jueves, 3 de septiembre de 2015

¿HA SIDO DIRIGIDA LA HISTORIA POR SOCIEDADES SECRETAS? (4)



La Iglesia Católica siempre se ha negado a comentar oficialmente las historias sobre sociedades secretas, pese a que el propósito de muchas de ellas ha sido y es derribar el poder del Papado. Sin embargo, al amparo del Vaticano han surgido una serie de «órdenes» muy semejantes a las sociedades secretas, en cuanto a secretismo, organización y jerarquía. Éstas, habitualmente se han sometido al poder eclesiástico y han desempeñado un papel de gran importancia en el funcionamiento de la Iglesia Católica. Para entender esta aparente contradicción, no se debe olvidar que la propia Iglesia surgió como una sociedad secreta y perseguida, y que en su historia posterior ha sido bastante reacia a publicitar sus asuntos internos. No es de extrañar pues que una ficción como la de Ángeles y demonios use esas complicadas y ocultas redes vaticanas como fuente de inspiración para su trama literaria.

Consideramos oportuno conocer qué hay tras la ficción que nos presenta Angeles y demonios, como el papel desempeñado por el Instituto para las Obras de Religión. La Iglesia Católica Apostólica Romana es el órgano de poder más imperecedero que ha existido en toda la historia. Lleva dos milenios protagonizando, dirigiendo o influyendo en los hechos fundamentales del devenir de Occidente y buena parte del resto del mundo. Desde su nacimiento se ha extendido por Europa, África, América, el lejano Oriente y Oceanía. Ha visto cómo caían las monarquías absolutas, ha sido testigo del advenimiento de la democracia, del capitalismo, del comunismo y de la llegada de la globalización en el siglo XXI de su reinado. Ninguna otra institución de poder, ya sea espiritual o terrenal, ha perdurado tanto en el tiempo como la Iglesia Católica.

Y parte de su secreto ha consistido en no quebrar nunca su estructura jerárquica. Para afrontar nuevas circunstancias sin afectar esa jerarquía inamovible, ha empleado otras estructuras paralelas. Muchas de ellas, como el caso de la Orden del Temple, han sido denostadas cuando ya no eran útiles o cuando amenazaban en convertirse en un peligro para la hegemonía papal. Otras, como la Compañía de Jesús, han servido para introducir ciertas reformas sin alterar, al menos en apariencia, los principios doctrinales. Estas «ramas paralelas» también han servido en otros casos para aunar las voces disonantes y permitir un diálogo integrador que reestableciera la unidad.

La diferencia principal entre las sectas o sociedades secretas de origen externo y las órdenes religiosas, es que éstas han nacido en el seno de la Iglesia. Su posterior desarrollo tal vez las haya separado de la doctrina canónica, pero rara vez pudieron cortar totalmente su relación con la Iglesia. Por tanto, su relación con la Santa Sede es muy diferente al caso de las sociedades secretas. Aunque éstas en muchas ocasiones puedan haberse infiltrado en las estructuras de la Iglesia, no nacieron dentro de ella, o al menos no de forma oficial.

Hay tres sociedades u órdenes eclesiásticas que son sumamente representativas: la Orden del Temple, la Compañía de Jesús y el Opus Dei. Ellas permiten apreciar la variedad de redes secundarias utilizadas por la Iglesia para mantener su poder.


Los orígenes de la Orden del Temple o de los caballeros templarios, se pierden en la noche de los tiempos. Son muchas las teorías que les atribuyen una misión milenaria, enraizada en los legados que habrían heredado antes de constituirse en el seno de la Iglesia Católica. En este sentido, encontramos hipótesis que creen que eran los supervivientes de la Atlántida, o que proceden de los antiguos druidas celtas. También se les supone un origen ligado a cultos esotéricos cristianos, o a algunas sociedades secretas islámicas, con las que tuvieron contacto durante las Cruzadas. Es muy probable que el Temple se creara bajo la influencia de San Roberto de Molesmes, un monje benedictino que en 1098 había fundado la orden monástica del Cister. Esta congregación seguía un estricto voto de pobreza, y prohibía absolutamente cualquier estudio o lectura profanos. Sus estrictas reglas fueron asentadas por san Esteban Harding, en su «Carta de Caridad» y también por el tratado De laude novoe militae, de san Bernardo de Claraval. Este monje del Cister, noble de nacimiento, explicaba en su obra el ideal de las órdenes de caballería cristiana, a las que llamaba la Milicia de Dios. El concepto unía el papel de monje con el de caballero, creando un personaje dual que se dedicaba a la oración en tiempos de paz y a la guerra cuando era necesario defender su fe.

El Temple y otras órdenes de caballería llegaron a alcanzar un gran poder, ya que se movían tanto en el terreno religioso como en el político y militar, los tres campos estratégicos que dominaban el mundo medieval.

La creación oficial de la Orden del Temple tuvo lugar en 1119 en Tierra Santa, tras la primera Cruzada. Las fuerzas cristianas habían recuperado Jerusalén y su Templo, pero su posición era precaria y los alrededores estaban prácticamente en manos musulmanas. Esto, aparte de ser una amenaza latente para la ciudad conquistada, era un peligro real en los caminos que llevaban ella. Por ello, Hugo de Payns, original de Champagne, y otros ocho caballeros franceses, decidieron formar un grupo para proteger a los peregrinos y custodiar los santos lugares. El rey Balduino II de Jerusalén les asignó como cuartel un edificio contiguo al Templo. Como vivían de forma austera y gracias a las limosnas, eran conocidos como los «pauvres chevaliers du temple», de donde derivaría el nombre de la Orden del Temple.

Hugo de Payns había tomado una iniciativa, pero sabía que si el Papa no daba el visto bueno, podían acabar formando parte de una secta minoritaria. También tenía claro que aquel movimiento no podía quedar en los nueve voluntarios y, por tanto, aspiraba a convertirlo en una orden de caballería. Para ello era imprescindible que fuera a Roma y solicitara la aprobación del Papa. Así lo hizo dentro del marco del Concilio de Troyes (1128). Se acordó que los templarios adoptarían la norma de la orden benedictina, además de tres votos perpetuos y de unas reglas de vida especialmente austeras.

Pese a la severidad de esas reglas fueron muchos los voluntarios que acudieron. Algunos piensan que se debió al extendido rumor que los templarios poseían el secreto de ciertos poderes mágicos. Otros creen que simplemente era el mejor camino para un caballero en tiempos de paz, al estar cerca de la acción. El alud de nuevos integrantes obligó a la Orden a establecer una jerarquía, que curiosamente era muy semejante a la secta islámica de los Asesinos. La hermandad tenía cuatro rangos: caballero (que eran los guerreros), escuderos (caballería ligera), granjeros y capellanes. Estos dos últimos grupos no tenían que combatir. Para identificar su pertenencia a la Orden vestían el hábito blanco de los cistercienses, al que agregaron una cruz roja en el pecho.

La Orden del Temple creció durante casi dos siglos, ya que eran muy bien considerada tanto por los monarcas europeos como por la Iglesia. Ambas instituciones la premiaban con tierras, castillos y excepciones en el pago de impuestos, lo que provocaba la envidia del resto de los súbditos. Al estar en tierras remotas, los templarios adquirieron gran independencia y poco a poco se fueron separando cada vez más de los dictados del Vaticano. Los templarios eran un ejemplo de bravura en el campo de batalla y de piedad en los monasterios. De hecho, no era tan importante su número como el ejemplo que daban al resto de los caballeros cristianos.

Se cree que en sus mejores tiempos la Orden llegó a reunir 400 caballeros, un número discreto, pero con gran poder, tanto para influir en el ámbito caballeresco como para conseguir recursos para la guerra. Además, cuando eran capturados nunca abdicaban de su fe, que era la única posibilidad que les ofrecían los mahometanos para poder conservar la vida. Se cree que en dos siglos murieron casi 20.000 templarios, entre caballeros y escuderos. Ese desgaste afectó a su rectitud, pues para engrosar sus filas dejaron de ser estrictos en la selección de los aspirantes. Bastaba con que pasaran una prueba secreta, que hasta el momento sigue siendo un misterio y que ha dado pábulo a todo tipo de especulaciones.

La gran riqueza acumulada, ya que se cree que poseían más de 900 propiedades, también sirvió para pervertir sus nobles principios. El resto de las órdenes no veían con buenos ojos su enriquecimiento, su orgullo y su pasión por el poder. Entre sus más tenaces enemigos destacaba la Orden de los Hospitalarios, que se había constituido a imagen y semejanza del Temple y que acabó siendo su mayor contrincante. Se cree que es más que probable que estas tensiones internas favorecieran a los musulmanes, y finalmente las huestes de Saladino los expulsaron de Jerusalén en 1187.

A finales del siglo XII las intrigas y acusaciones entre templarios y hospitalarios se hacían ya insostenibles para la Iglesia, y los sucesivos Pontífices abogaron por la fusión de ambas órdenes. San Luis lo propuso oficialmente en el Concilio de Lyon (1274) y el papa Nicolás IV reiteró la propuesta en 1293. Pero ambas órdenes desoyeron las recomendaciones papales. El clima ya estaba caldeado cuando la codicia de Felipe el Hermoso acabó por condenar a los templarios. El monarca quería apropiarse de la riqueza de la Orden para financiar una nueva Cruzada, pero no podía enfrentarse con una institución protegida por la Iglesia. No obstante convenció al Papa Clemente V, conocido por su debilidad de carácter, de que condenara a la Orden. El proceso inquisitorial se inició en 1307, y se baso en las murmuraciones sobre el «demonismo» del Temple. Se decía que su ceremonia de iniciación era un misterioso rito pagano, negaban a Cristo y escupían sobre la cruz, practicaban la idolatría, toleraban la sodomía, y otro sinfín de acusaciones tan escandalosas como improbables. Los jefes templarios fueron arrestados el 13 de octubre de 1307, y reconocieron bajo tortura todos los crímenes que se les imputaban. El Gran Maestre Jacques de Molay y los máximos mandatarios fueron quemados en la hoguera y la Orden se desarticuló.

Ninguno de los siguientes Pontífices rehabilitó al Temple, que según algunos estudiosos sigue vigente en la actualidad como una sociedad secreta. De acuerdo a esas versiones, los templarios continúan con sus negocios tradicionales, pero actualizados a la banca y a las empresas aseguradoras. Muchas de estas compañías tienen que guardar secreto sobre la composición de su junta de accionistas. Los negocios escogidos tienen que ser siempre legales y con fines lícitos. Se cree que la Orden actualmente cuenta con 15.000 afiliados, que incluye un 30% de mujeres. Tienen influencia en una veintena de países, sobre todo en Estados Unidos, América Latina, Medio Oriente y el sur de Europa. Los miembros tienen que vivir con austeridad y sus beneficios se emplean para obras de caridad. Desde hace un tiempo se rumorea que los templarios están intentando un acercamiento al Vaticano para obtener por fin la rehabilitación de la Orden.

(Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/)

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