miércoles, 4 de febrero de 2015

UTOPÍA: EL MITO DE UN ESTADO PERFECTO (1ª parte)




"Si hay algún lugar en que haya de suceder que sean comunes las mujeres, los hijos, las riquezas todas, y en que haya sido extirpado de la vida todo aquello que se suele calificar de propio, de suerte que lleguen a ser comunes incluso las cosas que son personales por naturaleza, sintiendo y obrando todos unánimemente, ... no habrá jamás nadie que pueda formular una más justa definición de lo que es el más alto grado de excelencia. Una ciudad semejante proporcionará a quienes vivan así el habitar dichosos". (Platón: "Las leyes", 739 d)

El humanismo renacentista representa una de las "Edades de Oro" de la Humanidad, un momento altamente significativo en la discontinua historia del pensamiento creativo. Cabe parangonarlo con el Siglo de Oro de la filosofía ateniense (S. -V), y entre los insospechados paralelismos que esta perspectiva nos abre no es el menor la consideración de que la ejemplar muerte de Tomás Moro repite, cambiadas fechas, personajes y ciertas circunstancias, la atroz ejecución de Socrates.

"Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías",  escribe Borges.

El filósofo muere para que la razón sustantiva no quede inerme ante la razón de Estado. Ésta gana la primacía secular, se instala en la época y pasa con ella; aquélla gana la inmortalidad. Y es la inmortalidad de Moro la que merece nuestra atención.

El canciller inglés muere -y entra en la historia- defendiendo un modelo de civilización cuya piedra angular es Roma. La inflexibilidad de un monarca -y la malquerencia de una favorita- le condenan. No es el suyo un caso aislado en el avispero de intereses y fanatismos que es la Europa del siglo XVI. El sueño de la razón de Estado produce monstruos. Nos vacuna contra ellos la Utopía.

"Utopía" representa el sueño de la sociedad ideal, referencia valorativa más que posibilista, formulación, al fin, de la optimista idea de la perfectibilidad del ser humano. Entronca directamente con la tradición de la teoría política clásica, en tanto que ética política. Pero también con las aspiraciones populares de la Baja Edad Media: el reino del Preste Juan, los países imaginarios donde nunca llega el dolor, "la Cocagne", "Jauja", ... El Bosco y Brueghel el Viejo han ilustrado tardiamente estas fascinantes fabulaciones. Utopía no es tal ficción, aunque nace impregnada de ese carácter poético y paradisíaco.

Su fuente directa de inspiración es Platón, a quien Moro cita puntualmente: "Si les hablase de aquéllas cosas inventadas por Platón en su República" ("Utopía", libro I. Algunas décadas más tarde un fraile dominico, Tommaso Campanella inspirará -y justificará- su utopía amparándose en la autoridad del mártir Moro).

Como dice el Filósofo de las Ideas, en boca de su maestro Sócrates, el objetivo de "La República" es la discusión acerca de "cómo se debe vivir". De esa preocupación surge el pensamiento utópico, respuesta racional -por ello, imaginaria- al problema de la justa convivencia social. La Utopía surge en el preciso momento en que la sociedad establecida se ve desbordada por su propia evolución en la historia. Es por ello que el género, cuya partera es la más temprana razón moderna, cobra carta de naturaleza en el Renacimiento.

La respuesta del intelecto a las convulsiones del XVI adopta muy diversas vestiduras. En 1513 Maquiavelo escribe su "Opuscolo de Principatibus", publicado en 1532. Mucho antes había visto la luz la "Utopía" de Tomás Moro, cuya redacción se anticipó solo en tres años al ensayo que inaugura la ciencia política moderna.

Maquiavelo no discute la preeminencia del monarca, se limita a aconsejarle en aras de la eficacia. Su opúsculo es tan certeramente comprendido que el tópico popular compendia su mensaje en un adagio ("El fin justifica los medios") que ni siquiera aparece en su texto. Moro, cuya moral cristiana parte de la igualdad de todos los hombres, se aparta de retratar privilegio aristocrático -no digamos ya monárquico- alguno: la única nobleza que reconoce es la del alma, no la de la sangre, presunta e injustificada.

Se ha dicho, no sin razón, que Maquiavelo nos dice "lo que son el hombre y la sociedad", y Moro se limita a contarnos "lo que deberían ser", juicio peyorativo que nace de la mente de Francis Bacon y que considerará la propuesta del canciller británico una "fábula social" bella pero irrealizable. Pero Moro no es un visionario, del mismo modo que no hay en Maquiavelo un afán sociológico (su obra parece glosar el proceder que admiró en el sobrino del Papa Alejandro VI César Borgia). Ambos comparten comunes postulados humanistas, y ambos proponen modelos a su tiempo y a la posteridad. La historia ha encumbrado el modelo socio-político de Maquiavelo, y solo muy tardíamente la izquierda anti-dogmática -mientras el marxismo clásico tildaba de "utópico" al socialismo que le había precedido- ha reivindicado el "final de la utopía".

No en vano Enrique VIII, verdugo de Moro, es todo un prototipo maquiavélico: monarca hábil y autoritario, sagaz y pródigo en sus crueldades.

No consta que el rey inglés conociese "El Príncipe", más apunta a ello la circunstancia de que todo cuanto venía de Italia estaba de moda en la corte de los Tudor.

La moraleja que parece desprenderse de una excesiva simplificación de los hechos es solo aparente. Maquiavelo propone el autoritarismo como medio eficaz de mantener la cohexión política. Moro ejercita su crítica a este "estado de las cosas" desde su posición humanista, dibujandonos una seductora perspectiva liberal y antropológicamente optimista.

(posesodegerasa)

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