domingo, 28 de febrero de 2016

ASESINOS DE PRESIDENTES (3ª PARTE)


William McKinley (1843 – 1901) fue el vigésimo quinto Presidente de los Estados Unidos y el último veterano de la Guerra Civil estadounidense elegido presidente. El 6 de septiembre de 1901 fue tiroteado por el anarquista Leon Czolgosz. Falleció ocho días después y se convirtió en el tercer presidente asesinado en el cargo, tras Abraham Lincoln y James Abram Garfield. Fue sucedido por Theodore Roosevelt.

John Fitzgerald Kennedy (1917 – 1963) fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Fue conocido como John F. Kennedy, Jack Kennedy por sus amigos y popularmente como JFK. El Presidente Kennedy recibió varios impactos de bala en la calle Elm de Dallas (Texas), a las 12:30, el 22 de noviembre de 1963, mientras realizaba una visita política por el estado de Texas. Fue declarado muerto media hora más tarde. Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino, fue arrestado en un teatro, aproximadamente 80 minutos después de los disparos.

Según Woodrow Wilson, Presidente de los Estados Unidos (1912-1920): “Desde que ingresé a la política, muchos hombres se me han acercado para confiarme sus pensamientos de manera reservada. Algunos de los más importantes hombres de los Estados Unidos, de las áreas del comercio y de la industria están asustados de alguien, están asustados de algo. Saben que en algún lugar hay un poder tan organizado, tan escondido, tan vigilante, tan interrelacionado, tan completo, que es mejor no hablar más alto que el ruido de la respiración cuando se lo condena”.

Woodrow Wilson
Que esta frase la haya pronunciado Woodrow Wilson en 1913, durante una entrevista concedida al New Republic, y no otro presidente de los Estados Unidos, tiene una especial significación. No sólo porque se trata de un presidente norteamericano que resultó reelecto, sino porque Wilson no fue precisamente un presidente que se opusiera a los deseos de la élite petrolero-financiera norteamericana. De hecho sucedió lo contrario, ya que ayudó a los banqueros a crear un banco central privado -el FED- cuyas acciones están en las manos de los bancos más importantes de Wall Street y no del Estado norteamericano.

Hemos escuchado muchas veces que el Banco Central estadounidense, o sea el Federal Reserve Bank (FED), es la entidad más poderosa del mundo. En ese sentido, suele decirse que su jefe es más poderoso que el propio presidente de Estados Unidos. Razón no le falta a quien piense de esta manera. El FED maneja las tasas de interés de corto plazo del dólar no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, influye sobre las tasas de interés de largo plazo mediante intervenciones en el mercado financiero, agrega o quita dinero de los mercados, acelera o retrae el ritmo de crecimiento y de generación de puestos de trabajo en Estados Unidos y, en menor medida, en el mundo. Influye de manera muy importante en las paridades cambiarías y, por lo tanto, en las corrientes comerciales y en los flujos de capitales del mundo.

Aunque el FED está en condiciones de generar secesiones, depresiones, reactivaciones y euforias financieras, ante las cuales los políticos de turno en la Casa Blanca o en el Congreso poco pueden hacer para evitar el impacto en los votos que su Director puede indirectamente realizar, sería incorrecto pensar que la real base del poder es el FED. En todo caso, el FED y su Director también son instrumentos de un poder superior. El FED fue creado por ley del Congreso el 22 de diciembre de 1913. Los banqueros privados, en aquel momento, venían criticando en forma pública la ley que creaba un Banco Central en Estados Unidos. Sin embargo, en forma reservada, los principales banqueros norteamericanos se frotaban las manos ante esa ley que habían logrado sacar, gracias al senador Aldrich, casado con una hija del magnate John D. Rockefeller I.

Una gran cantidad de legisladores se encontraban ausentes al acercarse la Navidad, y la votación parlamentaria fue manipulada. Se trató de un movimiento magistral a la medida de la élite que se originó en conversaciones reservadas entre los principales banqueros en 1910.

William Howard Taft
Para poder crear al FED, la élite financiera y petrolera norteamericana tuvo que manipular las elecciones de 1912. El presidente Taft buscaba la reelección. Pero su partido, el Republicano, se había pronunciado públicamente contra la creación del FED. Así dadas las cosas, la élite decidió fracturar al Partido Republicano en dos. Por un lado, se presentaba Taft. Por el otro, Theodore Roosevelt, ex presidente de la República. La división abrió las puertas para que el manipulable Woodrow Wilson accediera al poder con mucho menos del 50% de los votos. La élite, con su presencia y la del senador Aldrich, se ganaría la seguridad de la aprobación de la creación de un Banco Central privado: el FED.

No cabe duda de que el mejor negocio de la Tierra es emitir moneda. Desde hace siglos los principales banqueros saben muy bien que si la gente acepta como medio de pago un papel emitido por un banquero privado, con la promesa de redimirlo en oro o plata, y prefiere comprar y vender con ese billete y no con oro o plata metálica, entonces tal banquero tendrá la potestad de decidir quiénes deben recibir crédito y cuánto, qué tasas de interés cobrarles, a quién no prestarle, ... Y todo mediante la creación de medios de pago.

Si los banqueros privados observaban que la gente no requería que le redimieran en metálico los billetes puestos en circulación, sino que la población los acumulaba y efectuaba sus transacciones en papel moneda, entonces podían generar de la nada muchos más billetes y ponerlos en circulación. De esta manera, el total de papel moneda superaba con creces las reservas en metálico que los banqueros privados guardaban en sus cajas fuertes.

En otras palabras, los banqueros privados tenían la potestad de crear dinero de la nada si la gente aceptaba sus billetes. Y fue lo que ocurrió. El origen de la propia banca debe buscarse a través de operaciones de este tipo. Los bancos de Inglaterra, Francia y Alemania no comenzaron, como usualmente se piensa, como bancos estatales ni como empresas de las respectivas coronas, sino como bancos privados, controlados en buena medida por la dinastía banquera europea que se había instalado en Inglaterra, Francia, Alemania, Austria e Italia. Así como el clan Rothschild, junto a sus asociadas Kuhn, Loeb, Lehman, Warburg, etc. Que el negocio bancario estaba monopolizado en unos pocos clanes familiares se puede ver simplemente a través de una vieja anécdota. mientras Max Warburg dirigía el Banco Central alemán durante el gobierno del kaiser Guillermo II, y se constituía en su banquero personal antes de la Primera Guerra Mundial, su hermano, Paul Warburg, era directivo del FED. El tema alcanzó ribetes escandalosos en Estados Unidos y obligó el rápido reemplazo de Paul Warburg. Otra anécdota, mientras la familia Rothschild era una de las principales accionistas tanto en forma directa como indirecta del propio Banco de Inglaterra, la rama francesa de dicho clan colocaba varios integrantes para dirigir nada menos que el Banco de Francia, el cual sólo fue estatizado luego de la Segunda Guerra Mundial.

El primer Banco Central creado fue el Banco de Inglaterra. Ya antes de las guerras napoleónicas los Rothschild poseían un enorme poder financiero en toda Europa. Deseaban aumentarlo y así establecer las políticas financieras en los principales países europeos. Lo mismo pudieron hacer durante el transcurso del siglo XIX con los bancos centrales de Francia y Alemania. A menudo financiaron guerras entre los países, con la estrategia de prestarles a ambos bandos. De esta manera, cuando las guerras finalizaban, las naciones y las casas reales quedaban debilitadas, endeudadas y, por lo tanto, cada vez más dependientes de los banqueros.

Fueron los Rothschild quienes decidieron ingresar a Estados Unidos financiando a clanes familiares a los que observaban durante mucho tiempo antes de otorgarles fondos para sus emprendimientos, y que resultaban “amigos incondicionales“, tales como los Rockefeller, los Morgan, Carnegie, los Harriman, etc. Por lo tanto, no debe llamar la atención que el FED no sea un Banco Central común y corriente. No es como el Banco Central de cualquier país latinoamericano o el Banco Central Europeo. No es un banco central propiedad del Estado. Es, lisa y llanamente, un banco privado. Y se trata de un banco privado propiedad de unos pocos bancos privados.

Por ejemplo, de los 19,7 millones de acciones del FED, unas 12,2 millones de acciones (62%) eran propiedad de sólo tres bancos hacia fines de 1994. ¿Qué bancos? El Chase Manhattan, el Citibank y el Morgan Guaranty Trust. Tres grandes apellidos desde hace muchas décadas han controlado y controlan esos tres bancos. Se trata de los Rockefeller, los Rothschild y los Davison (Morgan). Ese porcentaje habría continuado creciendo merced a las fusiones que se registraron en la última década.

Tampoco debe llamar la atención, entonces, que el anterior jefe del FED, Alan Greenspan, haya sido director corporativo de JP Morgan, de Morgan Guaranty Trust y de la petrolera Mobil (Standard Oil of New York), antes de ocupar el estratégico cargo en el FED. Woodrow Wilson repetía públicamente que no deseaba que los Estados Unidos ingresara en la Primera Guerra Mundial. Pero tramaba en secreto con funcionarios y banqueros la manera de entrar lo antes posible en la misma, aun cuando no tuviera una razón para ello.

Fue Wilson quien llevó adelante la agenda de la élite para generar la Sociedad de las Naciones, entidad cuyo objetivo inicial era intentar establecer un gobierno mundial globalizado tras la derrota de las potencias centrales europeas en 1919. También fue quien creó el actual sistema impositivo norteamericano, que cobraba impuestos a la clase media y a los pobres mientras que absolvía del pago de impuestos a los más ricos empresarios, que podían esconder legalmente sus fortunas en fundaciones libres del pago de todo impuesto. ¿Les suena?

Por otra parte, Wilson fue el presidente que ayudó a que la disolución del monopolio petrolero norteamericano, controlado por la familia Rockefeller, que representaba a la empresa Standard Oil, hoy Exxon, y otras, fuera simplemente una subdivisión en varias empresas que operaban en la sombra como una única empresa.

Finalmente, fue Wilson quien ordenó que se le diera un pasaporte nuevo al revolucionario ruso León Trotsky para que pudiera realizar la Revolución Rusa de octubre de 1917, instalando el bolchevismo en Rusia, tal como era deseado por la élite globalizadora en aquella época.

Como puede verse, quien hablaba de la existencia de un poder oculto y secreto no era un teórico de las conspiraciones ni un paranoico que veía enemigos donde no los había. En realidad era uno de los más estrechos colaboradores que la élite globalizadora encontró en todo el siglo XX. Sin embargo, es importante ver cómo fue desarrollándose el poder de esta élite en las distintas etapas de los siglos XIX y XX.

(Fuente: http://despiertaalfuturo.blogspot.com.es/)

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