jueves, 29 de octubre de 2015

HIROSHIMA, LA VERDAD MALDITA (2ª parte)



El universo de mitos y leyendas que nos envuelve es difícil de perforar. Sin embargo la tarea de hacerlo es impostergable y debe ser intentada una y otra vez. Ese empeño, sin embargo, no les compete sólo a los habitantes de la gran nación del Norte: corresponde también al conjunto de los seres que pueblan el Planeta y que serían capaces de entender, si se esforzaran en ver, el oscuro tejido de mentiras, medias mentiras y fabulaciones interesadas que nos envuelven y que encuentran en el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hisroshima un hito difícilmente superable. En líneas generales, se pueden distinguir las siguientes líneas de fuerza que motivaron la decisión de usar el arma atómica contra el Imperio japonés:

1º) Estados Unidos había realizado una enorme inversión en el proyecto Manhattan, y no era cuestión de desaprovecharla. Más de dos mil millones, al valor del dólar en 1945, suponía una suma astronómica: era preciso demostrar lo acertado y previsora que había sido la decisión de fabricar las armas atómicas.

2º) La opinión estaba ganada de antemano respecto de cualquier medida que “vengase” Pearl Harbor y exterminase a los “monos amarillos”, según el lenguaje racista que empleaban las películas norteamericanas de la época. Bastará volver a ver, por elegir uno entre innumerables ejemplos, “Objetivo: Birmania”, el film dirigido por Raoul Walsh y protagonizada por Errol Flynn.

3º) Las bombas atómicas constituían una incógnita científica y militar: había que comprobar cómo se comportaban en un escenario real y sobre seres vivos. La de Hiroshima fue de uranio, la de Nagasaki, de plutonio: ¿cuáles eran las diferencias que entrañaba su empleo? Este punto fue un componente no menor en la decisión que se tomó de usarlas en dos ciudades que tenían en común no ser objetivos militares y ser los dos únicos grandes centros habitados de Japón que habían escapado hasta entonces de las devastadoras oleadas de ataques aéreos que habían convertido en escombros las principales ciudades japonesas, lo que muestra la frialdad criminal con que habían sido escogidas como intactos bancos de pruebas para comprobar los efectos de las armas nucleares.

4º) Después de 1914, Japón, que ya desde 1905 ejercía protectorado sobre Corea y tenía intereses en Manchuria, comenzó a rivalizar con las potencias occidentales, sobre todo Gran Bretaña y Estados Unidos, máxime cuando el Tratado de Versalles le dieron el control de las anteriores posesiones alemanas en el Pacífico (Islas Carolinas, Marshall y Marianas), además de importantes posiciones en China (provincia de Shantung). En el período de entreguerras el expansionismo continuó con la voluntad de rescatar a Asia de la hegemonía occidental y liberar al Japón de la asfixia a la que lo condenaban las restricciones de carácter proteccionista impuestas a su comercio y a su emigración. Los poderes económicos y políticos que gobernaban Estados Unidos vieron en la Segunda Guerra Mundial la gran oportunidad para hacer trizas el poderío japonés y extender su influencia al área del Pacífico, gracias a una supremacía militar sin parangón hasta entonces.

5º) Era conveniente poner sobre la mesa de las negociaciones de paz que debían abarcar a Europa y Asia un arma que gravitase sobre ellas. Con la bomba atómica se pretendió amedrentar a la Unión Soviética y domesticar sus demandas, poniéndola a la defensiva respecto del nuevo conflicto que ya se vislumbraba de cara al futuro y que pronto se materializó en la denominada Guerra Fría. Este asunto obsesionaba tanto a algunos mandos militares norteamericanos que, después de acabar la Guerra en Europa, el general George Patton había propuesto integrar los restos las divisiones de las Waffen SS alemanas en el ejército aliado, para contar con tropas muy motivadas para contener a los rusos.

En esta línea, Leslie Groves, el general de brigada al frente del Proyecto Manhattan, admitió que para él Rusia siempre había sido el enemigo: “En ningún momento, desde dos semanas después de hacerme cargo de este proyecto, he creído que nuestro enemigo fuera otro que Rusia y el proyecto se ha hecho partiendo de esa base”. La cosa era tan evidente que hasta el general Curtis LeMay, que había dirigido los bombardeos más salvajes sobre las ciudades alemanas, así como las terribles oleadas de bombardeos sobre las ciudades japonesas, dijo que “hasta sin la bomba atómica y aunque Rusia no hubiera entrado en la guerra, Japón se habría rendido en dos semanas. La bomba atómica no tuvo nada que ver con el fin de la guerra”.

Nada de todo esto figura en la elaboración del mito de la voluntad pacificadora que han intentado hacernos creer respecto a la horripilante carnicería de Hiroshima y Nagasaki. Así, pues, es necesario poner de manifiesto que lo sucedido en el momento en que Estados Unidos alcanzó el rol de primera superpotencia gracias su poderío nuclear, sigue muy presente en la dinámica actual, manifestada en la invención de la Guerra de Irak como el primer eslabón de la nueva política de tensión elaborada por los halcones de Washington (Paul Nitze, Eugene Rostow, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y Zbigniew Brzezinski entre otros) desde el Committee on the Present Danger (CPD), que George W. Bush colocó a la cabeza de la Administración estadounidense al comienzo de su primer mandato. Junto a este asalto desestabilizador a las naciones del Oriente Medio, al llegar George W. Bush a la casa Blanca en el año 2000 ya traía en su agenda la creación del think thank, “Proyecto para el nuevo siglo americano”, que publicó el informe titulado: "Reconstruir las defensas de América", redactado bajo la dirección de Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz.

Ese documento preconizaba la transformación de los Estados Unidos en el "poder dominante del futuro", no sin advertir que “el proceso de transformación será posiblemente largo de no producirse otro evento catastrófico y catalizador como un nuevo Pearl Harbor.” No hace falta ser un lince para darse cuenta de que ese catalizador buscado vino dado por los “providenciales” atentados del 11 de septiembre al World Trade Center, que si bien han servido para declarar la “guerra contra el terror” como argumento para oficializar el concepto de “guerras preventivas” donde les plazca, no vale para explicar la estrategia adoptada por Washington para empujar a la Rusia de Vladimir Putin, como se hizo en el pasado con la URSS, hacia una carrera armamentística cada vez más costosa para tratar de desgastarla financieramente, acentuando las dificultades económicas internas que afectan a la mayoría de la población, tratando de cercar a Rusia con bases de la OTAN y aislarla cada vez más de las “grandes democracias occidentales”, lo cual explica la peligrosa decisión que impuso Obama a sus vasallos de la OTAN de excluir a Rusia del G-8, así como de imponerle sanciones económicas, que los gobiernos europeos han terminado por aceptar, pese a que suponen un durísimo golpe a sus propios intereses económicos, acentuando las tendencias recesionistas de las economías nacionales europeas.

La cortina de humo que la historia oficial tiende entre la realidad y su falsificación es cada vez más densa. La libre opinión ha sido secuestrada en gran parte del mundo, y en primer lugar en la Estados Unidos, cuyos habitantes siguen viviendo mayoritariamente la idílica situación de seguir creyendo que viven en la nación más democrática del mundo, preocupada tan solo por combatir las fuerzas del mal, que, como es natural, están representadas por todas las naciones que estorban o no se pliegan incondicionalmente a las exigencias del Nuevo Orden Mundial diseñado por los estrategas de Washington.

José Baena
(Fuente: http://elsacodelogro.blogspot.com.es/)

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