sábado, 30 de mayo de 2015

WAKO, LA OTRA MATANZA DE TEXAS (1ª parte)



Hace 22 años las tropas federales de E.E.U.U. masacraron a una comunidad religiosa de Texas desplegando en su propio territorio toda la variedad de elementos de guerra psicológica empleada para sacar a Manuel Noriega de su fortaleza panameña. La consigna fue que no hubiera supervivientes: tras el incendio del rancho sitiado, los soldados dispararon a las personas que intentarion escapar de las llamas. El proceso judicial que siguió a la matanza estuvo plagado de irregularidades, manipulación de pruebas y elusión de responsabilidades por parte de unos mandos que se entregaron a un ensayo de represión contra civiles sin precedentes.

Imágenes de los niños y adolescentes asesinados por el FBI en Wako

“Señor, ¿usted va a venir a matarnos?”. Ésta era la angustiada pregunta que hacía por teléfono a un negociador del FBI un niño de corta edad sitiado junto a sus padres y alrededor de un centenar de personas más en el rancho Monte Carmelo en las afueras de Waco, Texas. Apenas unos días más tarde, casi todos ellos yacían muertos entre las ruinas calcinadas del edificio como resultado de la intervención policial más desastrosa de la Historia estadounidense.

El 19 de Abril de 1993, en un rancho asentado en las llanuras de Waco, Texas, los miembros de la secta conocida como los davidianos fueron prácticamente masacrados en lo que constituye posiblemente la intervención más vergonzosa de la Historia policial estadounidense, ya de por sí violenta.

Cuando por fin se despejó el humo del voraz incendio que se cebó en el rancho Monte Carmelo, casi noventa civiles yacían muertos, carbonizados entre las ruinas. La matanza había sido dirigida por los responsables de la ATF (oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego) y requirió la intervención de más de un centenar de agentes venidos de diferentes puntos de Estados Unidos y que habían recibido entrenamiento militar en Fort Hood para la ocasión. Llegaron hasta el lugar del asalto en un convoy de sesenta vehículos, apoyado por tres helicópteros de la Guardia Nacional, un avión de combate y vehículos blindados.

Tal despliegue de medios de destrucción en una operación policial, siendo extraordinario, no es ni mucho menos un acontecimiento inédito en Estados Unidos. Las autoridades de este país nunca se han caracterizado por su paciencia con los grupos armados de ningún tipo y así lo han demostrado en repetidas ocasiones. Han sido varios los grupos radicales de izquierda, de derecha o religiosos masacrados con saña y precisión. Los miembros de la organización terrorista conocida como Ejército Simbiótico de Liberación -célebres por el secuestro de la rica heredera Patricia Hearst, que más tarde se uniría al grupo protagonizando el más espectacular caso de síndrome de Estocolmo de la Historia- murieron carbonizados en su cuartel general de Los Ángeles en circunstancias parecidas a las de los davidianos. El tiroteo y la muerte de los terroristas fueron televisados en directo a toda la nación. Gordon Kahl, un evasor de impuestos perseguido por la muerte de un policía, sufrió la misma suerte y murió abrasado entre las llamas. Otro extraño y fatal incendio se declaró durante la captura del ladrón de bancos y líder del grupo conocido como “La orden” Robert Matthews, que también pereció en el incendio. Mejor suerte tuvieron los 80 miembros de la Alianza de la Espada, un grupo de fanáticos religiosos que sufrió un asedio muy similar al de los davidianos y se libraron por poco del fuego.

Claro que todos estos casos palidecen ante el hollywoodense bombardeo aéreo que en 1985 sufrieron los miembros del grupo radical negro MOVE en Filadelfia. La insólita acción -era el primer bombardeo aéreo jamás llevado a cabo en territorio continental estadounidense- se saldó con once muertos y dos bloques de edificios convertidos en ruinas.

Aunque si de acciones contra los radicales de color se trata la palma se la lleva la muerte de Fred Hampton, líder de los Panteras Negras, abatido a tiros por la policía de Chicago mientras dormía plácidamente en su cama a las cuatro de la madrugada.

Si mencionamos estos casos es porque éste es el contexto histórico y social en el que debemos enmarcar lo sucedido en Waco.

En otro orden de cosas, la masacre de Waco también tiene cierta relación con la tragedia ocurrida en Jonestown (Guayana) quince años antes, ya que ambas fueron vendidas a la opinión pública como sendos suicidios masivos cometidos por sectas, y sobre ambas pesa la sospecha de que la verdad pudo ser sutilmente distinta. Como en el caso del suicidio de Jonestown, tras la tragedia de Waco la versión oficial de los hechos se asentó en la opinión pública con asombrosa rapidez, no dejando prácticamente espacio informativo para el planteamiento de otras hipótesis. Las palabras clave de esta liturgia se repetían hasta la náusea en los medios de comunicación: secta, pedofilia, comuna, fanáticos, suicidio en masa, sociópatas ... Así, la opinión pública quedaba condicionada por los medios de comunicación estableciendo una suerte de reflejo pavloviano que provocaba que cualquier mención de lo sucedido en Waco tuviera como respuesta la imagen mental de un grupo de fanáticos autoinmolándose en medio de las llamas.

Esta imagen errónea, demonizadora y estereotipada, era el prerrequisito para justificar el genocidio de un grupo marcado para la extinción y que -al margen de sus miserias, que las tenían y muchas- tuvo la desgracia de encontrarse en el camino de intereses y poderes de los que nada sabían.

Cuestión de imagen

David Koresh, líder de los Davidianos
Los davidianos eran una escisión de los Adventistas del Séptimo Día. El grupo se estableció en Waco a mediados de los años treinta. A principios de los sesenta, el grupo compró el rancho Monte Carmelo y lo tomó como su lugar de residencia. Los davidianos y su líder espiritual desde f¡nales de los ochenta, David Koresh, practicaban un tipo de religión completamente diferente de la de otros cristianos. Sus ritos y reglas matrimoniales eran diferentes y su sistema de propiedad no tenía nada que ver con el del resto de los estadounidenses. Pasaban la mayor parte del tiempo en las instalaciones del rancho dedicados al estudio de la Biblia bajo la tutela de David Koresh. Eran diferentes, muy diferentes, pero no hostiles ni peligrosos. En las entrevistas que concedieron antes de su enfrentamiento con las autoridades daban la sensación de ser gente cortés, razonable y con puntos de vista sumamente ponderados.

Hay que recordar que no estamos hablando de una secta destructiva de nuevo cuño, sino de una comunidad religiosa muy arraigada y con una tradición a sus espaldas. De hecho, existe un gran desacuerdo entre los diferentes expertos sobre si los davidianos eran una secta destructiva o, por el contrario, se trataba de una religión legítima, debate que, por otra parte, nadie se planteaba antes de los sucesos de Waco. Si no, veamos lo que decía al respecto Jack Harwell, el sheriff del condado de McLennan: “Lo que allí había era un puñado de mujeres, niños y personas mayores, todos ellos buenos, buena gente. Tenían creencias diferentes de los otros, creencias diferentes de las mías, quizá. Creencias diferentes de las que rigen nuestro estilo de vida, sobre todo en las religiosas pero básicamente eran buena gente. Los visitaba frecuentemente y no daban ningún problema, eran gente casada que siempre andaba ocupada en sus propios asuntos. La comunidad jamás tuvo queja de ellos, siempre se mostraban solícitos y atentos. Me gustaban”.

A lo largo de las seis semanas que duró el asedio de la ATF y el FBI al rancho de los davidianos, los medios de comunicación se llenaron de testimonios de agoreros y avisos apocalípticos que anunciaban el inminente suicidio de los davidianos. Todo ello contribuía a dar al cada vez más inminente asalto de las tropas federales el aura de una intervención humanitaria destinada a evitar una tragedia aún mayor.

Durante el asedio, volviendo a utilizar las técnicas que ya habían empleado para sacar a Manuel Noriega de su fortaleza panameña, los federales apelaron a toda una variedad de elementos de guerra psicológica contra los sitiados. Potentes altavoces emitían día y noche sonidos enervantes como chillidos de conejos al ser degollados, cantos de monjes tibetanos, villancicos, el rugir de aviones de reacción y, sobre todo, la repetición una y otra vez de la canción de Nancy Sinatra “These boots were made for walking”. No es de extrañar que con estos planteamientos el operativo recibiera el nombre en clave de Show Time.

La estrategia del asedio demostró ser tan extravagante como poco apropiada.

El sentido de persecución es la clase de argamasa que mantiene unidas a las personas que pertenecen a grupos atípicos. Perversamente se les ofrece la prueba de que son especiales haciéndoles pensar que el “odio” del mundo es para ellos prueba del amor de Dios. La machacona melodía de Nancy Sinatra y los cantos tibetanos no hacían sino reforzar la fe de quienes vivían en el campamento davidiano. Es fácil imaginárselos sentados en la oscuridad fétida, sin luz ni agua desde hacía días, pero regocijándose de que Dios los había escogido para ser perseguidos. Por las noches, potentes reflectores apuntaban directamente a las ventanas del rancho para dificultar aún más el descanso de los sitiados. Las tropas federales ni siquiera tuvieron un mínimo rasgo humanitario cuando el propio David Koresh les suplicó que les suministraran leche materna para poder alimentar a los bebés, ya que el estado de malnutrición en el que se encontraban las madres imposibilitaba que pudieran alimentarlos adecuadamente dándoles el pecho.

Linda Thompson, abogada de los davidianos
y finalmente "suicidada" en 2009
Linda Thompson, abogada de los davidianos, intentó interceder ante los sitiadores con las siguientes palabras: “Por el amor de Dios, ¿acaso el gobierno de Estados Unidos quiere que esos niños mueran de inanición?”. La respuesta que recibió la dejó helada y le hizo comprender que a duras penas sus clientes saldrían con vida de aquel rancho: “Sí”.

El asedio en sí se desarrolló con una inusitada dureza. El día que comenzó el cerco, uno de los davidianos, Mike Schroeder, había dejado el rancho por la mañana para ir a trabajar como de costumbre. Incluso se cruzó con el convoy policial sin que los agentes hicieran nada por detenerlo. Hasta bien entrado aquel día Schroeder no supo nada de lo que estaba sucediendo en el lugar donde vivía. Cuando intentó volver a casa fue asesinado por la espalda por no menos de once agentes mientras intentaba escalar la verja metálica. Su cuerpo acribillado quedó allí colgando durante días, a la vista de su esposa e hijo, que estaban dentro de la casa. Los federales finalmente lo quitaron de la verja empleando un gancho manejado desde un helicóptero y dejándolo caer en un campo cercano al rancho, donde fue devorado por los peros salvajes y los buitres.

Los sitiados recibían a diario mensajes contradictorios por parte de sus sitiadores. Por un lado, el FBI instaba a los ocupantes del rancho a deponer las armas y salir pacíficamente del recinto. Sin embargo, el 17 de abril el portavoz de la ATF declaraba que cualquiera que intentara abandonar el complejo sería considerado una amenaza potencial para los agentes y, como tal, se dispararía contra él, algo que pudo comprobar en carne propia uno de los davidianos, que aquella noche intentó abandonar el rancho a través de una de las ventanas de la cocina y vio frustrado su intento por los disparos de los agentes federales.

El rancho "Monte Carmelo" asediado por los focos de los
sitiadores como medida para quebrar la resistencia de sus
ocupantes.
Guerra psicológica

El propósito de esta operación era poner en práctica las más clásicas técnicas coercitivas de lavado de cerebro, minando las facultades mentales de los sitiados y sometiéndolos a un vacío de información que los hacía cada vez más dependientes de David Koresh y, por tanto, reafirmaba su propósito de resistencia. Fue el propio FBI quien por culpa de la aplicación de una metodología errónea provocó la degeneración de la situación allí planteada. Eso ya de por sí es grave, pero más aún si pensamos que en el rancho había mujeres y niños que, a todas luces, debían ser considerados en una situación de este tipo como rehenes civiles. Niños que en el dramático desenlace de los acontecimientos terminaron engrosando la lista de víctimas, niños que fueron torturados durante las seis semanas de asedio sufriendo las mismas condiciones inhumanas que sus padres, sin luz, agua corriente o alimentos.

Otro hecho realmente sorprendente es que documentos recientemente dados a conocer ponen de manifiesto que los propios psicólogos del FBI desaconsejaron por completo el empleo de estos métodos.

El sitio comenzó el 28 de Febrero cuando los responsables de la ATF, ante los insistentes rumores que apuntaban hacia la desaparición de la agencia, que quedaría absorbida por el FBI, deciden llevar a cabo una operación espectacular que los devuelva a las primeras planas de los diarios y sirva para limpiar su imagen. El objetivo en cuestión serían los davidianos, los cuales, según los informes que poseía la ATF, estaban acumulando un gran número de armas. Esto era cierto. Con la excusa de defenderse ante un eventual ataque de los davidianos expulsados comenzaron a comprar armas automáticas a destajo, lo cual está permitido por la ley del Estado de Texas, el más permisivo de todos los de la unión en cuanto a la venta y tenencia de armas.

En 1992 las autoridades federales decidieron investigarlos porque recibieron información de que estaban produciendo ametralladoras, lo que sí es ilegal en este Estado, aunque más tarde no se pudo encontrar evidencia alguna de la existencia de tales armas. Curiosamente, de haber sido verdad los alegatos, la pena en el Estado de Texas por la posesión de una ametralladora sin licencia es una multa de 200 dólares y la requisa del arma.

Para colmo, Paul Fatta, uno de los davidianos que vivían en el rancho, era titular de una licencia comercial de clase III, que significaba que legalmente podía vender, comprar o almacenar cualquier clase de arma de fuego. Fatta, que no se encontraba en el rancho el día del asalto, pasó una década después a compartir con Bin Laden el ranking de los diez individuos más buscados por el FBI, con el epígrafe de “armado y extremadamente peligroso”.

Más curioso aún es comprobar que la única orden de detención que llevaban los agentes de la ATF había sido emitida contra David Koresh. Oficialmente, la ley no tenía nada en contra del resto de los habitantes del rancho. ¿Por qué entonces movilizar un operativo de cien agentes y tres helicópteros para una simple detención?. ¿Por qué no se arrestó a Koresh en uno de sus muchos viajes al pueblo o cuando hacía footing todas las mañanas?.

El propio Koresh se dio cuenta de esta incongruencia: “Hubiera sido mejor que me hubieran llamado por teléfono y hubiéramos hablado. Yo no hubiera puesto ningún impedimento para que vinieran e hicieran su trabajo. (...) Podrían haberme arrestado cualquier día mientras hacía footing por la carretera, yendo al pueblo o yendo al centro comercial. (...) Pero querían demostrar que la ATF tiene poder para sacar a alguien de casa, derribar puertas a puntapiés y cosas así”.

Venganza

James L. Pate, en un artículo publicado en la revista “Soldier of fortune”284, sugiere que la principal motivación de la ATF era la venganza. Koresh era un conocido militante en pro de la tenencia de armas de fuego y contrario a la ATF. Más probable es que se tratara de una operación de relaciones públicas, una redada de chiflados que, con toda seguridad, apenas pasarían unas horas en las dependencias policiales tras ser interrogados. Lo importante era que las cámaras de televisión acompañarían a los hombres de la ATF y dejarían constancia de su celo en proteger a la sociedad de tales fanáticos armados. La operación tenía el nombre en clave de Caballo de Troya.

El reportero Mike Wallace, del prestigioso programa “60 Minutos”, fue uno de los periodistas a los que se permitió acompañar a las tropas de la ATF en el asalto inicial: “Casi todos los agentes con los que hablamos nos manifestaron su creencia de que el ataque inicial contra aquella secta en Waco era un truco propagandístico...”. Durante el juicio, varios agentes de la ATF declararon que uno de los oficiales al mando de la operación gritó, al bajar de los camiones, “comienza el espectáculo”.

Sin embargo, la operación estaba condenada al fracaso. David Koresh había recibido una misteriosa llamada telefónica anónima avisándole de la llegada de los agentes federales, una llamada en la que se le advertía que más que una redada aquello iba a ser una masacre ya que los agentes tenían órdenes de disparar primero y preguntar después. Mucho se ha especulado con la procedencia de esta llamada, cuyo origen no ha podido ser determinado. La existencia de este aviso la conocemos a través del propio director de la ATF, Stephen Higgins, quien habló de ello en el transcurso de una entrevista televisiva.

El caso es que, fuera obra de un reportero desaprensivo que se aseguraba de esta manera la posibilidad de filmar el tiroteo en directo, o debida a oscuros intereses políticos que pretendían dejar en ridículo a la ATF, el efecto del aviso no fue otro que conseguir que una comuna de fanáticos religiosos armados hasta los dientes estuviera esperando lo que ellos creían que era un ataque indiscriminado en el que la ATF tenía órdenes de no tomar prisioneros. Miedo, fanatismo y armas constituían un cóctel explosivo.

Santiago Camacho
(Visto en http://es.slideshare.net/)

1 comentario:

  1. WACO ERA EL EJEMPLO DE UNA COMUNIDAD LIBRE DE PERSONAS VIVIENDO FUERA DEL SISTEMA; ERAN PRACTICAMENTE AUTOSUFICIENTES.
    EL ESTADO NECESITA ESCLAVOS Y DECIDIO DAR UN ESCARMIENTO QUE SIRVIERA DE AVISO A NAVEGANTES.
    ESO FUE SIMPLE Y LLANAMENTE LO QUE OCURRIO.

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