sábado, 5 de septiembre de 2015

¿HA SIDO DIRIGIDA LA HISTORIA POR SOCIEDADES SECRETAS? (5)


La Compañía de Jesús, a la que pertenece el actual papa Francisco, nació formalmente en 1540, por la bula Regiminis militantis ecclesiae, del papa Pablo III. No hay duda de que surgía en el momento oportuno, como contundente instrumento para impedir que la Iglesia perdiera el poder que ostentaba hasta entonces. La laxitud en las costumbres cristianas había producido un gran descontento y escepticismo entre los creyentes. Calvino y Lutero captaron ese sentimiento en la declaración de la Reforma, y distintos cultos «protestantes» se extendían por los estados del norte de Europa y comenzaban a infiltrarse en los reinos latinos, tradicionalmente fieles al Vaticano. Éste reaccionó con el lanzamiento de la Contrarreforma, movimiento de exaltación de la liturgia y los símbolos católicos que sirvió a la vez para solventar varios problemas dentro de la propia Iglesia.

La contraofensiva debía producirse en todos los frentes, y para eso era necesario crear una Orden que actuara con una nueva estrategia y tácticas más flexibles. Por esta razón se creó la Compañía de Jesús. Su fundador fue San Ignacio de Loyola, una personalidad bélica y mística a la vez que imprimió ese carácter a su congregación, también conocida popularmente como los «Soldados de Dios».

En su concepción inicial la Compañía de Jesús era una organización paramilitar centralizada, que no obstante acabó convirtiéndose en el brazo intelectual de la Contrarreforma. Sus tres objetivos principales eran: actualizar el credo católico desde dentro y sin fisuras, emplear la educación para asentar el poder de la Iglesia, y convertir a los pueblos de ultramar mediante las misiones.

Pese a su juramento de sumisión al Papa, la Compañía fue adquiriendo una particular autonomía a medida que se expandía y fortalecía. Su devoción por la ciencia y la cultura la llevó a sostener posiciones que a menudo iban por delante de la doctrina oficial de la Iglesia, al punto que su superior llegó a ser conocido como «el papa Negro». Pero se evitó con verdadera astucia jesuítica el enfrentamiento abierto con el Vaticano, y se mantuvo formalmente la fidelidad a su Pontífice.

Hubo quien los calificó de secta satánica dentro de la Iglesia, y la Compañía acabó siendo expulsada de numerosos países europeos, incluyendo a España, donde debió retirarse en 1767, durante el reinado de Carlos III.

Sin embargo, la Compañía de Jesús ha conseguido resistir a las jerarquías eclesiásticas. Algunos creen que es la Orden más progresista, y otros que ese progresismo es un disfraz para mejor difundir los dogmas canónicos más tradicionales. Durante mucho tiempo ha sido también la Orden más cercana al poder papal, aunque durante el papado de Juan Pablo II había sido desplazada en ese puesto por el Opus Dei. Es obvio que hoy, con el jesuíta Jorge Mario Bergoglio convertido en Papa, la orden goza de uno de sus momentos más dulces.

Es difícil intentar explicar qué es realmente el Opus Dei. Más aun teniendo en cuenta que para sus miles de adeptos es el camino directo hacia la santidad, mientras que para sus múltiples detractores no es más que una secta integrista con importantes vínculos con el poder político y financiero.

El 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II canonizó a su fundador, Josemaría Escrívá de Balaguer, ante más de 100.000 católicos y miembros del Opus. Después llegaría su santificación en un proceso ultrarrápido. Y es que los últimos años han sido especialmente buenos para la Obra. Su influencia en el seno de la Iglesia Católica ha crecido de forma imparable desde que Juan Pablo II le otorgara, en 1982, un estatuto que su fundador llevaba pidiendo desde hacia años: el de Prelatura personal. En la práctica, esto quiere decir que la organización está dirigida por un prelado que es nombrado directamente por el Vaticano y cuyas decisiones son secretas. Únicamente debe rendir cuentas ante el Papa. Además, el Opus goza de independencia absoluta en el seno de Iglesia y no está sometido a la jurisdicción de las diócesis.

El 2 de octubre de 1928 es el día en el que Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei. Escrivá presentó su propuesta como la mejor manera de que gente de todas las clases sociales buscaran la santidad sin retirarse del mundo, formando una familia y ejerciendo plenamente su profesión. Para conseguirlo debían seguir al pie de la letra el espíritu de la Obra, recogido en un libro de máximas escrito de puño y letra por el propio fundador, y titulado Camino. Se afirma que: «El Opus tiene como característica esencial el hecho de no sacar a nadie de su sitio, sino que lleva a que cada uno cumpla las tareas y deberes de su propio estado, de su misión en la Iglesia y en la sociedad civil, con la mayor perfección posible».

Algunos rasgos de ese espíritu declarado por el Opus Dei son la santificación de la familia y el trabajo, la disciplina, la práctica de la de oración y el sacrificio, la caridad, el apostolado y la vida piadosa. Remitiéndonos a las palabras de Escrivá, «La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios. El Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana».

Pero, aparte de los que han reconocido públicamente su pertenencia a esta organización, los miembros de la Obra preservan su privacidad al máximo. No en vano en su constitución, redactada en 1950, el artículo 191 afirma: «Los miembros numerarios y supernumerarios sepan bien que deberán observar siempre un prudente silencio sobre los nombres de otros asociados y que no deberán revelar nunca a nadie que ellos mismos pertenecen al Opus».

Quizá por ello se ha querido ver al Opus como una sociedad secreta. De hecho es cierto que existen ciertos códigos. Si una persona, por ejemplo, se cruza con el ex ministro español de Defensa Federico Trillo, cuya pertenencia al Opus Dei es pública, y le saluda en latín con la palabra Pax, el conocido político le reconocerá como un miembro de la Obra y le responderá con otra expresión latina: In aeternum. Es el saludo habitual que utilizan los miembros de la organización. Esta preservación de la privacidad forma parte fundamental en la estrategia de la institución.

Una de las críticas más extendidas hacia el Opus, que cuenta con banqueros, políticos y empresarios en sus filas, es que se trata de un grupo elitista que se nutre de personas con una enorme influencia en la sociedad. Como respuesta a esta acusación, los miembros de la prelatura citan las palabras del fundador y aducen que cualquier persona puede pertenecer a la Obra, independientemente de sus talentos o estrato social, y que los que se involucran en política lo hacen sin representar al Opus, sino como ciudadanos libres, siguiendo sus propios criterios. Los detractores recuerdan la entusiasta frase que dejó escapar Escrivá cuando en los años 60 Franco incluyó por primera vez en el gobierno español a varios miembros del Opus: «¡Nos han hecho ministros!». Los detractores también apuntan a la especial fobia que parece sentir el Opus hacia el sexo. Una obsesión casi morbosa que, evidentemente, también deja su huella en el libro Camino: «quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón». De hecho, el prelado Javier Echevarría, llegó a decir públicamente que cuando alguien nace impedido o con una tara, se debe probablemente a que sus padres cometieron prácticas sexuales pecaminosas.

Mucho se ha hablado también de la censura a la que se ven sujetos los miembros de la Obra. El Opus Dei niega rotundamente que haya censura, pero los numerarios reciben constantes cursos de adoctrinamiento, y la lista de libros que pueden leer mientras están en la Obra la decide el director de su centro, quien se encarga de evaluarlos. En cualquier caso, sean verdad o no éstas u otras numerosas acusaciones lanzadas contra la primera y única prelatura del mundo, lo cierto es que desde el Opus siempre se ha afirmado que quien está allí es porque quiere. Una vez más, Camino tiene la respuesta: «Obedecer, camino seguro. Obedecer ciegamente al superior, camino de santidad. Obedecer en tu apostolado, el único camino: porque en una obra de Dios, el espíritu ha de saber obedecer o marcharse».

Los vínculos de la Iglesia con sus propias sociedades secretas internas son más que notables. Pero siempre cabe preguntarse cuántos de los grupos que gozan de cierta preponderancia dentro de su seno, están pendientes de que llegue el fin del Papado tradicional. Y trabajan en la sombra con ese propósito.

En Angeles y demonios se nos cuenta la historia de un crimen cuyo objetivo es terminar con la Iglesia y con el Papado. Sin embargo el Papa no es asesinado en un atentado fruto de una conspiración externa, sino envenenado desde dentro del propio Vaticano.

A lo largo de la historia papal ha habido muertes sospechosas que permitieron suponer que la oscura mano de una conspiración se cernía sobre el Vaticano. En este sentido se han de distinguir los presuntos asesinatos del pasado de las teorías conspirativas más actuales, que se refieren a la muerte de Juan Pablo I y al intento de asesinato de Juan Pablo II. No obstante, para entender mejor estos presuntos crímenes, conviene remontarnos a las oscuras muertes del pasado y saber cómo funcionaban las cosas en aquellas épocas. Cuando la Iglesia Católica pasó a ser el culto mayoritario de Occidente, se convirtió en un importantísimo centro de poder. Durante la Edad Media conservó la sabiduría en las iglesias y los monasterios, que no recibían el ataque de las hordas bárbaras cristianizadas. En el Renacimiento, con la nueva concepción de la ciudad estado, la Iglesia aumenta vertiginosamente su poder. Adopta la estructura de un estado más con los Estados Pontificios, pero ostenta un poder transversal sobre todos ellos. Las intrigas palaciegas de cualquier corte de la época se multiplican por mil en el Vaticano.

(Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/)

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