viernes, 6 de diciembre de 2013

TODAS LAS CONSTITUCIONES EXISTENTES CONDENAN A LOS CIUDADANOS A LA IMPOTENCIA


Pues sí: a ellos con la Constitución les ha ido francamente (el adjetivo no es casual) bien.

El siguiente video, una brillante exposición del pensador francés Etienne Chouard, nos obliga a pensar si el día de la Constitución, que hoy se conmemora, es una ocasión de celebración o de duelo.

Lo más extraordinario de su análisis es el hecho de que en ningún momento se refiere al caso concreto de España, donde la Carta Magna fue el colofón de un proceso de "transición" que, bajo la apariencia de respetar la soberanía popular, supuso la ratificación del poder de una Casta política que lo disfrutaba de hecho -pero aún no de Derecho-, sino que apunta directamente a la causa subyacente del hecho de que toda Constitución moderna está al servicio de una oligarquía que es su promotora y beneficiaria, algo que choca frontalmente con la ilusión del poder para los ciudadanos.

La tesis central de Chouard es que una Constitución no existe para consolidar la estructura de poder del Estado, sino para someterla a un escrutinio que, de suyo, debería debilitarlo. La razón de ser de una Constitución es limitar los abusos a los que inevitablemente tiende el poder. Si la clase política celebra una Constitución como la nuestra -y el aquelarre celebrativo viene produciéndose desde su proclamación- es, inevitablemente, porque ésta ha fracasado en su función principal. Y si ha sido así, hay dos conclusiones obvias: la primera, que los ciudadanos no tenemos nada que celebrar, y la segunda, que todavía estamos necesitados de una verdadera Carta Magna, que está aún por redactarse.

Y por redactarse al modo en que se hizo en Islandia, el único país en el que los ciudadanos reaccionaron al fraude bancario que nos venden como "crisis" y pusieron los medios para remediar lo ocurrido, en un proceso, este sí, ejemplar. Por algo los medios no informan sobre él (podría cundir el ejemplo), mientras siguen con su machacona cantinela de que la nuestra fue modélica, cuando solo obedeció la máxima de "que todo cambie para que todo siga igual".

Los que detentan el poder no deben escribir las reglas que lo regulan. Hasta que esto se logre, llamar "democracia" al sistema que gestiona los intereses de los partidos e impide el ejercicio de nuestros derechos es una burla a la razón. Y Chouard tiene una sorprendente propuesta para lograr que los gobernantes sean nuestros servidores en vez de nuestros amos. No la desvelo, pero solo añado que históricamente ha funcionado, como acredita este pensador verdaderamente revolucionario.


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