domingo, 30 de agosto de 2015

¿HA SIDO DIRIGIDA LA HISTORIA POR SOCIEDADES SECRETAS? (3)



La gran mayoría de las sociedades secretas pretenden proceder de gloriosas épocas de un pasado remoto. Pues bien, si creemos a los archivos presuntamente milenarios de los rosacruces, tenemos que remontarnos a los tiempos del faraón Tutmosis III, esto es, entre 1504 y 1447 a. C. En aquellos tiempos existían en Egipto numerosas escuelas de misterios formadas por iniciados, sacerdotes, magos y adivinos.

Al parecer, el día que se celebró su investidura como faraón, Tutmosis tuvo una revelación. Según el Archivo Rosacruz él mismo explicó que se sintió elevado hacia los cielos y luego, tras percibir una luz muy potente, recibió la instrucción de aglutinar el conocimiento de lo místico. Decidió entonces crear una única organización de carácter secreto. llamada Orden de la Gran Fraternidad Blanca.

Setenta años después, Amenhotep IV, que como faraón era el máximo Pontífice de la Fraternidad, alcanzó altos niveles de sabiduría y elevación espiritual. Cambió su nombre por el de Akhenatón en alusión a su devoción a un único dios, Atón, representado por el Sol. Junto a su esposa Nefertiti establecieron el primer culto monoteísta e impulsaron una nueva cultura espiritual y artística de inspiración humanista. En el aspecto religioso no hay duda de que Moisés, precursor de los tres grandes credos monoteístas que han llegado hasta hoy, era un practicante secreto del culto de Atón.

Al morir Akhenatón, los sacerdotes tradicionales lograron recuperar el protagonismo perdido, mediante su dominio sobre el débil Tutankhamón. Fue un tiempo de oscuridad para la Fraternidad Blanca, que resucitaría gracias al filósofo griego Tales de Mileto y la supuesta participación que tuvo en la Orden el matemático Pitágoras. Ambos serían los encargados de expandir mediante la cultura griega las enseñanzas de los primigenios rosacruces.

Más tarde correspondería esta misión a Plotino de Alejandría, filósofo griego neoplatónico, autor de las Enéadas, quien en el año 244 fundó una escuela de filosofía en Roma, que en buena parte se basaba en las enseñanzas místicas de La Gran Fraternidad Blanca. No obstante, hasta el siglo XVII no aparece la palabra «Rosacruz» como nuevo nombre de esta sociedad hermética.

En 1610 se publica en Alemania un libro de autor anónimo que recopila una documentación hallada seis años antes en el interior de una tumba, la de un misterioso personaje llamado Christian Rosenkreutz. Esta obra nos habla de la biografía de un hombre que fue instruido en medicina, ciencia, matemáticas y artes mágicas, así como en alquimia y física. Un estudioso que había investigado la historia oculta de Egipto, país en el que tuvo acceso a los textos esotéricos atribuidos a Tot, dios lunar inventor de la escritura que los griegos adoptaron con el nombre de Hermes Trimegisto.

Se cree que en Egipto Rosenkreutz fue admitido e iniciado por los maestros secretos de la milenaria Gran Fraternidad Blanca y se le encomendó, o él se atribuyó, la misión de expandir la Orden por el mundo.

En 1378, 64 años después de la disolución de los Templarios, en el seno de una familia venida a menos de la nobleza rural alemana, nació un niño cuyo nombre desconocemos. Más tarde adoptó el nombre de Christian Rosenkreutz, que traducido del alemán significa «Cristiano de la Cruz Rosada» y cuyas connotaciones simbólicas son evidentes. Los padres confiaron su crianza y educación a un monasterio, donde aprendió latín, griego, teología y los rudimentos de las ciencias de la época. Según la biografía iniciática escrita en época moderna por el hermano rosacruz Petros Xristos, el joven Rosenkreutz realizó un «arduo y arriesgado» primer peregrinaje a Tierra Santa, junto con un condiscípulo. No se sabe si su acompañante murió o simplemente se separó de él en Chipre, pero sí que Christian continuó desde allí el viaje en solitario. Se detuvo en varios lugares de la región, especialmente en Damasco, y finalmente arribó a Jerusalén. Permaneció largamente en el Templo de Jerusalén, otrora sede de los Templarios, donde, según Petrus Xristos, recibió los ecos del mensaje de los profetas y de las enseñanzas del propio Jesús.

Cerca de Jerusalén había otro templo, perteneciente a una orden esotérica secreta cuyo nombre, Damkar (Sangre del Cordero), la identificaba con el sacrificio del Calvario. Nos dice el biógrafo que allí el joven Christian pasó la ceremonia iniciática y tomó el nombre alegórico de Christian Rosenkreutz. Pero el mismo Xristos señala que otros autores opinan que Rosenkreutz fue en realidad el fundador de esa orden como precursora de los rosacruces, para devolver a Tierra Santa el secreto del verdadero mensaje evangélico.

Para profundizar sus conocimientos esotéricos, Christian aprendió hebreo y árabe, llegando a traducir al latín al menos un libro hermético, probablemente gnóstico o esenio en origen, que más tarde llevaría con él al regresar a Europa. Más tarde efectuó el antes mencionado viaje a Egipto, que marcaría su destino. También recorrió varios puntos del Mediterráneo, visitando y fundando sedes de sociedades esotéricas. Luego pasó un tiempo en la ciudad de Fez, en Marruecos, para aprender la Cábala, cuerpo de doctrina recibida en la antigua literatura judaica, y profundizar sus conocimientos mágicos. Desde allí, convertido ya en un gran conocedor de las sabidurías herméticas, inició un viaje por España. En su ruta por la Península Ibérica trabó amistad con unos monjes, con los que supuestamente compartió sus conocimientos al tiempo que creaba una rama de la Fraternidad Blanca, llamada los Hermanos de la Rosacruz. Posteriormente sus miembros serían conocidos como «rosacruces», lo que promovió la falsa idea de que se trataba de una secta distinta.

El misterioso Christian Rosenkreutz se supone que falleció en 1484, a la nada despreciable edad de 106 años, duplicando la esperanza de vida de aquella época. Se llevo todos sus conocimientos a la tumba, en cuya lápida se hizo grabar una leyenda que decía: «Reaparecerá al cabo de ciento veinte años». Y realmente fue así, dado que la fecha del hallazgo de sus escritos se corresponde con este premonitorio cálculo.

Algo más tarde de aquel hallazgo, un número relevante de rosacruces ingleses y alemanes se trasladaron a América como colonos. Pretendían asentar nuevas cofradías y transmitir sus conocimientos en las colonias británicas del nuevo mundo. Imprimieron libros, efectuaron reuniones formativas y entraron en contacto con otros colonos procedentes de logias como la Masonería y con los iIluminati. Presidentes masones como Benjamín Franklin y Thomas Jefferson pertenecieron también a las sociedades de rosacruces.

Lo relevante de los rosacruces fue su amor por la ciencia, por la investigación espiritual y por el esoterismo. Al parecer, estuvieron vinculados a ellos personajes como Da Vinci, Paracelso, Newton y Cagliostro.

El Conde Alessandro di Cagliostro (1743 – 1795) fue un médico, rosacruz y masón. Se dedicó a recorrer las cortes europeas del siglo XVIII. Nació en el seno de una familia pobre en Palermo, Sicilia. La identificación de Cagliostro con Giuseppe Balsamo no es del todo segura, ya que se basa principalmente en el testimonio no fidedigno de Theveneau de Morande, espía francés y chantajista, y más tarde en su confesión a la Inquisición, obtenida a través de la tortura.

Cagliostro afirmaba haber nacido en una familia cristiana de noble cuna, pero fue abandonado al poco de nacer en la isla de Malta. También aseguraba que siendo niño viajó a Medina, y al regresar a Malta, fundó el Rito Egipcio de la Francmasonería, donde al igual de lo que sigue ocurriendo en las logias masónicas de San Juan en la actualidad, se iniciaba a hombres y mujeres en la misma logia. También tuvo influencia en la fundación del Rito Masónico de Misraim, fundador de la masoneria.

Se debe aceptar que los seguidores de la filosofía Rosacruz no se ajustaban exactamente a muchos de los parámetros científicos y filosóficos amparados por la Iglesia. Defendían que la religión, pese a predicar la existencia del alma y su permanencia en un más allá, se perdía en conjeturas y contradicciones cuando pretendía gobernar las dimensiones espirituales del hombre. Los rosacruces prefirieron creer en la reencarnación. Pensaban que ésta era necesaria para cumplir diferentes grados de experiencias y adquirir niveles de sabiduría que solamente podían aprenderse a través de vidas sucesivas. Evidentemente, dichas consignas no estaban muy de acuerdo con la doctrina oficial de la Iglesia. Señalaban que era preciso encontrar la felicidad en la vida, y que la evolución se debía efectuar en el terreno material y en el espiritual. Afirmaban que su fin esencial era que el ser humano se diera cuenta de que su mente, aplicada de forma adecuada, era capaz de dominar la materia. Predicaban que el proceso de aprendizaje indispensable era el que habían llevado a cabo los grandes místicos y sabios que eran conscientes de que, para buscar y comprender lo invisible, en primer lugar era preciso analizar lo visible.

Resulta obvio que tampoco estas concepciones podían ser del agrado de las autoridades religiosas. Tras superar una serie de asignaturas y pruebas, el iniciado obtendría los nueve grados del Templo, convirtiéndose en Iluminado y entrando en una nueva fase de enseñanza, para alcanzar tres grados más, secretos. No obstante, es dudosa la vinculación de los rosacruces con las conspiraciones geopolíticas a las que parecen habernos acostumbrado otras sociedades secretas.

(Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/)

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