viernes, 6 de febrero de 2015

UTOPÍA: EL MITO DE UN ESTADO PERFECTO (2ª parte)



La Utopía renacentista es hija de su tiempo. Es por ello que está estrechamente vinculada a la apertura del horizonte geohistórico que supone la "era de los descubrimientos". Americo Vespuccio descubre el Nuevo Mundo a los ojos del Viejo. Amplía así el escenario para lo que Ruyer ha llamado el "experimento intelectual", abre terrenos vírgenes donde proyectar el modelo imaginado (y la proyección no es meramente imaginaria: Silvio Zabala ha estudiado la influencia de la Utopía de Moro en los "hospitales" fundados en Nueva España por Vasco de Quiroga).

El Nuevo Mundo ofrece a la perspectiva de los europeos sociedades más rudimentarias, pero, aparentemente, más felices. Rafael Hitlodeo, interlocutor -"alter ego"- de Moro en su "Utopía", es un compañero imaginario de Vespuccio que busca la Atlántida que Platón da por perdida, y que le sugerirá a Bacon el título de "Nueva Atlántida" para su utopía científica. El filósofo griego había puesto entre el mar y su utopía la distancia de quinientos estadios, simplificando así la inmensidad del "chorismos" o abismo que separa los dos mundos. El almirante genovés de "Civitas Solis", utopía teocrática del dominico Tommaso Campanella, es un marino que encuentra Taprobana (Heliópolis, la Ciudad del Sol) en su vuelta al mundo.

La Utopía se ubica en un mundo imaginado, lejos de las soberbias y viciadas urbes europeas, y cerca de la naturaleza. En Moro, y aún más en Campanella, vemos la descripción de una comunidad muy cercana al ideal "estado de naturaleza", que para Hobbes, Locke y Rousseau implica regresión, mientras que para los creadores de utopías del siglo XVI significaba vida armónica, deseable y bella. Campanella insistirá especialmente en que los ciudadanos de su utopía "obran naturalmente". Y esa naturalidad, en su sentido primigenio, hace de ellos hombres íntegros física y éticamente. Además de sanos, fuertes y limpios, sus virtudes morales son irreprochables: aman la patria y el trabajo, viven en un fraternidad sin tacha y hacen gala de misericordia. Su rectitud llega al extremo de que quien ha delinquido se acusa a sí mismo ante los tribunales sin esperar a ser inculpado, según la norma ideal socrática.

Pese a que la sociedad pueda transformarlo, el hombre es pensado como bueno por naturaleza.

(posesodegerasa)

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