martes, 15 de abril de 2014

23-F 1981, LA HISTORIA DE TRES GOLPES DE ESTADO (1ª parte)



33 años después del intento de Golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981, continúan sin respuesta muchos de los numerosos interrogantes que rodearon aquel episodio trascendental que cambió la Historia de España.

Apenas conocemos todavía quiénes fueron los responsables de dicha conspiración, al tiempo que sigue despertando grandes dudas y no pocas sospechas, a medida que va pasando el tiempo, la actitud del Rey durante aquellas dramáticas horas.

Si a este oscurantismo añadimos que, el intento de Golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, fue el adelanto de un levantamiento, (presuntamente consentido por la Corona y los partidos parlamentarios para el mes de marzo ese mismo año, como reacción a un primer Golpe militar de carácter ultraderechista y posiblemente cruento que habría tenido lugar ese mismo dos de Mayo), encontraremos los aditamentos necesarios para comprender que, después de más de 30 años, aquella intentona de aquel hsitórico 23 de Febrero sigue siendo un misterio.

Una página de nuestra Historia que sigue permaneciendo oscurecida por el secreto de Estado, y que las generaciones venideras tienen el derecho de conocer.

LAS CAUSAS DEL GOLPE DE ESTADO, DIMISIÓN DE ADOLFO SUÁREZ Y ENTRADA EN LA OTAN

¿Qué ocurrió, realmente aquel 23 de Febrero de 1981?

Cumplidos 33 años desde aquella histórica fecha, continúan sin desvelarse las claves de lo que, lejos de un intento, fue un verdadero Golpe de Estado en toda regla.

No voy a detenerme en los sucesos ya conocidos por todos y que los medios de comunicación del Sistema han repetido hasta la saciedad.

Me centraré, eso sí, en cuáles fueron las verdaderas razones que provocaron esta conspiración, quiénes movieron sus hilos en “la sombra” y cuáles han sido las consecuencias, políticas y sociológicas, más importantes derivadas del más duro ataque contra la supuesta Democracia que dicen que tenemos desde 1977 (lo cual es mucho decir, puesto que más bien ha sido la continuación del régimen anterior).

Una democracia “supervisada” por una institución monárquica, a cuyo frente se colocó a Juan Carlos de Borbón, un personaje que había sido designado por Franco como Sucesor a la Jefatura del Estado el 21 de julio de 1969, y que el 22 de noviembre de 1975, fue proclamado Rey de España por las Cortes Generales, bajo el título de Juan Carlos I.

Un Rey que seguía sin ganarse el “favor” de una buena parte de la población que, sin embargo, aprobó, mediante referendum el 6 de diciembre de aquel año (mayoritariamente con el voto en contra de los nacionalistas) la Constitución de 1978, aprobación con la que “formalmente” quedó “legitimada” la Monarquía, aunque al pueblo español nunca se le haya preguntado si quería o no dicha Restauración, y por tanto, si quería o no un Rey que, hablemos claro, una vez más le fue impuesto por un Sistema que tenía el trabajo muy bien hecho, de lo que son testigo las palabras de Luisa Isabel Alvarez de Toledo, "en democracia, el pueblo es inoperante, porque al no darle información, carece de criterio y hasta de opinión; antes de permitirles elegir, les hemos incapacitado para hacerlo, por eso han comprendido, les da igual un rey que un presidente.”

Reinstaurada la Democracia y aprobada la Constitución, se abrió en España un período histórico de importantes reformas estructurales que encontrarían un frenazo muy importante con los sucesos del 23 de Febrero de 1981, unos acontecimientos de los que los medios acólitos del Sistema, se esforzaron por hacernos creer que el Rey había impedido que el Golpe prosperase, algo que, trataré de demostrar, fue todo lo contrario.

Muchas fueron las causas que, durante la Transición Política, sirvieron de “caldo de cultivo” para un posible levantamiento militar, destacando fundamentalmente dos:

En primer lugar, el constante y ensordecedor “ruido de sables” existente en el Ejército español desde poco después de morir el Dictador,


y, en segundo lugar, la presión ejercida por los Estados Unidos para que España se incorporase a la OTAN, coincidiendo con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca el 20 de enero de 1981 tras haber ganado las elecciones en noviembre del año anterior.

Para comprender el por qué de esta presión, es preciso tener en cuenta la posición estratégica ocupada por España en el panorama internacional a principios de la década de los 80, un período histórico en el que la nueva era de rearme que el nuevo "halcón" de la Casa Blanca inauguraba, exigía un reforzamiento defensivo, sin precedentes, desde el Atlántico hasta el Mediterráneo oriental.

Producto de esta presión, entre 1980 y 1982, tuvieron lugar los siguientes “acontecimientos” de carácter geoestratégico que avalan esta afirmación:

- caída del gobierno turco del liberal Süleyman Demirel, tras el golpe de Estado del general Evren en septiembre de 1980;

- intento de derrocamiento de dirigentes “molestos” para el Imperio, como fue el caso del general portugués Antonio Ramalho Eanes, símbolo de la “Revolución de los Claveles” del 25 de abril de 1974 y Presidente de Portugal desde 1976, así como las dudas, nunca del todo aclaradas, de la muerte en accidente aéreo del primer ministro Francisco Sa Carneiro; en diciembre de 1980;

- subversiones del orden en países “críticos” con la nueva estrategia armamentista, como fueron los casos como de la Italia de diciembre de 1981 con un serio imtento de golpe de estado en el que estaban implicados la Logia Masónica P-2, la Mafia y la red clandestina Gladio, y de la "molesta" España de Adolfo Suárez,

- regreso y reintegración del Ejército griego en noviembre de 1980 en la estructura militar de la OTAN que había abandonado en 1974;

- o el rearme de “ fieles” aliados de los Estados Unidos como fueron los casos del Egipto de Anwar El Sadat en noviembre de 1981, estacionando tropar norteamericanas por vez primera en el país de los faraones, o del rearme del Marruecos de Hassan II a finales de 1981 con el posterior abandono por parte de Mauritania del territorio del Sahara que le había correspondido según los Acuerdos de Madrid de 1975, por los cuales el pueblo saharaui fue abandonado a su suerte para vergúenza de España;

Tengamos muy en cuenta, por tanto que, pese a su extraordinaria importancia estratégica, España era, en 1981, tan solo un aliado “fáctico” que no formaba parte de la OTAN ni estaba prevista su incorporación en los planes del entonces presidente Suárez, quién por el contrario, había optado por una política exterior abiertamente beligerante (que los sectores más conservadores calificaron de tercermundista), de la que fueron ejemplos:

- su viaje a Cuba en 1978, primera visita oficial de un mandatario occidental, donde fue recibido por el Comandante Fidel Castro;

- recibimiento en Madrid, el 13 de septiembre de 1979 y con honores de jefe de Estado, a Yasser Arafat, líder de la Organización para la Liberación de Palestina, la O. L. P., siendo el primer jefe de un gobierno occidental en recibir al “rais”;

- y el envío de un observador a la Cumbre de los Países No Alineados celebrada en la Habana en agosto de 1,979;

Tres gestos “intolerables” que no pasaron desapercibidos para una Administración norteamericana que no perdonó semejante “provocación”.

En este contexto, el mismísimo Rey, se vio fuertemente presionado para que ejerciese su influencia sobre Suárez, (a quién él mismo había elegido para que tripulase la Transición Política, durante el período constituyente) para más tarde, tras ganar las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977, erigirse en el primer presidente de la democracia, magistratura que mantendría hasta el 24 de febrero de 1981.

Unas presiones reales que tuvieron por objetivo convencer al presidente Suárez de la urgente necesidad de cambiar su política exterior, “sugerencias” que éste no atendió y cuya negativa trajo como consecuencia el principio del fin de las que habían sido unas excelentes relaciones, personales y políticas, entre Juan Carlos y Adolfo Suárez.

Por tanto, la entrada de España en la OTAN resultaba esencial, como demuestran las palabras ultimatum que el secretario de estado norteamericano, Alexander Haig, pronunció en enero de 1981: “España debe fijar de forma inmediata, fecha y hora para su integración”, palabras que denotaban que el tiempo se estaba acabando para que el gobierno español abandonase la senda de la neutralidad, el mismo alto mandatario que no dudó en afirmar, nada más producirse la intentona del 23 de Febrero de 1981, que "el Golpe de Estado era un asunto interno de España".

Resumiendo, la situación del país a finales de 1980, era un volcán de presiones; vamos a analizarlas.

- gran presión ejercida por los Estados Unidos,

- pérdida de confianza del Rey en su presidente,

- una nada disimulada proximidad del Rey hacia el Ejército con discursos como el pronunciado durante la Pascua Militar de enero de1981 donde afirmó que "a nadie le quepa duda de que sabemos a dónde vamos y de dónde no podemos pasar",

- la fragmentación de la Unión de Centro Democrático, partido en el Poder, en múltiples y variopintas “familias” que torpedeaban, sin descanso, a un Presidente cada vez más solo;

- la durísima oposición ejercida, (incluida una moción de censura en mayo de 1980), por Felipe González, Secretario General del PSOE, una época en la que, todavía, ni Felipe ni Alfonso Guerra se avergonzaban de levantar el puño en alto ni de apostar abiertamente por el “NO” a la OTAN, ¿Se acuerdan de un tal Javier Solana “capitaneando” la campaña por el “NO” a la entrada en la Alianza Atlántica? (al respecto recomiendo ller el articulo publicado en este blog "El PSOE, Felipe González y el timo de la estampita").


Y del "Sí" a la OTAN una vez ya ganadas las elecciones?


- un “linchamiento” mediático inmisericorde hacia el Presidente;

- la retirada de apoyo financiero de la Banca, que hacía imposible el mantenimiento de cualquier gobierno;

- la conspiración permanente existente en el Ejército;

- el golpeo sistemático del terrorismo de ETA, que, sólo en 1980, había perpetrado 480 atentados y asesinado a 132 personas, un año que fue el más “salvaje” de su historia, asesinando una persona cada tres días;

- el “riesgo” de ruptura de la unidad nacional, provocada por los “17 reinos de taifas” en que había quedado estructurado el Estado, tras la aprobación de la Constitución de 1978;

- y la decisión de Suárez de legalizar al Partido Comunista de España el 10 de abril de 1977, apuesta política que fue calificada de “traición” por los sectores militares más involucionistas (a los que parece había prometido que esto nunca tendría lugar), provocando que la dirección del PCE, se viese “obligada”, seis días después de su legalización, a aceptar públicamente, ante insistentes rumores de un inminente golpe de Estado, tanto la Monarquía como la bandera, algo que muchos vieron como una renuncia a su identidad histórica.

Razones que explican la creciente y progresiva crispación de un Ejército cuyos mandos seguían, en su inmensa mayoría, siendo leales a Franco y conspirando en la sombra.

En este contexto, un posible levantamiento militar se hacía casi inevitable, sólo quedaba esperar el momento oportuno para activar, una involución, largamente gestada por los sectores fácticos que permanecían en el Poder, y cuyo preámbulo fue la llamada “Operación Galaxia”, plan golpista previsto para el 17 de noviembre de 1978, que se quedó en eso, y por el que fueron condenados el teniente coronel Tejero y al capitán Sáenz de Ynestrillas.

¿Y qué mejor excusa que “un vacío de Poder” para intentar tomar las riendas del mismo y erigirse en su “salvador”?

Adolfo Suárez, sintiéndose solo y abandonado por todos, salvo por su amigo y más fiel colaborador, el teniente general y Vicepresidente para Asuntos de la Seguridad y Defensa Nacional, Manuel Gutiérrez Mellado, presentó su dimisión irrevocable el 29 de enero de 1981, en un discurso televisado al país en el que afirmó que su “marcha era más beneficiosa para España que su permanencia en la presidencia, para que el sistema de convivencia, no se convirtiese, una vez más, en un nuevo paréntesis en la Historia de España”, interregno que culminaría el 23 de febrero con la elección, en el Congreso, de un candidato a la presidencia del Gobierno.

A partir de este momento, el Gobierno se mantuvo en funciones hasta que el 23 de febrero fuese elegido un nuevo Presidente.

Lo que aconteció a las seis y catorce minutos de aquella misma tarde, es conocido por todos, por eso sólo me detendré en los puntos oscuros, dudas nunca desveladas, ambigüedades múltiples e incoherencias inconfesadas de algunos de los protagonistas de aquellas dieciocho horas que convulsionaron la reciente historia de España, dejando constancia eso si, de la dignidad de un Presidente que no se amilanó ante los disparos de los insurrectos, o de la del veterano general y ministro de Defensa, Gutiérrez Mellado, zarandeado por aquellos pero sin llegarlo a derribar, un gesto que simbolizó la fortaleza de la supuesta Democracia frente a la fuerza bruta.



Con la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo el 25 de febrero de 1981 como nuevo presidente del gobierno, el “Sistema” se aseguró contar con un hombre que diera un cambio de timón a la política del país, mandato que duraría hasta el 1 de diciembre de 1982, y que pasará a la historia, principalmente, por haber incorporado España a la OTAN el 30 de mayo de ese mismo año como estado asociado número 16, tras incluir este objetivo como primera y medida “estrella” en su programa de gobierno, aunque España no sería miembro efectivo de pleno derecho hasta 1986, ya con el Gobierno de Felipe González y del ínclito Javier Solana que terminaría siendo su secretario general. ¿es una casualidad que “el hombre triste” de orígenes inequívocamente franquistas, tuviera tanta prisa como fue el caso del nuevo primer ministro?

De esta manera, uno de los grandes objetivos geoestratégicos de los Estados Unidos se había cumplido, aunque para ello hubieran tenido que alentar, “apoyar” y tolerar todo tipo de preparativos, conspiraciones, conjeturas y complots que culminaron en el intento de Golpe de Estado de 23 Febrero de 1981.

Este fue el contexto, por tanto, donde tuvo lugar uno de esos Golpes calificados como “blandos” y que fue realmente un “auto golpe del propio Sistema contra sí mismo”, una maniobra político institucional de “altos vuelos” que fue recibida con alegría y celebraciones en los sectores más reaccionarios del Sistema y que pareció no cambiar nada esencial, pero que transformó las “reglas del juego” de tal manera que, aún hoy, seguimos sufriendo sus dramáticas consecuencias.

Un Golpe que se había venido gestando desde los albores de la presunta joven Democracia que nos hicieron creer que los españoles habíamos reconquistado, cuando la realidad fue que nos impusieron el tope máximo de “libertades” que estarían dispuestos a tolerar.

Continuará ...

(Fuente: http://laventanaesmeralda.blogspot.com.es/)

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