sábado, 31 de octubre de 2015

HIROSHIMA, LA VERDAD MALDITA (3ª parte)



Desde la ofensiva japonesa a Pearl Harbor en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, el clima de la guerra contra Japón estaba dominado por el profundo odio que las feroces campañas de propaganda habían imbuido al pueblo americanos en contra de los japoneses. El historiador Allan Nevins, ganador del Premio Pulitzer, escribió después de la guerra: “Probablemente en toda nuestra Historia, ningún enemigo haya sido tan detestado como los japoneses”. El almirante William “Bull” Halsey, comandante de las fuerzas del Pacífico Sur, era famoso en este sentido: animaba a sus hombres a matar a los “monos amarillos” y hacer un poco más de “carne de mono”. Eran unos monos duros, pero se podía acabar con ellos. Un artículo de la revista Times afirmaba que “el japonés medio, carente de razón, es ignorante. Pueda que sea humano, aunque nada lo indica”. La embajada británica en Washington informaba que “los americanos veían a los japoneses como una masa indefinida de alimañas”.

Cuando el popular corresponsal de guerra Ernie Pyle fue transferido de Europa al Pacífico en febrero de 1945, observó que “en Europa veíamos a nuestros enemigos, por horribles y mortíferos que fuesen, como a personas, pero aquí no tardé en darme cuenta que se consideraba a los japoneses de la misma forma en que algunos ven a las cucarachas o a los ratones”. Sin duda, parte de este sentimiento puede atribuirse al racismo, pero el rencor americano contra Japón desencadenado desde el ataque a Pearl Harbor se agudiza en las informaciones gubernamentales relativas al sadismo con el que se había tratado a los prisioneros estadounidenses y filipinos durante la Marcha de la Muerte de Bataán dos años atrás. Informes sobre la incalificable crueldad japonesa inundaron los medios: vejaciones, torturas, crucifixiones, castraciones, descuartizamientos, decapitaciones, hombres quemados y enterrados vivos, vivisecciones, prisioneros clavados a los árboles y utilizados para prácticas de los asaltos con bayonetas ...

Pero el fanatismo intolerante de Truman era muy anterior a los informes sobre el salvajismo japonés. Cuando de joven cortejaba a su futura esposa, había escrito: “Creo que un hombre vale tanto como cualquier otro siempre que sea honrado y decente y no sea ni negro ni chino. El tío Will dice que el Señor hizo a un hombre blanco de tierra, y aun hombre negro de barro y luego vomitó lo que quedaba y salió un chino”. Para ser justos, Truman era un producto de su tiempo y de la América Profunda. Su biógrafo Merle Miller escribió: “En privado el señor Truman siempre los llamaba nigers, al menos siempre que yo hablé con él”. "Nigger" es la adulteración de la palabra "negro" por los estadounidenses sureños racistas, quienes la utilizaban de manera despectiva y denigrante, asignándole a la misma todo lo negativo que pensaban de la raza negra, a la que consideraban inferior.

Este racismo se impuso cuando el presidente Roosevelt firmó una orden ejecutiva para evacuar a más cien mil japoneses y americanos de origen japonés de California, Oregón y Washington alegando que representaban una amenaza para la seguridad nacional. Un 70% eran ciudadanos estadounidenses, pero casi nadie defendió sus derechos constitucionales y se les acabó internando en diez campos, a los que se solía aludir en la época como “campos de concentración”, en los que las condiciones de vida eran deplorables: no había agua corriente, instalaciones sanitarias, colegios decentes, barracones con aislamiento ni techos adecuados, trabajaban bajo el ardoroso sol del desierto por una paga minúscula, solo se permitió a los evacuados conservar lo que podían llevar consigo y muchos americanos aprovecharon la ocasión para quedarse con propiedades de sus vecinos por una fracción de su valor real. Según cálculos aproximados, los japoneses perdieron más de cuatrocientos millones de dólares en propiedades personales, que al valor actual supondrían más de cinco mil millones.

La opinión pública norteamericana estaba preparada para tragarse sin rechistar el dantesco espectáculo que se desencadenó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. A las 2:45 de aquel maldito día despegaron tres B-29 de la isla de Tinian con rumbo a Japón. El bombardero que iba en cabeza, bautizado como Enola Gay en honor de la madre de su piloto, Paul Tibbets, transportaba la bomba de uranio “Little Boy” destinada a explotar sobre la ciudad de Hiroshima. Seis horas y media después el avión tenía a la vista su objetivo. En la ciudad condenada, inundada por el sol de la mañana, reinaba la calma. Los 300.000 civiles, 43.000 tres mil soldados y 45.000 trabajadores norcoreanos esclavizados estaban comenzando la jornada. El objetivo era un puente cercano al centro de la ciudad. A la hora fijada, la 8:15, el enorme aparato inició la aproximación a 9.500 metros de altitud y a 530 Km/hora.

Apenas arrojó la bomba, el avión giró violentamente para alejarse de la explosión. En el último momento una racha de viento arrastró la bomba hacia el hospital de Shima, situado a un lado del puente. La bomba cayó casi ocho kilómetros hasta hasta una altura de unos seiscientos metros, entonces las dos masas de uranio se unieron para convertirse en energía. El Enola Gay, ya a casi 15.000 km de distancia fue sacudido violentamente por la onda expansiva. La bola de fuego se expandió, engullendo el centro densamente poblado de la ciudad. La ola de intenso calor y la explosión pulverizaron los edificios y carbonizaron hasta los escombros. La bomba destruyó totalmente un área de poco más de dos kilómetros de radio. Hora y media después, a casi 650 km de distancia, la tripulación volvía la vista atrás y todavía podía ver la nube en forma de hongo que se alzaba a más de doce mil metros. En el centro de la explosión, en donde se alcanzaron temperaturas de casi tres mil grados, la gente fue convertida en masas carbonizadas y humeantes, mientras sus órganos internos se desintegraban. Decenas de miles de personas murieron instantáneamente. Se calcula que 140.000 habían muerto al terminar el año y 200.000 en 1950.

En un alarse de ocultación sin apenas precedentes, el Gobierno de Estados Unidos informó oficialmente que en el ataque a Hiroshima habían muerto 3.243 soldados japoneses. Con esta descomunal mentira se inicia la falsificación del que, acaso, sea el acto criminal más grande cometido en la Historia de la Humanidad. Como contrapunto monstruoso, cabe mencionar que cuando tuvo noticia de que la bomba había estallado sobre el blanco previsto, el presidente Truman, a bordo del crucero Augusta, fue de un miembro de la tripulación a otro anunciando la gran noticia como un pregonero de aldea: “Esto es lo más grande que ha ocurrido en la Historia”, dicen que exclamaba alborozado. No creo que sea necesario ningún comentario propio para calificar la calidad moral y la categoría intelectual de semejante individuo.

El presentador Edward R. Murrow en una entrevista televisada realizada en 1958, preguntó a Truman: “Cuando se lanzó la bomba atómica, la guerra estaba a punto de terminar de todos modos, ¿fue esto el resultado de un error de cálculo del potencial japonés, falló acaso nuestra Inteligencia en este caso? Truman respondió: “Se hizo partiendo de la teoría de que nuestras tropas esperaban invadir Japón en muy poco tiempo. Se había calculado que iban a hacer falta un millón y medio de hombres para realizar esa invasión. Con toda probabilidad íbamos a sufrir medio millón de bajas y doscientos cincuenta mil soldados morirían. Teníamos una nueva y poderosa arma, no tuve ningún reparo en utilizarla, porque un arma de guerra es un arma destructiva. Por esa razón ninguno de nosotros quiere la guerra y todos estamos contra la guerra, pero cuando tienes el arma que te haría ganarla sería una estupidez no utilizarla”.

Evidentemente, Truman sabía que mentía. Apenas dos meses antes del ataque nuclear a Hiroshima, exactamente el 18 de junio, el presidente consultó al general de cinco estrellas George Marshall acerca del número de bajas americanas que cabía esperar en el caso de que fuese necesario llegar a la invasión de Japón. El veterano militar le respondió que, según los cálculos realizados, no esperaba más de treinta mil bajas.

El cálculo de bajas de Truman fue aumentando con el paso de los años. En noviembre de 1949 se hablaba ya de 500.000 bajas, que en enero de 1953 habían llegado al millón, entre bajas americanas y japonesas. Casi cincuenta años después, en 1991, el presidente George Bush alabó "la dura y valiente decisión de Truman, que salvó millones de vidas americanas".

Esta misma mañana he vuelto a escuchar la repetición de estas mentiras por boca de los tertulianos que habitualmente comparecen en nuestras emisoras de radio para pontificar acerca de todo lo divino y humano sin ser especialistas en nada de lo que comentan. Una vez más he tenido que constatar mi impotencia y limitarme a desconectar el aparato de radio, como me veo obligado a hacer cada vez que se refieren a los atentados del 11-M y dan por descontada la veracidad de la Versión Oficial.

La macabra ironía es que se permitió a los japoneses mantener a su Emperador, el único obstáculo que había impedido al gobierno japonés firmar la rendición meses antes del bombardeo atómico de Hiroshima, tal como el general Douglas McArthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Pacífico, declaró taxativamente en una entrevista cuando afirmó que el empleo del la bomba atómica había sido completamente innecesario desde el punto de vista militar, para añadir que “los japoneses se habrían rendido en mayo si los Estados Unidos les hubiesen dicho que podrían conservar a su Emperador”.

A pesar de todo lo expuesto, Truman nunca tuvo problemas morales por causa de su decisión. En la entrevista de 1958 anteriormente mencionada, Edward R. Murrow le preguntó cómo pudo mantener el equilibrio o dormir por las noches en los días previos a que se produjese el lanzamiento de la bomba atómica. A lo que Truman respondió: “No tuve ningún problema para dormir. Toda mi vida cuando he tenido que tomar una decisión, la he tomado, después la olvido y me pongo a trabajar en otra cosa”. Murrow también le preguntó si tenía alguna razón para pensar en términos históricos que la bomba de hidrógeno recién fabricada no se utilizaría. Como respuesta, Truman le dijo: “Espero que nunca tenga que usarse, porque espero que mantengamos la paz en el mundo y que no resulte necesario. Pero si el mundo vuelve a sumirse en el caos, se usará. De eso puede estar seguro”.

Causa espanto comprobar que esta filosofía es exactamente coincidente con la expresada por el secretario de Defensa Robert MacNamara, quien en un memorándum destinado al presidente Lynndon Johnson afirmaba su convicción de que la función dirigente que los norteamericanos habían asumido “no podía ejercerse si a alguna nación poderosa y virulenta —sea Alemania, Japón, Rusia o China— se le permite que organice su parte del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra”. Algo que es fácilmente comprobable en las políticas belicistas mantenidas bajo las etapas de gobierno de los dos últimos presidentes de los Estados Unidos: George Bush y Barak Obama.

Resulta curioso reseñar que incluso el belicoso Churchill manifestó reparos morales cuando visitó a Truman al final de su presidencia. Margaret, la hija del Presidente, describió así la escena: “Todo el mundo estaba de un humor excelente, sobre todo papá. De repente el Mr. Churchill se volvió hacia él y le dijo: “Señor Presidente, espero que tenga la respuesta preparada para que cuando llegue la hora en que usted y yo comparezcamos ante San Pedro y nos diga: Tengo entendido que vosotros dos sois los responsables de lanzar esas bombas atómicas, ¿qué tenéis que decir en vuestra defensa?”

Aunque Truman dejó la Presidencia con unos índices de aceptación tan bajos que solamente George W. Bush se le ha acercado desde entonces, hoy en día se le considera casi un gran presidente al que con frecuencia cubren de alabanzas tanto republicanos como demócratas. La ex-consejera de Seguridad Nacional y Secretaria de Estado, Condolezza Rice, de quién Bush dijo que le había enseñado todo lo que sabía sobre la Unión Soviética, eligió a Truman su “hombre del siglo” para la revista Time. No parecen estar capacitados para darse cuenta de que si matar a personas civiles innecesariamente es un crimen de guerra, jugar con la extinción a la raza humana va mucho más allá de cualquier otro límite.

Hay muchísimas personas que, conocedoras de que una guerra nuclear constituiría un desastre inimaginable para la Humanidad, han llegado a convencerse para su tranquilidad de que semejante catástrofe no ocurrirá jamás. Yo deseo profundamente que estén en lo cierto; pero, si lo están, será porque las grandes potencias poseedoras del arma atómica adopten nuevas normas políticas de comportamiento, porque, mientras subsistan las actuales, existe una posibilidad de guerra nuclear mucho mayor de lo que la opinión pública estaría dispuesta a admitir. Conocer la verdad acerca Hiroshima es indispensable para tomar conciencia del desafío a la razón que constituye la desaforada carrera armamentística y de instalación de nuevas bases de la OTAN emprendida por Estados Unidos en territorio europeo. Pero, sobre cualquier otra consideración, lo menos que la Historia debe a los centenares de miles de víctimas civiles de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki es saber la verdad de lo que verdaderamente sucedió. Para que semejante barbarie no se repita y para que tanto horror humano no haya sido en vano.

Como escribe Bertrand Russell en su ensayo "La guerra nuclear ante el sentido común": “Una vez que el odio y la destrucción se han hecho universales, la locura se extenderá más allá de sus confines actuales. Espero, aunque con muchas dudas, que aún puedan brillar algunos rayos de sentido común en las mentes de los gobernantes. Pero el aumento de la capacidad destructiva sin la prudencia resulta completamente aterrador, y solo tengo comprensión para aquellas personas a las que lleva hasta la desesperación”.

José Baena
(Fuente: http://elsacodelogro.blogspot.com.es/)

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