás el mejor orador de la historia de los Estados Unidos, y además un personaje que confrontaba radicalmente con las intenciones de la élite.

August Belmont
El Partido Demócrata había sido muy manipulado durante buena parte del siglo XIX por August Belmont, un prominente banquero alemán radicado en los Estados Unidos, que era un conocido agente de la poderosa casa Rothschild. Belmont alzaba o bajaba el pulgar de los candidatos demócratas cuando lo consideraba conveniente. Sin embargo, la muerte de Belmont en 1890 había hecho que la élite perdiera el control del que había sido su partido, lo cual se notó en las elecciones de 1892 cuando el Partido Demócrata estuvo a punto de impedir que un ex presidente amigo de la élite, Grover Cleveland, alcanzara la nominación y posteriormente la propia presidencia.

Para las elecciones de 1896, en cambio, William Jennings Bryan ya era el líder indiscutible del Partido Demócrata y por esa época resultaba indomesticable. Era el abanderado de la campaña para que las autoridades relajaran la legislación monetaria y permitieran la libre acuñación y circulación de plata y billetes, respaldados con plata y no con oro.

La controversia acerca de la plata arroja muchísima luz acerca de lo que estaba sucediendo en la economía norteamericana en la segunda mitad del siglo XIX, y las disputas con lo que todavía era la hegemonía financiera londinense en los recientemente independizados Estados Unidos. La Constitución norteamericana establecía un orden monetario bimetálico. Es decir que tanto el oro como la plata, y los billetes íntegramente respaldados en ambos metales, podían circular libremente. Sin embargo los Padres Fundadores introdujeron la paridad entre el gramo de plata y el gramo de oro, que quedaba fija e inamovible en una relación de 16 a 1.

Los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América fueron los líderes políticos y hombres de Estado que participaron en la Revolución Americana al firmar la Declaración de Independencia de Estados Unidos, participando en la Guerra de Independencia, y estableciendo la Constitución de Estados Unidos.

Dentro del gran grupo conocido como los “Padres Fundadores“, hay dos subgrupos principales: los firmantes de la Declaración de Independencia y los autores de la Constitución, que fueron delegados a la Convención Constitucional y participaron en la elaboración o redacción de la propuesta de Constitución de los Estados Unidos. Un subconjunto adicional es el grupo que firmó los Artículos de la Confederación.

Muchos de los Padres Fundadores tenían esclavos afroamericanos y la Constitución adoptada en 1787 sancionó el sistema de la esclavitud. Los Padres Fundadores hicieron esfuerzos exitosos para contener o limitar la esclavitud en los Estados Unidos y sus territorios, incluyendo la prohibición de la esclavitud en la Ordenanza del Noroeste de 1787, y la abolición de la trata internacional de esclavos en 1807.

Algunos historiadores definen “Padres Fundadores” para referirse a un grupo más amplio, incluyendo no sólo a los firmantes y los redactores de la Constitución, sino también a todos aquellos que, ya sea como políticos, juristas, estadistas, soldados, diplomáticos o ciudadanos de a pie, tomaron parte en la guerra de independencia de América y la creación de los Estados Unidos de América.

En 1973 el historiador Richard B. Morris identificó las siete figuras clave de los Padres Fundadores. Se trataba de John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson, James Madison y George Washington. El término “Padres Fundadores” fue acuñada por el presidente Warren G. Harding, entonces un senador republicano de Ohio, en su discurso de apertura de la Convención Nacional Republicana en 1916. Lo utilizó en múltiples ocasiones a partir de entonces. La más importante fue en su discurso inaugural de 1921 como Presidente de los Estados Unidos.

La paridad entre el gramo de plata y el gramo de oro significaba un excelente negocio para la banca londinense. La relación entre la plata y el oro nunca estaba fija en los mercados, sino que fluctuaba. Por ello, si en el mercado europeo la plata se valorizaba y con menos de 16 unidades de plata se compraba una de oro, entonces Nueva York le daba la oportunidad a los banqueros ingleses de realizar un excelente negocio. Se trataba de embarcar oro hacia los Estados Unidos y obtener allí 16 unidades de plata por cada una de oro que se vendía allí. Por lo contrario, si el oro en Europa se valorizaba en relación a la plata y se necesitaban más de 16 unidades de plata para comprar una de oro, entonces se embarcaba la plata y se obtenía en Nueva York oro barato gracias a la relación fija de 16 a 1.

Ese sistema bimetálico con paridad fija implicaba, en el fondo, que en los Estados Unidos iba a circular moneda en un solo metal, o bien la plata, o bien el oro, en forma alternativa. Salvo que la relación entre uno y otra en Europa fuera siempre 1 a 16, un metal desaparecía y otro aparecía abundantemente en los Estados Unidos.

Es curioso que los Padres Fundadores hubiesen concedido tamaña ventaja a la banca inglesa si se estaban independizando. Es una muy buena cuestión. Sólo diremos que varios Padres Fundadores norteamericanos tenían estrechas vinculaciones con los bancos ingleses.

Ese sistema monetario se mantuvo durante casi un siglo, pero luego de varias décadas, lo que era en realidad una gran ventaja para la banca londinense, liderada por la casa Rothschild, se había transformado en un dolor de cabeza para la élite. Por un lado, el hecho de que en los Estados Unidos circulara siempre el metal que se estaba depreciando más en Londres, fuera oro o plata, suponía una ventaja competitiva para la industria norteamericana, dado que el sistema siempre operaba con un dólar-oro o dólar-plata devaluado frente a la libra esterlina, respaldada solamente por el oro. Esto provocaba un gran problema en Londres, ya que se hacía mucho más arduo exportar bienes industriales a los Estados Unidos. Y la clave de la economía inglesa era comprar materias primas baratas en el exterior, procesarlas en Inglaterra y venderlas en el resto del mundo.

Pues bien, esto era cada vez más difícil para Inglaterra con un dólar respaldado por el metal que fuera, pero siempre el que se estaba depreciando. Además, en la segunda mitad del siglo XIX y tras el boom del oro californiano, se estaban descubriendo enormes yacimientos de plata muy barata de extraer. Ello representaba otro enorme problema para la élite. Si la plata se hacía muy abundante, podían aparecer una gran cantidad de pequeñas empresas bancarias que le disputaran el poder.

Como para ser banco había que tener en la caja fuerte oro o plata, fundamentales para emitir papel moneda respaldado en metal, la ventaja de los poderosos bancos ingleses del siglo XIX era que el respaldo fuera siempre en un metal muy escaso. Pero si éste se hacía muy abundante, era imposible impedir la proliferación de nuevos bancos que les disputaran riqueza y poderío financiero. Fue luego de meditar sobre estos temas que la élite inglesa influyó de manera decisiva para que los Estados Unidos adoptaran el patrón oro y se alejaran del bimetalismo, cosa que se concretó en 1873 mediante una ley ilegal, por ser inconstitucional, escrita por un poderoso representante de la élite financiera, el senador Sherman, el mismo que más tarde escribiría la famosa “ley antitrust” bautizada con su nombre, cuya particularidad consistía en que en realidad permitía que los monopolios u oligopolios se mantuvieran a la sombra de una proliferación de nombres, como sucedió con la Standard Oil.

En 1873 los Estados Unidos abandonaron inconstitucionalmente la posibilidad de respaldar su moneda en plata. Y como la paridad del oro subía, la moneda norteamericana subía también al ritmo del encarecimiento del oro. Como consecuencia de ello, el último cuarto del siglo XIX fue especialmente recesivo en Estados Unidos.

Williams Jennings Bryan
Varios políticos, sobre todo William Jennings Bryan, comprendieron que la raíz de los males económicos, la desocupación y las agitaciones sociales estaba en el respaldo en oro de la moneda, y comenzaron a reclamar a viva voz la posibilidad de volver a permitir la libre acuñación y circulación de plata. Pero la mera posibilidad de que ello ocurriera erizaba la piel de la élite financiera inglesa, establecida en Wall Street de la mano del clan Rothschild, de modo que estaba dispuesta a respaldar a cualquier candidato con tal de frenar la candidatura de Bryan, quien venía enfervorizando a las masas.

William Jennings Bryan decía: “Les contestaremos a sus demandas de un patrón oro: No vamos a dejar que caiga sobre el trabajo esta corona de espinas. Ustedes no van a crucificar a la humanidad en una cruz de oro“. Este fue el más célebre discurso de la historia norteamericana contra la banca londinense, el Patrón Oro y Wall Street, y las masas lo ovacionaban frenéticas. Bryan repetía la frase, y hacía alusión al tema cada vez que podía.

Y podía cada vez más veces y en más lugares. Su irrupción en la escena política, con apenas 36 años, fue un verdadero vendaval, un auténtico terremoto político que estuvo muy cerca de producir consecuencias imprevisibles para la élite, dado que si Bryan lograba realmente acceder al poder y aplicar una agenda de libre acuñación de plata, podía no sólo poner en jaque a la industria británica, ya golpeada esos años, sino derrumbar el oligopolio banquero anglo-norteamericano, todavía en aquellos años asentado predominantemente en Londres.

Ello causó que la élite prestara todo su apoyo al único candidato republicano que podía derrotarlo, tanto en 1896 como en 1900. Se trataba de William McKinley, quien daba garantías de continuar con el Patrón Oro. En ninguna de ambas elecciones había ningún otro candidato capaz de derrotar a Bryan, y la élite logró sacarse de encima a la peor de sus pesadillas. McKinley se convirtió en presidente, tras una reñida contienda.

Pero McKinley era un personaje bastante autónomo. Ya durante su primer gobierno fijó altos aranceles a la importación, a fin de frenar la desventaja comparativa que tenían los Estados Unidos desde que el oro había comenzado a revaluarse fuertemente contra la plata. A Inglaterra ello no le agradaba nada, dado que se le volvía a dificultar la colocación de sus productos industriales en los Estados Unidos. Además McKinley no estaba dispuesto a generar una guerra civil en Colombia, con el fin de producir la secesión de Panamá y facilitar así la construcción del famoso canal que estuvo durante casi 100 años bajo control y administración norteamericana.

Pero el certificado de defunción de McKinley fue su decisión de no intervenir ni regular los ferrocarriles, los cuales eran en aquella época el principal negocio privado, a tal punto que empleaban más gente que el propio gobierno federal. Las tarifas ferroviarias habían comenzado a bajar abruptamente y sin parar desde 1877, debido a la durísima competencia de pequeños ferrocarriles, que ofrecían descuentos y bajos precios. Esta competencia la realizaban contra la red oligopólica de la élite financiera de Wall Street, con Morgan y Harriman, entre otros, que controlaba dos tercios de la red ferroviaria total de los Estados Unidos. El tercio restante estaba dando enormes dolores de cabeza a los dueños de los principales bancos, que eran también los dueños de la mayor parte de la red ferroviaria.

Las pérdidas que sufría la élite en el área ferroviaria no podían ser fácilmente contrarrestadas por ganancias financieras, dado el tamaño de la industria ferroviaria. La élite solicitó a McKinley que interviniera y regulara el mercado, fijando precios artificialmente altos, prohibiendo descuentos y eliminando todo lo posible a la competencia. Pero McKinley se negó del primero al último día de su gobierno. Fue por eso que para la segunda presidencia de McKinley la élite se cuidó de que lo escoltara como vicepresidente alguien de completa lealtad a la élite y de enorme sagacidad a la hora de manipular a las masas.

Se trataba de Theodore Roosevelt. A los pocos meses de reelegido, McKinley había perdido toda utilidad para la élite. Por otro lado, William Jennings Bryan estaba definitivamente derrotado, y su campaña a favor de la acuñación y circulación de plata estaba enterrada. McKinley no iba a avanzar un solo ápice en la regulación ferroviaria ni en la cuestión del Canal de Panamá, y no dejaba de proteger sectores industriales estadounidenses que no eran prioritarios para la élite financiero-petrolera, cuyo poderío todavía estaba más en Londres que en Nueva York.

El rostro de Roosvelt tallado en Rushmore Mount
Matar a McKinley y dejar que Theodore Roosevelt ascendiera al poder era un buen negocio, dado que el vicepresidente apoyaría incondicionalmente los intereses de la élite tanto en el mercado ferroviario como en todos los ambiciosos proyectos que la élite tenía pendientes y que McKinley podía llegar a archivar. El resultado fue el asesinato de McKinley a manos del anarquista Czolgosz, quien en realidad, luego se descubrió, era miembro de la sociedad secreta “Knights of the Golden Eagle” (“Caballeros del Águila Dorada“), quizás en referencia al propio símbolo monetario norteamericano, el dólar, ya con respaldo, definitivamente, sólo en oro.

Leon Frank Czolgosz (1873 –1901) aparentemente fue un anarquista que asesinó al presidente de los Estados Unidos William McKinley al dispararle dos balas a quemarropa el 6 de septiembre de 1901. Czolgosz era un hijo de inmigrantes polacos que nació en el estado de Míchigan, en los Estados Unidos. Después de contemplar varias huelgas en su juventud, se sintió atraído por el anarquismo, por lo que se dedicó a leer textos socialistas y anarquistas. Dijo haber leído con especial interés los escritos de Emma Goldman y Alexander Berkman.

El 6 de septiembre de 1901, durante la Exposición Panamericana se acercó a corta distancia del presidente McKinley quien creyó que se trataba de un admirador. Despreció la mano que le tendió el presidente y a cambio desenfundó su revólver y disparó dos tiros a quemarropa, causándole heridas de gravedad que lo tuvieron al borde de la muerte hasta el 14 de septiembre, fecha en que falleció.

Czolgosz fue sometido a un juicio sumario por medio de un gran jurado. El proceso en total duró ocho horas desde la selección del jurado hasta el dictado de la sentencia que lo condenó a morir en la silla eléctrica. La sentencia se ejecutó el 29 de octubre en la prisión federal ubicada en la localidad de Auburn en el estado de Nueva York.

Obviamente, ser anarquista y miembro de una sociedad secreta con fines políticos, cuando éstas son siempre fundadas por la élite y con muy rígidas jerarquías internas piramidales, son cosas totalmente incompatibles entre sí. Pero ni la prensa oficial norteamericana ni los historiadores financiados por universidades norteamericanas propiedad de la élite vieron algo raro, y la teoría del “loco anarquista suelto” quedó enmarcada dentro de la historia oficial, de la misma manera que se ocultó todo lo que se pudo la existencia de la sociedad secreta que planeó el asesinato.

Leon F. Czolgosz, asesino del presidente McKinley
Con el correr de los meses, la élite se congratulaba de la muerte de McKinley. Roosevelt regulaba los ferrocarriles tal como la élite deseaba, y simultáneamente anunciaba una inexistente campaña contra los grandes capitales monopólicos. Es más, decía que regulaba para luchar contra los monopolios. Basta una anécdota para saber quién fue realmente este personaje. Cada presidente norteamericano, cuando es nombrado, selecciona el cuadro de un ex presidente para que lo acompañe en su despacho. Se trata de elegir al ex presidente con quien uno se siente más identificado: ¿Quién eligió recientemente el retrato de Theodore Roosevelt? Nada menos que George Bush padre en 1989, un auténtico maestro a la hora de engañar y desviar la atención.

(Fuente: http://despiertaalfuturo.blogspot.com.es/)

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