lunes, 22 de febrero de 2016

"GLADIO": LA MAYOR RED TERRORISTA DE LA HISTORIA (3ª PARTE)



CAPÍTULO 7. EL TERRORISMO DE FALSA BANDERA

Paul L. Williams comienza el relato del capítulo séptimo señalando a uno de los personajes más execrables de la política exterior norteamericana: Henry Kissinger, quien estaba profundamente preocupado por los excelentes resultados que el Partido Comunista Italiano había tenido en las elecciones nacionales y regionales de 1969. Así que, como señala con sarcasmo Williams, los grifos financieros fueron abiertos sin preocuparse de si había fugas. Además de los millones de dólares que se canalizaron hacia la logia masónica P2 por funcionarios de la CIA, se desviaron fondos millonarios a Michele Sindona (el banquero del Vaticano) para la implementación de la estrategia de tensión a través del embajador norteamericano en Italia Graham Martin. Sólo en 1970, Sindona recibió más de 10 millones de dólares del diplomático estadounidense. EEUU no perdió el tiempo y su ideólogo más abyecto, Henry Kissinger, entonces asesor de Seguridad Nacional de Nixon, dio órdenes a Licio Gelli, el jefe de la Logia P2, a través de su adjunto, el general Alexander Haig, para la ejecución de ataques terroristas e intentos de golpe de Estado en toda Europa, particularmente en Italia.

Aquí habría que decir que el resto de la historia es conocida pero conviene mantenerla viva: Williams va citando los clásicos atentados terroristas de Gladio en Piazza Fontana (17 muertos, 1969), Peteano (3 ‘carabinieri’ muertos, 1972), la bomba en el tren Roma-Munich (12 muertos, 1974)…todos ellos endosados, en un primer momento, a cabezas de turco de izquierdas escogidos por la policía y los servicios secretos italianos que provocaron la implementación de una razzia policial masiva para criminalizar deliberadamente a grupos comunistas o anarquistas. Uno de los detenidos en aquellas operaciones-montaje de la policía italiana contra la izquierda al que se acusó falsamente de colocar las bombas en Piazza Fontana (Milan, 1969), el obrero ferroviario anarquista Giuseppe Pinellli, murió durante los interrogatorios (con evidentes signos de tortura) al ser arrojado por la policía desde un cuarto piso.

El jefe policial torturador que estaba dirigiendo los interrogatorios a Pinelli, el comisario Luigi Calabresi, no fue inculpado a pesar de las evidencias de su participación en el crimen, pero recibió la misma medicina años más tarde (1972) al ser ejecutado a tiros por, supuestamente, una organización anarquista. Este tipo de crímenes, donde los detenidos tenían la mala costumbre de “suicidarse” en dependencias policiales los vivimos aquí mismo, en España, en idénticas circunstancias. Por ejemplo, con el estudiante Enrique Ruano en el franquismo (1969), a manos de la Brigada Político Social, aunque fue asesinado en otro edificio, al ser arrojado desde el séptimo piso, o en el caso del miembro de ETA Xabier Calparsoro (en 1993) que, dicen, “huyó” de la policía y se arrojó por la ventana de la comisaría de turno; en fin, versiones oficiales, ambas, orquestadas bajo una evidente mentira. Todavía, a día de hoy, desvergonzadamente, prevalece la “duda” o “veracidad” de las versiones oficiales urdidas para aquéllos dos “sucesos”.

Lo que no admite cuestionamiento alguno es que los aparatos policiales y de espionaje italianos estuvieron detrás, en su práctica totalidad, de todos los atentados terroristas que acontecieron en suelo italiano en los años setenta y ochenta con el sello de Gladio, incluyendo el secuestro y asesinato del líder democristiano Aldo Moro, todo ello bajo la supervisión directa de la CIA.

Asímismo, el intento de golpe de Estado de 1970 en Italia, comandado por el fascista Valerio Borghese, fue otra estrategia de Gladio ideada por la CIA y elementos del fascismo italiano para girar al autoritarismo derechista. Según Williams, citando al periodista de investigación francés René Monzat, el presidente norteamericano Richard Nixon había monitorizado cuidadosamente los preparativos del golpe y se mantuvo constantemente informado de los acontecimientos por parte de funcionarios de la CIA. Para ello, Borghese, conocido como el “Príncipe negro” (junto a otros “gladiadores” de renombre como Licio Gelli o Michele Sindona) tenían la intención de secuestrar al presidente italiano Giuseppe Saragat y asesinar a Angelo Vicari, el jefe del departamento de policía nacional. En el último minuto se cancelaron los planes ya que les habían llegado noticias de que el gobierno demócrata-cristiano de Saragat sabía del plan y estaba dispuesto a declarar la ley marcial.

Vincenzo Vinciguerra, el terrorista de extrema derecha que se autoinculpó del atentado de Peteano, dijo años más tarde, a propósito de Gladio, que Una super organización, que a falta de una invasión militar soviética que nunca iba a suceder, decidió asumir la tarea, en nombre de la OTAN, de ejecutar tareas preventivas terroristas para evitar que hubiera un deslizamiento hacia la izquierda en el equilibrio político del país. Esto se hizo con la ayuda de los servicios secretos, los militares y las fuerzas políticas (en particular, la Democracia Cristiana).

EL ASESINO TERRORISTA MASÓN LICIO GELLI

El crimen del dirigente democristiano Aldo Moro supuso un salto cualitativo en la estrategia operativa terrorista de Gladio. Moro, es bien sabido, se iba a coaligar con el Partido comunista italiano para formar un gobierno bicolor en Italia y eso fue la gota que colmó el vaso de Washington. El montaje sucio del Estado italiano, previo al asesinato de Moro, fue digno de entrar en los anales de la infamia universal. Andreotti y los servicios secretos italianos acusaron a las Brigadas Rojas (organización terrorista de izquierdas creada por los aparatos de seguridad italianos y la CIA) de ser los autores materiales del secuestro, y posterior asesinato. Se produjeron miles de registros en viviendas y más de seis millones de personas fueron interrogadas. Pero los criminales, en este caso los principales ideólogos (o parte de ellos), estaban bastante más allá de las fronteras italianas. Lo refiere Williams: Steve Pieczenik, un ex negociador de rehenes del Departamento de Estado de Estados Unidos y director para situaciones de crisis internacional, afirmó que jugó un “papel fundamental” en el destino de Moro.

Pieczenik trabajó con un comité de crisis, encabezado por Francesco Cossiga, ministro del Interior de Italia. Cossiga, que se convirtió en primer ministro de Italia en 1979 y presidente en 1985, tenía fuertes lazos con Gelli y Gladio. Todos los miembros del comité de crisis que ostentaban jefaturas de Estado mayores como Giovanni Torrisi (Defensa), el de inteligencia, Giuseppe Santovito (SISMI), Walter Pelosi, jefe del CSIS (Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos), etc, eran miembros de la Logia masónica P2, es decir Gladio.

Dicho comité de crisis elaboró una nota atribuida a las Brigadas Rojas afirmando que Moro había sido ejecutado. “La decisión fue tomada en la cuarta semana del secuestro, cuando las cartas de Moro estaban a punto de revelar secretos de Estado”. Pieczenik añadió: “Hemos tenido que sacrificar a Aldo Moro para mantener la estabilidad de Italia. Entre aquellos secretos de Estado que probablemente tenía Moro en sus manos estaba la implicación del Vaticano en el secuestro (y posterior asesinato de Moro).

Un audaz periodista crítico de Italia, Carmine Pecorelli, en el año 1979, apenas un año después del asesinato de Moro, se atrevió a mencionar a Pieczenik como el posible inductor del crimen de Moro. Meses después Pecorelli fue asesinado a tiros al más clásico y sanguinario estilo de la mafia: con una piedra en la boca y el cañón del arma disparado dos veces hacia el fondo de su garganta.

Las Brigadas Rojas estaban infiltradas hasta en la sopa por la CIA y el SISMI (los servicios secretos italianos), lo cual tenía su lógica si era un grupo que había sido orquestado y teledirigido desde las cloacas italianas y la propia CIA. Eran el contraste perfecto para reprimir a la izquierda y alejar al Partido Comunista del poder en Italia.

Una escuela de idiomas, Hyperion, en París, señala Williams, fue el punto de contacto entre los brigadistas sin saber, éstos, que había sido fundada por la CIA. La escuela era algo así como una “intermediaria” (o falsa tapadera) para las reuniones de grupos terroristas italianos y extranjeros. Williams cita a la OLP de Arafat, la Fracción del Ejército Rojo alemán y a la ETA vasca. Todos estaban siendo controlados por los servicios secretos de Italia y EEUU (y, con toda probabilidad, también por los de Francia, España y Alemania). El caso de ETA es cuanto menos “llamativo” e ilustrativo puesto que la organización terrorista vasca habría estado mucho más infiltrada, en toda su historia, de lo que algunos han creído, o ignorado. Es decir, que actuaban en base a la idea de que se trataba de un grupo terrorista autónomo que realizaba atentados preparados por la cabeza dirigente de la organización y gozaba del respaldo (eso sí) de una parte de la población vasca. Y no estaría infiltrada para ser desmantelada sino, supuestamente, para mantenerla bien viva y coleando.

Los GRAPO, aunque no se cita en el libro de Williams, habrían sido otra fachada terrorista española creada por la CIA para la consecución de sus objetivos de estrategia de tensión en España (reclutando-engañando a comunistas honestos pero también, al mismo tiempo, infiltrando a colaboradores de la CIA, la policía o el CESID, como el hoy historiador ultraderechista Pio Moa). Philip Agee, el antiguo espía de la CIA refugiado en Cuba, ya lo había señalado en 1978, en una cita encontrada en la hemeroteca de EL PAIS: La dirección de la organización terrorista española GRAPO podría contar con agentes de la CIA, según ha afirmado en La Habana Philip Agee, ex oficial del servicio secreto de Estados Unidos.

Agee, autor del libro-testimonio «Dentro de la compañía, diario de la CIA», dijo que el método de infiltrar en grupos extremistas a hombres clave era muy común, puesto que así podía encauzarse la acción de estas organizaciones en beneficio de la CIA. Philip Agee apuntó que el manejo de estos grupos por parte de la CIA también podría alcanzar a las Brigadas Rojas italianas o la Fracción del Ejército Rojo en Alemania Federal. Agee bien sabía lo que decía, con conocimiento de causa, como se ha demostrado en el caso de las Brigadas Rojas, del que ya se ha hablado con anterioridad y que se cita a continuación.

En el subcapítulo El Misterio de las Brigadas Rojas, Williams subraya cómo dos de los miembros más prominentes de los brigadistas, Renato Curcio y Alberto Franceschini (que habían sido arrestados en Roma en 1974), en concreto, éste último de forma oficial, acusaron a Mario Moretti, un agente de la CIA (e integrante “oficial” de las Brigadas Rojas), de captarlos para la organización. Otro jefe de las Brigate Rosse, Giovanni Senzani, era, de hecho, otro espía de la CIA. Franceschini, ante una comisión parlamentaria italiana, dijo que el profesional asesinato de Moro estaba lejos de haber sido ejecutado por unos brigadistas cualquiera captados en una asamblea comunista de barrio. Williams se apoya en cuatro puntos para dar consistencia a esta última afirmación:

(1) Los pistoleros que asesinaron a los guardaespaldas de Moro fueron asesinos altamente especializados, con habilidades que superaban con creces las de unos “brigadistas aficionados”.

(2) Los asesinos utilizaron uniformes de la compañía aérea Alitalia con el fin de identificarse unos a otros.

(3) Moro había estado cautivo en un complejo de apartamentos propiedad del SISMI, la agencia militar de inteligencia de Italia.

(4) Las balas que acribillaron el cuerpo de Moro fueron tratadas con una pintura especial para preservar en el anonimato la munición que estaba utilizando la red terrorista Gladio de la OTAN.

El atentado terrorista contra la estación de tren de Bolonia, ocurrido en agosto de 1980 (con el resultado de 85 muertos y centenares de heridos), fue otra obra “maestra” del terrorismo de Gladio asignado, cómo no, a la extrema izquierda. El explosivo colocado fue idéntico al que solía utilizar el ejército estadounidense (C4). Pero aquí, a los asesinos, no les salió del todo la jugada perfecta ya que, como dice Williams, los planificadores cometieron un error: la presencia de miembros de la organización ultraderechista Núcleos Armati Rivoluzionari (NAR, “Núcleos Armados Revolucionarios”) fue detectaqda en la estación de tren. El fiscal de Bolonia emitió órdenes de arresto para veintiséis miembros de los NAR, que fueron interrogados en Ferrara, Roma, Padua, y Parma. Todos ellos, gracias a la intervención del SISMI (la inteligencia militar italiana), fueron liberados.

Williams afirma que, en el marasmo político de entonces y sin tener vínculo con las investigaciones sobre el crimen de Bolonia, en un registro efectuado en la villa de Licio Gelli se encontró, en diciembre de 1981, una lista con los más “prominentes miembros de la Logia P2 (es decir, de la CIA y Gladio) que incluía tanto a políticos, militares, medios de comunicación, la inteligencia italiana como a miembros de la dictadura argentina. Entre los más importantes Williams cita a: Silvio Berlusconi (¿en que turbios asuntos no ha estado mezclado este siniestro y tragicómico individuo?), Michele Sindona (el banquero de “Dios”, de la CIA y de la mafia), Roberto Calvi (otro banquero de “Dios”, asesinado en Londres por la red Gladio-mafia-Vaticano en ajuste de cuentas), Umberto Ortolani, Franco de Bella (director del diario líder en Italia, Corriere Della Sera) Angelo Rizzoli (propietario del anterior medio), Vito Miceli (Jefe del Servicio de Inteligencia italiano de 1969 a 1974), Federico Umberto D’Amato, miembro de una célula de inteligencia en el Ministerio del Interior, Giuseppe Santovito (Jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército italiano de 1978 a 1981) y un largo etc..que incluía a asesinos y torturadores argentinos como Emilio Massera, José López Rega (terrorista fundador de la Triple A), Alberto Vignes, ministro de Asuntos Exteriores de Argentina (1973-1975) o el inefable Stefano Delle Chiaie, conocido agente terrorista de Gladio que actuó en España y Latinoamérica.

Abruma ver hasta dónde el crimen organizado desde el Estado alcanzaba sus tentáculos, siempre disfrazando de “democracia” y “Estado de derecho” su cloaca delicitiva, mientras la ciudadanía era continuamente engañada a través de los medios de desinformación de entonces.

El demoledor análisis de Williams le lleva a una conclusión final sobre el crimen masivo de Bolonia, realmente estremecedora. El vínculo directo al atentado de Bolonia finalmente se encontró en el aeropuerto de Roma dentro de la maleta de la hija de Gelli. Dos documentos describían el plan maestro del grupo masónico, junto con un documento de alto secreto del Ejército de EE.UU., los cuales fueron suficientes para convencer el juez Felice Casson y su equipo de investigadores que la logia masónica P2 había estado involucrada en los ataques terroristas de Bolonia y que la sociedad secreta actuaba como una tapadera para el CIA. Es más, los investigadores se dieron cuenta de que la sociedad secreta, que actúa bajo las órdenes de funcionarios de Estados Unidos, había sido la que había iniciado actos de terror en todo el mundo occidental y muy especialmente en la Argentina donde iniciaba su carrera eclesiástica Jorge Mario Bergoglio, que ascendería, años después, al trono papal como Francisco I.

(Fuente: http://uraniaenberlin.com/)

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