sábado, 19 de septiembre de 2015

¿HA SIDO DIRIGIDA LA HISTORIA POR SOCIEDADES SECRETAS? (11)



La Revolución Francesa no se produjo de la noche a la mañana. Se fue gestando lentamente mediante tramas y complots que culminaron, al menos a grandes rasgos, en una Revolución que implicó el derrocamiento de Luis XVI, el fin de la monarquía en Francia y la proclamación de la Primera República.

El motivo proclamado para justificar la Revolución fue que los gobernantes, entendiendo como tales a la nobleza, el clero y la burguesía, eran incapaces de solucionar los problemas que Francia tenía desde.hacía tiempo. El país era cada vez más pobre, al tiempo que se dotaba de más ideología y capacidad cultural. Estos factores provocaron que aquéllos que no estaban en el poder mirasen a quienes sí lo tenían como injustos merecedores de todo tipo de agravios.


No deja de ser significativo que el eslogan «Libertad, igualdad y fraternidad» que ostentaba la Masonería de la Logia de Francia, bastante anterior a la Revolución, fuera el lema ideológico de sus instigadores. Todo parece indicar que a los intelectuales, financieros y políticos que habían sido iniciados en las sociedades secretas les resultaba muy interesante poner en marcha un complot capaz de cambiar las estructuras sociales y políticas que dominaban hasta entonces.

El rito escocés de la Masonería fue introducido en Francia a mediados del siglo XVIII por militares y aristócratas que se ocuparon de que la logia, en cuyas filas se encontraban los Illuminati, estuviera perfectamente infiltrada en la sociedad. Pese a que Luis XVI había amenazado con encarcelar en La Bastilla a quien perteneciera a cualquier tipo de sociedades secretas, que cada vez le resultaban más peligrosas, éstas seguían creciendo, incluso a través de otras órdenes seguidoras de filosofías templarías y rosacruces. El ideario masón resultaba muy atractivo para un pueblo subyugado y empobrecido. Se estima que en vísperas de la Revolución había alrededor de 60.000 masones en Francia. Una cantidad reducida pero trascendental, si tenemos en cuenta que ocupaban las capas altas de la burguesía y estaban prácticamente a la cabeza de los círculos donde se generaban nuevas ideas y opiniones.

Si a todo ello le añadimos que el proyecto Illuminati era la erradicación de los reinos, la abolición de la propiedad privada y la eliminación del poder del clero, se puede pensar que todos estos aspectos eran adecuados para ser concretados a través de la Revolución. Otro dato importante es la gran cantidad de movimientos estratégicos que se realizan entre las logias masónicas, que radicalizan sus posiciones políticas al tiempo que generan planes para debilitar la monarquía y el gobierno. En ese momento se crean sociedades como «Los Amigos de la Verdad», destinadas a realizar un plan de reforma social que inspira la Revolución Francesa.

Otra sociedad es la denominada «De las Nueve Hermanas», que busca la creación de un sistema alternativo al de la educación clerical.

En estas organizaciones participarán activamente personajes que impulsarán la independencia de EE. UU., como el presidente Benjamín Franklin, filósofos encabezados por Voltaire, y esoteristas como el conde de Cagliostro o el médico Franz Mesmer, autor de la teoría de la sugestión magnética. Cuando tras el alzamiento revolucionario de 1789 se constituye la Asamblea Nacional, el 80 % de los asambleístas son masones. El resultado de la Revolución implicó que la Asamblea proclamase la libertad religiosa, anulase los derechos de la monarquía, optase por la declaración de los derechos del hombre, y se generase una guardia especial constituida por milicias populares, en las cuales se habían infiltrado miembros de las principales sociedades secretas, con la misión de velar por la seguridad y mantener los preceptos de los gobernantes en la sombra.

Los resultados de la Revolución Francesa no cuadraron al cien por cien con lo pretendido por las principales sociedades secretas que estaban detrás desde el comienzo. Aunque la primera transformación del Estado francés fue convertirse en Monarquía Constitucional, las revueltas resultaban imparables y el pueblo parecía estar tomando el mando, lejos de las instrucciones de los gobiernos en la sombra. Se proclamó la primera República y se encarceló a Luis XVI y a su familia. En 1793 el rey es condenado a muerte y decapitado, como otros cientos de condenados, mediante el invento del médico masón Joseph Ignace Guillotin, bautizado como «la guillotina». Ante aquella situación no prevista, los poderes en la sombra necesitaban buscar entre sus acólitos a alguien que tomara el mando. Y se escogió al brillante general Napoleón, héroe popular y fiel miembro de la Masonería.


En el mismo año en que decapitaron al rey Luis XVI, Córcega declaraba su independencia de Francia. Bonaparte, que era teniente coronel de la guardia nacional en Córcega, huyó al continente con su familia. A partir de ese momento comenzó su meteórica carrera. Ascendió a general con veinticuatro años, y dos años más tarde salvó al gobierno revolucionario de una insurrección en París. En 1796, fue nombrado comandante del ejército francés en Italia, donde luchó contra Austria y sus aliados y conquistó para su país la República Cisalpina, la República Ligur y la República Transalpina, según él mismo las bautizó. Poco después comandó una expedición a Egipto, que en aquel entonces estaba dominado por los turcos. Conquistó el país del Nilo, reformó la administración y la legislación egipcias, abolió la servidumbre y el feudalismo y dejó en la tierra de los faraones a un buen grupo de eruditos franceses, con la misión de estudiar la milenaria historia de Egipto, así como realizar excavaciones arqueológicas.


Cuando regresó a Francia, Napoleón se unió a una conspiración contra el gobierno jacobino y participó en el golpe de Estado en noviembre de 1799. Se establece un nuevo régimen en el que Napoleón dispondrá de poderes prácticamente absolutos. Crea una Constitución en 1802 y se proclama emperador dos años después, cuando ya casi toda Europa había caído a sus pies.

Para los investigadores de lo conspirativo, la Europa napoleónica y el imperio que consiguió construir fue posible gracias a la sabia intervención de varios seguidores de los Illuminati. Recordemos que lo que había perseguido siempre esta ancestral sociedad secreta era un gobierno mundial, y aquello parecía ser un buen comienzo, ya que el propósito de Napoleón Bonaparte no era otro que crear una federación europea de pueblos libres. Pero no sólo los masones e illuminati estaban interesados en Napoleón. A espaldas del emperador, otra sociedad secreta menos conocida, y aún más extraña, gestaba una trama oculta. Se trataba de sentar en el trono francés a la dinastía merovingia de los primeros reyes de Francia, e impulsar que su dominio englobara a toda Europa.

Los grupos que estaban detrás de la trama figuran la primera obra de Dan Brown, El Código Da Vinci. Nos referimos al Priorato de Sión, la hermandad secreta precursora de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, más conocidos como Orden del Temple.

Los templarios, según parece, tenían la misión de preservar la descendencia de la sangre real que portaba el hijo de Jesús y María Magdalena, cuya descendencia se había extendido generación tras generación hasta fundar la dinastía de los reyes merovingios.

La idea resultaba un tanto inverosímil. Meroveo, el legendario jefe bárbaro, cuyo nombre tomó la dinastía franca asentada en la Galia, era un pagano de origen germánico, que poco o nada pudo tener que ver con los presuntos hijos de Jesús.

El emperador Napoleón no sabía cuan cerca de sí tenía la sangre real merovingia. Según la leyenda, los miembros del Priorato de Sión se ocuparon de producir un encuentro fortuito entre Napoleón y Josefina, que videntes, magos y conspiradores se encargarían de avivar para que fructificase y conseguir que ambos se casaran.

Marie-Joséphe Rose Tascher de la Pagerie, más conocida como Josefina, era la viuda del vizconde de Beauharnais, que había sido guillotinado durante la Revolución. Fruto de ese matrimonio habían nacido dos hijos, Eugenio y Hortensia, que pertenecían a la dinastía merovingia por herencia de la familia de su ajusticiado padre. Con la boda y la posterior adopción por parte de Napoleón de los hijos de su esposa, la dinastía merovingia volvía a estar en el trono de Francia. Es más, la niña, Hortensia de Beauharnais, llegaría a ser la esposa de Luis I Bonaparte, hermano de Napoleón, al tiempo que madre del creador del segundo Imperio Francés, Napoleón III.

(Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/)

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