sábado, 21 de diciembre de 2013

EL VENENO DEL QUE NOS ALIMENTAMOS



Las bases del sistema moderno están en crisis. Una evidencia clave de esta afirmación es ver como se han precarizado incluso las cuestiones más básicas de la existencia como la alimentación. Cuando hace treinta años se alzaron las primeras voces denunciando que la mitad de los plaguicidas con los que se rociaban los cultivos tenían efecto carcinogénico, teratogénico o de daño fetal, fueron ignoradas o sometidas a burlas. Lo mismo le ocurrió a quienes advertían de los daños a la salud que vendrían con el consumo de productos transgénicos. Hoy padecemos las consecuencias de haber ignorado estas advertencias.

Nuestra soberanía alimentaria ha sido puesta en juego a raíz del modelo exportador primario, la irrupción de los transgénicos hace 40 años y todo el paquete que conllevan: herbicidas tóxicos, privatización de la semilla, monocultivo entre otros problemas desencadenados por el monopolio que grandes corporaciones han realizado sobre el mercado agroalimentario.

Brasil es el país en el mundo que consume más pesticidas: 5,2 litros / año por habitante. Muchos de estos herbicidas, fungicidas y pesticidas que consumimos están prohibidos en casi todo el mundo en situación de riesgo que suponen para la salud pública.

Y claro, no digamos que es el único país que vive esta catástrofe. El conosur, en especial la zona comprendida por Argentina, Paraguay y Brasil, experimenta graves casos de intoxicaciones, malformaciones congénitas e incluso la muerte de trabajadores temporeros que en mínimas condiciones manipulan los productos agrícolas.

Muchos son rociados con pesticidas lanzados por aviones que planean sobre los campos de cultivo mientras se encuentran en la faena.

Emblemático resultó el caso de Ituzaingó, en Argentina, donde 114 menores de 142 estudiados tienen agroquímicos de Monsanto en su cuerpo. Ante la prueba médica del hecho, la Cámara Primera del Crimen de Córdoba, condenó a tres años de cárcel a los responsables Francisco Rafael Parra, agricultor y a Edgardo Jorge Pancello, piloto de avión.

No es difícil o errado concluir que los únicos beneficiados con el negocio del agro sean las multinacionales que fabrican los pesticidas para determinada sepa de semilla.

Justamente entonces, la idea de la película es mostrar que la causa de esta catástrofe es un modelo agrícola que privilegia el lucro por sobre la salud de los ecosistemas y los seres que la habitan.


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