lunes, 17 de febrero de 2014

LAS FARMACÉUTICAS NECESITAN QUE ENFERMES (1ª parte)



La industria farmacéutica tiene un conflicto de intereses que compromete el ejercicio de la medicina en todo el mundo. De manera muy sencilla: los ingresos obtenidos por las grandes farmacéuticas —conocidas como Big Pharma— se incrementan entre más enfermos haya que recurran a fármacos para tratar sus  padecimientos y entre más se prolonguen los mismos. Esto no es un secreto, el Premio Nobel Richard J. Roberts declaró en una entrevista que las farmacéuticas no invierten en desarrollar medicamentos que curan, en medicamentos cronificadores que pueden ser consumidos de forma serializada. De nuevo simplificando: este procedimiento no es distinto al de un dealer de una droga fuerte que fomenta la adicción de sus clientes. Roberts no es el único, lo mismo ha sido dicho por el también Premio Nobel Thomas Steitz (para mantener el nivel de whistleblowers, médicos e investigadores que conocen de cerca la industria).

Hay que decirlo sin atenuantes, la excesiva medicación a la cual estamos sometidos por la industria de la salud en connivencia con las farmacéuticas es uno de los principales problemas sanitarios de la humanidad (tal vez el más grande junto con la calidad de nuestros alimentos procesados). Que existe una relación de complicidad entre la industria farmacéutica y los médicos practicantes —el enlace de la droga— queda demostrado por las docenas de millones de dólares que pagan estas compañías a doctores cada año sólo en Estados Unidos para que recomienden sus medicamentos. Esto incluye el ofrecimiento de viajes y regalos a los médicos para que prescriban antidepresivos a niños. Organismos reguladores han registrado numerosas violaciones específicamente relacionadas a un agresivo marketing por parte de grandes farmacéuticas como GlaxoKlineSmith, las cuales han hecho creer a los consumidores que sus productos sirven para tratar diversos padecimientos cuando nada más han sido aprobados para tratar uno. Su poder de lobby es inmenso, hasta el punto de exigir al gobierno de Obama que no tocara el precio de los medicamentos en su reforma económica.

A esto podemos agregar el vicio irresponsable que se ha desarrollado entre los médicos de recetar medicamentos salvajemente sin tomar en cuenta efectos secundarios y la fácil dependencia que desarrollan las medicinas. Focalizando el tratamiento en aliviar síntomas o tratar las patologías sin incluir una visión integral de la salud ha provocado que cuando los medicamentos logran curar algo, poco después sea necesario tomar otros medicamentos para curar nuevos padecimientos generados por el abuso de esos medicamentos. Tan sólo en el caso del virus de la gripe, la recomendación por años difundida de que las personas tomaran antibióticos —cuando éstos no son efectivos contra los virus— ha sido una de las causas de que las bacterias hayan evolucionado y se vuelvan superresistentes a nuestros antibióticos, hasta el punto de que podrían representar, en palabras de Harold Bloom, una nueva “peste negra” de proporciones aumentadas, un mismo panorama apocalíptico pronosticado por el profesor Jeremy Farrar del Wellcome Trust. Asimismo, la costumbre de tomar antigripales, que básicamente sólo tienen un efecto analgésico, hace que los virus se propaguen con mayor eficacia, en algo que revela una costumbre profundamente inconsciente y egoísta: aliviarnos a corto plazo sin pensar en las consecuencias futuras o aliviarnos de manera individual pero enfermarnos como sociedad. Estas son apenas algunas de las costumbres promovidas por los doctores (con las plumas más veloces del Oeste) en países donde en cada equina se puede encontrar una farmacia (como México o Estados Unidos).

Anteriormente hemos escrito sobre la relación entre la la locura y la creatividad y sobre cómo existe en nuestra sociedad una clara tendencia a medicar e institucionalizar a aquellas personas que resaltan por sus diferencias cognitivas, muchos de los cuales podrían ser genios o simplemente estar atravesando una etapa de malestar transitoria. Pero después de altas dosis de medicamentos psicotrópicos muchos de ellos pierden ese diferenciador irremediablemente.

El reconocido médico danés Peter C. Gotzsche, del Nordic Cochrane Center, en los últimos años se ha dedicado a denunciar los vicios de la industria médica, particularmente de la psiquiatría, con libros como Deadly Medicines and Organised Crime: How Big Pharma has Corrupted Healthcare. En un reciente artículo, Gotzche enlistó 10 mitos o creencias difundidas entre psiquiatras que contribuyen a la sobremedicación y que tienen enormes efectos en la salud mundial. Especialmente cuando consideramos que las enfermedades neurodegenerativas son algunos de los padecimientos que más se han incrementado en nuestra época y que estas sustancias son sumamente potentes y, en palabras de Gotzche, “nuestros doctores no están preparados para manejarlas”. Desenmascararemos estos diez mitos en la segunda parte del artículo.

(Fuente: Pijamasurf)

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