viernes, 13 de febrero de 2015

LA DANZA DEL COSMOS

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“La música es el chirrido de las puertas del Paraíso”
(Proverbio árabe)

“Morir en Dios es la única forma real de vivir” afirma una máxima sufí.

¿Cómo entender esta inmensa paradoja de una vida que se afirma en el morir? Quienes asistimos al encuentro de la Red Ibérica de Luz en Toledo, la Jerusalén -ciudad de tres culturas- hispana, el pasado fin de semana, vivimos, más allá de la comprensión conceptual o la reflexión lógica, la experiencia que los místicos sufíes han practicado durante siglos para materializar esa vivencia: la SEMÁ o danza de los derviches giróvagos.

Esta práctica meditativa nació con Mevlânâ Rumi (1207 – 1273), místico persa que en un momento de su existencia asume que la condición básica de cuanto existe es el movimiento giratorio: planetas, torbellinos de agua y aire, electrones, átomos, galaxias …, plasmando esa comprensión en un ritual cuya esencia es la danza con la cual el mevleví o derviche entra en una suprema armonía con cuanto Dios ha creado, vaciándose de sí mismo para convertirse en un canal por medio del cual el amor divino se derrama sobre todas las criaturas. Como nos explica Osho:

“Jalaluddin Rumi convirtió el girar en una meditación. El meditador da vueltas durante horas... mientras el cuerpo le permita seguir dando vueltas, decide que no se detendrá. Al girar, llega un momento en el que siente que está en un silencio y una quietud absolutos, en el centro del ciclón. El cuerpo se esta moviendo alrededor del centro, pero hay un espacio que no se mueve, ese espacio es su ser...” (“Hara. El viaje al centro del Ser”)

Rumi mismo estuvo girando treinta y seis horas sin parar y se cayó, porque el cuerpo ya no podía seguir dando vueltas, pero cuando abrió los ojos era otro hombre. Su ilumación no fue el resultado de una meditación estática, como la de Buda, sino de la comunión vibratoria con el Universo que plasmó en su danza, una suerte de embriaguez divina que eleva la conciencia y que se traduce en amor por todas las criaturas.

Asistir a la “Semá”, y participar de ella, es uno de los regalos más hermosos que quien escribe estas líneas ha disfrutado en mucho tiempo. Después de escuchar el “Na´t-i Serif”, una letanía que recuerda a quienes han anunciado a Allâh, y la música improvisada de flauta que representa el suspiro divino que da vida a todo, y cuyo arrullo favorece la concentración necesaria para entrar en la experiencia, los músicos (flauta, tamboril y kamanché) se lanzan a ejecutar una música rítmica y poderosa, momento en que la “semâzen” -una mujer en este caso-, sale a escena y tras saludar al maestro de ceremonias, despliega sus brazos y comienza a girar como una peonza sobre sí misma, cada vez más deprisa, mientras una absoluta serenidad se dibuja en su rostro.

La danza, como espectáculo, resulta absolutamente hipnótica; es imposible apartar los ojos de esa figura fascinante que da vueltas sobre sí misma abrazando con afecto y amor a cuanto la rodea. El maestro de ceremonias explica el sentido profundo de lo que estamos presenciando: la mano derecha, dirigida hacia el cielo, recibe la bendición de Dios; la mano izquierda, vuelta hacia abajo, transmite ese don al mundo. El danzante es, pues, pura transparencia, puro silencio, pura energía sin centro, puro vacío, … Está más allá de cualquier deseo, de cualquier pensamiento, de apego, y por tanto, de ego. Las palabras no pueden describir la abrumadora sensación de recogimiento y bondad que llena la sala. El trance se expande de ese eje impersonal que es el danzante a cuantos asistimos extasiados al espectáculo. El tiempo no cuenta. El maestro se esfuerza en acompañar con palabras lo que ocurre, reconoce lo limitado de sus explicaciones, cada vez se hace más presente en ellas la palabra “AMOR”, amor como confianza, amor como el mensaje que comunica la mirada de una madre al hijo que está en su regazo como todas las criaturas lo están en el regazo amoroso de Dios. Nuestros corazones rebosan, y nuestros ojos están sintonizados en la frecuencia de una BELLEZA inexpresable.

Entonces, la danza va apaciguándose, la “semâzen” vuelve a recogerse en su quietud, saluda al maestro y deja el centro de la sala. Es entonces cuando nuestros sabios anfitriones sufíes nos hacen el mayor regalo: nos invitan a participar de la danza. Dejamos de ser espectadores y nos convertimos en actores de la ceremonia. La gente se distribuye por la sala y escucha los consejos para evitar el mareo y disfrutar en plenitud: vaciarse, no pensar, no analizar, … abandonarse al amor divino. La música vuelve a empezar y entramos en la experiencia. La habitación gira vertiginosamente en torno a nosotros, pero ya no hay habitación, ni arquitectura, ni espacio físico; es el Cosmos el que gira, y nosotros con él. Somos pura energía en acción. Estamos suspendidos en la eternidad, en un viaje espiritual tan intenso y poderoso que siento que no hay retorno ya. Ese pensamiento me saca de mi concentración y me hace volver al cuerpo. Me dejo caer en una silla y mi mirada se cruza con la del maestro de ceremonias, que me saluda con una cortés inclinación de cabeza, sonriendo con un afecto más allá del idioma y la cultura. Entiendo su mensaje, su mirada paternal me dice: “Es tu primera vez, no le pidas más a la experiencia. Disfruta lo que has recibido”. Le devuelvo el saludo y decido no “escuchar” al cuerpo -luego descubriré que mi temperatura ha subido durante la experiencia hasta rozar la fiebre-, y vuelvo a ser espectador de tanto cuerpo astral que gira en torno, sintiendo la felicidad de los danzantes, su serenidad, su éxtasis.

Siento que me he asomado a un Paraíso que no está “fuera”, sino “dentro”, y que aún no estoy preparado para “permanecer” en él, aunque la visita ha merecido la pena. El vaciamiento interior me ha llevado a ese espacio para el que también han sido puertas el yajé, la meditación, el ayuno o las “maniobras” de algún sabio maestro. Veo cada vez con más claridad que la “religión de la experiencia” se instala en el corazón y en las prácticas de los buscadores, y esta religión ya no necesita de etiquetas, porque está tanto en el corazón del creyente honesto, musulmán, cristiano, budista o hindú, como en la del agnóstico o increyente abierto a la espiritualidad. El mismo Rumí nos invita a todos:

“Quienquiera que seas, ven.
Aunque seas un incrédulo, un pagano
o un adorador del fuego, ven.
La nuestra no es una hemandad de desesperación.
Aunque hayas roto
tus promesas de arrepentimiento cien veces,
ven”.

Las palabras del Maestro de Maestros iluminan mi corazón: “Los corazones se han turbado con el Samá, se agitan como la nube de la primavera”.

Benditos sean nuestros hermanos sufíes por haber compartido tan generosamente su don.



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(posesodegerasa, entrada publicada en junio de 2011)

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