domingo, 22 de febrero de 2015

UTOPÍA: EL MITO DE UN ESTADO PERFECTO (y 7)



Frente a la desigualdad social y a la agitación religiosa y política que se manifiesta en el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, la Utopía viene a significar una llamada de atención en favor de valores como la armonía social, la tolerancia religiosa, la equidad en la justicia, el pacifismo -la guerra, "naufragio universal de todo bien" para Erasmo, es detestada por los utopienses, que solo guerrean como último recurso, pese a que son unos maestros en ese arte-, la laboriosidad, la sensibilidad, la clemencia, etc. En definitiva, busca recuperar lo humano frente a la cerrazón ideológica y a la sinrazón del Poder, apuntando a una nueva ordenación de los elementos que en la sociedad del Renacimiento no llegan a convivir en armonía, a causa de la persecución del poder absoluto, la corrupción de los gobernantes, la codicia de los comerciantes, la efervescencia religiosa y demás circunstancias que configuran el marco de una época convulsa y atormentada que desoye las propuestas ideales de los humanistas.

En general, la Utopía surge de un sentimiento de protesta ante un presente que se vive como injusto (Mannheim, en "Ideologie und Utopie", define la conciencia utópica como "conciencia que no se adecúa con el ser que la rodea". Y para R. Ruyer -"L´utopie et les utopies"- el método utópico es el "ejercicio intelectual acerca de las posibilidades laterales"). La Utopía es una ilustración de una alternativa social y política, un ejercicio de crítica que se ejerce desde la narración más imaginativa que fantástica. De ahí su carácter literario, por encima de exigencias de sistematismo. El pensamiento utópico se desmarca del tópico en su forma y en su contenido. De la observación metódica de la realidad social y del pesimismo respecto a las posibilidades de actuación se sigue la superación de la contradicción constatada proyectando la alternativa propuesta a un plano distinto del "aquí" y el "ahora" que se viven. Desde el presente en que nace, la Utopía es ahistórica, pero se presenta como un futuro posible. Desde esta perspectiva, E. Bloch hace de la Utopía algo característico del hombre, que tien la capacidad de "anticipar lo real".

La Utopía se nos aparece así como un ideal necesario, como un acicate para la evolución social. Su peculiar nivel de exigencia se opone a la tendencia de la sociedad a anquilosarse en un presente imperfecto, asiento de irracionalidades e injusticias, proponiendo nuevas metas. La Utopía es un mecanismo de dinamización social, aunque la meta propuesta se configure con elementos tomados del pasado y se resuelva en una pretensión de volver a formas pretéritas de vida.

La última paradoja de Utopía no radica en este "reaccionarismo", sino en un hecho aún más estupefaciente: si se alcanzase la Utopía, su autosuficiencia exigiría un inmovilismo definitivo, es decir, su carácter dinámico se tornaría estático. En la Utopía realizada no hay cambio posible, no hay nada que reformar, no hay meta fuera de sí misma. La evolución social quedaría así ahogada. Para "motivarla" sería necesaria la propuesta de nuevas meta-utopías, nuevas metas que descorrieran mágicamente el cerrojo puesto al futuro. Pero, ¿no es la Utopía en sí misma este cerrojazo al futuro, o, como cree Marcuse, el fín de la historia?. Alcanzada la conjeturada meta de la evolución social, ¿cabe pensar en evolución ulterior alguna? Se me dirá que hacerse estas preguntas en el mundo anti-utópico en que vivimos carece de sentido, y tal vez nunca se vea el género humano en la tesitura de planteárselas. Quizá en ellas tan solo aliente el viejo horror a la perfección, sin sentido si la perfección de la vida social es tan solo un sueño, ... otro sueño de la razón. Queda el consuelo de considerar, con Jodorowsky, que "soñar es sobrevivir", y que los hombres solo son capaces de mejorarse a sí mismos en la medida en que son capaces de perseguir sueños.

(posesodegerasa)


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