martes, 10 de febrero de 2015

UTOPÍA: EL MITO DE UN ESTADO PERFECTO (4ª parte)



La "República" de Platón formula un orden social y político de convivencia que permite la felicidad de todos sus habitantes. El gobierno de la ciudad es asumido por los filósofos, aquéllos que hacen de su vida primordialmente un ejercicio de la razón, la facultad más elevada de un alma tripartita, comparada en Fedro 246a a un carro tirado por dos fogosos corceles, el alma concupiscible, inclinada más al instinto que a la virtud y sede de las pasiones inferiores, y el alma irascible, capaz de arrostrar empresas arriesgadas y de pasiones nobles, y conducido por un auriga -el alma racional- llamado a gobernar a ambos con autoridad. En la ciudad, el alma concupiscible se encarna en el pueblo, voluble y primario, y sobre el que se sustenta aquélla; el alma irascible en los guerreros que la defienden y el alma racional en los sabios que la rigen. El gobierno se nos aparece revestido de un ancestral talante aristocrático -"serán reyes los que, tanto en la filosofía como en lo tocante a la milicia, resulten ser los mejores de ellos" (República VIII, 543a)- que poco tiene que ver con los tintes republicanos del gobierno de Utopía (si acaso, la búsqueda de fórmulas que propicien el "gobierno de los mejores"). Sin embargo, tanto la Casa de Salomón de "La Nueva Atlántida" -élite científica antes que intelectual- como el deslumbrante boato de los gobernantes de la Ciudad del Sol nos remiten circularmente al cariz clasista de Platón. Y el triunvirato de virreyes (Potencia, Sabiduría y Amor) adjunto al supremo monarca solar -significativamente, "el Metafísico"- es fiel reflejo de la trilogía psíquica y social de la antropología platónica.

La armonía de la vida social en "La República" es el resultado de que se haya desterrado de la ciudad toda causa de querellas y envidias; paradigmáticamente, la propiedad privada y el derecho de posesión sobre mujeres e hijos. Es por ello que los guardianes de la ciudad poseen todo ello en común. El marco familiar deja de ser una subdivisión de la polis, algo disgregador, para abrirse y abarcar a la totalidad de los ciudadanos. Comunes las mujeres, comunes los hijos, las comidas, las ocupaciones, etc., los gobernantes aparecen aureolados de una carácter patriarcal, son los protectores paternales de la gran familia que es la "polis". El gobierno benevolente-padre y la madre-patria se encarnan en las relaciones humanas de la ciudad. Definida así respecto a sí misma, la ciudad se cierra frente al exterior para conservar su pureza. Su universo es un marco cerrado, en el que la función militar cobra una relevancia sin par.

Mantener este "statu quo" de forma permanente sólo es posible gracias a un hermetismo funcional y a un rígido control de la vida social. El estado -tanto en "La República" como en las utopías renacentistas- determina los movimientos de población, ejerce una draconiana justicia, regula omnipresente la procreación -a fin de mantener inalterable el número de ciudadanos- y el límite de la edad núbil para hombres y mujeres, etc. La supervivencia de Utopía parece dar lugar a una suerte de inmovilismo que exige un Estado rígido y autoritario.

Aquí está el germen de las distopías de nuestro tiempo, angustiosas pesadillas que anuncian que la utopía futura solo será posible con la desaparición de la individualidad tal y como la ha entendido el liberalismo moderno. De ahí los opresores estados en guerra perpétua del "1984" de Orwell -con los guardianes aupados a totalitarios gobernantes-; de ahí la uniformidad mental de una humanidad preprogramada en el "Mundo Feliz" de Aldoux Huxley o el atroz acoso al pensamiento en "Fahrenheit 451" de Bradbury. Este, por hoy, último capítulo del pensamiento utópico nos advierte de los peligros que aguardan en la solución autoritaria del dilema libertad-igualdad, conceptos que tan ingenuamente aunaron los revolucionarios franceses de 1789. Las revoluciones "utópicas" de los dos últimos siglos se han enfrentado al dilema en todo su dramatismo. A la igualdad no se accede libremente, sino que las más de las veces es una imposición; la libertad conduce a una diferenciación rara vez armónica; y el caos aguarda para restaurar su imperio primigenio. De la solución autoritaria al problema nacen el Terror de 1794, los "gulags" o las alucinantes fantasías que conjuran los antiutópicos; de la liberal, experiencias frustradas como la real de la Comuna de París o la ficticia que novela Vargas Llosa en "La guerra del fin del mundo".

La ingenuidad de la fantasía utópica pura encierra, como la caja de Pandora, posibilidades insospechadas y contraproducentes.

(posesodegerasa)

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