domingo, 14 de septiembre de 2014

LOS HOMBRES QUE SALVARON EL MUNDO



Sucedió el 26 de septiembre de 1983.

Ese día, la decisión de un solo hombre cambió el futuro de toda la humanidad.

Se trata de un individuo anónimo y discreto, del que jamás hemos oído hablar y que, probablemente, nos salvó la vida a todos y cada uno de nosotros.

Su nombre era Stanislav Yevgráfovich Petrov y trabajaba encerrado en el remoto búnker Serpujov-15, cerca de la población de Kurilovo, en la región rusa de Kaluga.

Ese búnker formaba parte del centro de mando de la inteligencia militar soviética y coordinaba la defensa aeroespacial rusa, encargada de los sistemas de alerta temprana.

La misión de Petrov era verificar y alertar de cualquier ataque norteamericano con misiles contra territorio soviético, informando inmediatamente a sus superiores para que estos iniciaran el procedimiento de contraataque con armamento nuclear contra EEUU.

La función específica de Stanislav Petrov, pues, no incluía tomar decisiones de ningún tipo; solo transmitir rápidamente la información a los altos mandos para que fueran ellos los que lo hicieran.

Pero ese día, Petrov decidió no cumplir con su obligación.

Pasada la medianoche, un satélite soviético dio la alarma de ataque: había detectado un misil balístico intercontinental lanzado desde la base de Malmstrom, en Montana, EEUU, que en poco más de un cuarto de hora alcanzaría territorio ruso. No parecía una falsa alarma, porque pocos instantes después, el sistema de alerta detectó cuatro misiles intercontinentales más, dirigiéndose hacia la URSS.

Lo cierto es que había razones para pensar en la posibilidad de un ataque nuclear real, dado el elevado nivel de tensión diplomática entre ambos bloques en aquel momento concreto de la historia. 

Incluso agentes de la KGB infiltrados en EEUU habían informado en semanas precedentes de la posible preparación de un primer ataque norteamericano.

Todo parecía encajar pues: esos misiles indicaban el inicio de un ataque nuclear y la Unión Soviética debía responder sin dilación.

Transmitir esa valiosa información a sus superiores de forma inmediata era el “sagrado deber” de Stanislav Petrov. Cada segundo era determinante.

Pero en ese momento crucial, Petrov ignoró los protocolos y las normas que determinaban su función como pieza de la gran maquinaria del Sistema.

Con toda tranquilidad decidió esperar unos minutos, convencido de que el sistema de alerta temprana se estaba equivocando y por lo tanto, ocultó la información a sus superiores, e impidió con ello, que pudieran tomar la decisión fatal de contraatacar a los EEUU.

Pocos minutos después, se descubrió que, efectivamente, era una falsa alarma, causada por un error técnico de los satélites soviéticos.

El mundo había estado al borde del holocausto nuclear y de la destrucción absoluta.

Tal incidente es conocido como “El incidente del equinoccio de otoño”.

Puede parecer increíble, pero si ahora te asomas a la ventana, todo lo que veas posiblemente esté ahí gracias a ese hombre desconocido llamado Stanislav Petrov.

Lo cierto es que Petrov no era un rebelde indisciplinado. Era un teniente coronel entrenado para integrarse en una cadena de mando, para obedecer órdenes y dar la vida por su patria y gracias a ello había alcanzado un cargo de responsabilidad dentro del organigrama soviético.

Era pues, una pieza bien engrasada y una mente perfectamente programada para servir al Sistema.

Si hubiera seguido esa programación inculcada en su mente, si hubiera seguido las reglas y los protocolos adecuados, si hubiera cumplido con su “obligación” y su “sagrado deber” tal y como le habían ordenado hacer, ahora, probablemente, no estaríamos vivos.

Sin embargo, en el momento crítico, siguió únicamente los dictados de su conciencia, su propio criterio y su intuición. Dejó de actuar como una pieza más de la maquinaria y decidió ser un individuo libre que solo se escuchaba a sí mismo, y con ello salvó a toda la humanidad.

Y el suyo no es un caso único.

Hay más ejemplos similares conocidos, como el de Vasili Arkhipov, que durante la célebre Crisis de los Misiles de Cuba en 1962 y siendo segundo al mando del submarino soviético B-59, cuando éste estaba siendo atacado con cargas de profundidad por destructores norteamericanos, consiguió impedir, en contra de los designios de su capitán, el lanzamiento de un torpedo nuclear que habría iniciado una más que posible guerra nuclear entre EEUU y la URSS.

Estos casos nos ofrecen una serie de lecciones valiosas y altamente significativas: La paradoja del progreso

El progreso de la humanidad se sustenta en la acumulación de esfuerzos y sacrificios continuados, realizados por centenares de millones de personas a lo largo de la historia. Es como un inmenso edificio en el que cada individuo que ha hollado este planeta en el pasado, ha depositado su pequeño granito de arena para levantarlo. Un edificio construido con la suma de todos los tiempos de vida de las personas que han vivido hasta ahora.

Y tras tantos centenares de millones de años invertidos, resulta que un solo hombre, escuchando su propia voz interior y con un solo minuto para juzgar, ha tenido en sus manos la decisión de destruirlo todo para siempre.

Algo no funciona bien en el mundo que hemos creado.

Por lo visto, hemos construido un inmenso y deslumbrante rascacielos, es cierto…pero lo hemos levantado al borde de un precipicio.

Es un rascacielos que se tambalea y que, llegado el momento, puede depender de los equilibrios de un solo individuo, que nadie nos garantiza que no vaya borracho…¿para eso hemos sacrificado una cantidad tan enorme de vidas y de tiempo?

¿Podemos decir que hemos progresado realmente si la obra construida durante tanto tiempo por tantas personas acaba dependiendo, al final, de las decisiones apresuradas tomadas por una cantidad tan reducida de individuos?

Como mínimo deberíamos reflexionar sobre ello …

La gloria inmerecida

¿Cuántos habíais oído hablar de Stanislav Petrov o de Vasili Arkhipov?

En cambio habéis oído hablar de Ronald Reagan, Nikita Jrushchov, Fidel Castro o John Fitzgerald Kennedy. Todos ellos, con sus decisiones, nos llevaron al borde del abismo en su momento y aún así la historia escribe sus nombres con letras de oro.

Algunos incluso han sido considerados salvadores de la humanidad y se han hecho películas en su honor.

Pero por mucho que algunos se empeñen en vendérnoslo así, Kennedy o Jrushchov no nos salvaron en “la crisis de los misiles cubanos”.

De hecho, ellos crearon esa crisis.

Fueron individuos desconocidos por la mayoría, como Arkhipov o Petrov los que nos salvaron, hombres encerrados en búnkeres y submarinos a los que habían sido arrastrados por tan “gloriosos gobernantes”.

Son ellos los que merecen los monumentos y la gloria por haber tenido un atisbo de lucidez en el momento más crítico.

Pero en el fondo, el Sistema los odia.

Esos individuos programados para obedecer, enfundados en ridículos uniformes para convertirse en robots obedientes, escucharon, en el último momento, la voz de su conciencia individual.

Traicionaron al Sistema que tanto “esfuerzo” había invertido en ellos para convertirlos en piezas de la máquina.

Por eso han sido borrados de la historia y sus nombres no salen en los libros.

La gloria está reservada para los grandes criminales.

A los héroes individuales se les premia con el olvido.

El Hombre vs la Máquina


Pero si hay una lección valiosa que podemos extraer de estos casos, es la constatación de que la conciencia de un solo individuo es infinitamente más valiosa que todo el Sistema en su conjunto.

Patrias, leyes, normas, reglas, protocolos, deber, creencias, ideologías, jerarquías…todos ellos son componentes de una maquinaria ciega e inconsciente que nos ha llevado ya varias veces al borde de la aniquilación.

Una máquina que de no haber sido acallada en su momento por la voz de individuos conscientes, ya lo habría destruido todo.

En realidad, en eso reside el heroísmo de personas como Petrov o Arkhipov.

En ese momento crucial, dentro de sus mentes se produjo un enfrentamiento entre las creencias que les habían sido inculcadas y su propia voz interior, reclamando el poder natural que le correspondía.

Y afortunadamente, experimentaron un fugaz instante de lucidez que nos salvó a todos.

Probablemente, ni ellos mismos son conscientes de que eso sucediera de esta manera.

Esto nos demuestra que si un gran computador, programado con los principios del Sistema, gobernara el mundo y tomara todas las decisiones siguiendo las leyes, las normas y los protocolos “correctos”, el planeta entero ya habría sido devastado.

Nos demuestra que como más débil sea la conciencia individual, más cerca estaremos del desastre.

Así pues, si llegado el momento debes elegir entre seguir los dictados de tu conciencia o lo que dictan las normas del Sistema, ¿qué camino escogerás?

(Fuente: GAZZETTA DEL APOCALIPSIS)

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