jueves, 24 de abril de 2014

UNA REFUTACIÓN



Fui iniciado en los misterios de la Cabala en mis años de universidad. Sentado a los pies del maestro ("sentarse a los pies del maestro" es uno de los significados de la voz hebrea que significa "aprender"), ví el Libro con ojos nuevos. El relato milenario dio paso a mensajes ocultos que, a su vez, ocultaban nuevos mensajes, revelándome un texto significativo a muchos niveles. Decodificarlo es tarea que ha ocupado a criptógrafos, lingüistas, místicos, matemáticos, nigromantes, alquimistas, teósofos y meros curiosos.

La implacable premisa de los hermeneutas conlleva una consecuencia que no se puede ignorar: el texto es intraducible, verter la escritura a otra lengua que aquélla en que se expresa implica la pérdida de su doctrina fundamental. El resultado de la vana tarea de los Patriarcas a la vista está, no menos confuso y contradictorio que la inútil descripción de un laberinto. Nuestra general ignorancia del idioma hebreo nos veda el acceso a la doctrina que los grandes místicos judíos sospechan en el Libro. Perseguidos durante siglos por los ambiciosos, atesoraban algo aún más valioso que las riquezas que se les supusieron.

La misma Historia me pareció una azarosa ironía aquella mañana de octubre.

Resignado a quedar excluído de una revelación preciosa, deploré mi suerte, y me consolé en considerar este infortunio como la penitencia impuesta a quien, como cristiano, es solo un heresiarca entre los hijos de Abraham.

Solo años después reparé en lo sospechoso del empeño de las escuelas sefiróticas.

Encontré en la primera edición de una enciclopedia la consideración de que la Cabala, patrimonio exclusivo del judaísmo más ortodoxo, "es obra de aquellos círculos ... a quienes no satisfacían ni la interpretación tradicional de la Biblia, ni, a partir del Siglo XIII, el racionalismo de los filósofos".

Intuí que el elitismo de los cabalistas obedecía más a una frustración que a un descontento. Imaginé el furor de los Doctores que conocieron la eclosión del cristianismo, su indignación al verse desposeídos de una revelación que les fuera dada en exclusividad, su desazón al proclamar los gentiles la universalidad de una alianza que tenían por suya.

Imaginé también su desquite: urdir una trama tan secreta que los herejes no pudieran gloriarse en sacarla a la luz, hacer de la revelación pública una moneda sin valor y enterrar el "verdadero mensaje" en la infinita urdimbre de los procedimientos que su prodigiosa lengua permite.

(posesodegerasa)

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