miércoles, 26 de febrero de 2014

DIEGO CAMACHO ACUSA AL REY JUAN CARLOS DE DIRIGIR EN LA SOMBRA EL 23-F (2ª parte)



Los nuevos aires estratégicos en Washington se complementan en Madrid con la acción psicológica de los oficiales golpistas del CESID sobre el Jefe de Estado, al que convencen de que por la singularidad de su ascensión al Poder, Suárez está vinculado a Juan Carlos y que su estrella en declive puede arrastrar en su caída al monarca e incluso a la Corona.

Para evitarlo es necesario distanciarse cuanto antes del Presidente y provocar su caída, operación en la que todo el mundo está de acuerdo, incluso sus ministros.

El Rey al igual que otros políticos, con buenas conexiones en Washington, fueron alertados de por dónde iban a soplar los nuevos vientos y el inicio para el abandono del barco empieza a producirse. No puede pasarse por alto que desde antes de asumir la Jefatura del Estado el Rey de España obtiene todo el apoyo de la Casa Blanca en su entronización a cambio de seguir fielmente los objetivos estratégicos de la misma.

El asunto del Sáhara y la marcha verde serán la primera prueba de esta sintonía. Quedaría en evidencia que el deseo de Washington en apoyar al sultán de Marruecos y fortalecerlo en la región, pasaba por encima de los intereses españoles. Juan Carlos, Jefe de Estado interino, actúa en función de las directivas que recibe de Vernon Walters, subdirector de la CIA y amigo de Hassan II desde 1942.

El primer Presidente elegido por los ciudadanos en la naciente democracia española pronto se quedaría solo y así los planes de recambio para España podrán activarse fácilmente en el momento que se materialice la victoria electoral de Reagan.

El sucesor de Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, afirma en sus memorias que él tenía claro desde 1977 que era necesario incorporar a España en la CEE y en la OTAN.

“¿Lo veía tan claro Adolfo Suárez en los años de su presidencia?” -Se contesta don Leopoldo-. “Probablemente no.”

El caso de Felipe González es todavía más ilustrativo. Hace campaña electoral en 1982 en contra de la entrada de España en la OTAN, logra con 202 diputados la Mayoría absoluta. Dos años después de entrar en la Moncloa, hace borrar del programa del partido la oposición del PSOE a dicha entrada.

En 1986 organiza y gana un referéndum apoyando el ingreso. Uno de los más militantes en el rechazo inicial, Javier Solana, ocuparía años después el cargo de Secretario General de la Alianza Atlántica.

La conducta seguida por estos dos presidentes (Calvo Sotelo y Felipe González), demuestra lo afirmado más arriba. El ingreso de España en la OTAN era un factor determinante para los EEUU, en el diseño de la seguridad estratégica aliada en el sur de Europa.

El doble lenguaje de González hacia sus militantes y hacia los ciudadanos pone también de manifiesto el compromiso adquirido y cumplido con el Rey con quien iniciaría, al más puro estilo Bogart, una gran amistad.

El cambio que iba a experimentar la política exterior de los EEUU, en caso de vencer Ronald Reagan en las elecciones de Noviembre, era perfectamente previsible en el resto del mundo y España no era una excepción.

La opinión de la Santa Sede, en la evolución política de España, va a tener una gran importancia tanto para los políticos cercanos a la ideología de la democracia cristiana como para algunos militares próximos al Opus Dei. Una vez embarcados en el proceso conspirativo, será Roma quien tranquilice sus conciencias sobre la empresa que piensan acometer.

El hecho de que sea Juan Pablo II el que ocupe la silla de San Pedro va a facilitar las cosas. La persecución a la que ha sido sometido por el régimen comunista polaco como sacerdote y más tarde como obispo de Cracovia, le hace coincidir totalmente con el planteamiento estratégico de Reagan, sobre la necesidad de obtener una victoria completa sobre la URSS, como paso necesario para la liberación de Europa oriental, y también con la necesidad de controlar el Mediterráneo para asegurar el bastión israelí.

Los partidos políticos después de la muerte de Franco, se crean con una fuerte dependencia exterior en base a la financiación inicial que obtienen principalmente de la RFA: la fundación Neumann apoya a los liberales (Alianza Popular, luego Partido Popular), la fundación Ebert de la socialdemocracia alemana al PSOE y la fundación Konrad Adenauer a los democristianos (UCD).

Esta circunstancia supondrá otra garantía de reaseguro para que la evolución política en España no discurra por caminos contrarios al interés de los países aliados.

Las Fuerzas Armadas españolas eran todavía, y a pesar de la aprobación de la ley de Reforma Política y más tarde de la Constitución, un poder fáctico. La mayor parte de sus miembros se consideraban legitimados para ejercer una tutela sobre el poder civil, en base al testamento de Franco y a la inercia del régimen anterior. Los atentados de ETA catalizan las salas de banderas, pero es sobre todo la escasa habilidad del general Gutiérrez Mellado la que va a exasperar los ánimos.

Suárez comete el error de prometer a los generales más importantes que el PCE no será legalizado y poco después, el Sábado Santo, sale el decreto legalizándolo. Ese engaño no debió haberse producido y la responsabilidad en el mal asesoramiento presidencial hay que achacarlo al militar más relevante del gabinete y que además tenía excelentes relaciones con el Presidente, el General Gutierrez Mellado.

Gutiérrez Mellado tenía la obligación de señalar al Presidente el valor que los militares daban a la palabra dada y las consecuencias que acarrearía su incumplimiento. Cuando era perfectamente factible explicarles la necesidad de la legalización, debido al cambio de situación y al compromiso adquirido por el Rey con Santiago Carrillo, después de asegurarse que la Casa Blanca no ponía objeciones. El menosprecio de Suárez hacia los militares le enajenaría el apoyo de estos cuando su colaboración la tenía al alcance de la mano.

A partir de ese momento los militares nostálgicos que se sienten despreciados por el gobierno, deslegitiman la acción presidencial. Se empiezan a establecer vínculos conspirativos no solamente en el seno de las Fuerzas Armadas sino también con personas destacadas del mundo político, económico y social. El presidente experimenta un abandono creciente que en poco tiempo se convertirá en un aislamiento político total. Todos saben que ha perdido el apoyo del Rey, que sus barones conspiran, que no tiene apoyos internacionales, que los militares van a por él y que finalmente el dinero no le ve como un activo con futuro.

Cuando se haga patente que el tiempo de Suárez ha terminado y que es preciso buscar un recambio, se va a recurrir al Ejército como el instrumento idóneo para realizarlo, al igual que se había utilizado a lo largo del siglo XIX en defensa de una u otra opción política. Antes de su fracaso, tendrá las bendiciones de todos los actores políticos. Su legitimación, de cara a las salas de banderas, vendrá de la mano del testamento de Franco como el último servicio.

La clase política lo asumirá por dos razones: el imperativo del factor externo ante la incapacidad de Suárez para afrontar la nueva situación internacional y también para llegar al poder más rápidamente. La Corona, para no sufrir el desgaste que origina una deriva política interna insostenible, así como para seguir las recomendaciones del poder emergente en Washington. Finalmente, los países de la Alianza Atlántica para asegurar sus intereses vitales en el sur del continente. El ciudadano español quedará una vez más al margen.

Una vez fracasada la intentona, esta no tendrá patrocinadores, escurrirán el bulto y los chivos expiatorios serán aquellos incautos que se prestaron a poner su cara en la fase inicial y además salieron por televisión. Es difícil encontrar en la historia de los golpes de Estado fracasados un caso similar de abandono hacia los subordinados por parte de los jefes de la operación.

Aprovechando que hay que evitar que el Rey resulte implicado, se miente y no se asume la responsabilidad. Los serviles que recibían a Fernando VII con los vítores de “¡Vivan las cadenas!”, después de haberse perpetrado la felonía de Bayona, nada tienen que envidiar a nuestros afamados cortesanos.

El eje básico de la reforma política consistió en sustraer a la sociedad las decisiones fundamentales, y operar a favor de los hechos consumados por pactos que promovidos a espaldas del Parlamento.

Incluso las ejecutivas de los principales partidos son informadas, la mayor parte de las veces, cuando el pacto ya está cerrado.

Fue el “consenso” alcanzado por UCD, PSOE, AP, PCE y nacionalistas lo que permite que estos grupos se vayan integrando como parte del Estado – sistema – al crear y potenciar clientelas de militantes asalariados que acceden al dinero público por multitud de caminos.

La integración de los sindicatos en este esquema acordado por los partidos va a originar el final de su dimensión de clase (Pactos de la Moncloa). Es decir, en ese preciso momento histórico se apuesta prioritariamente por la integración y la paz social. El sentido democrático de la sociedad, sustentado en un auténtico pluralismo que permita lograr un Estado de Derecho y que lleve a la verdadera participación y libertad del ciudadano, queda aplazado para más adelante.

Podrá argüirse que entonces no podía hacerse otra cosa. Es posible, pero un sistema que había nacido con esa hipoteca en su estructura política, necesitaba estar dotado de un carácter de provisionalidad y no de permanencia, sino quería caerse con el tiempo en el peor enemigo que tiene la democracia: la CORRUPCIÓN.

(Fuente: http://elproyectomatriz.wordpress.com/)

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