lunes, 10 de febrero de 2014

"PI", CINE Y GNOSTICISMO



09:30. Apunte personal: Cuando era pequeño mi madre siempre me decía que no mirara al Sol, pero a los seis años lo hice. Los médicos no sabían si quedaría ciego. Estaba aterrorizado. Solo en la oscuridad. Poco a poco la luz se filtró entre las vendas y pude ver. Pero algo había cambiado en mí ...

En 1998 un joven de 29 años llamado Darren Aronofsky -luego realizador de las más conocidas Réquiem por un sueño (2000), La fuente de la vida (2006), El luchador (2008) y Cisne negro (2010)- “realizaba una de las primeras experiencias de “crowfunding” (financiación mediante pequeñas aportaciones realizadas por simpatizantes y amigos, muchas veces solicitadas vía Internet), al sufragar los escasos 60.000 dólares que costó su “opera prima” “Pi” mediante bonos de 100 dólares aportados por amigos y conocidos.


El film, rodado en 16 mm. y en blanco y negro, presenta la fascinante peripecia matemática de un oscuro –y algo misántropo genio- que … bueno, dejo que Wikipedia explique el argumento:

La película trata sobre Maximillian Cohen, un matemático muy reservado, bastante paranoico y aquejado de fuertes migrañas, quien cree que toda la naturaleza puede ser representada mediante números. Max pretende descubrir el modelo matemático de la bolsa a través de cálculos y programas propios que introduce con su ordenador Euclides. Después de una inspiración provocada por la cábala, que le enseñan un grupo de místicos judíos, Maximillian crea un programa con el que consigue unas pocas predicciones impresas en un papel, pero a costa de fundir el ordenador y los datos, debido a un bug (error de software) que hace que aparezca un número de doscientos dieciséis dígitos después de las predicciones.

Decide tirar el papel de las predicciones y el bug pensando que se trataba de un fallo en el programa. Más tarde, su mentor (que estudiaba el número PI), le cuenta que él también había sufrido varios bugs en su estudio, y que aparentaba haber detrás algo más que un simple error de software.

A partir de ese momento Maximillian se ve envuelto en una persecución, por una parte de una empresa que consigue el papel con las predicciones, que han resultado muy exactas, y el grupo de judíos estudiantes de la Torá que quieren el número de 216 dígitos, ya que representa el verdadero nombre de Dios, que se perdió en la destrucción del segundo templo de Salomón.

Así pues, “Pi” (absurdamente subtitulada en su estreno español “Fe en el caos”) especula con la hipótesis pitagórica de que “todo es peso, número y medida”. Poder reducir todo proceso, natural o social, a patrones numéricos significa poseer una clave que no solo explica lo que sucede en un mundo aparentemente caótico e inabarcable, sino que permite predecir lo que va a suceder.

Es por ello que lo que a Max se le presenta como una ocasión de ENTENDER es deseado por distintas instancias –Wall Street, el grupo de cabalistas judíos,- como fuente de un PODER absoluto.

La visión de “Pi” en su estreno me sugirió una lectura filosófica a la que apunta la anécdota que no solo abre el film, sino que se repite hasta tres veces a lo largo del argumento: la idea de mirar de frente al sol como metáfora de aspirar a “algo” que resulta cegador, un conocimiento que desborda lo humano y que acabaría siendo destructor.

Sin embargo, ciertas claves extremadamente sutiles parecen apuntar a una lectura menos obvia, que juega en el terreno en que el cine “mainstream” se mueve inexplicablemente, que es el de liberar ideas que nos hacen aceptables su materialización en el plano de lo real. Por ejemplo: el número-maestro que Max busca de 216 dígitos, en la película no aparece, pues lo que se muestra es una imagen de 218 dígitos. ¿Se nos da o se nos escamotea un dato con ello?

Más revelador aún es el supuesto de que la clave que rige las fluctuaciones de la Bolsa es la misma clave que encierra el nombre secreto de Dios, lo que lleva a un grupo de judíos fundamentalistas de la secta hasídica a exigirle, literalmente, a Max –a quien desprecian de un modo absolutamente “nazi” por ser un receptáculo impuro de una información divina- que les entregue esa información (lo que lleva al desequilibrado protagonista al delirio de suponer, a su vez, que “verá a Dios”). ¿Está Aronofsky –judío él mismo, como su apellido pone en evidencia- tomándose a broma o en serio la identificación entre la prosperidad financiera y la comunicación con el Yahvé de la Torah?


Recordemos que el Yahvé de la Torah es una entidad exclusivista, vengativa y voraz, a quien desde el gnosticismo del siglo II se ha denunciado como un mero demiurgo, una entidad astral menor que suplantó a los ojos de un pueblo neurótico e ignorante los atributos del verdadero Dios.

El retrato mordaz de sus adoradores sitúa el punto de vista del film en una actitud de distanciamiento crítico: aparecen como seres mezquinos, orgullosos de su diferencia respecto a los “goyim”, avaros y tan obsesivos como Max, aunque ajenos a su capacidad intuitiva, y entregados al maquiavélico supuesto de que el fin justifica los medios. Su afán por recuperar la “palabra perdida” (recurrente obsesión de la masonería, por cierto) se salda con la frustración, solo que tal vez Aronofsky nos está advirtiendo de que su empeño en el mundo real es tan tenaz que puede acabar dando frutos, … frutos que serían muy amargos para quienes no compartimos su fanatismo.

Del Antiguo Testamento se desprende que la divinidad llamada Yahvé o Jehová es una sanguinaria entidad interdimensional que contactó con sucesivos patriarcas hebreos exigiendo sacrificios humanos individuales (Isaac) o en masa (Éxodo). Su identificación con el Dios Padre que representa el Mesías Yeshua (Jesús) es insostenible: el Nuevo Testamento es, de hecho, una denuncia del rigorismo del Antiguo. Si, como se afirma en "Pi", los judíos ultraortodoxos han perdido la comunicación con su "contacto" interdimensional (el que en el pasado les ha repetido "ad nauseam" que solo ellos son los elegidos), harán cualquier cosa por restablecerlo (y consolidar su narcisismo étnico). Y por cualquier cosa podemos entender desde provocar una guerra local en Oriente Medio para reconstruir su Templo en el lugar que ahora ocupa la Mezquita de Omar (la famosa "Cúpula de la Roca", un lugar sagrado para el Islam) hasta detonar una nueva guerra mundial que sirva de cobertura a sus planes.

Cuando Max es abordado por Lenny Meyer, el "gancho" mediante el cual los hasidim contactan con él, Lenny atrae su atención comunicándole que "es que nuestra historia está atravesando un gran momento. Estamos en un momento crítico". También añade que "La Torah es una cadena de números. Dicen que es un código enviado por Dios" (léase Yahvé, en consonancia con lo que antes hemos afirmado).

Recordemos que este film independiente, de bajo presupuesto, fue el aval que le valió a su director su ingreso por la puerta grande en el cine de Hollywood. El "lobby" judío que gobierna los grandes estudios no podía sino reconocer a este "chico listo" como uno de los suyos. Su "opera prima" lanzaba continuos guiños a quienes "sabían", y éstos supieron interpretarlos.

Finalmente, el argumento del film incluye todavía otra subtrama esotérica, revelada a través de Sol (nombre nada casual, ¿un guiño luciferino?), el maestro y amigo de Max: el número de 216 dígitos que buscan es también la chispa que despertaría la inteligencia artificial de las máquinas. Si cambiamos "máquinas" por "extraterrestres" encontramos aquí otra referencia a la realidad absolutamente sorprendente: la existencia del "Sistema Cíclope", un conjunto de exactamente 216 radiotelescopios pensados para detectar una posible señal de inteligencia exterior a nuestro planeta.

Otro hecho notable: los radiotelescopios conforman un conocido diseño geométrico. Al unir las puntas de la "Estrella de David" se forma un hexágono. Si "alguien" allá afuera prestase atención a quién está a la espera de una señal, se encontraría con el símbolo de Israel.

¿Casualidad?

Solo quien no tiene suficiente información cree en la casualidad.

(posesodegerasa)

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